Angelo murió cuando estaba a punto de triunfar. Un accidente absurdo y su sueño de poseer un hotel de lujo se desvaneció.
Pero el destino le dio una segunda oportunidad.
Reencarnó en Kael, un omega hombre olvidado en el harén del Emperador Ethan. El más bajo de los bajos. Un regalo que nadie mira. Invisible.
Kael tiene un objetivo: convertirse en Emperatriz. Tiene las armas: una mente fría y años de experiencia seduciendo a hombres poderosos en su vida anterior. Y tiene un plan: hacer que el Emperador, el Alfa más poderoso del imperio, se vuelva loco por él.
Pero el harén es un campo de batalla de secretos y traiciones. La Emperatriz, la favorita, las concubinas... todas lo aplastarían si pudieran verlo. Y el Emperador ni siquiera sabe que existe.
Kael solo necesita una oportunidad para ser visto.
Lo que no sabe es que en el juego más peligroso de su vida, algunas piezas se mueven solas. Y que el hombre al que juró conquistar podría convertirse en algo que nunca esperó
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Capítulo 13: La semilla germina
Tres días después de que Lyra volviera a la cama del Emperador, las sombras del harén empezaron a moverse. En una pequeña sala de té del ala oeste, Vania y Hana conversaban en voz baja, sus cabezas inclinadas sobre las tazas humeantes, nadie las escuchaba. O eso creían.
—Tres noches —dijo Vania, la de cabello castaño recogido en un elaborado moño—. Lleva tres noches con ella.
—Lo sé —respondió Hana, la más joven, con un tono que mezclaba frustración y miedo—. Creíamos que había perdido su lugar, pero volvió más fuerte que antes.
Vania sonrió, pero no era una sonrisa amable.
—Que disfrute mientras pueda.
Hana la miró, inquisitiva.
—¿Tienes algo?
—Ya lo creo que sí. —Vania sacó un pequeño paquete de entre los pliegues de su túnica, envuelto en un trozo de seda oscura—. Esto es lo que necesitamos.
—¿Qué es?
—Algo sutil, algo que no se nota al primer sorbo. Se lo pondremos en el té de cada tarde, la criada que le sirve me debe un favor. —Su sonrisa se ensanchó—. Con cada ingesta, su resistencia irá bajando, su energía, su fuerza. Nada que ella pueda señalar, nada que los médicos puedan detectar. Solo… un desgaste, una debilidad creciente.
Hana la miró con admiración y temor.
—¿Y cuánto tardará en hacer efecto?
—Días. Quizás una semana. Lo justo para que cuando el Emperador vuelva a llamarla, ella no sea la guerrera indomable que él espera. Será más débil, más humana. Más… olvidable.
Hana asintió, comprendiendo.
—¿Y si la llaman antes?
—Entonces tendremos que esperar pero tarde o temprano, caerá y cuando lo haga, nosotras estaremos listas para ocupar su lugar.
Las dos mujeres brindaron con sus tazas de té, cómplices en la penumbra.
Mientras tanto, en los aposentos de Lyra, la atmósfera era muy distinta. La concubina favorita se miraba en el espejo con una sonrisa que no podía ocultar. Tres noches. Tres noches seguidas en la cama del Emperador, y en cada una había sido diferente: Más atrevida, más ella misma y él, había respondido.
Está funcionando, pensó, le gusta esta nueva Lyra.
Pero incluso en su triunfo, una sombra cruzó su mente. Sera. La Emperatriz debía estar furiosa y cuando Sera se enfurecía, alguien pagaba el precio. Tendré que tener cuidado, se recordó a sí misma. La victoria de hoy no garantiza la de mañana.
Se levantó del tocador y fue hacia el rincón donde guardaba su espada de madera. La tomó y trazó unos movimientos lentos en el aire, sintiendo el peso familiar en la mano. Su cuerpo respondía con la fuerza de siempre. Por ahora.
Esa misma tarde, Ethan caminaba hacia la biblioteca con paso distraído.
Los informes de la mañana habían sido agotadores, la frontera norte, siempre la frontera norte. Los generales pedían más hombres, los ministros recortaban presupuestos, y él estaba en medio, intentando sostener un imperio que parecía resquebrajarse por los bordes.
Mientras doblaba el pasillo que llevaba a la biblioteca, su mente se desvió sin querer hacia algo, o más bien alguien, que llevaba días sin ver.
Kael.
Hacía ocho días del último encuentro. Ocho días desde que aquel omega de túnica gris había desaparecido de los pasillos, de los jardines, de la biblioteca. No era que lo hubiera buscado, pero su ausencia se notaba, como un pequeño vacío en el paisaje cotidiano.
¿Dónde se habrá metido?, pensó, casi sin darle importancia. Quizás lo cambiaron de tareas.
Abrió la puerta de la biblioteca y entró. Y entonces lo sintió.
Lavanda. Fresca. Herbal. Calmante. Un aroma que evocaba un prado después de la lluvia, un remanso de paz en medio del bullicio del palacio. Sin saber por qué, Ethan aspiró hondo, dejando que ese olor lo envolviera.
Buscó con la mirada y allí estaba. En un rincón de la sala, cerca de las estanterías del fondo, sentado en el suelo con las piernas cruzadas y un libro abierto sobre las rodillas. La túnica gris, el cabello oscuro cayendo lacio, la cabeza ligeramente inclinada sobre las páginas.
Ya está aquí, pensó Kael, sintiendo la mirada de Ethan antes de verlo. El corazón le dio un vuelco, pero su rostro no mostró nada. Dejó pasar un segundo, dos, fingiendo no haberlo notado, absorto en la lectura. Luego, como si el peso de esa presencia se impusiera, levantó la cabeza con un sobresalto perfectamente calculado.
—¡Majestad! —exclamó, cerrando el libro con un movimiento rápido—. Disculpe, no lo oí entrar.
—Continúa —dijo Ethan, con un gesto de la mano—. No he venido a interrumpir tu lectura.
Kael parpadeó, como si la orden lo sorprendiera.
—¿Majestad?
—Puedes seguir leyendo. Siéntate.
Kael dudó un instante, luego obedeció. Se dejó caer de nuevo al suelo, el libro aún cerrado sobre sus rodillas, esperando.
Entonces ocurrió algo que Kael no había previsto, Ethan se acercó y, con una naturalidad que desarmaba, se sentó frente a él. No en el sillón, no en la mesa, sino en el suelo de piedra, como si fueran dos personas cualesquiera compartiendo un rincón. Kael no pudo disimular del todo su sorpresa., sus ojos grises se abrieron un instante, genuinamente desconcertado. Un Emperador sentado en el suelo. Con él.
—¿Qué lees? —preguntó Ethan, señalando el libro, ajeno al terremoto que acababa de provocar.
Kael tardó un segundo en recuperar la compostura.
—Geografía militar de las provincias del norte, Majestad.
Ethan arqueó una ceja. Un omega leyendo estrategia militar no era algo que viera todos los días.
—Es un libro complejo. ¿Lo entiendes?
Kael dudó un instante. Luego, con voz baja pero firme respondió:
—Lo suficiente, Majestad.
—¿Qué te interesa de él? —preguntó Ethan, y había curiosidad genuina en su tono.
Kael abrió el volumen por la página que había estado leyendo, un mapa detallado de la frontera norte con anotaciones al margen.
—Los pasos de montaña —dijo, señalando unas líneas marcadas—. Están trazados como rutas secundarias, pero en invierno, cuando los puertos principales se cierran por la nieve, estos se convierten en la única vía. Si yo fuera un general de los clanes del norte, intentaría tomar el control de estos pasos antes de que llegue el frío, así, cuando el invierno aísle la región, mis tropas ya estarían dentro.
Ethan lo miró, sorprendido; no solo por el análisis, que era sólido y estratégico, sino por la naturalidad con que lo expresaba. Como si hablar de geografía militar fuera lo más normal del mundo para un omega de séptimo rango.
—¿Dónde aprendiste esto? —preguntó.
Kael bajó la vista un momento.
—En los libros, Majestad, siempre me ha gustado aprender, y las Tierras del Sur tienen problemas similares con sus propias fronteras. La geografía no cambia, solo los hombres que la habitan.
Ethan asintió lentamente, procesando. Luego señaló un punto en el mapa.
—¿Y esto? ¿Qué opinas de esta región?
Kael se inclinó sobre el mapa, sus ojos grises recorriendo las líneas con atención. Y empezó a hablar.
Habló de los valles, de los ríos, de las rutas de suministro. Habló de cómo la orografía condicionaba las campañas militares, de cómo el conocimiento del terreno podía valer más que mil soldados y mientras hablaba, su voz se volvía más segura, más viva. Ya no era el omega sumiso que bajaba la cabeza, era alguien que sabía, que pensaba, que existía más allá de los límites que le habían impuesto.
Ethan lo escuchaba en silencio, fascinado,y mientras lo escuchaba, algo en el ambiente cambió. La lavanda de Kael, siempre presente, parecía llenar el espacio de una calma que Ethan rara vez encontraba y su propio aroma, la madera de agar que siempre lo acompañaba, se había suavizado sin que él lo notara. Ya no era la presencia imponente que recordaba a todos su lugar. Era más cálida, más envolvente, como si el aire mismo se hubiera convertido en un remanso de paz.
Cuando Kael terminó, se dio cuenta de que había hablado demasiado. Bajó la vista, encogió los hombros.
—Disculpe, Majestad. Me dejo llevar. No es mi lugar…
—No —lo interrumpió Ethan—. No te disculpes.
Kael levantó la vista, sorprendido.
Ethan lo miró un momento, sus ojos oscuros sosteniendo los grises.
—Ha sido… agradable —dijo, y la palabra le sonó extraña incluso a él mismo—. Refrescante. Nadie me habla así, nadie me habla de cosas que importan.
Kael no dijo nada. Solo esperó.
—Hablar contigo —continuó Ethan, buscando las palabras— es diferente. No sé explicarlo. Pero lo es.
Kael mantuvo la voz baja, serena.
—Me alegra, Majestad.
Hubo un silencio, pero no incómodo. Era un silencio lleno, como si las palabras dichas hubieran llenado el espacio de algo nuevo.
—Con su permiso —dijo Kael al fin—, debo irme. Tengo otras tareas.
Ethan asintió, aunque por dentro sintió un pequeño tirón, un deseo de que se quedara. Pero no dijo nada.
Kael se levantó, hizo una reverencia, y se fue.
Ethan se quedó solo en el rincón de la biblioteca, el libro aún abierto sobre el suelo. Lo recogió, pasó los dedos por las páginas, y por un momento, el aroma de lavanda aún flotaba en el aire, mezclado con el suyo propio, más suave de lo habitual.
Esa noche, cuando el eunuco de confianza se acercó a preguntar si deseaba compañía, Ethan dudó. Había llamado a Lyra tres noches seguidas, y había sido bueno. Pero esta noche…
—No —dijo al fin—. Esta noche no.
El eunuco inclinó la cabeza y se retiró.
Ethan se quedó solo, mirando el fuego de la chimenea y en su mente, una y otra vez, volvía a esa conversación. A esos ojos grises brillando al hablar de mapas. A esa voz tranquila que no pedía nada. A ese rato en el que, sin saber cómo, había encontrado paz.
En su diminuta habitación, Kael se sentó en la estera y dejó escapar un suspiro. Había sido arriesgado, había mostrado demasiado, quizás, pero había funcionado. Lo había visto en los ojos de Ethan: sorpresa, interés, algo nuevo. Y lo de sentarse en el suelo… eso no lo había esperado. Eso había sido real.
Ya no soy solo el omega que huele a lavanda, pensó. Ahora soy el que sabe de mapas, el que opina sobre estrategia. El que no pide nada.
Sonrió en la penumbra. Que se acostumbre, que quiera más. Que empiece a necesitarme.
Y mientras pensaba en eso, recordó la escena de las conspiradoras que había presenciado días atrás, Vania y Hana, tramando contra Lyra. Ahora que Lyra había vuelto a la cama del Emperador, ese plan se pondría en marcha.
Lyra no sabe lo que le espera, pensó. Pero yo sí. Y esa información, bien usada, puede valer mucho. Apagó la vela y se tumbó en la estera.
El juego sigue y yo apenas empiezo a mover mis piezas.
Más capítulos porfaaa