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Bajo El Altar De Las Rosas: La Sentencia Del Villano

Bajo El Altar De Las Rosas: La Sentencia Del Villano

Status: En proceso
Genre:Romance
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis Ochoa

A veces el amor no es un cuento de hadas, sino una promesa de sangre y espinas que el tiempo no pudo marchitar.

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Capítulo 05

De repente, sintió algo pesado y cálido sobre sus hombros. JiNian se había quitado su chaqueta de cuero y se la había echado encima sin decir una palabra.

—No quiero que te enfermes y luego me culpes de que no puedes estudiar —dijo él, volviendo la vista al cuaderno, pero Zhi Zhi notó que sus orejas estaban ligeramente rojas.

La chaqueta era demasiado grande para ella. La envolvió en un calor que olía enteramente a él. Era una sensación extraña: se sentía pesada, protegida y, por primera vez en su vida, fuera de peligro a pesar de estar en el lugar más peligroso de la ciudad.

—Gracias —murmuró ella.

—Como sea. Sigamos con la geometría. Esa pirámide se ve tan estúpida como el sistema escolar.

Cuando terminaron, cerca de las dos de la mañana, JiNian cerró los libros con un golpe seco. Se levantó y estiró los brazos, su camiseta de tirantes revelando la tensión de sus músculos.

—Suficiente tortura por hoy —dijo—. Ahora te toca a ti.

Zhi Zhi lo miró, confundida.

—¿A mí? ¿Qué quieres decir?

—El trato era que tú me enseñabas tus cosas de libros, y yo... bueno, yo te enseñaría algo útil. Sígueme.

Él caminó hacia el fondo del taller y subió por una escalera de metal oxidado que conducía al techo. Zhi Zhi dudó un segundo, pensando en la hora y en el riesgo, pero la curiosidad fue más fuerte. Subió tras él, sintiendo el metal frío bajo sus manos.

Al llegar arriba, el mundo cambió.

El techo de "El Pulmón de Hierro" no era muy alto, pero desde allí se tenía una vista ininterrumpida de la frontera entre los dos distritos. A la izquierda, el Distrito Sur: un bosque de rascacielos perfectamente iluminados, calles rectas y un orden que parecía artificial desde esa distancia. A la derecha, el Distrito Norte: un caos de callejones, luces de neón de colores imposibles, ropa tendida en los balcones y el sonido distante de una radio tocando una melodía triste.

JiNian se sentó en el borde del tejado, dejando las piernas colgando hacia el vacío. Le hizo un gesto para que se sentara a su lado.

—Mira allá —dijo él, señalando su propia escuela, la técnica, y luego la Academia Shengli—. Tu mundo parece una maqueta perfecta. Todo en su sitio. Pero desde aquí, parece... muerto. Como si fuera una foto.

Zhi Zhi se sentó, manteniendo una distancia prudente, pero sintiendo la adrenalina correr por sus venas.

—En mi mundo no hay errores, JiNian. Si cometes uno, te borran.

—Eso no es vivir, Princesa. Eso es actuar —él se volvió hacia ella, y por primera vez, no había burla en sus ojos—. Aquí en el Norte, todo es un error. Las casas están mal hechas, las calles están rotas, la gente está... rota. Pero al menos sentimos el suelo bajo los pies.

Él extendió la mano hacia el horizonte.

—¿Ves esa torre de radio que parpadea en rojo? —ella asintió—. Mi padre solía decirme que, si podías ver esa luz, nunca estarías perdido. Él murió en una obra de construcción en el Sur, construyendo uno de esos edificios donde tú vives. Ni siquiera le dieron una placa de agradecimiento. Para ellos, él era solo... barro.

Zhi Zhi sintió un nudo en la garganta. La injusticia de sus mundos se sentía más real allí arriba, bajo la luna de medianoche, que en cualquier libro de sociología.

—Lo siento, JiNian. No sabía...

—No sientas nada. No sirve de nada —él se encogió de hombros, pero luego la miró con una sonrisa que, por primera vez, no era una mueca de desafío, sino algo genuino—. ¿Sabes qué es lo mejor de estar en el barro, Shen Zhi Zhi?

—¿Qué?

—Que no tienes miedo a caerte. Ya estás abajo. Por eso somos más libres que tú. Tú vives con miedo a que se te ensucie el vestido. Yo vivo disfrutando de la lluvia.

De repente, JiNian se puso de pie y se subió a la cornisa del tejado, extendiendo los brazos como si fuera a volar.

—¡JiNian, bájate de ahí! ¡Es peligroso! —exclamó ella, levantándose de un salto.

Él se rió, una risa limpia y salvaje que resonó en el aire nocturno.

—¡Mírame! ¡Soy el dueño de este vertedero! —gritó hacia el Distrito Norte. Luego saltó de regreso al techo, aterrizando justo frente a ella. Estaban tan cerca que Zhi Zhi podía ver las motas de luz en sus ojos oscuros—. Tu turno. Grita.

—¿Qué? No, yo no grito. Es... impropio.

—¡A la mierda lo impropio! —él la agarró de los hombros, no con fuerza, sino con una energía contagiosa—. Grita algo. Lo que sea. Algo que odies, algo que quieras. Saca el aire que esa cinta roja te está robando.

Zhi Zhi miró hacia el Distrito Sur, hacia la mansión donde su futuro ya estaba decidido, hacia los libros que tenía que leer y las manos que tenía que estrechar. Sintió una presión en el pecho, una rabia que llevaba años acumulando bajo capas de cortesía.

—¡Odio el piano! —gritó de repente. Su voz fue pequeña al principio, pero luego tomó fuerza—. ¡Odio las clases de etiqueta! ¡Y odio el color azul marino!

JiNian sonrió ampliamente, incitándola con un gesto de la mano.

—¡Más fuerte!

—¡Odio que nadie me pregunte qué quiero! —gritó Zhi Zhi, y esta vez su voz desgarró el silencio de la noche. Se sintió como si algo se rompiera dentro de ella, pero no fue una ruptura dolorosa, sino una liberación—. ¡No quiero ser perfecta! ¡Solo quiero respirar!

Se quedó sin aliento, con el pecho subiendo y bajando, y las mejillas encendidas por el frío y la emoción. JiNian la miraba con una expresión que ella no pudo descifrar. Ya no era el delincuente intimidante, ni ella era la presidenta distante. Eran solo dos adolescentes en un tejado, compartiendo el secreto de su propia existencia.

—Bienvenida al mundo real, Princesa —susurró él.

Zhi Zhi se dio cuenta de que todavía llevaba puesta su chaqueta de cuero. Se la empezó a quitar para devolvérsela, pero sus manos se rozaron en el proceso. Fue un contacto breve, apenas un segundo, pero fue como si el tiempo se detuviera. La piel de JiNian estaba caliente, y sus dedos eran ásperos y fuertes.

Ella retiró la mano rápidamente, sintiendo que el corazón le iba a estallar.

—Tengo que irme —dijo, con la voz temblorosa—. Se hace tarde.

—Te acompaño hasta el puente —dijo él, recuperando su tono habitual, aunque sus ojos seguían fijos en ella—. No quiero que el "barro" se trague a su mejor profesora.

Mientras caminaban de regreso por los callejones, Zhi Zhi se dio cuenta de algo aterrador. Las lecciones de esa noche no habían sido solo de álgebra o de libertad. Había aprendido que el "villano" del que todos hablaban tenía un corazón que latía con más fuerza que cualquiera que hubiera conocido en su mundo de cristal.

Y lo peor de todo era que, mientras cruzaba la frontera de regreso a su vida perfecta, ya estaba contando los minutos para que volvieran a dar las diez de la noche.

Esa fue la primera vez que Shen Zhi Zhi entendió que las espinas no solo servían para herir; también servían para proteger lo que era verdaderamente hermoso. Y Jian JiNian era la espina más afilada y fascinante que jamás había encontrado.

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