Alice, de 19 años, conoció a Alexei Fiore, quien se sintió atraído por ella y le propuso ser su novia. Ella rechazó, pero él ordenó atacar a su padre, dejándolo gravemente herido. Incapaz de pagar las cirugías, Alice terminó aceptando el trato de Alexei.
(En edición)
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Capítulo 6 (Editado)
[Narra Alice]
El auto avanzaba por un camino largo y rodeado de árboles, hasta que, al final, lo vi. La mansión de Alexei.
Me quedé sin aliento. Era enorme, deslumbrante, con muros altos, ventanales brillantes y jardines perfectamente cuidados que parecían sacados de una revista. Nunca había estado en un lugar así. Ni siquiera en mis sueños más ambiciosos imaginé que alguien pudiera llamar hogar a algo tan lujoso.
Mientras el auto se detenía frente a la entrada, sentí que el estómago se me encogía. Yo apenas salía de una casa modesta, cargada de recuerdos sencillos… y ahora me encontraba frente a un mundo que me resultaba completamente ajeno.
Alexei salió primero y, como si fuera un gesto rutinario, me abrió la puerta del copiloto.
—Bienvenida a tu nueva casa —dijo con esa voz firme, frívola, como si su declaración fuera una sentencia inamovible.
Yo bajé con torpeza, observando cada detalle: las columnas blancas, la puerta principal de madera tallada, los autos estacionados al costado, el aire de grandeza que me hacía sentir diminuta.
Annie caminaba detrás de nosotros, cruzada de brazos, con una media sonrisa irónica en el rostro. Claramente disfrutaba ver mi desconcierto.
Al entrar, quedé aún más impresionada. El interior era inmenso: lámparas de cristal colgaban del techo, el piso de mármol relucía bajo la luz, y todo parecía brillar. Había cuadros enormes, esculturas, flores frescas en jarrones elegantes. Yo no sabía ni dónde posar la mirada.
—Esto… esto es demasiado —susurré, sin poder ocultar mi asombro.
Alexei se volvió hacia mí, con esa sonrisa fría que parecía disfrutar mi reacción.
—Y apenas es el principio.
Su tono me puso nerviosa. Sentía que cada paso que daba dentro de ese lugar era otro paso lejos de la vida que conocía.
De pronto, Alexei se acomodó el saco y dijo con calma, como si hablara de algo trivial:
—Esta misma noche conocerás a mis padres.
Mis ojos se abrieron de par en par.
—¿Qué? —exclamé, sorprendida—. ¿Esta noche?
Él asintió con naturalidad.
—Sí. Quiero que sepan de ti cuanto antes. No me gustan los secretos.
—Pero… —mi voz temblaba—, yo… yo no estoy lista. Apenas… apenas puedo asimilar todo esto.
Él me observó fijamente, con esa mirada helada que no admitía oposición.
—No tienes que estar lista, Alice. Solo tienes que estar a mi lado.
Sentí un escalofrío recorrerme el cuerpo. Todo iba demasiado rápido: el contrato, la mansión, y ahora, conocer a sus padres. Era como si alguien hubiera tomado mi vida y la hubiera lanzado a una velocidad imposible de controlar.
Annie soltó una risita detrás de mí.
—Oh, esto se pondrá interesante… —murmuró, disfrutando mi incomodidad.
Yo, en cambio, sentía que apenas podía respirar. La mansión, los planes, la presión… Todo era demasiado.
Y lo peor era que no tenía escapatoria.
Apenas podía mantenerme en pie con todo lo que acababa de escuchar. La mansión, la cena con sus padres… mi mente estaba hecha un torbellino.
Alexei nos guió por un pasillo interminable, adornado con espejos y cuadros antiguos, hasta detenerse frente a una puerta de doble hoja. La abrió con calma y me indicó que entrara.
La habitación era amplia, iluminada por un ventanal enorme que dejaba ver los jardines. Había un vestidor de madera oscura, un tocador repleto de perfumes y joyas, y un armario abierto en el que colgaban vestidos de distintos colores y estilos. Todo parecía demasiado, demasiado lujoso para mí.
Yo me quedé en la entrada, paralizada.
—Aquí está todo lo que necesitas —dijo Alexei, con esa voz firme que no dejaba espacio a preguntas.
Giró la cabeza hacia su hermana, que lo observaba con un gesto entre aburrido y curioso.
—Annie, ayúdala a arreglarse. Que esté lista en una hora.
Ella arqueó una ceja, incrédula.
—¿Yo? ¿De niñera? —preguntó con sorna.
Alexei la miró, serio, duro, con esa frialdad que helaba el aire.
—No es una petición, Annie. —Su tono fue seco, tajante—. Cumple con lo que te digo.
Un silencio pesado se instaló en la habitación. Annie chasqueó la lengua, molesta, pero no se atrevió a replicar más.
—Está bien —dijo al fin, con un dejo de fastidio—. Haré lo que quieras, hermano.
Alexei se volvió hacia mí, sus ojos se clavaron en los míos con una intensidad que me hizo estremecer.
—No tardes, Alice. Mis padres no esperan a nadie.
Intenté decir algo, explicarle que no estaba lista, que no podía… pero mi voz murió en mi garganta. Lo único que pude hacer fue asentir levemente, como una niña asustada.
Él sonrió con frialdad y salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí.
El silencio se rompió con la risa suave y sarcástica de Annie.
—Vaya, vaya… parece que soy tu hada madrina por obligación —dijo mientras se acercaba al armario y sacaba un vestido de seda color vino—. Aunque dudo que la seda te quede tan bien como a mí.
Me mordí el labio, intentando tragar la incomodidad. Estaba atrapada: entre la frialdad de Alexei y la soberbia de Annie.
Una hora. Solo una hora para transformarme en algo que no era.
Y la sensación de que todo eso apenas era el comienzo de mi condena.
El silencio en la habitación era sofocante. Apenas podía creer que minutos atrás Alexei me hubiera dejado ahí, bajo las órdenes de su hermana. Yo me sentía como una intrusa en un lugar que no me pertenecía, rodeada de lujos que jamás en mi vida había soñado tocar.
Annie abrió de golpe las puertas del armario, dejando al descubierto una colección de vestidos que parecían sacados de una pasarela. Los colores brillaban bajo la luz del ventanal, y el aroma de perfumes caros impregnaba el aire.
—Veamos… —murmuró ella, pasándose la mano por el mentón como si evaluara un maniquí—. Necesitas algo que, al menos, haga que mi hermano no se arrepienta tan rápido de traerte aquí.
Sus ojos se posaron en un vestido largo, rojo intenso, de seda, con un corte elegante que se ajustaba a la cintura y caía como un río de fuego hasta el suelo. Annie lo sacó con un movimiento rápido y me lo lanzó encima.
—Póntelo. Ese color puede distraer a cualquiera… aunque en ti no sé si funcione.
Me quedé quieta unos segundos, sosteniendo el vestido contra mi pecho. Mis manos temblaban. Era precioso, demasiado para alguien como yo.
—¿Qué pasa? ¿Nunca te habías puesto algo así? —preguntó Annie con una sonrisa burlona—. Supongo que no, con esa vida tan… común.
Tragué saliva y me metí en el vestidor. Cada movimiento me pesaba. El tacto de la tela fría sobre mi piel me hizo sentir extraña, como si estuviera disfrazándome de alguien que no era yo.
Cuando salí, Annie me observó de arriba abajo. Su mirada era crítica, calculadora.
—Bueno… no te ves tan mal como pensé. —Se levantó de la silla y se acercó para acomodarme los tirantes y alisar la tela—. Aunque deberías agradecerme, porque sin mí parecerías una niña jugando a ser mujer.
Quise responder, defenderme, pero no pude. Había un nudo en mi garganta que no me dejaba hablar.
Annie tomó un peine y lo pasó bruscamente por mi cabello, jalando algunos mechones sin cuidado.
—Si vas a presentarte frente a mis padres, al menos luce como alguien que mi hermano no tendría que esconder.
Sentí cómo mis mejillas ardían, no sabía si de rabia o de vergüenza. Frente al espejo apenas me reconocí: el vestido rojo abrazaba mis curvas con una elegancia que nunca había tenido, y mis facciones parecían más marcadas, más serias.
Era hermosa… pero no era yo.
Annie sonrió con ironía al notar mi expresión.
—Tranquila, Alice. No te ilusiones tanto… Este mundo no es para cualquiera. Y créeme, tarde o temprano, te darás cuenta de que aquí nadie juega limpio.
Sus palabras me atravesaron como un cuchillo. Me vi obligada a mantenerme firme, aunque por dentro me sentía rota, pequeña, atrapada en una vida que no había pedido.
Y mientras me miraba al espejo con aquel vestido rojo, supe que esa noche, al enfrentar a los padres de Alexei, mi vida cambiaría por completo.
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[Narra Alexei]
Toqué la puerta del cuarto sin esperar respuesta y entré. No suelo perder el tiempo con formalidades, menos cuando todo el mundo debería estar listo a mi hora.
—¿Listas? —pregunté con firmeza, dejando que mi voz resonara en la habitación.
Lo primero que vi fue a Annie, que se giró hacia mí con esa sonrisa altanera que siempre usa cuando quiere provocarme.
—Ya está, hermano. Hice milagros con lo que tenía a la mano —dijo, como si me debiera algún crédito.
Estaba a punto de responderle cuando la vi.
Alice.
Se giró hacia mí lentamente, y por un instante, el mundo se detuvo. El vestido rojo se ceñía a su figura con una perfección imposible, el brillo de la seda resaltaba la palidez de su piel y la hacía parecer casi irreal, como una joya escondida que de repente alguien había pulido para mostrarme.
No lo esperaba. Yo había visto mujeres hermosas, demasiadas quizá, pero ninguna me había causado ese efecto: un nudo en la garganta, un ligero vacío en el estómago.
Me descubrí observándola más de lo que debía.
Perplejo.
Tuve que apretar la mandíbula para recuperar el control, para que no notaran ese segundo de debilidad. Yo no podía permitirme titubear, ni siquiera frente a ella.
—Alice… —pronuncié su nombre casi en un susurro. Me odié por sonar distinto, más humano de lo que debería—. Ese vestido… te queda demasiado bien.
Ella bajó la mirada, nerviosa, y murmuró algo sobre no haberlo escogido. Yo no quise escuchar más. No importaba quién lo eligiera. Lo único que importaba era lo que estaba viendo ahora.
—Da igual. Lo importante es que ahora sí luces como lo que serás a partir de hoy: parte de mi mundo —dije, dejando que mi voz volviera a sonar firme, autoritaria, aunque en el fondo aún no me recuperaba del impacto.
—No exageres, Alexei. Sólo es un vestido —intervino Annie con fastidio.
La fulminé con la mirada. Mi hermana nunca entendía nada.
—No, Annie. No es “sólo un vestido”. —Hablé despacio, cada palabra como un golpe seco—. Hay detalles que cambian todo.
Me volví a Alice. Ella parecía más frágil que nunca, afligida, como si llevar aquel vestido fuera una carga en lugar de un privilegio. Pero precisamente eso la hacía distinta. No era como las demás. Y eso, para mi desgracia, me atrapaba más de lo que debería.
—Vamos —ordené finalmente, obligándome a romper el momento—. Mis padres nos esperan esta noche.
Cerré la puerta detrás de mí, pero su imagen quedó grabada en mi mente como fuego.