Una actriz de Hollywood convertida en estrella de villanas, Lobelia Sánchez, muere de cáncer terminal pero renace en el cuerpo de su homónima de la novela Trono de la Perdición – una joven ilegítima y débil destinada a un final cruel. Con su inteligencia, astucia y conocimientos del arte de la seducción y manipulación, la nueva Lobelia decide cambiar su destino: destruir a quienes la condenaron en la historia original, especialmente su hermana Rosa y el príncipe Taylor, mientras se alza hacia el poder supremo.
Mediante la creación de un imperio en las sombras – con una tienda de fachada, un gremio de información y un burdel – va eliminando obstáculos, sembrando desconfianza y seduciendo al emperador Teodore Drakon para alcanzar su objetivo final: convertirse en emperatriz viuda. Una historia de intriga palaciega, poder y venganza, donde la protagonista abraza su naturaleza de villana para conquistar el trono sin piedad.
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SALÓN PRINCIPAL • AL MEDIODÍA
Después de que los rumores destruyeran su reputación, Rosa decidió buscar refugio en el único lugar que creía seguro: la mansión de nuestro padre, el primer ministro Hector Seceet. Él nunca me había reconocido como su hija legítima – yo era el fruto de una relación pasajera con una criada – mientras que Rosa, hija de su esposa legal, era su única heredera reconocida.
Me envió una carta ordenándome que fuera a la mansión. Sabía que iría a enfrentarse a su furia, pero también que esa era la oportunidad perfecta para dar el siguiente paso en mi plan. Me vestí con un vestido de seda negra sencilla pero elegante – quería parecer humilde pero indomable.
Lobelia:
Al llegar, encontré a Rosa llorando en los brazos de nuestro padre, mientras mi madrastra, Clara, miraba con ojos llenos de odio.
"Perra," rugió mi padre al verme entrar, levantándose de su sillón con paso pesado – "Has arruinado a mi hija, has manchado el nombre de nuestra familia. Te aplicaré el castigo familiar que te corresponde por tu insolencia."
Antes de que pudiera reaccionar, una sirvienta robusta que nunca había visto antes entró en la sala con un palo de roble grueso. Empezó a golpearme en la espalda y las piernas con fuerza, mientras Rosa miraba con una sonrisa de satisfacción y Taylor permanecía inmóvil en un rincón – demasiado cobarde para defenderme, temiendo ofender a su suegro.
Yo no solté ni un grito ni una lágrima. Me mantuve erguida, con la mirada fija en mi padre, mientras cada golpe caía sobre mi cuerpo. En mi mente, juraba venganza con toda la fuerza de mi ser:
"Maldito viejo, esto te costará caro. Pagarás por todo esto, lo juro. Eres basura que nunca me reconoció como tu hija, pero yo soy la única capaz de llevar el nombre Seceet a la grandeza. Te destruiré, junto con toda tu falsa familia. Me vengaré de cada golpe, de cada desprecio, de cada vez que me hiciste sentir menos que nada."
Horas antes, Elle había enviado una carta cifrada al emperador Teodoro – un mensaje que yo había preparado con anticipación, contándole sobre la "injusticia" que sufriría en manos de mi padre. Sabía que él llegaría justo en el momento adecuado.
De repente, se oyó un grito fuerte en el pasillo: "¡Atención! El emperador está aquí!"
El emperador entró en la sala con paso firme y rostro sombrío, vestido con su túnica imperial de terciopelo rojo y oro. Sus ojos encontraron el mío de inmediato – yo estaba de pie, con mi vestido rasgado y manchado de sangre, pero manteniéndome erguida como una reina.
En ese instante, dejé caer lágrimas falsas que rodaron por mis mejillas. "Su majestad," susurré con voz quebrada – "No debería haber venido... no quería que viera lo que soy para mi propia familia."
El emperador se acercó hasta donde estaba mi padre y le dio una bofetada tan fuerte que lo hizo girar la cabeza. "¡Insolente!" rugió – "¿Cómo te atreves a tocar lo que es mío? Esta mujer me salvó la vida hace semanas atrás, cuando descubrió un complot para matarme. Además, nunca ha consumado su matrimonio con el príncipe Taylor – ella misma me lo confesó, buscando proteger la honra de tu familia."
Se paró en lo alto de los escalones y levantó la voz para que todos lo escucharan: "Hoy hago un decreto imperial. Lobelia Seceet es una mujer fuerte, valiente, virtuosa e inteligente. Le concedo el título de concubina imperial, y en tres días entrará oficialmente en mi palacio como mi compañera. Cualquier persona que se atreva a hacerle daño pagará con la vida."
Mi padre y mi madrastra se quedaron petrificados, sus rostros pálidos como la muerte. Rosa dejó de llorar y se quedó con la boca abierta, mientras Taylor miraba al suelo con vergüenza.
Yo levanté la cabeza y puse una leve sonrisa en mis labios – una sonrisa que solo el emperador pudo entender. En mi mente, me alegré triunfalmente:
"Todo salió tal y como lo planeé. Mi ascenso está muy cerca. Pronto tendré tanto poder que todos se inclinarán ante mí – mi padre, mi madrastra, Rosa, Taylor... todos ellos tendrán que arrodillarse ante la mujer que una vez trataron de destruir. El trono ya está a mis pies, y nadie podrá detener mi camino hacia la grandeza."
El emperador se acercó a mí y me tomó con cuidado en sus brazos, como si fuera un cristal frágil. "No volveré a permitir que nadie te haga daño," susurró en mi oído – "Eres mía.
Yo cerré los ojos y me apoyé en su pecho, mientras pensaba: "Ya soy la más poderosa, Teodoro. Solo falta que el mundo se dé cuenta."