Una exsoldado llamada Jessica Greys, es contratada para proteger a un genio informático que acaba de hackear al gobierno de Estados Unidos.
¿Qué sucederá en este trayecto tan peligroso?
Hola, espero que disfruten mi nueva novela🤗
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CAPÍTULO 1 La Jaula de Cristal
El golpe seco contra el plexiglas resonó como un disparo en la discoteca.
Jessica Greys ni siquiera parpadeó. Su mano izquierda siguió sujetando la copa de champán mientras la derecha, apoyada con estudiada indolencia sobre la barra, se cerraba con la precisión de una trampa de acero alrededor de la muñeca del hombre que acababa de estampar a su amigo contra la pared del VIP.
—Tranquilo, cariño —murmuró sin volverse—. Tu amigo solo quería bailar un poco más cerca de lo debido.
El tipo forcejeó. Era grande, dos metros de músculo alimentado con esteroides y testosterona barata. Su muñeca crujió contra los dedos de Jessica sin conseguir soltarse.
—Suéltame, perra —escupió, el aliento cargado de vodka y humillación.
Jessica sonrió. Tenía la sonrisa lenta de quien sabe exactamente lo que va a pasar a continuación. Sus ojos verde jade brillaron bajo las luces estroboscópicas como los de un gato callejero acechando en la oscuridad.
—¿Perra? —repitió, saboreando la palabra—. Hacía tiempo que no me llamaban así. Normalmente esperan a conocerme un poco mejor.
Giró sobre el taburete con una fluidez que contradecía la tensión en sus músculos. El movimiento hizo que su melena rubia, recogida en una coleta alta que le llegaba hasta la mitad de la espalda, describiera un arco perfecto. El vestido negro de corte ajustado se ciñó a sus curas, marcando la cintura de avispa y las caderas que habían hecho más de una víctima mucho antes de que ella necesitara usar la fuerza.
El tipo la miró. Todos miraban siempre. Era alta sin ser desgarbada, fuerte sin perder la feminidad, peligrosa sin necesidad de amenazar. Los años en el ejército le habían dado una conciencia absoluta de su cuerpo como arma, y lo usaba con la misma precisión que una Glock 19.
—Tú... —el hombre parpadeó, confundido entre el deseo y la rabia.
—Yo —confirmó ella, y apretó.
El crujido fue más fuerte esta vez. El tipo gritó, cayendo de rodillas mientras su amigo, el que había recibido el impacto contra el cristal, se incorporaba aturdido, con un hilo de sangre bajando desde la ceja partida.
Jessica soltó la muñeca y el hombre cayó hacia atrás, agarrándose la mano con la otra mientras maldecía entre dientes. Ella se levantó del taburete con la misma parsimonia, dejó un billete de cien dólares sobre la barra —el champán no era culpa del camarero— y se abrió paso entre la multitud que ya empezaba a apartarse como las aguas del Mar Rojo.
—¡No has terminado con nosotros, zorra! —gritó el del suelo, intentando levantarse.
Jessica se detuvo. No se volvió del todo, solo ladeó ligeramente la cabeza, suficiente para que el perfil perfecto se recortara contra las luces de neón.
—¿Seguro que quieres seguir? —preguntó, y su voz tenía el tono de quien pregunta por cortesía, sabiendo de antemano la respuesta—. Tengo que madrugar mañana, pero puedo quedarme cinco minutos más si insistes.
El tipo dudó. Su amigo, más sensato o más asustado, le puso una mano en el hombro.
—Vámonos —murmuró—. Esa tía está loca.
Jessica reanudó la marcha, atravesando la maraña de cuerpos sudorosos que bailaban al ritmo de un reguetón que ella detestaba. El calor era pegajoso, denso, un caldo de cultivo para malas decisiones y peores resacas. Ella no estaba allí por ninguna de esas cosas.
El móvil vibró en su clutch justo cuando salía a la calle.
Miró la pantalla. Número desconocido. Pero no cualquier número: una secuencia que reconoció inmediatamente. Cifrado militar. Nivel 3.
Aceptó la llamada.
—Greys.
—Tenemos un trabajo para ti.
La voz era metálica, distorsionada, pero el acento era inconfundible. Neutral, midatlántico, el de alguien que ha pasado demasiado tiempo en Langley.
Jessica se apoyó contra la pared del edificio, encendió un cigarrillo con la mano libre. La noche de Washington era húmeda, pegajosa, olía a asfalto caliente y a basura sin recoger.
—No trabajo para fantasmas —dijo, exhalando una bocanada de humo.
—No es para nosotros. Es para un cliente. Pero nosotros recomendamos que aceptes.
—¿Nosotros?
—Sabes quiénes somos.
Jessica sonrió sin alegría. La CIA. Su antigua casa. La que la había entrenado, utilizado y finalmente desechado cuando la Operación algo-salió-mal la dejó con más preguntas que respuestas y una pensión médica que no cubría ni la mitad de las pesadillas.
—Estoy retirada —dijo.
—No, no lo estás. Estás aburrida. Estás bebiendo más de la cuenta. Y estás perdiendo reflejos, aunque lo de dentro ha sido bonito. ¿El tipo de la muñeca rota? Te hemos estado observando toda la noche.
Jessica apretó la mano que sostenía el cigarrillo. El papel crujió.
—Si me estáis observando, sabréis que no me gusta que me espíen.
—No te estamos espiando. Te estamos evaluando. Ha pasado la prueba. El trabajo es sencillo: un chico listo necesita una niñera. Ha metido la mano donde no debía y ahora hay gente que quiere partirle los dedos uno a uno. Lo proteges una semana, le sacas del país, cobras medio millón. Fin de la historia.
—¿Una semana? ¿Medio millón? —Jessica arqueó una ceja—. ¿A quién ha enfadado? ¿Al presidente?
Un silencio al otro lado. Demasiado largo.
—Algo así.
Jessica apagó el cigarrillo contra la pared, dejando una marca negra sobre el ladrillo.
—Quiero más información.
—No puedes tenerla. Es un Need to know. Y tú no necesitas saber. Solo necesitas proteger.
—Entonces no me interesa.
Colgó.
Contó hasta tres. El móvil vibró de nuevo.
—Eres una hija de puta, Greys.
—Lo aprendí de los mejores. Decidme algo más o buscad a otra niñera.
Otro silencio. Luego un suspiro electrónico.
—Se llama Kaeil Grahan. Veintiséis años. Genio informático, trabaja como consultor de seguridad para empresas que no existen. Hace tres días accedió a servidores que no debería. Encontró algo que no debería. Ahora lo buscan personas que no van a parar hasta encontrarlo. Nosotros queremos que no lo encuentren.
—¿Y qué encontró?
—Eso no te importa. Tu trabajo es mantenerlo vivo hasta que podamos... resolver la situación.
Jessica se quedó quieta, procesando. La brisa cálida le levantó un mechón de pelo, pegándolo a sus labios pintados de un rojo oscuro casi negro.
—Si es tan importante, ¿por qué no lo protegéis vosotros? Tenéis gente mejor que yo. Gente más joven. Gente que todavía cree en la patria.
—Porque no podemos. Si usamos recursos oficiales, deja de ser un secreto. Se convierte en un incidente internacional. Necesitamos a alguien externo. Alguien que pueda moverse en las sombras sin levantar sospechas. Alguien como tú.
—Alguien prescindible.
—Alguien que sabe cuidarse sola.
Jessica se mordió el labio inferior. El gesto, inconsciente, era el mismo que hacía cuando analaba un campo de batalla, evaluando posiciones, buscando ángulos muertos.
—Quiero un adelanto. Cien mil. Transferencia ahora mismo.
—Hecho.
—Y quiero un nombre. Quién me envía.
—No.
—Entonces no hay trato.
—Greys...
—Un nombre. O me voy a casa, me tomo una copa y me olvido de que hemos hablado.
La respiración al otro lado se aceleró ligeramente. Jessica sonrió. Sabía que los tenía.
—Mason —dijo finalmente la voz—. El agente Mason.
Jessica sintió un vuelco en el estómago. Mason. El mismo Mason que había sido su oficial de casos en Siria. El mismo que le había asegurado que la misión era de rescate. El mismo que había firmado los informes que la declaraban "baja con honores" mientras su unidad era enterrada en cajas selladas.
—¿Mason? —repitió, y su voz salió más fría de lo que pretendía—. ¿Mason está vivo?
—Muy vivo. Y muy preocupado por el chico.
—Mason no se preocupa por nada que no tenga un precio.
—Esta vez es diferente. Esta vez... mira, no puedo hablar más por aquí. ¿Aceptas o no?
Jessica miró hacia arriba. El cielo de Washington era una mancha naranja sucia, sin estrellas, iluminado por las luces de la ciudad que nunca duerme. Hacía calor, hacía demasiado calor, y su vestido se pegaba a la piel como una segunda epidermis.
—Mándame la dirección —dijo finalmente—. Estaré allí en una hora.
Colgó antes de que pudieran responder.
El móvil vibró inmediatamente con un mensaje: coordenadas. Un loft en el distrito de moda, cerca del río. El tipo vivía bien para ser un consultor fantasma.
Jessica guardó el teléfono en el clutch, se apartó el pelo de la cara y empezó a caminar hacia donde había dejado la moto. Una Ducati Monster negra, el único lujo que se permitía, la única cosa que la hacía sentir viva cuando la adrenalina de la pelea se disipaba y solo quedaba el vacío.
Mason. Joder. Mason.
Había cosas que no cuadraban. Demasiadas. Un chico listo que encuentra algo. Una agencia que no puede protegerlo. Un oficial retirado que vuelve del pasado para ofrecerte un trabajo.
Pero medio millón era medio millón. Y Jessica necesitaba algo que la sacara del bucle de discotecas, peleas callejeras y noches en vela mirando el techo, preguntándose cómo habría sido la vida si aquel día, en aquel pueblo, las cosas hubieran sido diferentes.
Montó en la Ducati, arrancó con un rugido que hizo vibrar los cristales de los coches aparcados, y se perdió en el tráfico nocturno sin mirar atrás.
No vio la furgoneta negra estacionada al otro lado de la calle. No vio el objetivo de la cámara que la había seguido desde que salió de la discoteca. No vio al hombre que, desde el asiento del copiloto, hablaba por un teléfono satelital con la misma voz metálica que ella acababa de escuchar.
—Ha picado —dijo el hombre—. Está en camino.
La respuesta al otro lado fue inaudible.
—Sí —confirmó él—. Sigue siendo la misma. Rápida, letal, y con un punto débil del tamaño de un camión: necesita creer que lo que hace importa.
Colgó y se recostó en el asiento, observando el punto donde la luz trasera de la Ducati había desaparecido.
—Bienvenida a casa, Greys —murmuró—. La Operación Fénix te echaba de menos.
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Hola mis lectores, esta es una nueva novela, es todo un reto para mi, ya que me es fácil escribir novelas de fantasía de época antigua y esta es todo lo contrario.
Espero les guste y me den su apoyo 👍
Nos vemos en el próximo capítulo ☺️