Jared es el alfa de uno de los clanes de lobos más poderosos del norte. Frío, dominante y fiel a las leyes de la manada, jamás permitiría que el clan rival jugara con su honor… hasta que secuestran a su hermano.
Marlene es la hija olvidada de ese mismo clan. Rechazada desde su nacimiento, nunca ha pertenecido realmente a ningún lugar.
Cuando Jared la toma como rehén para forzar un intercambio, cree tener el control de la situación.
Lo que no espera es que ella no le tema.
Ni que despierte algo que jamás debió sentir por una enemiga.
Entre clanes enfrentados, secretos, lealtades y deseo, descubrirán que algunas guerras no se ganan con colmillos… sino con el corazón.
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la loba sin ley
Marlene
Sabía que estar en terrirorio de otra manada era para mí igual de hostil casi que estar en el de mi clan, pero eso no significaba que me gustase encontrarme retenida allí en contra de mi voluntad. Aun así, me obligué a mantener la cabeza alta; no iba a darles el gusto de verme débil. Mi loba estaba inquieta, caminando en círculos dentro de mí, oliendo cada rincón extraño como si buscara una salida invisible.
Decidí ponerme echa una loca cada vez que entraba alguien al bonito cuarto que me habían asignado. La verdad era que daba gusto estar prisionera en una habitación con todos esos lujos: Baño propio con bañera; cama de dos metros; una televisión de plasma; y una estantería con más libros de los que podría leer en unos meses, la verdad que aquellas lejas robaron mi corazón. Pasé los dedos por los lomos de algunos ejemplares, intentando distraerme, imaginando que estaba en cualquier otro lugar.
¿Por qué me ponía brava cada vez que alguien entraba entonces? Pues era una razón muy justificante para mí: Quería ver de nuevo a Jared. Estaba claro que entre manadas no había mucha relación, pero a los alfas los conocía todo el mundo. Nunca había tenido ocasión de verlo de cerca y, realmente, su aspecto era impresionante e impactante. El alfa medía más de uno ochenta, poseía unos anchos hombros que demostraban su fuerza y contaba con un rostro angelical. Además, había algo en su presencia que me erizaba la piel, como si mi loba interior lo reconociera antes que yo misma.
-¿Se puede? –Su voz, incluso al otro lado de la puerta, era fácilmente reconocible. Grave, autoritaria y sensual.
Me senté a los pies de la cama y sonreí justo en el momento en el que cruzó el umbral. Miró a un lado y a otro de la habitación hasta que concluyó que no había nada fuera de lo normal. Sus ojos negros azabache cayeron entonces sobre mí y, por la mismísima luna, me ruboricé. Sentí un nudo extraño en el estómago, una mezcla de nervios y curiosidad.
¿Había visto alguien alguna vez que me produjera ese calor? Probablemente pasaba todas las barreras y era del todo incorrecto lo que estaba haciendo pero... ¿Quién iba a reprochármelo? Yo me sentía completamente libre, era una loba sin ley. Y por primera vez en mucho tiempo, alguien parecía verme de verdad.
-Seguro que es una acusación banal, pero me dicen que no dejas que nadie entre sin transformarte. –Su acusación me produjo una sonrisa.
-Te han informado a la perfección. –contesté dejándome caer sobre el colchón durante unos segundos para tomar aire. –Quería que vinieras. –aclaré al incorporarme de nuevo.
-Podrías simplemente haber dicho que me llamasen. –Su actitud era de absoluta calma. Lo entendía. Yo no era ninguna amenaza para alguien como él.
-¿Así que funciona así? ¿Yo te llamo y tú vienes? –Me divertía jugar sabiendo que, simplemente, me soltarían tras comprobar que no tenía ningún valor para mi familia. Triste pero cierto. Aun así, no podía evitar disfrutar del momento.
-Te pediría amablemente que no lo hagas de ahora en adelante. –Que no entrase en el juego me deshinchó aunque parecía algo lógico. –Te traerán