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REENCARNE EN UNA GORDITA DESPRECIADA.

REENCARNE EN UNA GORDITA DESPRECIADA.

Status: En proceso
Genre:Reencarnación / Mujer poderosa / Reencarnación(época moderna)
Popularitas:31.1k
Nilai: 5
nombre de autor: CINTHIA VANESSA BARROS

Cassidy Boone era ladrona, pistolera y la mujer más buscada al oeste del Mississippi. Murió con una bala en la espalda por culpa de un imbécil y un reloj de oro.
Despertó en el siglo XXI.
En un hospital. En un cuerpo que no era el suyo. Noventa kilos, papada, moretones en los brazos y un tubo metido por la nariz.
El cuerpo pertenecía a Emilia Montero: heredera de un imperio millonario, casada con un hombre que la despreciaba, traicionada por su mejor amiga, y recién salida de un coma después de que alguien intentara matarla y lo hiciera parecer un suicidio.
Emilia se fue.
Lo que despertó en su lugar es mucho peor.
Cassidy no sabe usar un teléfono, no entiende qué es un EBITDA y le tiene desconfianza a los autos. Pero sabe leer mentirosos, sabe cuándo alguien esconde un as bajo la manga y sabe pelear sucio. Tiene doce meses para descubrir quién la quiso matar, recuperar la fortuna que le están robando y destruir al marido estafador y a la amiga trai

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CAPÍTULO 18: Confrontación a medianoche.

Daniel aguantó cuatro días.

Cuatro días de mensajes sin respuesta. Cuatro días de llamadas que iban directo al buzón. Cuatro días de pasar por la cerca del jardín y encontrar la puerta del fondo cerrada con llave, cosa que nunca había estado. Cuatro días de tocar el timbre y que Lucía le abriera con cara de funeral y le dijera «lo siento, señor Reyes, la señora no puede recibirlo.»

El primer día pensó que estaba ocupada.

El segundo pensó que estaba enojada por algo que él había hecho.

El tercero le dejó un recipiente con sopa en la puerta. El recipiente seguía ahí al día siguiente, intacto, con la sopa fría y una nota de Lucía pegada con cinta que decía: «Por favor lléveselo. Lo siento mucho.»

El cuarto día entendió que algo estaba mal de verdad.

No era un berrinche. No era el juego del gato y el ratón que habían estado jugando desde la primera noche. Algo había cambiado. Lo sentía en las puertas cerradas, en los mensajes sin leer, en la forma en que Lucía lo miraba con lástima cuando le decía que no podía pasar. Emilia lo había cortado. De tajo. Sin explicación.

Y Daniel Reyes Alcázar era muchas cosas —terco, paciente, optimista hasta la estupidez— pero no era de los que aceptaban un portazo sin saber por qué.

A la medianoche del cuarto día saltó la cerca.

La misma cerca baja que separaba las dos propiedades y que había saltado una docena de veces en las últimas semanas. Solo que esta vez no venía invitado. Cruzó el jardín en la oscuridad, esquivó la fuente del ángel de mármol, llegó a la puerta trasera y descubrió que estaba cerrada con llave.

Probó la ventana de la cocina. Abierta. La abrió más, metió una pierna, luego la otra y cayó sobre la encimera con la gracia de una jirafa en patines.

Esto técnicamente es allanamiento, pensó mientras se bajaba de la encimera. Si Emilia me atrapa me va a matar. Y si no me mata, me va a echar. Y si no me echa...

No terminó el pensamiento porque la luz de la cocina se encendió de golpe.

Cassidy estaba parada en la puerta con una sartén en la mano.

No una sartén pequeña. Una sartén de hierro fundido de las que pesaban como un bloque de cemento, levantada a la altura de la cabeza, lista para estamparse contra el cráneo de quien fuera que hubiera entrado por la ventana de su cocina a medianoche.

—¡Soy yo! —Daniel levantó las dos manos—. ¡Soy yo, soy yo, no me pegues!

Cassidy no bajó la sartén.

—¿Te metiste por la ventana?

—Estaba abierta.

—Eso no es una invitación, Daniel. ¿Qué parte de «no quiero verte» no entendiste?

—La parte del «por qué.» Porque llevas cuatro días sin contestarme, cerraste las puertas, me devolviste la sopa y Lucía me mira como si alguien se hubiera muerto. Merezco saber qué pasó.

—No mereces nada. Vete.

—No.

Cassidy apretó la sartén. Daniel no se movió. Se miraron en la cocina iluminada, ella en pijama con el pelo revuelto y cara de querer matarlo, él con la ropa de calle todavía puesta y cara de no irse ni aunque le cayeran encima los catorce pisos del edificio médico.

—Daniel, te lo digo una sola vez. Vete de mi casa o te saco yo.

—Entonces sácame. Pero primero dime qué hice.

—No hiciste nada.

—Entonces por qué...

—¡Porque tu apellido apareció en los documentos del fraude de mi empresa!

Lo soltó de golpe. Sin planearlo. Sin calcularlo. La rabia de cuatro días de silencio y sospecha y miedo le explotó en la boca antes de que pudiera detenerla.

Daniel se quedó inmóvil. La sonrisa se le borró como si alguien le hubiera pasado un trapo por la cara.

—¿Qué?

Cassidy bajó la sartén. La dejó en la encimera con un golpe seco. Se cruzó de brazos.

—Laboratorios Reyes. La empresa de tu padre. Comparte bufete de abogados con una empresa fantasma que le ha robado doscientos mil dólares a mi compañía. La empresa se llama Distribuidora Médica del Pacífico, está registrada en Costa Rica y facturaba servicios que nunca existieron. El mismo bufete que la creó le presta servicios a la farmacéutica de tu familia. Y hay transferencias entre cuentas del mismo banco que conectan a las dos.

Daniel no habló. No se movió. La cara le cambió en tiempo real: de la confusión al entendimiento, del entendimiento a algo que Cassidy no esperaba.

Horror.

—Muéstrame —dijo.

—¿Qué?

—Los documentos. Los papeles. Lo que sea que tengas. Muéstramelo.

—¿Para qué? ¿Para que corras a avisarle a tu padre?

—Para saber si mi padre es un ladrón.

Lo dijo mirándola a los ojos. Sin parpadear. Sin tragar saliva. Sin que le temblara nada. Cassidy lo escaneó como escaneaba a los hombres en las mesas de póker del Viejo Oeste: buscando el tic, la señal, el micro movimiento que delata la mentira.

No lo encontró.

Subieron al despacho. Cassidy abrió la copia del informe de Valentina que guardaba bajo llave en un cajón y le mostró las páginas relevantes. La empresa fantasma. El bufete compartido. Las transferencias entre cuentas del mismo banco. El nombre de Laboratorios Reyes en la documentación del bufete costarricense.

Daniel leyó cada página. Despacio. Con los lentes que Cassidy no sabía que usaba para leer —le quedaban bien, pero no era momento de pensar en eso— y esa expresión concentrada de médico revisando un diagnóstico que no le gusta.

Tardó veinte minutos. No dijo una palabra en esos veinte minutos. Cassidy se sentó en la silla giratoria y lo observó sin interrumpir.

Cuando terminó, Daniel dejó los papeles sobre el escritorio y se quedó mirando la pared. Tenía la mandíbula tan apretada que se le marcaban los músculos del cuello.

—El bufete Garza & Asociados —dijo—. Lo conozco. Mi padre los usa desde hace años para operaciones en Centroamérica. Expansión de mercado, registros de patentes, distribución.

—¿Sabías que también creaban empresas fantasma?

—No. —La miró—. Pero no me sorprende.

—¿Por qué?

—Porque mi padre es muchas cosas, Emilia, pero estúpido no es una de ellas. Y honesto tampoco. Lleva treinta años moviendo dinero de formas que yo nunca quise examinar de cerca. Por eso me alejé. Por eso me dediqué a la medicina. Por eso vivo en una casa normal y manejo un carro viejo. Porque cada vez que me acerco a los negocios de mi padre, encuentro algo que me da asco.

—Entonces tu padre podría estar involucrado.

—Podría. No lo sé. Pero voy a averiguarlo.

—¿Cómo?

—Tengo acceso a los registros de la empresa. Soy accionista aunque no participe. Puedo entrar a los archivos, revisar las cuentas del bufete, ver si hay pagos que conecten directamente a Laboratorios Reyes con esa distribuidora fantasma. Si mi padre autorizó algo, va a estar ahí. Mi padre documenta todo porque es un paranoico del control. Es su debilidad y va a ser lo que lo hunda.

Cassidy lo miró. Largo. En silencio.

Estaba haciendo lo que había hecho toda su vida: leer a la persona. No las palabras, no las promesas, no la cara. Lo de debajo. El miedo escondido detrás de la rabia. La vergüenza debajo del horror. El dolor de un hombre que acaba de descubrir que su padre, al que ya despreciaba por cómo manejaba la empresa, podría estar metido en algo mucho peor de lo que imaginaba.

No está actuando. No tiene la cara de Sebastián en la terapia, ensayada, medida, fabricada. Tiene la cara de alguien al que le acaban de meter un puñetazo en el estómago y todavía no puede respirar.

—Si descubro que mi padre está metido en esto —dijo Daniel—, te juro que lo voy a sacar a la luz. Cada documento, cada transferencia, cada nombre. Te lo entrego todo. Aunque me cueste la familia. Aunque mi padre no me vuelva a dirigir la palabra. Aunque tenga que ir a un tribunal a declarar contra él.

—¿Por qué harías eso?

—Porque si no lo hago, soy igual que él. Y prefiero perder a mi padre que perderme a mí mismo.

Silencio.

Cassidy se levantó de la silla. Caminó hasta la ventana. Miró el jardín oscuro, la cerca baja, la casa de Daniel al otro lado. Pensó en Roy, que la dejó sin cobertura por un reloj de oro. Pensó en Sebastián, que la envenenó por una fortuna. Pensó en Andrea, que la traicionó por un hombre. Toda su vida, en los dos siglos, la gente elegía el dinero, el poder, la ambición. Siempre. Sin excepción.

Y este hombre estaba diciendo que elegiría la verdad. Aunque le costara todo.

O es un idiota o es lo que parece. Y si es lo que parece, es lo mejor que me ha pasado en doscientos años.

Se dio la vuelta.

—Te creo.

Daniel soltó el aire que llevaba conteniendo desde que ella le mostró los papeles.

—Gracias.

—No me agradezcas. No te estoy haciendo un favor. Te estoy dando una oportunidad de demostrar que no eres como tu padre. Si me traes las pruebas y están limpias, seguimos. Si descubres que tu padre está metido y me lo entregas, te debo una. Pero si me mientes, Daniel, si escondes algo, si proteges a tu padre por encima de la verdad... no voy a ser la mujer que te cierra la puerta. Voy a ser la que te destruye. ¿Estamos claros?

—Claros.

—Tienes una semana.

—La misma que le diste a Dorotea.

Cassidy levantó una ceja.

—¿Cómo sabes lo de Dorotea?

—No lo sabía. Lo adiviné. Llevas semanas dando plazos de una semana. Es tu número.

Maldita sea, me está leyendo. Este hombre me está leyendo como yo leo a los demás. Y no sé si eso me gusta o me aterroriza.

—Vete a tu casa, Daniel.

—¿Por la puerta o por la ventana?

—Por la puerta. Como la gente normal. Y la próxima vez que entres por mi ventana a medianoche, no te recibo con una conversación. Te recibo con la sartén.

—Entendido.

Caminó hacia la puerta del despacho. Se detuvo. Giró.

—Emilia.

—¿Qué?

—La próxima vez que descubras algo que me involucre, dime. No me cortes. No me cierres la puerta. No me castigues con silencio. Dime a la cara. Me lo merezco.

Cassidy apretó los labios.

—Cuatro días sin saber qué pasaba —siguió Daniel—. Cuatro días pensando que había hecho algo mal, repasando cada conversación, cada mensaje, preguntándome en qué momento la cagué. Prefiero que me grites, que me tires la sartén, que me digas las peores cosas que se te ocurran. Pero el silencio no. El silencio no lo soporto. Es lo que hacía mi padre con mi madre cuando estaba enojado. Semanas sin hablarle. Y yo juré que nunca iba a tolerar eso.

Cassidy no esperaba eso. Le cayó como un golpe en el pecho que no vio venir. Porque tenía razón. Lo había castigado con silencio, que era exactamente lo que Sebastián le hacía a Emilia. Ignorarla. Borrarla. Tratarla como si no existiera.

Mierda, Boone. Llevas dos vidas huyendo de los que te hacen daño y acabas de hacer lo mismo que ellos.

—Tienes razón —dijo. Le costó. Le costó como le costaba cada cosa que no fuera pelear—. No debí cortarte sin explicación. La próxima vez te digo.

Daniel asintió.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Depende.

—¿Me devolviste la sopa porque estabas enojada conmigo o porque no te gusta la sopa de lentejas?

Cassidy lo miró. Él la miraba con esos ojos de miel que no deberían ser legales a medianoche en un despacho donde ella acababa de amenazarlo con destruirlo.

—Las dos cosas —dijo—. Tu sopa de lentejas es horrible.

—Es la receta de mi madre.

—Tu madre cocinaba mejor el arroz con pollo. Las lentejas le faltaban sal y le sobraba agua.

Daniel soltó una carcajada. Bajita, ronca, la de un hombre agotado que encuentra algo de luz en medio de la mierda.

—La próxima vez le pongo más sal.

—La próxima vez tráeme el postre de chocolate y déjate de sopas.

—Hecho.

Se fue. Por la puerta, como la gente normal. Cassidy lo escuchó bajar las escaleras, cruzar la cocina y salir al jardín. La cerca crujió cuando la saltó. Treinta segundos después, la luz de su cocina se encendió al otro lado del jardín.

Cassidy se quedó en el despacho. Sola. Con los papeles de Valentina sobre el escritorio y la sartén de hierro todavía en la encimera de abajo.

Una semana para Dorotea. Una semana para Daniel. Una semana para saber si las dos personas que me quedan en este mundo son de fiar o si estoy sola otra vez.

Apagó la luz y se fue a la cama.

No durmió. Pero por primera vez en cuatro días, no fue por rabia.

Fue por algo peor.

Esperanza.

Y Cassidy Boone sabía, con la certeza de alguien que había muerto una vez, que la esperanza era el arma más peligrosa del mundo. Porque cuando te falla, el golpe te mata por dentro.

Una semana, Daniel. Demuéstrame que no eres como los demás.

Por favor.

1
Elizabeth Sánchez Herrera
una actitud muy serena por parte de Cassidy
Elizabeth Sánchez Herrera
es
toy segura que Daniel en cuál querer situación elegirá a cassidi
mariela
Daniel no esta tan ignorante de los tratos que hace su padre tanto así que la llamo para preguntarle que le dijo a ella que va a ser una desilusión para el pero el viejo lo que quiere es prácticamente ser dueño de la empresa de Emilia si nos ponemos analizar pero ya Rodrigo se dio cuenta que ella sabe mas de lo que el imaginaba aquí comienza la cacería para eliminarla y seguir haciendo sus negocios chuecos.
Rodrigo Reyes tu hijo se pondrá en contra tuya.
Lucy alejo
excelente capitulo que pasara con Daniel
Lucy alejo
tan parecidos y tan diferentes a la vez
mariela
Daniel mi bombón se quedara con la forajida Cassidy porque esta descubriendo paso a paso la verdad y le gusta lo que ve mientras Sebastian lo busca en Google espejo es un chiste pendejo buscar un sueño y nombre en una aplicación.
mariela
Pobre Sebastian cree que jugando con el arrepentimiento se convertirá en víctima no se imagina que la forajida de Cassidy-Emilia es una mujer corrida en 7 plazas y el cuando va ya ella viene de regreso caerá en su propia trampa 😂🤣😂🤣😂🤣
Lucy alejo
Sebastián piensa que Emilia Cassidy es tonta no sabe que cuando el va ella ya viene de regreso 🤭
Mitsuki G
Por razón ese señor Rodrigo no quiere a Emilia cerca de su hijo por qué vera como también le roba que tiene dinero de Emilia como también la usa para ellos pero debería decirle este Daniel sabrá que es lo correcto ya que no es como su padre y está limpio
mariela
Así se esta convirtiendo en una mujer empoderada con el autoestima arriba con menos kilos y mas autosuficiente donde Daniel tiene que ver mucho con ese cambio pero me encanta se retan ella dice que no son nada pero se deja dar sus buenas revolcadas deliciosas 😋😋😋🤤🤤🤤 por su bombón.
Mirta Vega
ansiosa esperando por más 🥰
Limaesfra🍾🥂🌟
vuekve el.perro arrepentido con las orejas caidas, el rabo entre las piernas y el hocico partido😁👅🤣🤣🤣🤣🤣🤣esa es la idea😁🤣🤣
Limaesfra🍾🥂🌟
no mires. no mires caray si miró🤣🤣🤣
Eva Quihuis Romero
empecé a leerla ayer y me atrapó, está buena , esperemos más capítulos!!
Blanca Ramirez
me dejas emocionada autora esperando la reacción de Daniel cuando le cuente lo de su papá 🥰🥰🥰🥰
María Gabriela
💣 me da cosa con Daniel va ser un golpe duro aunque no se llevan bien va a ser duro
Marisel Rio
💕💕💕💕Encanta con tu novela y los maratones 💕💕💕
Amo a Cassidy y a Daniel 💖💖💖💖💖
Betty Saavedra Alvarado
Sebas estás actuando como marido arrepentido consejo de abogados Cassidy es más inteligente que tu
Betty Saavedra Alvarado
Emilia Rodrigo Reyes te vino a comprar le distes dos cachetadas con tus palabras
Betty Saavedra Alvarado
Cassidy Emilia vive dos vidas ahora es más fuerte y valiente nadie la humilla Daniel está con ella
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