Bruno, un joven omega y estudiante apasionado por la historia china, siempre creyó que el pasado debía permanecer intacto… hasta que el pasado lo eligió a él.
Durante una excursión, descubre que el antiguo collar que ha llevado toda su vida perteneció al emperador Cheng, una joya entregada a su prometido como símbolo de un amor eterno. Un amor que, sin embargo, fue rechazado por orgullo, odio y la sombra de otro hombre.
Pero el destino le concede a Bruno una oportunidad que jamás imaginó.
Transportado a la era imperial, Bruno no solo conocerá al emperador que siempre admiró… sino que también tendrá la oportunidad de cambiar su historia, sanar sus heridas y reclamar el lugar que siempre le ha pertenecido.
Aunque el pasado guarda secretos, errores y decisiones que aún pueden destruirlo todo.
Esta vez, Bruno no huirá.
Esta vez, luchará por su emperador.
—¡Emperador, cásate conmigo!
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LA VOLUNTAD DEL EMPERADOR.
El primer ministro Lang había llegado al palacio imperial.
Los enormes muros rojos, símbolo del poder absoluto, se alzaban hacia el cielo como guardianes eternos del destino del imperio.
La razón de su presencia era clara.
El actual emperador estaba en busca de una oportunidad para que su hijo, el príncipe heredero Cheng Xu, conviviera con su prometido.
Un prometido que, hasta hace poco, había rechazado ese destino.
La gran sala del trono estaba llena.
La corte entera se encontraba ahí.
Ministros.
Generales.
Funcionarios.
Todos aquellos que cuidaban y velaban por el equilibrio del reino.
El sonido de los bastones ceremoniales golpeando el suelo anunció su llegada.
—¡El emperador ha llegado!
Todos cayeron de rodillas al unísono.
—¡Larga vida al emperador!
El emperador entró con paso firme.
Su túnica dorada arrastrándose detrás de él.
Su mirada imponente dominó el lugar.
—Levántense todos. Comencemos con la sesión de hoy —ordenó el emperador.
—¡Sí, gran emperador! —respondieron al unísono.
El ministro de ritos fue el primero en avanzar.
Se arrodilló.
—Su majestad, el templo ya ha mandado una lista con las posibles fechas propicias para la boda del príncipe heredero.
El emperador asintió lentamente.
—Excelente. Háganle llegar a la emperatriz la lista de fechas.
—Como ordene, majestad.
El siguiente fue el ministro de ingresos.
—Su majestad, este mes han ingresado más de diez mil monedas al tesoro nacional.
El emperador sonrió levemente.
—Eso es bueno. El tesoro nacional no debe estar en malas condiciones. Un imperio fuerte necesita cimientos firmes.
El ministro inclinó la cabeza.
Pero entonces...
El ministro de obras avanzó.
Su rostro estaba pálido.
Sudor cubría su frente.
—Majestad… lamento romper su buen humor… el canal que traería agua limpia a la ciudad se ha quebrado nuevamente.
El ambiente se volvió tenso.
El emperador frunció el ceño.
—¿Otra vez?
Su voz era fría.
—¿No se supone que se le está entregando financiación cada mes?
Su mirada se deslizó lentamente hacia el primer ministro Lang.
El silencio fue pesado.
El primer ministro dio un paso al frente.
—Majestad, es necesario que sepa que el ministro de obras se la pasa más tiempo en los burdeles que en los asuntos que benefician al imperio.
Un murmullo recorrió la corte.
El ministro de obras palideció.
—¡Eso no es cierto, majestad!
El primer ministro intervino.
—Entonces explique por qué este mes ha pedido el doble de la financiación que se le ha otorgado.
El ministro de ingresos dio un paso al frente.
—Es cierto, majestad. La solicitud fue registrada.
El emperador golpeó el reposabrazos de su trono.
—¡¿Y cómo es que me entero hasta el día de hoy?!
Todos cayeron de rodillas nuevamente.
—Majestad, le juro que...
—¡Cállate! —rugió el emperador.
Su voz resonó como un trueno.
El ministro de obras tembló.
—Primer ministro Lang… espero que tenga pruebas concretas de lo que dice.
El primer ministro no dudó.
Desde lejos, hizo una señal a su sirviente.
—Por supuesto que sí, majestad.
Las enormes puertas se abrieron.
Un pequeño grupo de personas entró al salón del trono.
Vestían ropas harapientas.
Sus rostros mostraban hambre.
Cansancio.
Dolor.
—¡Larga vida al emperador! —dijo el anciano que lideraba el grupo, arrodillándose.
Su cuerpo temblaba por la edad.
—Díganle al emperador lo que me dijeron —ordenó el primer ministro.
El anciano tragó saliva.
—Sí… emperador… este hombre es un opresor. Nos ordenó no mencionar que el canal había sido completado… para no pagarnos a quienes colaboramos en la construcción.
Los murmullos aumentaron.
—No solo eso —continuó el anciano—, se ha unido con los guardias que siempre lo acompañan para maltratarnos, humillarnos y robarnos lo poco que tenemos. Nos prometió que si trabajábamos en la construcción seríamos recompensados por el hijo del cielo… pero no hemos visto nada.
El ministro de obras gritó desesperado:
—¡Eso es mentira! ¡Ellos querían que se les pagaran altas sumas y yo...!
—No es mentira, majestad —lo interrumpió un joven beta que acompañaba al anciano.
Sacó un documento.
—Nos entregaron esta hoja con la promesa de pago.
El emperador extendió la mano.
Un eunuco tomó el documento y se lo entregó.
El emperador lo leyó.
Su expresión se volvió oscura.
—Guardias.
Su voz fue baja.
Pero mortal.
Los soldados entraron de inmediato.
—Lleven a este desgraciado a los calabozos.
El ministro cayó al suelo.
—¡Majestad, piedad!
—Uno de ustedes entrégueme los nombres de los guardias que normalmente lo acompañan.
Su mirada ardía.
—Serán castigados con la pena de muerte.
El salón se congeló.
—Nadie en mi imperio debe sufrir por hombres como ellos.
Miró al ministro de ingresos.
—Páguenles lo que este hombre les prometió… y recompénselos por traer a este desgraciado ante la justicia.
—¡Sí, majestad!
El ministro de obras gritaba mientras lo arrastraban.
—¡Majestad, por favor! ¡Majestad!
Pero nadie lo ayudó.
—Serán decapitados en público junto a sus familias —dijo el emperador finalmente—, para que sirvan de ejemplo.
El silencio fue absoluto.
—Gracias, majestad… —dijeron los aldeanos con lágrimas en los ojos—. Larga vida al emperador.
El emperador asintió.
—Continuemos.
El primer ministro Lang dio un paso al frente.
Su corazón latía con fuerza.
—Majestad… mi hijo aceptó el compromiso.
El emperador se puso de pie.
—¡Excelente!— aplaudió el emperador.
Los murmullos estallaron.
—¿Cómo se atreve a engañar al emperador?
—¿No se supone que su hijo está recluido?
—¿Se burla de la familia imperial?
El emperador levantó la mano.
El silencio regresó.
—Primer ministro… espero que me diga la verdad.
—Lo es, majestad. Sabe bien que no me atrevería a engañarle.
El emperador lo observó fijamente.
Buscando mentiras.
Pero no encontró ninguna.
Sonrió.
—Bien. Eso es todo por hoy.
Se levantó.
—Iré a darle la buena noticia al príncipe heredero.
Comenzó a retirarse.
—Prepárense para el Festival de las Linternas.
—¡Larga vida al emperador! ¡Larga vida al corazón del imperio!
Todos se arrodillaron nuevamente.
Cuando el emperador se fue, la corte comenzó a dispersarse.
Algunos estaban felices.
Otros…
Furiosos.
El emperador caminó hacia el Palacio de las Flores.
El lugar donde residía su esposo.
La emperatriz.
La madre del imperio.
Le encontró recostado.
Su rostro era pálido.
La enfermedad le consumía lentamente.
Pero su mirada seguía siendo fuerte.
—¿Qué dijo el primer ministro? —preguntó.
El emperador sonrió.
—El joven Luo Lang aceptó el compromiso.
La emperatriz dejó escapar un suspiro.
—Gracias a los dioses…
Giró su mirada.
—¿Escuchaste, Cheng?
El príncipe heredero estaba de pie junto a la ventana.
Su figura era alta.
Imponente.
—Sí, madre —respondió Cheng.
Pero sus ojos eran fríos.
Distantes.
—¿Pero será cierto lo que dijo?
El emperador respondió con seguridad:
—El primer ministro no se atrevería a mentirme.
Sonrió.
—Debemos prepararnos para tu boda. Será después del Festival de las Linternas.
Lo miró con diversión.
—¿Quién lo diría? Terminaste bien prendado de ese omega.
Cheng frunció ligeramente el ceño.
La emperatriz sonrió con burla.
—Es un joven bastante lindo… y por lo que su madre me ha contado… es un buen chico.
Cheng no respondió.
Recordaba claramente el odio en los ojos de Luo Lang.
Su rechazo.
Sus palabras crueles.
No creía en un cambio tan repentino.
Algo no estaba bien.
—Tengo tareas que atender —dijo finalmente—. Madre emperatriz, padre emperador, me retiro.
Se inclinó.
Y salió.
Pero en su corazón…
Una inquietud había nacido.
Y pronto…
Buscaría respuestas.