Hace mil años, el sol se extinguió. Hoy, la humanidad se aferra a la vida en Aethelgard, una colosal metrópolis flotante que sobrevive drenando la energía del Abismo. En este mundo, tu valor se mide por tu Núcleo de Esencia, y el de Kaelen era basura.
Como un simple Recolector, Kaelen arriesgaba su vida en las profundidades para que la élite viviera en el lujo. Pero la lealtad no existe en el Abismo. Traicionado por su capitán y apuñalado por la espalda por sus propios compañeros, Kaelen es arrojado a las fauces de la oscuridad eterna.
Sin embargo, el destino tiene otros planes. En el fondo del abismo, donde el tiempo no existe, Kaelen tropieza con los restos de una deidad olvidada. Al borde de la muerte, toma una decisión que cambiará el orden del universo: devorar el corazón de un dios.
Ahora, con un sistema de poder oscuro despertando en sus venas y una sed de venganza que podría incinerar los cielos
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El Falso Dios de la Ceniza
El aire en las Tierras del Este era una sopa espesa de partículas radiactivas y esencia abisal pura. Aquí, el suelo no era de ceniza, sino de un cristal negro que vibraba con cada paso. A lo lejos, la silueta del Templo de la Pupila se alzaba como un dedo deforme apuntando al cielo.
Sora y la Vanguardia de Hierro se detuvieron en la cresta de una duna de cristal. Abajo, en el valle, cientos de figuras vestidas con harapos hechos de piel de monstruo estaban postradas frente al templo. No gritaban, solo emitían un cántico gutural que parecía mover las sombras a su alrededor.
—Son los Hijos del Vacío —susurró Sora, ajustando su máscara—. Han vivido aquí por generaciones. Creen que el Abismo es una entidad consciente que exige sacrificios. Si nos ven, nos despedazarán antes de que podamos decir una palabra.
Kaelen miró a Elara y luego al androide Serafín-05 que flotaba a su lado.
—No necesitamos balas para estos hombres —dijo Kaelen. Su voz había adquirido un eco profundo, como si varias personas hablaran a la vez—. Necesitan algo en qué creer. Yo les daré una pesadilla que puedan adorar.
Kaelen caminó solo hacia el valle. A medida que descendía, la energía oscura comenzó a brotar de sus poros, expandiéndose hasta formar una capa de diez metros que oscurecía el suelo a su paso. Los Hijos del Vacío sintieron la presencia y se giraron. Miles de ojos, muchos de ellos mutados y brillantes, se fijaron en él.
Un hombre alto, cubierto de tatuajes que sangraban energía azul, se adelantó. Era el Sumo Sacerdote.
—¿Quién osa profanar el suelo del Gran Ojo? —rugió el sacerdote, levantando un báculo hecho de un fémur de dragón abisal—. ¡No hueles a carne, extranjero, hueles a pecado! ¡A la fosa con él!
Los fanáticos rugieron y se abalanzaron sobre Kaelen con dagas de obsidiana.
Kaelen no se defendió. Simplemente activó su [Dominio del Soberano].
La gravedad en un radio de cincuenta metros se multiplicó por diez. Los atacantes cayeron de bruces, sus huesos crujiendo contra el cristal negro. Kaelen siguió caminando, pasando sobre sus cuerpos postrados como si fueran alfombras.
—He descendido desde donde la luz muere y el tiempo se detiene —dijo Kaelen, y cada palabra fue acompañada por un pulso de energía que apagó las antorchas del valle—. He devorado el corazón de los antiguos y he vuelto para reclamar lo que es mío por derecho de sangre.
Se detuvo frente al Sumo Sacerdote, quien temblaba bajo la presión gravitatoria. Kaelen liberó la Segadora de la Deidad, pero no para atacar. La cadena se elevó tras él, formando una corona de espinas de hueso que flotaba sobre su cabeza. Sus ojos carmesí brillaron con tal intensidad que el sacerdote tuvo que desviar la mirada.
—¿Eres... tú? —tartamudeó el sacerdote—. ¿El Soberano que las profecías dijeron que traería el fin de la Ciudad de Cristal?
Kaelen puso su mano sobre la cabeza del sacerdote. En lugar de matarlo, inyectó una pequeña fracción de su esencia divina en él. El hombre gritó, pero sus heridas se cerraron y su energía se estabilizó.
—El fin de Aethelgard ha comenzado —sentenció Kaelen—. Abran las puertas del Templo. El Ojo debe despertar.
Los Hijos del Vacío, viendo el milagro de la curación y sintiendo la abrumadora autoridad de su poder, se golpearon el pecho y se postraron por completo.
—¡EL SOBERANO HA VUELTO! —gritaron al unísono, un rugido que sacudió los cimientos del valle.
Las pesadas puertas de obsidiana del templo se abrieron con un gemido milenario. Sora y Elara bajaron de la duna, escoltadas por los fanáticos que ahora las miraban con respeto sagrado. Elara le lanzó una mirada a Kaelen, mitad admiración y mitad temor.
—Te estás volviendo demasiado bueno en esto de ser un dios, Kaelen —susurró ella al pasar a su lado.
—Solo estoy dándoles lo que necesitan para que no se interpongan en mi camino —respondió él, aunque en el fondo, sentía cómo el sistema del Devorador disfrutaba de la adoración.
En el centro del templo, sobre un pedestal que goteaba plasma negro, flotaba el Ojo del Abismo. Era una esfera perfecta de materia oscura que parecía absorber la realidad a su alrededor.
[OBJETO DE GRADO DIVINO DETECTADO: El Ojo del Abismo]
[Estado: Inactivo]
[Función: Sincronización con el Núcleo Madre de Aethelgard]
Kaelen extendió la mano hacia la esfera. Al tocarla, el templo entero vibró. En las alturas de la ciudad de Aethelgard, los sensores de los Soberanos comenzaron a sonar. El secreto había sido descubierto.
—Ya nos ven —dijo Elara, mirando hacia el techo—. Saben que tenemos el Ojo.
—Que miren —dijo Kaelen, mientras el Ojo se fusionaba con su pecho, integrándose en su armadura—. Porque es lo último que verán antes de que les arranque el cielo.