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ENAMORADO DEL AMANTE.

ENAMORADO DEL AMANTE.

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Matrimonio arreglado / Triángulo amoroso / Completas
Popularitas:8.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Bai Qi

Me convertí en el arma que Caeleen Valkrum usaba para darle celos a su amante secreto. Un amor de años. Un hombre casado. El único que realmente importaba. Yo solo era el profesor tranquilo, el refugio, el que no preguntaba. Pero cuando el juego se volvió real, cuando sus besos dejaron de ser una farsa, el amante contraatacó. Y ahora estoy en medio de una guerra que no pedí, con un hombre que me mira como si yo también pudiera ser su hogar. ¿Y si al final el que termina ardiendo soy yo? ¿O quizás, entre las cenizas de los dos, podemos construir algo que ninguno tuvo nunca?

NovelToon tiene autorización de Bai Qi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

LA CARTOGRAFÍA DEL DESEO.

La espera fue una tensión de cuerdas demasiado estiradas.

Azren había leído La Casa Vacía la misma noche en que Caeleen se lo dio en la biblioteca. Lo devoró de una sentada, y luego lo releyó, y luego tomó notas, y luego empezó de nuevo. Cada página era un espejo. Cada frase, una puerta abierta a la mente de Caeleen.

El libro contaba la historia de Manuel, un arquitecto que construye una casa en un acantilado para Sebastián, el pintor al que ama. Pero Sebastián nunca llega a habitarla. Tiene una vida en la ciudad, un matrimonio, obligaciones. La casa queda vacía, pero Manuel la cuida durante años. La mantiene perfecta. Espera.

La analogía era tan perfecta que dolía físicamente.

Caeleen era Manuel. Levantando su fama, su fortuna, su imperio, como una catedral vacía. Esperando a aquel hombre, el pintor atrapado en su vida estable, cruzara por fin el umbral.

Azren pasó dos días sumergido en el texto. Escribió, borró, volvió a escribir. No quería hacer un informe frío. Quería que Caeleen entendiera. Quería ser útil. Quería, en el fondo más oscuro de su corazón, que Caeleen lo mirara otra vez como lo había mirado en la biblioteca: como si fuera alguien.

Tenía su número. Lo había mirado cien veces en esos dos días, grabado en la primera página del libro junto a ese nombre que ya no podía sacarse de la cabeza. Podía llamarlo. Era lo lógico. Lo sensato.

Pero no lo hizo.

Porque una llamada era solo voz. Y lo que él necesitaba era verlo. Necesitaba estar frente a él cuando hablara, ver cómo reaccionaban sus ojos, sentir si aquello que había empezado a crecer entre ellos era real o solo un espejismo más.

Así que esperó. Hasta el tercer día. Hasta que supo que no podía esperar más.

Fue a la clínica de Leo. No para hacerse revisar la muñeca —ya estaba bien, hacía días que estaba bien—, sino para sentarse en el pasillo frente a las canchas. El mismo pasillo donde todo había empezado. El corazón le latía con una mezcla de ansiedad y algo parecido a la esperanza.

Caeleen salió después de una hora.

Sudoroso. La camiseta negra pegada al torso, marcando cada línea, cada curva de músculo. El pelo mojado, revuelto, cayéndole sobre la frente en mechones que parecían colocados por un estilista que entendía demasiado bien el poder del desorden calculado. La respiración aún agitada por el esfuerzo. Olía a él, a sudor, a hombre, a algo tan físico que a Azren se le secó la boca.

Cuando lo vio, no mostró sorpresa. Solo una pequeña curva en la comisura de los labios. Esa media sonrisa que Azren ya empezaba a conocer.

—Tú —dijo. Y sonaba casi a broma privada.

—Tú —respondió Azren, y se sorprendió a sí mismo devolviéndole el juego.

Caeleen se acercó, secándose el cuello con una toalla. El gesto era casual, pero sus ojos no. Esos ojos ámbar lo escaneaban de arriba abajo, lentos, posesivos, como si estuvieran redescubriendo algo que ya habían visto antes.

—¿Has leído el libro? —preguntó. Directo, sin rodeos. Pero su tono no era de examen. Era curiosidad genuina. Como si de verdad le importara la respuesta.

—Sí.

—¿Y?

Azren sacó el sobre que había preparado. Delgado, con varias hojas dobladas. Se lo tendió.

Caeleen lo miró un momento. Luego, en lugar de tomarlo, señaló un banco al final del pasillo, un rincón apartado donde nadie pasaba.

—¿Tienes tiempo? —preguntó—. Prefiero que me lo cuentes tú.

El corazón de Azren dio un vuelco. No era lo que esperaba. Esperaba un intercambio rápido, funcional. Esto era otra cosa.

Se sentaron en el banco. La luz de los fluorescentes pintaba el pasillo de un blanco frío, clínico, pero el espacio entre ellos se sentía cálido. Íntimo. Caeleen no abrió el sobre. Lo dejó a un lado y esperó, mirando a Azren con esa atención total que tenía cuando algo le interesaba de verdad.

—Cuéntame —dijo.

Azren respiró hondo. Y empezó a hablar.

Habló de Manuel, el arquitecto. De su casa vacía. De la espera como forma de amor, pero también como forma de evitar la vida. Habló de Sebastián, el pintor, atrapado entre el deseo y el deber. Habló de la jaula dorada, de la comodidad que paraliza, de las promesas que pesan más que la felicidad.

Caeleen escuchaba en silencio. No interrumpía. No preguntaba. Solo escuchaba, con esa intensidad que hacía sentir a Azren como si sus palabras fueran lo único importante en el mundo. Como si en ese momento, en ese pasillo frío de la clínica, no existiera nada más que su voz.

Cuando terminó, el silencio se estiró. Largo. Cargado. El tipo de silencio que no pide ser llenado, que solo pide ser compartido.

—¿Y el arquitecto? —preguntó al fin Caeleen. Su voz era más baja, más grave. Como si hubiera bajado el volumen de todo su ser—. ¿Podría haber hecho algo distinto?

Azren pensó en la pregunta. En lo que realmente estaba preguntando.

—En el libro, no —dijo—. Porque construyó la casa solo. La hizo un monumento a su espera, no un espacio compartido. Eso asusta. No atrae.

Caeleen asintió lentamente. Procesando. Absorbiendo.

—¿Y el pintor? —preguntó entonces, y por primera vez su voz tuvo un matiz distinto. Algo parecido a la vulnerabilidad—. ¿Ve la casa? ¿La quiere?

Azren recordó el beso en la terraza. La desesperación con la que Darius se había aferrado a Caeleen antes de huir. La forma en que sus dedos se habían enterrado en la tela como si fuera un salvavidas.

—Sí —dijo—. La ve. La quiere. Pero la jaula es cómoda. Y tiene su propia belleza. La belleza de lo conocido, de lo seguro.

Caeleen se quedó callado un largo rato. Mirando al frente, hacia la pared blanca del pasillo. Su perfil era una línea severa, pero había algo en sus ojos, en la forma en que los párpados descendían ligeramente, que parecía tristeza. O resignación. O las dos cosas.

—Gracias —dijo al fin. Y la palabra sonó sincera. Más sincera que cualquier otra que Azren le hubiera oído decir.

Tomó el sobre que Azren había dejado en el banco. Lo guardó en la bolsa de deporte sin mirarlo.

—¿No vas a leerlo? —preguntó Azren.

—Ya lo has contado.

Caeleen lo miró, y esa sonrisa volvió a aparecer. Pequeña. Privada. Real.

—Es mejor oírlo de quien lo entiende.

Se levantó. Azren hizo ademán de levantarse también, pero Caeleen puso una mano en su hombro, deteniéndolo.

—Quédate —dijo.

Su mano apretó ligeramente. Un segundo. Solo un segundo. Pero el calor de ese contacto le quemó la piel, le recorrió el brazo, se instaló en algún lugar del pecho.

—Yo tengo que irme —continuó Caeleen, sin apartar la mano del todo, como si no quisiera romper el contacto—. Pero gracias. De verdad.

Luego se fue. Con esos pasos largos y seguros, la bolsa de deporte colgando del hombro, la espalda ancha alejándose por el pasillo.

Azren se quedó solo en el banco. El calor de esa mano aún en su hombro. El eco de esa voz en su cabeza.

No se movió en un buen rato.

---

Cuando por fin se levantó, cuando caminó de vuelta hacia la salida, una idea le martilleaba la cabeza.

No había sido frío. No había sido distante. Había sido humano. Había escuchado. Había preguntado. Había agradecido.

Y esa mano en el hombro. Ese gesto.

¿Qué significaba?

No lo sabía. Pero mientras caminaba de vuelta a su apartamento, mientras la noche empezaba a caer sobre la ciudad, una certeza se abrió paso entre las dudas:

Caeleen no lo estaba usando. O quizás sí, pero de una manera más compleja. Porque si solo quisiera un análisis, habría leído el informe. Si solo quisiera una opinión, podría haberlo llamado. Pero había preferido escucharlo. Había preferido su presencia.

Había preferido verlo.

Y eso, pensó Azren, tenía que significar algo.

O quizás no. Quizás solo era otra forma de manipulación, más sutil, más peligrosa. Quizás Caeleen era simplemente así: un hombre que sabía exactamente qué cuerdas tocar para que la gente bailara a su ritmo.

Pero Azren ya no podía parar. No quería parar.

Porque por primera vez en mucho tiempo, alguien lo había mirado como si sus palabras importaran. Como si él importara.

Aunque fuera por un rato. Aunque fuera por un libro que hablaba de otro hombre.

Eso era más de lo que había tenido hasta ahora.

Eso era suficiente para seguir.

1
fryda~
Esto sonó muy personal 🥹
;; Aracnea ♡
Me enganché desde el principio. La historia de Azren y Caeleen me tuvo completamente atrapada, pero salí agotada de tanto drama. Azren me sacaba de quicio con lo sumiso que era, dejando que le pasaran por encima una y otra vez. Caeleen es de esos personajes que amas y odias al mismo tiempo: un imbécil con momentos de brillo. Darius me caía fatal al principio, pero terminé entendiéndolo e incluso sintiendo pena por él. Y León... pobre León, el único cuerdo de toda esta historia, merecía mucho más. 10/10
Fany Torres
excelente trabajo bellísima historia me encantó felicito al autor gracias por compartir su talento con nosotros siga así
Santy
Me gustó mucho. Disfrute la historia, los altos y bajos de emociones que me generó la trama. Recomendadisima!! /Heart/
Santy
El final que merecían 👏🥰..
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