Ella pasa una noche apasionada y fruto de esa noche queda embarazada su madre hace todo lo posible por separarlos
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Capitulo 19
Mientras Valeria seguía temblando en el hospital con Mateo en brazos, el frío del aire acondicionado no hacía más que intensificar su miedo y ansiedad. Cada respiración del pequeño era como un recordatorio de todo lo que estaba en juego. Isabella la miraba con ternura, tratando de transmitirle calma.
—Tranquila, Valeria —susurró Isabella, colocando una mano en su hombro—. No vamos a dejar que te quite a tu hijo. Él es demasiado pequeño y necesita a su madre.
Valeria asintió, con lágrimas rodando por sus mejillas, abrazando con fuerza a Mateo, como si pudiera protegerlo solo con eso.
En ese momento, Dante se acercó y la abrazó con fuerza, cubriéndola con su porte protector.
—No estás sola —dijo, con voz grave pero reconfortante—. Estamos aquí.
Valeria respiró hondo, aferrándose a ese apoyo.
—Muchas gracias… ustedes son tan buenos… —susurró, sollozando—. Les juro que si me quitan a mi hijo… yo me muero.
Dante la miró a los ojos con firmeza:
—No, eso no va a pasar. Te voy a conseguir al mejor abogado del país. ¿Me oíste?
—Sí… sí, muchas gracias por estar aquí —dijo ella, intentando recuperar la compostura—. Él… él es la razón de mi vida —y dejó escapar un sollozo más profundo.
Mientras tanto, en la mansión, el ambiente era denso y cargado. Camila, con sus carísimas gafas sostenidas con nerviosismo, miraba a Alejandro con una mezcla de curiosidad y malicia contenida.
—Tengo algo muy importante que decirte —dijo Alejandro, su voz más firme de lo habitual, y su expresión tan seria que Camila sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Bien, dime, cariño —respondió ella, con esa sonrisa falsa que siempre mostraba cuando quería aparentar seguridad.
Alejandro la miró de manera fulminante. Cada músculo de su cuerpo parecía tenso, y su voz retumbó como un trueno en la mansión:
—El hijo de Valeria es mío.
Camila se quedó inmóvil. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, y por un instante la palabra “¿qué?” se quedó atrapada en su garganta.
—¿Qué dijiste? —logró articular, incrédula—. Eso… eso es imposible.
—No es imposible —replicó Alejandro con frialdad—. Es la verdad. Y ya no hay nada que puedas hacer para cambiarlo. Mateo… es mi hijo biológico.
Un silencio pesado llenó la habitación. Camila estaba pálida, y su rostro mostraba una mezcla de furia, sorpresa y miedo. Alejandro continuó, cada palabra cortante y precisa, como cuchillas:
—Valeria decidió ocultarme la verdad durante todo este tiempo. Lo sé, y créeme que estoy furioso. Pero esto no se trata de venganza, se trata de Mateo. Él merece conocer a su padre. Y yo no voy a permitir que nada ni nadie se interponga.
Camila apretó los puños, los nudillos blancos, pero no podía negar lo que Alejandro decía. Su mente giraba rápidamente, tratando de pensar en una estrategia, pero la ira que la consumía le impedía articular una sola idea clara.
—¿Y qué vas a hacer ahora? —preguntó con voz entrecortada—. ¿Vas a ir por la custodia?
—Sí —contestó Alejandro con voz firme, sin titubear—. Voy a pelear por mi hijo. Y no, no voy a descansar hasta asegurarme de que Mateo tenga la vida que merece, y que yo pueda estar a su lado.
Camila sintió que algo dentro de ella se rompía. Toda su seguridad, su aparente control sobre Alejandro, se desmoronaba frente a la evidencia de que ella nunca tendría el lugar que Valeria ocupaba ahora.
—Esto… esto no puede ser —murmuró, mientras retrocedía unos pasos, tratando de asimilarlo—. No puede ser…
Alejandro dio un paso hacia ella, su mirada fulminante.
—Sí, Camila, puede ser. Y es real. Ya no hay secretos, ya no hay mentiras que puedan sostener esta farsa. Mateo es mi hijo, y no voy a permitir que lo manipules ni un segundo más.
En ese instante, la tensión en la mansión alcanzó su punto máximo. Camila estaba paralizada, y Alejandro respiraba profundamente, intentando calmar la rabia que aún hervía en su interior. Pero no podía: el enojo por todo el tiempo perdido, por todo lo que Valeria había sufrido, y por la mentira que la había alejado de su hijo, era demasiado intenso.
—Valeria… —susurró, más para sí mismo que para nadie más—. Te juro que voy a proteger a nuestro hijo… cueste lo que cueste.
Camila retrocedió hacia la ventana, mirando hacia afuera, tratando de recomponerse. Sabía que su posición se había debilitado enormemente. Alejandro había dicho la verdad, y ahora todo el poder estaba del lado de Valeria y Mateo.
Mientras tanto, en el hospital, Valeria respiraba con dificultad. Sentía que cada latido de Mateo era una mezcla de esperanza y miedo. Isabella estaba a su lado, sosteniendo su mano, mientras Dante la abrazaba con firmeza.
—Vamos a salir de esto —le dijo Dante, su voz grave y confiada—. Nadie va a quitarte a Mateo. Y cuando lleguemos al juzgado, te lo prometo, Alejandro va a entender que esto no es solo suyo: es de los dos.
Valeria asintió, con lágrimas en los ojos, agradecida por tenerlos a su lado. Sabía que la batalla legal sería dura, que Alejandro estaba enfurecido, y que cada palabra y cada acción en el juzgado serían decisivas. Pero también sabía que con su hijo en brazos, y con el apoyo de Isabella y Dante, podría enfrentar cualquier cosa.
En la mansión, Alejandro respiró hondo, intentando calmarse, aunque su furia seguía latente como un volcán a punto de estallar. Sabía que la batalla por Mateo apenas comenzaba, y que Valeria y él estarían cara a cara en el juzgado, cada uno defendiendo lo que creían justo.
—Esto no termina hasta que Mateo esté seguro —susurró para sí mismo, apretando los puños—. Y no voy a ceder ni un segundo.
Camila, desde su ventana, lo observaba con rabia contenida. Sabía que la mujer que había despreciado y subestimado durante tanto tiempo estaba a punto de ganar el corazón y la custodia del hijo de Alejandro. Y por primera vez, sintió miedo: miedo de que todo su poder y manipulaciones no fueran suficientes.