TEMPORADA 2 DE LA NOVELA "LA VIDA CON HOMBRES BESTIAS ES MUY CANDENTE".
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CAPÍTULO 12
El espíritu inclinó ligeramente la cabeza.
—Tu contrato con ese demonio es muy posesivo —explicó—. No permitirá que alguien de su mismo nivel… o de un nivel menor… forme un contrato contigo.
Me quedé completamente en silencio.
No sabía que Lif fuera tan… posesiva.
El espíritu pareció aceptar aquella conclusión rápidamente.
Entonces su mirada se movió hacia la cesta que sostenía.
Observó a mis cachorros.
Y de repente… se sorprendió.
Pero no porque fueran adorables.
Sus ojos brillaron con una comprensión profunda.
Dentro de la sangre de aquellos pequeños… corría algo muy raro.
Sangre de un dios extinto.
El Dios de la Vida.
Aunque no era sangre pura… seguía siendo un linaje extremadamente raro.
El pequeño espíritu pareció pensar durante unos segundos.
Luego dijo con una voz tranquila:
—Entonces esperaré a que crezcan un poco.
Miró a los pequeños con atención.
—Formaré contrato con ellos.
Antes de que pudiera reaccionar…
El espíritu flotó suavemente hacia la cesta.
Y en el siguiente instante…
se introdujo en el cuerpo de mi hija Naevira.
Mis ojos se abrieron de par en par.
—¿¡Eh!?
Me quedé completamente sorprendida, mirando a mi pequeña Naevira en la cesta, como si esperara que algo más ocurriera.
Pero ella simplemente siguió durmiendo tranquilamente, como si nada hubiera pasado.
Por un momento no supe qué decir.
Todo había ocurrido demasiado rápido.
Entonces miré a Aethon Sylvariel.
Él también había observado la escena en silencio… pero después de unos segundos soltó una pequeña risita.
No era una risa burlona.
Era suave, casi divertida.
—Así son los espíritus —dijo con naturalidad—. Hacen lo que quieren.
Luego miró a la pequeña Naevira con una expresión tranquila.
—Pero no te preocupes.
Sus ojos volvieron a mí.
—Si ese espíritu decidió quedarse con ella… significa que la reconoce como alguien digno de proteger.
La brisa nocturna movió suavemente las hojas del Árbol del Mundo, y las pequeñas luces espirituales siguieron flotando alrededor del lago.
Pero yo aún seguía mirando la cesta… tratando de procesar todo lo que acababa de pasar.
.
.
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Pasaron los días.
Durante ese tiempo Aethon Sylvariel me presentó con los elfos que aún no conocía. Uno por uno fueron acercándose, con sonrisas amables y gestos respetuosos.
Todos me dieron una cálida bienvenida.
Algunos inclinaban ligeramente la cabeza cuando me saludaban, otros incluso parecían emocionados de conocerme.
Yo pensé que simplemente estaban siendo hospitalarios.
Lo que no sabía en ese entonces… era que Aethon ya había anunciado en secreto entre ellos que yo era su esposa.
Por eso sus miradas tenían tanta calidez.
Por eso nadie cuestionaba mi presencia a su lado.
Para ellos… yo ya formaba parte de su imperio.
Para celebrar mi llegada, los elfos organizaron un gran banquete en el bosque.
El claro fue adornado con luces mágicas que flotaban entre las ramas, iluminando la noche con tonos dorados y plateados. Las mesas estaban llenas de frutas brillantes, carnes, panes recién horneados y copas de cristal llenas de vino dulce.
La música comenzó a sonar.
Suave al principio… luego alegre.
Los elfos comenzaron a bailar entre los árboles.
En medio de aquella celebración, Aethon Sylvariel extendió su mano hacia a mi y yo le correspondí.
Me llevó hacia el centro del claro.
Las luces flotaban a nuestro alrededor como pequeñas estrellas, iluminando su cabello dorado y sus ojos verdes.
Entonces empezamos a bailar.
Giramos lentamente entre las luces del bosque.
El ambiente… me recordó a otra época.
A aquellos días lejanos cuando celebramos juntos la victoria después de derrotar a las bestias demoníacas.
Por un momento sentí como si el tiempo hubiera retrocedido.
Como si volviéramos a ser aquellos compañeros de batalla que celebraban bajo las estrellas.
Reí mucho.
De verdad.
Me divertí mucho.
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Desde que comencé a vivir junto a Aethon Sylvariel en el castillo, cada jornada parecía traer una pequeña sorpresa. No eran grandes acontecimientos ni gestos exagerados… sino detalles simples que, poco a poco, fueron llenando mi vida de una tranquilidad que nunca antes había conocido.
Cada mañana, sin falta, Aethon me esperaba con un dulce diferente.
A veces era un pequeño pastel cubierto con una fina capa de chocolate brillante. Otras veces eran delicados chocolates rellenos de crema de cacahuate, mazapán, suaves bombones, frutas confitadas o trozos de chocolate con almendras.
Siempre estaban perfectamente preparados, como si hubieran salido de las manos del mejor repostero del mundo.
Pero lo que más me sorprendía no era su sabor… aunque me encantaban.
Lo que realmente me dejaba sin palabras era otra cosa.
Todos… absolutamente todos… son mis favoritos.
Los mismos dulces que solía comer en nuestra antigua vida o que deseaba probar después de la guerra.
Dulces que nunca pensé que existirían en este mundo.
Y mucho menos que él supiera que me gustaban.
Eso me hizo darme cuenta de algo que antes no había considerado.
Aethon realmente había estado prestando atención.
Incluso en aquel entonces.
Cuando todavía era ese elfo serio que apenas se atrevía a hablar demasiado, pero que siempre estaba cerca… observando, escuchando.
Un pequeño recuerdo de aquella época apareció en mi mente y no pude evitar reír suavemente.
Tal vez… nunca había mentido cuando decía que le gustaba pasar tiempo conmigo.
Al principio pensé que era una coincidencia que esos dulces existieran en este mundo.
Pero con el tiempo comencé a sospechar que no lo era.
—Aethon… —le preguntaba cada vez que me entregaba uno—. ¿De dónde sacas los ingredientes?
Él siempre reaccionaba exactamente igual.
Sus labios se curvaban en una leve sonrisa mientras sus ojos brillaban con ese aire misterioso que parecía disfrutar tanto.
—Es un secreto.
Luego me guiñaba un ojo.
—Siempre dices eso —respondía yo, haciendo un pequeño puchero.
—Porque siempre lo es.
Su sonrisa se volvía aún más encantadora cuando decía eso.
Y entonces simplemente se alejaba como si nada hubiera pasado, dejándome con el dulce en las manos… y con más preguntas que respuestas.
Con el tiempo dejé de insistir.
Había algo especial en ese pequeño misterio.
Algo dulce… casi mágico.
Pero los dulces no eran lo único.
Cada día mi habitación amanecía llena de nuevas sorpresas.