Soy Seraphina El principe y yo Crecimos juntos y con nosotros la obsesión de el Era tanta Que me dijo que si no era suya no sería de nadie más y me lo demostró con hechos y clavando una espada en mi pecho
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Capitulo 9 El dolor
León fue un buen amigo.
Me escuchó sin juzgar, sin preguntar demasiado, sin esperar nada a cambio. Solo estuvo ahí, en ese banco perdido del patio, mientras yo desahogaba mi dolor entre lágrimas y silencios.
—Gracias —dije cuando por fin pude hablar sin que la voz se me quebrara.
—Para eso están los amigos —respondió él con una sonrisa sencilla—. Bueno, los amigos que acabas de conocer hace una hora, pero igual.
Casi me río.
—Eres raro.
—Lo sé. Pero los raros nos reconocemos entre nosotros.
Me levanté. Me sequé las últimas lágrimas.
—Nos vemos, León.
—Nos vemos, Sera. Y oye... cualquier cosa, aquí estoy.
Asentí. Y caminé a casa.
En casa, esa noche
Me tiré en la cama sin ganas de nada.
El teléfono vibró.
Un mensaje.
Cyran: "Espero que estés bien. Hoy te vi llorando en el patio. Con ese chico nuevo. No me gustó verte así. No me gustó que no fuera yo quien te consolara. Pero si él te hizo sentir mejor... supongo que lo acepto. Por ahora."
Sonreí.
A pesar de todo. A pesar de que me había mentido. A pesar de que me había matado. A pesar de que estaba loco.
Sonreí.
Porque él siempre estaba ahí. Porque aunque fuera un loco posesivo, al menos NO era indiferente.
Y la indiferencia... la indiferencia de Adriel dolía mucho más.
¿Qué clase de persona soy? —pensé—. ¿Que prefiero a un asesino antes que a un indiferente?
No supe responder.
Pero seguí sonriendo viendo su mensaje.
A la mañana siguiente
Llegué al instituto con la cabeza gacha. No quería ver a nadie. No quería encontrarme con Adriel. No quería...
—¡Oye!
Alguien me arrancó la mochila de un tirón.
Me giré rápido.
Un chico. Amigo de Adriel. El mismo que se había reído de mí el día anterior.
—Toma, Adriel —dijo, lanzándole la mochila.
Y allí estaba él.
Adriel.
Atrapando mi mochila con una mano, como si fuera un juego.
—Dame mi mochila, por favor —pedí, haciendo un esfuerzo por mantener la voz firme.
Adriel sonrió. Pero no era su sonrisa de antes. No era la sonrisa que yo recordaba.
Era una sonrisa burlona. Cruel.
—Ven a buscarla —dijo.
Tragué saliva. Di un paso hacia él.
Y entonces...
Me empujó.
Con tanta fuerza que perdí el equilibrio. Caí hacia atrás, los brazos abiertos, esperando el golpe contra el suelo.
Pero no llegó.

* Cyran Atrapó a Seraphina antes de tocar el suelo*
Unos brazos me sujetaron justo antes de caer.
Unos brazos que conocía. Un pecho que reconocía. Un olor que...
—¿Qué demonios están haciendo? —la voz de Cyran retumbó en todo el pasillo.
Me giré.
Era él.
Con los ojos llameantes, la mandíbula apretada, sosteniéndome como si fuera lo más valioso del mundo.
—¡¿Por qué están molestando a mi novia?!
Los amigos de Adriel retrocedieron. Hasta Adriel dio un paso atrás.
La mochila cayó al suelo con un golpe sordo.
Cyran no les quitaba los ojos de encima. Tenía esa mirada. Esa que yo conocía. La tormenta. La locura. El peligro.
—¿Estás bien, mi amor? —preguntó, bajando la voz solo para mí.
Yo temblaba.
Pero no de miedo.
Temblaba porque jamás pensé que Adriel fuera capaz de hacerme algo así. El Adriel de la otra vida me habría protegido. El Adriel de esta vida me empujaba.
Y Cyran... Cyran, el asesino, el loco, el obsesionado... Cyran me había sujetado.
—Estoy... estoy bien —susurré.
Cyran me apretó contra él. Por un instante, sentí su corazón latiendo desbocado.
Luego levantó la vista hacia Adriel.
Y habló.
—Tú —dijo, y su voz helaba la sangre—. Eres mi primo. Acabo de conocerte. No sé qué clase de persona eres. Pero esto —señaló el suelo, la mochila, todo— no se hace. ¿Entendiste?
Adriel no respondió. Solo miró a Cyran, luego a mí, luego otra vez a Cyran.
—Que no se te ocurra volver a acercarte a ella —continuó Cyran—. Porque si lo haces... no importa que seas familia. Te juro que me vas a conocer de verdad.
La amenaza flotó en el aire como un cuchillo.
Adriel tragó saliva. Sus amigos ya habían recogido la mochila y la dejaron en el suelo.
—Vámonos —dijo uno.
Y se fueron.
Los tres.
Sin mirar atrás.
Cyran me sostuvo un momento más. Luego me soltó suavemente.
—¿Segura que estás bien?
Asentí.
—Gracias —susurré.
—No me lo agradezcas.
—¿Por qué?
—Porque no lo hice por ser bueno. Lo hice porque eres mía. Y nadie toca lo que es mío.
Lo miré. Sus ojos de tormenta. Su locura. Su obsesión.
Y a pesar de todo...
—Aún así —dije—. Gracias.
Algo cambió en su expresión. Algo que parecía... ¿esperanza?
—¿Eso significa...?
—Significa que necesito tiempo —lo interrumpí—. Significa que lo que hiciste antes... lo de mentirme, lo de matarme... no lo olvido. Pero significa también que hoy estuviste aquí. Y eso... eso cuenta.
Cyran asintió lentamente.
—Te esperaré —dijo—. Siempre.
Y por primera vez, esa frase no me sonó a amenaza.
Me sonó a promesa.
Más tarde, en el patio
Adriel estaba sentado con sus amigos. Reían de algo.
Uno de ellos hizo un comentario sobre mí. Adriel se encogió de hombros.
—Déjala —dijo—. Es rara. Y mi primo está loco por ella. No vale la pena meterse con él.
Pero mientras hablaba, algo en su pecho se removió.
Una imagen. Rápida. Fugaz.
Una chica con un vestido blanco. Corriendo hacia él. Sonriendo.
Parpadeó.
La imagen desapareció.
—¿Adriel? —preguntó un amigo—. ¿Te pasa algo?
—No —respondió—. Nada.
Pero no era cierto.
Algo estaba pasando.
Algo que no entendía.