Monserrat Bellini vive una vida perfecta en Italia: riqueza, prestigio y un futuro asegurado. Pero dentro de ella existe un vacío imposible de llenar… y sueños que la hacen despertar llorando por un amor que no recuerda haber vivido.
Todo cambia cuando conoce a Dorian D’Angelo, el hombre que todos le dicen debería odiar.
Entre ellos nace una conexión inexplicable, intensa y peligrosa, como si sus almas se reconocieran desde siempre.
Sin embargo, cada vez que intentan acercarse, algo —o alguien— parece empeñado en separarlos.
Mientras fragmentos de un pasado olvidado emergen, Monserrat descubrirá que algunas historias no terminan con la muerte… y que el amor verdadero puede desafiar incluso al destino.
Porque hay amores que regresan.
Y destinos que nunca dejan de perseguirnos.
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Capítulo 11: Lo que el silencio dice
La galería, después del cierre, era otro lugar.
Monserrat lo sabía porque había pasado cientos de noches allí, sola, entre cuadros que la miraban desde las paredes con esa paciencia que solo tienen las obras cuando nadie las observa. El silencio era diferente al de la villa. Más denso. Más vivo. Como si cada pintura respirara a su propio ritmo.
Las luces del techo proyectaban halos sobre los marcos, sobre las texturas, sobre los colores que durante el día competían con la luz natural y ahora reinaban en soledad. Monserrat caminó despacio entre las salas, escuchando el golpeteo de sus tacones sobre el parqué, un sonido que en ese vacío parecía más fuerte de lo que era.
La instalación para la exposición de otoño estaba casi terminada.
Faltaban detalles: ajustar la altura de dos piezas, revisar la iluminación de la sala principal, confirmar que los textos de sala estuvieran en su sitio. Nada urgente. Nada que no pudiera esperar a mañana. Pero estaba allí, como siempre, porque la galería de noche era el único lugar donde el vacío se volvía tolerable.
Se detuvo frente a la pieza de Conti.
La que había provocado aquella conversación en la cena. La de la pérdida como un lugar del que nunca te fuiste. La observó largo rato, dejando que los colores, las formas y la textura de la resina le dijeran algo que ya sabía, pero no podía articular.
—Siempre termina aquí.
La voz llegó desde la entrada de la sala.
Monserrat no se volvió. No lo necesitó. Algo en la nuca, en la tensión de los hombros, en la forma en que el aire cambió de densidad, le dijo quién era antes de que su mente procesara la voz.
—¿Cómo entró?
—La puerta estaba abierta.
—No está abierta nunca.
—Para mí lo estaba.
Ella se volvió entonces.
Dorian estaba apoyado contra el marco de la puerta, con las manos en los bolsillos del abrigo, mirándola con esa expresión que ella aún no sabía clasificar. La luz le caía de lado, iluminándole media cara y dejando la otra mitad en sombra.
—Vengo por la pieza —dijo él, señalando la escultura con una leve inclinación de la cabeza—. Mi fundación está considerando adquirirla.
—Podría haber venido mañana. En horario de oficina.
—Lo sé.
—Y sin embargo...
—Y sin embargo.
Ella no dijo nada. Él tampoco.
El silencio se instaló entre ellos como algo físico. Monserrat sintió su peso en los hombros, en la respiración, en la manera en que sus dedos se cerraron apenas a los lados del cuerpo.
—Está aquí —dijo al final, señalando la obra—. Puede verla.
Él se acercó.
Sus pasos sobre el parqué sonaban distintos a los de ella. Más lentos. Más deliberados. Se detuvo a un metro de la escultura, lo justo para observarla sin invadir el espacio que la pieza necesitaba.
Monserrat lo observó a él.
La manera en que inclinaba ligeramente la cabeza. La forma en que sus ojos recorrían la obra de arriba abajo, de izquierda a derecha, como si leyera algo escrito en un idioma que solo él conocía. El gesto casi inconsciente de llevarse una mano a la barbilla.
—Es interesante —dijo.
—¿Solo interesante?
—No. Pero no sé qué palabra usar.
—Inténtelo.
Él la miró entonces, directamente. Esa intensidad.
—Pesadumbre —dijo—. Pero no una que duela. Una que acompaña.
Monserrat no respondió enseguida. Las palabras resonaron en un lugar inesperado.
—Eso es... —empezó.
—¿Exactamente lo que es? —completó él.
—Sí.
—Ya lo sé.
—¿Cómo?
—Porque usted lo dijo en la cena. La pérdida no es un lugar al que se vuelve. Es un lugar del que no te fuiste nunca.
Ella lo miró. Él sostenía la mirada con la serenidad de quien no teme lo que dice.
—La pieza —continuó él, volviendo a la escultura— es exactamente eso. El artista no capturó la memoria. Capturó el espacio que deja cuando se va.
Monserrat sintió algo moverse en el pecho. No sabía qué era. No quería saberlo.
—Eso es... —dijo—. No lo había dicho así.
—¿Por qué no?
—Porque habría tenido que explicar cómo lo sé.
—¿Y cómo lo sabe?
Ella sostuvo su mirada un segundo. Dos. Luego desvió los ojos hacia la obra.
—Debería ir a buscar los documentos. Si su fundación está interesada, necesita la ficha técnica, el certificado de autenticidad...
—Monserrat.
Su nombre, dicho así, la inmovilizó.
—No he venido por los documentos.
—Ya lo sé.
—¿Y aun así me los ofrece?
—Es lo que se hace en una galería.
—No estamos en una galería.
—Estamos en una galería.
—Estamos en su galería —dijo él—. Después del cierre. Solos. Frente a una pieza que habla de pérdida. Y usted me ofrece documentos.
Ella no respondió.
El silencio volvió. Pero ya no era el mismo. Más cargado. Más cercano.
—Debería irme —dijo él.
—Sí.
No se movió.
Ella tampoco.
Pasaron cinco minutos. Tal vez diez. El tiempo en la galería vacía parecía tener otra textura.
Habían dejado la pieza de Conti y se habían desplazado sin prisa por las salas, comentando obras, señalando detalles, descubriendo que miraban el arte de la misma manera. Él mencionaba una textura, un color, la intención de un artista, y ella se sorprendía pensando que era exactamente lo que había sentido sin haberlo dicho nunca en voz alta.
En la sala de los paisajes, él se detuvo frente a un pequeño óleo del novecento.
—Este también —dijo.
—¿También qué?
—También lo conozco.
—¿De dónde?
Él tardó en responder. Cuando habló, su voz era más baja.
—De un sueño. O de algo que se parece a un sueño.
Monserrat sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura.
—Yo también sueño —dijo.
—Lo sé.
—¿Cómo puede saberlo?
—Porque yo también.
Se miraron. No había nada más en la sala. Solo ellos, los paisajes y un silencio que ya no pesaba.
—Debería irme —repitió él.
—Sí.
No se movió.
Ella tampoco.
El café estaba en la esquina, a unos cincuenta metros de la galería.
Monserrat no supo cómo habían llegado hasta allí. Solo que un momento estaban en la puerta despidiéndose y al siguiente él había mirado el local, ella había dicho “a veces vengo aquí”, y de alguna forma estaban sentados en la mesa del fondo, con dos tazas humeando entre ellos.
El café era pequeño, ruidoso, lleno de gente que hablaba, reía, vivía sin saber que en esa mesa había dos personas intentando entender qué hacían allí.
—¿Viene seguido? —preguntó él.
—Cuando trabajo hasta tarde. El dueño me conoce.
—¿Y qué pide?
—Café solo. Y un bollo de crema que nunca termino.
Él sonrió. Esa sonrisa pequeña.
—¿Por qué lo pide si no lo come?
—Porque está ahí. Porque puedo elegir no comerlo.
—Eso es muy de usted.
—¿Qué significa eso?
—Que necesita saber que puede elegir. Aunque no elija.
Ella lo miró un instante. Luego bebió un sorbo de café.
—¿Y usted? —preguntó—. ¿Qué pide cuando viene a un lugar así?
—Café. Solo. Y miro lo que piden los demás.
—¿Para qué?
—Para saber quiénes son.
—¿Y qué ha aprendido?
Él la miró con esa intensidad tranquila.
—Que la mayoría pide lo de siempre. Lo conocido. Lo que no va a sorprenderlos.
—¿Y eso es malo?
—No. Es seguro.
—¿Usted no quiere seguro?
—No. Yo quiero... —se detuvo, como si las palabras pesaran—. No lo sé. Algo que no haya pedido antes.
El silencio regresó, pero era cómodo. Como si llevaran años compartiendo esa mesa, esa ciudad, esa conversación suspendida.
—Hábleme de Florencia —dijo él—. La suya. No la de los turistas.
—¿Qué quiere saber?
—Por qué se queda.
Ella miró por la ventana. Las luces, la gente, la ciudad respirando afuera.
—Porque es mía —dijo—. Porque sé dónde está cada grieta. Porque cuando camino por el centro, mis pies recuerdan las piedras antes de que mis ojos las vean. Porque hay una luz, a ciertas horas, que no he visto en ningún otro lugar.
—¿Y eso es suficiente?
—No lo sé. Pero es algo.
Él asintió despacio, como si entendiera más de lo que decía.
—¿Y usted? —preguntó ella—. ¿Por qué Milán?
—Porque no es Florencia.
Ella esperó, pero él no añadió nada más.
Salieron del café cuando ya había cerrado.
El dueño los había observado con curiosidad: a ella, a quien conocía desde hacía años; a él, desconocido; a los dos sentados durante horas sin apenas tocar las tazas. Pero no dijo nada. Los dueños de los cafés pequeños saben cuándo no preguntar.
En la calle, el aire frío de la noche los envolvió. Florencia seguía despierta, llena de luces y ruido, pero desde aquella calle estrecha parecía lejana.
—Tengo el coche cerca —dijo él.
—Yo también.
—Entonces...
—Sí.
Ninguno se movió.
Dorian la miró un instante. Hizo un gesto leve, como si fuera a decir algo, y se detuvo.
—Buenas noches, Monserrat —dijo al final.
—Buenas noches.
Él giró y caminó calle abajo. Sus pasos sobre el adoquín se fueron haciendo más débiles hasta desaparecer tras una esquina.
Monserrat se quedó allí, inmóvil.
El café en su mano se había enfriado hacía rato. No recordaba haberlo traído consigo. Observó la taza de cartón, el poso oscuro en el fondo.
Y entonces lo notó.
El vacío.
Ese que siempre estaba allí, en el centro del pecho. La habitación cerrada. La ausencia con forma.
No estaba.
No era más pequeño. No era más llevadero. Simplemente había desaparecido. Como si alguien hubiera entrado, hubiera ocupado el espacio… y al irse se hubiera llevado algo que ella no sabía que podía moverse.
Miró hacia la esquina por donde él había desaparecido.
La calle estaba vacía.
Y aun así, en un lugar que no sabía nombrar, seguía sintiendo que el espacio que él había ocupado durante esas horas permanecía lleno, como si su presencia se hubiera quedado detrás del silencio.
bueno esa es mi opinión igual está muy hermosa la novela 🥰
por qué siempre la besa en la mejilla? 🤔🇨🇴🇨🇴🇨🇴