"Que la luna sea testigo de mi vida y de mi muerte. Que guarde mi nombre en su luz plateada hasta el final de los tiempos."
— Antiguo proverbio de Valdris
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Capítulo 20: El Viaje a Aurelia
Los preparativos para el viaje a Aurelia comenzaron apenas una semana después de la llegada de Cassian. La ceremonia de mayoría de edad de Adrián era un evento de gran importancia, no solo para el imperio, sino también para la alianza entre ambos reinos. Y esta vez, la comitiva de Valdris sería mucho más numerosa de lo habitual.
—¿Estás segura de que quieres llevar a los pequeños? —preguntó Isolda a Lyra una tarde, mientras repasaban listas de equipaje en la sala privada de la reina.
Rafael, de cinco años, correteaba por la habitación con una espada de madera en la mano, fingiendo luchar contra dragones invisibles. Elara, de tres años, estaba sentada en el regazo de Lyra, acariciando distraídamente el cabello blanco de su hermana mayor.
—Estoy segura —respondió Lyra, acariciando la cabeza de la pequeña—. El emperador Valerius quiere verlos. Y Rafael lleva meses pidiendo ver el mar. ¿Verdad, pequeño?
—¡Quiero ver las ballenas! —gritó Rafael, deteniéndose en seco—. ¡Como Lyra! ¡Y montar en barco!
—Verás las ballenas —sonrió Lyra—. Pero hay que portarse bien durante el viaje. ¿De acuerdo?
—¡De acuerdo!
Elara, sin decir palabra, apoyó su cabecita en el hombro de Lyra. La niña de tres años apenas hablaba, pero entendía todo. Sus ojos azul grisáceo observaban cada detalle, cada conversación, como si estuviera tejiendo un mapa invisible del mundo que la rodeaba.
Isolda suspiró, pero sonrió.
—Valerius se pondrá muy contento. La última vez que vio a los niños, Elara apenas gateaba. Y Rafael... bueno, Rafael sigue siendo un terremoto.
—Pero es nuestro terremoto —dijo Lyra con cariño—. Y además, Cassian viajará con nosotros. Dice que quiere conocer el imperio.
—¿Cassian? —Isolda levantó una ceja—. ¿El nuevo asistente de Eryndor?
—El mismo. Eryndor dice que es eficiente, discreto y que no habla más de lo necesario. Todo lo que un asistente debe ser.
—Y tú, ¿qué opinas?
Lyra recordó la conversación en los jardines, la forma en que Cassian había revelado saber tanto sobre ella, sobre Adrián, sobre las conspiraciones. Era un aliado valioso. Pero también era un enigma.
—Creo que es exactamente lo que necesitamos —respondió—. Alguien que ve lo que otros no ven.
Isolda la miró largamente, pero no preguntó más.
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Los Últimos Preparativos
Los días previos a la partida fueron un torbellino de actividad. Eryndor se despedía de sus instructores, Cassian organizaba los detalles logísticos del viaje, y Lyra supervisaba personalmente el equipaje de los pequeños, asegurándose de que llevaran suficiente ropa de abrigo y sus juguetes favoritos.
El rey Alaric, que también viajaría con ellos, pasaba horas en reuniones con sus consejeros delegando la administración del reino durante su ausencia. Isolda, por su parte, se aseguraba de que nada faltara para sus hijos.
Rafael estaba tan emocionado que apenas podía dormir. Cada noche, aparecía en la habitación de Lyra con alguna pregunta nueva.
—Lyra, ¿hay ballenas en invierno?
—Sí, Rafael. En invierno es cuando más se ven.
—Lyra, ¿puedo montar en barco?
—Sí, pequeño. El tío Valerius tiene un barco grande.
—Lyra, ¿Elara va a tener miedo?
—Elara es más valiente de lo que parece. No te preocupes.
—Lyra, ¿tú me cuidarás?
—Siempre, Rafael. Siempre.
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La Noche Antes de Partir
La víspera del viaje, Cassian se reunió con Lyra y Adrián en la sala secreta, la misma donde se encontraban con la red de espías. Esta vez, Eryndor no estaba. Aún no sabía nada de los planes de Lyra, de las conspiraciones, de las dos vidas que ella y Adrián habían vivido. Y por ahora, Lyra quería mantenerlo así.
—¿Estás listo para tu primera misión fuera de Valdris? —preguntó Lyra a Cassian.
El joven de diecisiete años asintió con seriedad.
—Mi padre me entrenó para esto. Conozco los protocolos, los códigos secretos, y tengo contactos en Aurelia que pueden ayudarnos.
—¿Contactos? —preguntó Adrián con interés.
—Mi casa tiene una red propia. No tan extensa como la de la princesa, pero sí bien ubicada. Hay comerciantes, sirvientes, incluso algunos nobles menores que nos deben favores.
—Podrían sernos útiles —dijo Adrián, pensativo—. Sobre todo para identificar a quien está financiando a Varen Crain.
—Exactamente —respondió Cassian—. En la ceremonia de mayoría de edad, todos los nobles importantes de Aurelia estarán presentes. Será la oportunidad perfecta para observar, para escuchar, para identificar a los sospechosos.
Lyra asintió.
—Pero con cuidado. No podemos levantar sospechas. Si el conspirador descubre que lo estamos investigando, podría adelantar sus planes.
—O eliminar a quienes se interpongan en su camino —añadió Adrián con gravedad.
El silencio se hizo un momento. Luego, Cassian habló.
—Protegeré a la familia. Es mi deber como asistente del príncipe heredero. Y también como aliado de ustedes.
—¿Por qué haces esto, Cassian? —preguntó Lyra, mirándolo fijamente—. No solo hablo de ayudarnos en esta misión. Hablo de todo. De arriesgar tu vida por nosotros.
Cassian sostuvo su mirada.
—Porque mi padre me enseñó que las tradiciones no son solo gestos vacíos. Son promesas. Juramentos. Mi casa juró servir a ustedes hace siglos, y yo honraré ese juramento con mi vida si es necesario. No por obligación. Porque creo en ello.
Lyra sintió una calidez en el pecho.
—Entonces, bienvenido al círculo de confianza, Cassian. No se lo digas a nadie. Ni siquiera a mi hermano. No todavía.
—Lo guardaré en secreto —prometió él—. Hasta que llegue el momento.
Adrián extendió la mano, y Cassian la estrechó. Lyra hizo lo mismo.
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La Partida
El día del viaje amaneció frío pero despejado. El sol brillaba sobre la nieve, y el cielo era de un azul intenso que prometía un buen viaje. La comitiva de Valdris se reunió en el patio principal: caballeros, sirvientes, carruajes y caballos, todo listo para la larga travesía hacia Aurelia.
Eryndor, ya en forma humana, montaba su caballo al frente de la comitiva. Cassian iba a su lado, con la misma elegancia y discreción que lo caracterizaba.
—¿Nervioso, lord Cassian? —preguntó Eryndor, mirándolo de reojo.
—Un poco, majestad —admitió Cassian—. Es mi primera visita al imperio. He oído que es un lugar impresionante.
—Lo es. Y también peligroso, si no se sabe por dónde moverse.
—Por suerte, estaré con usted.
Eryndor sonrió.
—Eso espero.
Detrás de ellos, en el carruaje principal, Lyra viajaba con los pequeños. Rafael se asomaba por la ventanilla constantemente, saludando a los sirvientes y a los caballeros que los acompañaban. Elara, más tranquila, se acurrucaba junto a Lyra, con su muñeca de trapo apretada contra el pecho.
—Lyra —dijo de repente la niña de tres años, con su vocecilla suave—. ¿El mar es grande?
Lyra la miró con ternura. Elara apenas hablaba, pero cuando lo hacía, siempre preguntaba cosas importantes.
—Muy grande, pequeña. Más grande que todo Valdris.
—¿Y hay ballenas?
—Sí. Cantan canciones que se oyen desde muy lejos.
Elara asintió, como si hubiera confirmado algo que ya sabía, y volvió a acurrucarse contra Lyra.
Rafael, por su parte, no paraba de hacer preguntas.
—¿Cuánto falta? ¿Qué vamos a comer? ¿Dónde dormiremos? ¿El tío emperador nos llevará a pasear? ¿Adrián nos va a enseñar su habitación? ¿Podremos montar en barco todos los días?
—Pregunta, pregunta y pregunta —rio Lyra, acariciando su cabeza—. Vas a gastar todas tus palabras antes de llegar.
—¡Imposible! —respondió él con seguridad—. Yo tengo palabras infinitas.
Isolda, sentada frente a ellos, sonrió al ver la paciencia y el cariño de Lyra con los pequeños. Había sido una bendición tenerla, pensó. Una bendición que no esperaba ni merecía.
—Gracias, Lyra —dijo en voz baja.
—¿Por qué?
—Por cuidarlos. Por quererlos. Por ser la hermana mayor que todos necesitan.
Lyra la miró y sonrió.
—Ellos me hacen mejor persona. No hay que agradecer.
Pero Isolda agradeció en silencio, con el corazón.
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El Camino
La comitiva avanzó por el camino nevado, dejando atrás las torres de Brumhaven. El viaje duraría varios días, pero nadie parecía preocupado. Había suficiente comida, mantas calientes y buena compañía.
Al caer la tarde, acamparon en un claro del bosque, protegido del viento por unos enormes robles. Las tiendas se levantaron rápidamente, y pronto el olor a comida caliente llenó el aire.
Rafael, agotado por la emoción, se durmió antes de la cena, acurrucado en el regazo de Lyra. Elara, en cambio, seguía despierta, mirando las estrellas que comenzaban a aparecer en el cielo.
—Lyra —dijo de repente—. ¿La luna nos ve?
Lyra la miró, sorprendida por la profundidad de la pregunta.
—Sí, pequeña. La luna nos ve a todos. Y nos cuida.
—¿A todos?
—A todos los que creen en ella.
Elara asintió y señaló el cielo con su dedito.
—Allí está.
Lyra siguió su mirada. La luna, apenas un cuarto creciente, brillaba entre las estrellas.
—Sí —susurró—. Allí está.
Elara sonrió, un raro gesto en ella, y cerró los ojos.
Lyra la abrazó con más fuerza y, por un momento, sintió que todo estaba bien. Que el futuro, aunque incierto, no les ganaría. Que tenían amigos, aliados, familia.
"¿Crees que podremos?", preguntó a Lunaria.
"Lo intentaremos", respondió su loba. "Y mientras lo intentemos, mientras luchemos, mientras no nos rindamos... siempre habrá esperanza."
Lyra asintió y cerró los ojos, meciendo suavemente a los pequeños.
Mañana seguirían viajando.
Pero esta noche, bajo la luna, solo había paz.
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La Llegada a la Frontera
Al tercer día, alcanzaron la frontera entre Valdris y Aurelia. El paisaje cambió gradualmente: los bosques de robles y pinos dieron paso a colinas doradas y acantilados que se asomaban al mar. El aire olía a sal y a algas, y las gaviotas volaban en círculos sobre ellos.
—¡El mar! —gritó Rafael, que había despertado justo a tiempo—. ¡Lyra, mira, el mar!
Lyra sonrió al ver la emoción en sus ojos.
—¿Ves? Te dije que llegaríamos.
—¡Es enorme! ¡Más grande que todo!
Elara también se asomó a la ventanilla, y por primera vez, sus ojos azul grisáceo se abrieron de par en par.
—Bonito —dijo—. Muy bonito.
Isolda las observaba con una sonrisa radiante.
—Bienvenidos a Aurelia —dijo—. La tierra de mi familia.
La comitiva avanzó por el camino costero, y pronto divisaron las murallas de Aureopolis, la ciudad de oro, brillando bajo el sol.
En las puertas, el emperador Valerius los esperaba, con los brazos abiertos y una sonrisa enorme en el rostro.
—¡Familia! —exclamó cuando los carruajes se detuvieron—. ¡Bienvenidos!
Rafael salió disparado del carruaje y se lanzó a los brazos de su tío.
—¡Tío Valerius! ¡Quiero ver las ballenas!
El emperador rió a carcajadas.
—¡Y las verás, pequeño! ¡Pero primero, a descansar! ¡Mañana será un gran día!
Lyra descendió del carruaje con Elara en brazos. La pequeña miraba a su tío con curiosidad, sin miedo, como si ya lo conociera de siempre.
—Hola, pequeña —dijo Valerius, acercándose—. ¿Te acuerdas de mí?
Elara asintió lentamente.
—Tío —dijo.
Valerius sintió que el corazón se le derretía.
—Sí, pequeña. Tu tío.
Adrián, que había cabalgado al frente con Eryndor, se acercó y abrazó a su padre.
—Bienvenidos a casa, hijo —dijo Valerius, palmeándole la espalda—. Tu ceremonia será inolvidable.
—Lo sé, padre —respondió Adrián—. Y tengo mucho que contarte.
Cassian, que observaba la escena desde su caballo, sonrió.
—Parece una familia feliz —dijo en voz baja.
Eryndor, a su lado, asintió.
—Lo es, y quiero que se mantenga así.
Cassian lo miró, y por primera vez, vio en los ojos azules del príncipe una determinación que no esperaba.
—Esa es mi misión —dijo—. Protegerlos. A todos.
—Bueno, lord Cassian aquí empieza tu misión de proteger a la familia. —respondió Eryndor—. Vas a necesitar más que buenas intenciones.
—Lo sé. Por eso tengo también una espada y una mente afilada.
Eryndor rió y espoleó su caballo hacia el palacio.
Detrás de él, la familia Valdris entraba en Aurelia, lista para los días venideros.
Días de celebración, de reencuentros, y también de investigación.
Porque en las sombras, alguien se movía.
Y ellos estarían esperando.