A veces los sentimientos llegan cuando menos deberían.
Una noche cualquiera, una convivencia inesperada y una conexión que nunca estuvo en los planes.
Esta no es una historia perfecta, es real, intensa y llena de decisiones que marcan para siempre.
Porque hay amores que no se buscan… simplemente pasan.
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Capítulo 8: La verdad que nadie quería decir
Después de salir de las pasantías, me encontré con Natali y Karen como siempre. Ellas ya eran parte de mi rutina, pero también eran ese espejo incómodo que me devolvía verdades que yo no quería mirar de frente.
Era inevitable contarles lo que estaba pasando entre Alejandro y yo; guardármelo solo hacía que el nudo en el pecho se apretara más.
Hablábamos de cualquier cosa, pero yo estaba ausente, ida. Natali lo notó enseguida.
Natali: Mel… te gusta, ¿cierto?
La pregunta me cayó como un golpe seco. Abrí la boca, pero no sabía qué decir. Decir que sí me daba miedo, como si al pronunciarlo todo se volviera real.
Melani: No lo sé, Nat… estoy confundida.
Karen me miró con esa expresión seria que siempre usaba cuando algo no le cuadraba.
Karen: Esto los va a lastimar, Mel. A los dos.
Cada palabra hacía que mi corazón se encogiera un poco más.
Melani: Los dos decidimos esto… y solo es algo que en un par de meses va a terminar.
Natali negó suavemente con la cabeza.
Natali: Se sabe que va a terminar, Mel. Pero eso no significa que no te vaya a doler.
Sentí una presión horrible en el pecho, como si me faltara el aire. No quería seguir por ese camino, así que cambié el tema y empezamos a hablar de los servicios, de lo que habíamos hecho ese día, de cualquier cosa que me sacara de ahí.
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Después de acompañar a Karen, me quedé sola con Natali esperando la camioneta. Y ahí, sin más distracciones, llegó la conversación que sabía que tarde o temprano tenía que pasar.
Natali: Sé que te gusta… y no quiero verte sufrir por él, ¿me entiendes?
La miré con los ojos brillosos.
Melani: Es complicado, Nat. Él sí me gusta, pero decirlo no va a cambiar nada. Solo… solo quiero disfrutar mientras se pueda.
Natali: No quiero verte rota después.
Unas ganas enormes de llorar me invadieron.
Melani: Quizás sufra, sí… probablemente lo haga. Pero es inevitable. Tú sabes cómo ha sido mi vida. Nadie me ha tratado como él. Es cariñoso, atento, me cuida, me complace… para mí es perfecto. El problema es que es el hombre que no puedo tener, ni en un millón de años.
Natali suspiró.
Natali: ¿Y aun así crees que vale la pena?
Melani: Sí.
No lo pensé. Me salió del alma.
No hubo tiempo para más. Llegó la camioneta y Natali se fue, dejándome con la cabeza hecha un caos. Para no llegar rápido a la casa, me fui por el metro. Al bajar, compré un tostón; era lo único que sentía que podía bajarme un poco el estrés.
Iba tan perdida en mis pensamientos que ni siquiera me di cuenta de que no le había avisado a Alejandro que iba de camino. Llegué a la casa, saludé sin mirar el celular, me cambié, me bañé, comí algo rápido y me fui al cuarto. Esa cama… su olor seguía ahí, envolviéndome, recordándomelo en cada respiración.
Tomé el celular y vi los mensajes.
Mor, ¿saliste?
Mor, ¿dónde estás?
Por fa avísame cuando llegues a la casa.
Princesa, me tienes preocupado… responde.
Sentí culpa de inmediato.
Melani: Lo siento, amor. Llegué cansada y ni había revisado el celular.
La respuesta llegó al instante.
Alejandro: Tranquila, mor. Me alegra que ya estés en casa. Date un baño y acuéstate un rato, ¿sí?
Le dije que tenía cosas que hacer.
Alejandro: ¿Qué cosas?
Melani: Las láminas para la presentación.
Alejandro: Está bien, mor. Cuando llegue te consiento para que te sientas mejor.
Nada en mi cabeza estaba en orden. Terminé lo que tenía que hacer y me quedé dormida. A las seis de la tarde desperté con otro mensaje.
Alejandro: Mor, ya salí del trabajo. Voy camino al otro. Te escribo cuando llegue.
No me levanté de la cama. Esa sensación extraña seguía ahí, insistente. Hasta que escuché que me llamaban. Era mi tía y la mamá de Alejandro.
Entré a la habitación con los nervios de punta.
Mamá de Alejandro: Siéntate, por favor.
Lo hice. El silencio pesaba.
Mamá de Alejandro: ¿No tienes algo que decirme?
La miré sin saber qué responder. El corazón me latía tan fuerte que pensé que se me iba a salir.
Mamá de Alejandro: Has roto la confianza que te di.
Ahí lo entendí todo.
Mamá de Alejandro: Ustedes son grandes para saber lo que hacen, pero él es mi hijo… y tú prácticamente mi sobrina. No quiero que se hagan daño. Tal vez pensaron que esto era algo pasajero, pero sabemos que no lo es.
Sentí cómo el pecho se me cerraba. después de haber hablado conmigo estaba por salir de su habitación, cuando me dijo.
Mamá de Alejandro: A partir de hoy, no puedes seguir durmiendo con Alejandro.
Me quedé paralizada. No discutí. No podía. Era su casa… y yo había fallado.
Salí de esa habitación sabiendo que nada volvería a ser igual.
Porque lo nuestro, que ya era complicado, acababa de cruzar una línea imposible de borrar.
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Me encerré en la habitación apenas pude. No quería ver a nadie, no quería escuchar nada. Las lágrimas comenzaron a caer sin permiso, una tras otra, mientras el pecho me dolía como si me lo estuvieran apretando con fuerza. Pensar que ya lo extrañaba cuando me iba… y ahora tendría que extrañarlo teniéndolo tan cerca, me parecía una tortura silenciosa.
No aguanté más guardándomelo. Necesitaba saber qué pensaba él, necesitaba sentir que no estaba sola en todo eso. Con las manos temblorosas tomé el celular y le escribí.
Melani: Bb… tu mamá ya sabe lo que pasa entre nosotros.
No tardó en responder.
Alejandro: ¿Qué? ¿Qué te dijo?
Le conté todo, palabra por palabra, tratando de no llorar mientras escribía. Al terminar, el teléfono vibró otra vez.
Alejandro: Cálmate, princesa. Yo voy a hablar con ella. Todo va a estar bien, ¿sí? No quiero que te estreses, ya tienes suficiente con la universidad.
Sus palabras me tranquilizaron un poco, aunque el miedo seguía ahí, instalado en el fondo del pecho.
Melani: Está bien… te espero para hablar.
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El tiempo pasó sin que me diera cuenta. El cansancio me venció y me quedé dormida, abrazando la almohada, buscando inconscientemente su olor. Cuando desperté, el reloj marcaba las tres de la madrugada. Me incorporé de inmediato, con la sensación de que algo no estaba bien.
Alejandro no estaba a mi lado.
El corazón me dio un salto. Miré alrededor, confundida, hasta que noté que estaba en la otra cama, durmiendo junto a su hermana.
No durmió conmigo, fue lo primero que pensé.
Pero tampoco estaba lejos.
Esa contradicción me dejó en silencio, sin saber qué sentir ni qué pensar. No quise darle más vueltas; no tenía fuerzas para eso.
Cuando apenas dieron las cinco de la mañana, me levanté, me arreglé casi en automático y me fui a las pasantías. Caminaba, pero sentía que nada tenía sentido ya. Como si algo se hubiera roto esa noche… algo que, aunque frágil y prohibido, había sido real para mí.
Y así, con el corazón hecho un nudo y la cabeza llena de preguntas, tuve que empezar mi día... Sin saber que algo más estaba por venir...