Me contrato para traducir el corazón de su amante.
Terminé enamorándome de él.
Azren solo quería ayudar a Caeleen Valkrum —dios del baloncesto, multimillonario, el hombre más guapo que había visto nunca— a entender al hombre que le rompió el alma.
Pero cada palabra que analizaba, cada secreto que descifraba sobre Darius, lo acercaba más al abismo de caer por Caeleen.
Cuando sus familias pactan su matrimonio, Azren acepta convertirse en el esposo legal del hombre que ama en secreto. Una alianza sellada con papeles, con anillos, con un "sí, quiero" que Caeleen pronunció mirando a otro.
Porque prefiere quemarse en su tormenta a no tener nada de él.
Aunque sabe que, cuando el fuego se apague...
Caeleen seguirá amando a otro.
Y él habrá perdido todo.
NovelToon tiene autorización de Bai Qi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
LA CARTOGRAFÍA DEL DESEO.
La espera fue una tensión de cuerdas demasiado estiradas. Azren revisaba su correo y su teléfono con un pálpito constante, pero la entrega, cuando llegó, fue tan discreta que casi se le pasó.
Un paquete rectangular y delgado apareció en su buzón de la escuela, sin remitente, con su nombre escrito en una caligrafía neutra y profesional. Dentro, protegido por una funda de fieltro gris, había un libro.
No era una edición cualquiera. Era "El Silencio de las Piedras Blancas" de Alistair Vance. Azren lo buscó. Vance era un escritor de culto, casi desconocido, obsesionado con la belleza melancólica y la imposibilidad de poseer lo perfecto. El libro contaba la historia de un arquitecto que construye una casa perfecta para el amor de su vida, un pintor, quien nunca llega a habitarla, atrapado en su vida estable. El arquitecto se pasa la vida custodiando la casa vacía, esperando. El pintor lo observa desde lejos, sin atreverse a cruzar el umbral.
La analogía era tan perfecta que le cortó la respiración. Caeleen era el arquitecto, levantando su fama y su fortuna como una catedral vacía esperando a Darius, el pintor, el hombre atrapado en una vida que desde fuera parecía completa.
Azren pasó la noche y el día siguiente sumergido en el texto. Preparó un informe conciso de tres páginas. Evitó el lirismo. Se centró en los hechos literarios: la espera como devoción, la creación como sustituto de la posesión.
Al día siguiente, esperó en el pasillo frente a las canchas de la clínica. Caeleen salió, sudoroso, la camiseta pegada a un torso que parecía esculpido a propósito para el esfuerzo y la admiración. Al ver a Azren, no hubo saludo. Solo un gesto seco hacia un banco alejado.
Se sentó, aceptó el sobre sin mirarlo, y leyó. Su perfil, iluminado por la luz fría de los fluorescentes, era una línea de concentración absoluta. No parecía un estudiante abordando un texto difícil; parecía un general estudiando un informe de inteligencia, descartando lo accesorio para quedarse con el núcleo operativo.
Cuando terminó, guardó las hojas. No hubo elogios, ni preguntas sobre el estilo. Su voz sonó ronca por el esfuerzo físico, pero clara:
—¿El pintor? Su razón para no entrar. No la metáfora. La razón de fondo.
Azren tragó saliva. Caeleen no quería poesía. Quería el diagnóstico. —Lealtad a una promesa anterior. Miedo a arruinar la idea de la casa perfecta al vivir en ella. La seguridad de su jaula conocida frente al riesgo de lo nuevo.
Caeleen asintió, una vez. Un movimiento seco, de quien recibe un dato confirmado. —Una jaula —masculló. No como un lamento, sino como la identificación de un obstáculo en un plano. Para él, la "jaula" de Darius tenía un nombre concreto: un compromiso, una vida estable. Un problema logístico y emocional a resolver.
Miró a Azren directamente. Su inteligencia, usualmente enfocada en tácticas de juego y rendimiento, ahora se aplicaba con la misma intensidad a este problema. —¿El arquitecto pudo hacer algo distinto? ¿Para que entrara?
La pregunta no era de comprensión, era de solución. Azren sintió un escalofrío. —En el libro, no. Su error fue construir la casa para él, no con él. La hizo un monumento. Eso asusta, no atrae.
Caeleen frunció el ceño. Era una idea interesante pero, para su mente pragmática, frustrantemente abstracta. ¿Cómo se construía con alguien que ni siquiera se asomaba? Sonaba a otro juego de palabras, a más "ruido".
Se levantó, el libro en la mano. —El análisis es claro —concedió. Era su versión de un "aprobado". Dio un paso y se detuvo. Sin mirar a Azren, preguntó, con una crudeza que por su misma falta de adornos sonaba vulnerable: —¿Cree que el pintor, desde la jaula, ve la casa? ¿La quiere?
Azren pensó en el beso de la terraza, en la desesperación con la que Darius había correspondido antes de huir. —Sí —dijo, y la palabra le dolió—. La ve y la quiere. Pero la jaula es cómoda. Y tiene su propia belleza segura.
Caeleen asintió de nuevo, lentamente. No era un consuelo lo que buscaba. Era una confirmación. Si el deseo existía, entonces el obstáculo era solo eso: un obstáculo. Y los obstáculos se superan. Su expresión no se suavizó; se endureció con una determinación renovada.
—Quédese con el libro —dijo por última vez, y se marchó con esos pasos largos y decididos que llevaban la fuerza de su cuerpo y la obsesión de su mente.
Azren se quedó con el peso del libro antiguo en las manos. Comprendió, con un helado presentimiento, lo que acababa de hacer. No había sido un simple traductor.
Había sido el cartógrafo. Le había dado a Caeleen un mapa del territorio emocional de Darius, señalando no solo los tesoros (el deseo), sino también los puntos débiles (la comodidad de la jaula). Y había entregado ese mapa al hombre más obstinado, inteligente y físicamente capacitado para lanzar un asalto que conocía.
Caeleen no quería entender la poesía de la jaula. Quería desmantelar sus barrotes. Y ahora, sin quererlo, Azren le había mostrado por dónde empezar.