Ella fue a la cárcel por un crimen que no cometió su marido la dejo sola, los 5 años que estuvo en prisión cuando salía la persona la juzgaba y decidió irse a otro país y cumplir sus sueños 6 años después regresa solo para visitar a su familia y por una promesa que le hizo a su madre muerta, allí se vuelve a encontrar con su marido.
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Las cadenas del pasado
Narrador
Daniel Rossi se encontraba sentado detrás del enorme escritorio de su oficina, rodeado de documentos que podían definir el futuro de su empresa.
Sobre el papel, todo parecía favorable.
Los números eran buenos, las condiciones beneficiosas y aquel acuerdo representaba una oportunidad que llevaba meses esperando. Sin embargo, por más que intentaba concentrarse, apenas lograba comprender las palabras escritas frente a él.
Su mente estaba en otra parte.
Desde hacía varios días sentía una inquietud difícil de explicar. Una sensación persistente, como si algo estuviera a punto de ocurrir y pudiera cambiar por completo el rumbo de su vida.
Enojado consigo mismo, cerró una de las carpetas con más fuerza de la necesaria.
Unos golpes suaves contra la puerta lo apartaron de sus pensamientos.
—Pase —ordenó sin levantar la vista.
La puerta se abrió y Frida, su secretaria, entró con un sobre marrón entre las manos.
—Señor Rossi, esto llegó hace unos minutos para usted.
Daniel continuó revisando los documentos.
—Déjelo sobre el escritorio.
Frida avanzó unos pasos, pero no soltó el sobre de inmediato.
—Viene de parte de la señora Victoria Campos de Rossi —aclaró—. Supuse que debía entregárselo personalmente.
Al escuchar aquel nombre, Daniel levantó la cabeza.
Sus ojos se posaron primero sobre Frida y después sobre el sobre que ella sostenía.
Victoria.
No había escuchado su nombre pronunciado en aquella oficina durante mucho tiempo. Aun así, bastaron unas pocas palabras para despertar algo dentro de él.
Un recuerdo.
Una herida.
O quizás una furia que jamás había desaparecido.
Frida dejó el sobre sobre el escritorio.
—Hiciste bien —dijo Daniel con frialdad—. Podés retirarte.
La mujer asintió y salió sin pronunciar una palabra más.
Al cerrarse la puerta, el silencio invadió la oficina.
Daniel permaneció inmóvil.
El sobre estaba frente a él, aparentemente inofensivo, pero no podía dejar de observarlo.
En una de sus esquinas se encontraba escrito su nombre con una letra que reconocería entre miles.
La letra de Victoria.
Durante varios minutos intentó continuar trabajando. Abrió nuevamente la carpeta, leyó la misma línea una y otra vez e incluso tomó la lapicera dispuesto a firmar uno de los documentos.
No pudo hacerlo.
Su mirada siempre regresaba al sobre.
Se levantó de la silla y caminó hasta el gran ventanal de la oficina. Desde allí podía observar la ciudad extendiéndose varios pisos debajo de él. Personas y vehículos se movían por las calles como pequeñas figuras sin importancia.
Regresó al escritorio.
Tomó el sobre.
Volvió a dejarlo.
—¿Qué querés de mí ahora, Victoria? —murmuró.
Tardó casi media hora en reunir el valor necesario para abrirlo.
Rasgó uno de los extremos y extrajo primero una carta doblada cuidadosamente. Debajo de ella encontró varios documentos legales.
Los reconoció de inmediato.
Papeles de divorcio.
Una presión desagradable se instaló en su pecho.
Durante unos segundos se limitó a mirarlos, como si aquellas hojas fueran una provocación.
Después tomó la carta.
Podía reconocer cada curva de la letra de Victoria. Recordaba haber recibido notas escritas de aquella misma manera durante los primeros años de su relación. Mensajes breves, cartas de amor y palabras que alguna vez había guardado como si fueran tesoros.
Pero aquella no era una carta de amor.
Daniel regresó al ventanal y comenzó a leer.
Avanzó lentamente por cada una de las palabras.
Leyó que esperaba que algún día encontraran al verdadero culpable.
Y finalmente llegó al motivo de la carta.
Victoria quería divorciarse.
No quería dinero.
No quería propiedades.
Solo quería recuperar su libertad.
Cuando terminó de leer, Daniel continuó observando la hoja durante algunos segundos.
Después la arrugó con fuerza entre los dedos.
Una risa amarga escapó de su garganta.
Al principio fue apenas un sonido breve, pero poco a poco se convirtió en una carcajada inquietante que se extendió por toda la oficina.
—¿Divorciarte de mí?
Negó lentamente con la cabeza.
—Qué ingenua seguís siendo, Victoria.
Arrojó la carta al suelo.
—¿Realmente creés que va a ser tan fácil?
Caminó de un lado al otro, respirando cada vez con mayor dificultad.
—Eso jamás va a suceder.
Se detuvo frente al ventanal.
Su reflejo le devolvió la imagen de un hombre con el rostro desencajado y los ojos llenos de una furia difícil de controlar.
—No pienso perder lo que me pertenece.
El primer golpe fue contra el escritorio.
Las carpetas cayeron al suelo y los documentos se esparcieron por toda la habitación.
Después arrojó el teléfono.
El aparato golpeó contra la pared y se rompió en varios pedazos.
Continuó con una lámpara, una bandeja y un portarretratos de cristal que estalló al caer al piso.
En apenas unos minutos, la oficina quedó completamente destrozada.
Afuera, Frida permanecía sentada detrás de su escritorio, escuchando cada golpe.
Nunca había visto perder el control a su jefe de aquella manera.
No sabía qué contenía aquel sobre, pero la respuesta estaba relacionada con Victoria. De eso no tenía ninguna duda.
Por un momento pensó en entrar e intentar calmarlo. Sin embargo, conocía lo suficiente a Daniel como para saber que aquella decisión podía empeorar las cosas.
También consideró llamar a Julieta.
Toda la empresa sabía que Daniel mantenía una relación con ella, aunque legalmente continuara casado con Victoria.
Frida conocía muchos de los secretos de su jefe.
Sabía que estaba casado.
Sabía que tenía una novia.
Y también sabía que, ella misma ocupaba un lugar oculto en su vida.
Pero nunca había visto tanta rabia en sus ojos.
Dentro de la oficina, Daniel permanecía de pie en medio del desastre.
Ya no quedaba casi nada sobre el escritorio.
La furia comenzaba a agotarse, dejando en su lugar una sensación más profunda y difícil de soportar.
Se sentó en el sillón.
Por primera vez desde que abrió el sobre, las lágrimas comenzaron a caer silenciosamente por su rostro.
No lloraba por Victoria.
Al menos eso intentaba convencerse.
Tampoco lloraba porque aquella mujer, a quien consideraba responsable de la muerte de su madre, hubiera recuperado la libertad.
Lloraba porque aquella carta amenazaba con destruir planes que llevaba años construyendo.
Planes que nadie conocía.
Hubo un tiempo en que Daniel había amado a su esposa con una intensidad capaz de enfrentarlo al mundo entero.
Su madre jamás aprobó aquella relación.
Quería que se casara con Julieta, la hija de uno de los hombres más poderosos del país. Aquella unión habría beneficiado a ambas familias y fortalecido los negocios de los Rossi.
Pero Daniel se negó.
En aquel momento solo quería a Victoria.
No le importaron las discusiones, las amenazas ni las consecuencias.
Se casó con ella porque estaba convencido de que era la mujer con quien compartiría el resto de su vida.
Hasta que algo cambió.
Nadie sabía exactamente qué había sucedido.
Tal vez el cambio había comenzado antes del asesinato.
Quizás ya existía una parte de Daniel que ni siquiera Victoria había llegado a conocer.
Después de la muerte de su madre y del arresto de su esposa, aquel hombre pareció desaparecer por completo.
En su lugar quedó alguien dominado por el dolor, la rabia y una necesidad enfermiza de hacer sufrir a la mujer que alguna vez había amado.
Durante años se aseguró de que Victoria conociera cada detalle de la vida que él había construido sin ella.
Le hizo llegar noticias sobre su felicidad con Julieta.
Fotografías de viajes, celebraciones y encuentros.
Incluso imágenes íntimas que no tenían otro propósito que lastimarla.
Quería demostrarle que mientras ella se consumía dentro de una prisión, él había seguido adelante.
O, por lo menos, eso era lo que intentaba aparentar.
Sin embargo, ahora que Victoria estaba en libertad y era ella quien había decidido abandonarlo, algo se rompía dentro de él.
No soportaba la idea de que fuera ella quien pusiera el punto final.
No aceptaba que Victoria pudiera construir una vida en la que él no tuviera ningún lugar.
Daniel se secó las lágrimas con el dorso de la mano y respiró profundamente.
Después presionó el botón del intercomunicador.
—Frida.
La secretaria respondió casi de inmediato.
—Sí, señor Rossi.
—Mandá a alguien a limpiar este desastre.
—Enseguida.
Daniel recogió del suelo la carta arrugada y los documentos del divorcio.
No los rompió.
Los guardó dentro de uno de los cajones de su escritorio y lo cerró con llave.
Victoria quería ser libre.
Pero él aún no estaba dispuesto a soltar las cadenas que los mantenían unidos.
Las horas transcurrieron lentamente.
Cuando llegó el momento de regresar a casa, Daniel abandonó la empresa con la corbata aflojada y la camisa desordenada.
No quería volver.
La enorme vivienda en la que vivía se sentía cada noche más vacía. Aunque Julieta pasara allí gran parte del tiempo, la soledad continuaba esperando detrás de cada puerta.
Necesitaba beber.
Necesitaba borrar, aunque fuera durante unas horas, la imagen de la carta y aquellas últimas palabras.
Hasta siempre.
Sacó el teléfono celular del bolsillo y buscó un nombre que llevaba años sin marcar.
Brandon.
Habían sido amigos desde la infancia. Durante mucho tiempo fueron inseparables, pero después del arresto de Victoria, Daniel cortó casi todo contacto con él.
Aun así, esa noche decidió llamarlo.
Brandon atendió después de varios tonos.
—¿Daniel?
La sorpresa en su voz era evidente.
—¿Estás ocupado?
—No. ¿Qué pasó?
Daniel guardó silencio unos segundos.
—Encontrémonos en el bar de siempre.
—¿Ahora?
—Te espero ahí.
Terminó la llamada sin darle tiempo a preguntar nada más.
Brandon permaneció observando su teléfono.
Hacía años que no hablaban con normalidad. La repentina invitación solo podía significar que algo grave había sucedido.
Cuando Daniel llegó al bar, Brandon todavía no estaba allí.
Se quedó esperando en la entrada.
Metió la mano en el bolsillo de su saco y sacó un atado de cigarrillos. Colocó uno entre sus labios, lo encendió y aspiró profundamente.
Diez minutos después, Brandon apareció caminando por la vereda.
Al verlo, Daniel arrojó el cigarrillo al suelo y lo aplastó con la punta del zapato.
Los dos se observaron durante algunos segundos.
Habían pasado demasiados años.
—Pensé que te habías olvidado de que existía —dijo Brandon mientras se acercaba.
Daniel no respondió.
Se saludaron con un abrazo breve y entraron al bar.
Eligieron dos lugares en la barra.
El ambiente estaba cargado de conversaciones, música y olor a alcohol. Daniel pidió una cerveza y bebió casi la mitad del vaso apenas el camarero lo dejó frente a él.
Brandon lo observó con atención.
Era evidente que algo no estaba bien.
—¿Qué pasó?
Daniel continuó bebiendo.
—Hace mucho que no me llamabas —insistió Brandon—. En realidad, casi no hablamos desde que Victoria entró en prisión.
El nombre volvió a tensar el rostro de Daniel.
—Estuve ocupado. La empresa tuvo demasiados problemas.
—¿Y ahora?
Daniel dejó el vaso sobre la barra.
—Ahora los problemas no son solo de la empresa.
Brandon esperó.
—Victoria está libre.
—Lo sé.
—Me envió una carta.
—¿Qué decía?
La expresión de Daniel se endureció.
—Quiere divorciarse.
Brandon lo miró sorprendido.
No por la decisión de Victoria, sino por el enojo que podía percibirse en la voz de su amigo.
—¿Eso es lo que te tiene así?
—No tiene derecho a pedirme el divorcio.
Brandon frunció el ceño.
—Claro que tiene derecho.
Daniel giró lentamente la cabeza.
—¿Qué dijiste?
—Que tiene todo el derecho del mundo. Ese matrimonio se terminó hace cinco años, Daniel. Tal vez incluso antes.
—No sabés de qué estás hablando.
—Sé que la abandonaste cuando más te necesitaba.
Daniel golpeó el vaso contra la barra.
—¡Ella mató a mi madre!
Algunas personas giraron la cabeza para observarlos.
Brandon bajó la voz.
—Fue declarada inocente.
—Eso no cambia lo que hizo.
—No —respondió Brandon con firmeza—. Lo que no cambia es que nunca quisiste aceptar la posibilidad de haberte equivocado.
Daniel lo miró con odio.
Brandon había conocido a Victoria durante muchos años. Jamás creyó que fuera capaz de asesinar a nadie. Aun cuando todas las pruebas parecían señalarla, una parte de él continuó convencida de su inocencia.
—Vos ya tenés otra mujer —continuó—. Estás con Julieta. Entonces, ¿para qué querés mantener atada a Victoria a una relación que solo les hace daño?
Daniel soltó una risa seca.
—No pienso darle el divorcio.
—¿Por qué?
—Porque no.
—Esa no es una respuesta.
Daniel se acercó un poco más a él.
—Ella destruyó mi vida. Ahora va a vivir con las consecuencias.
Brandon negó lentamente con la cabeza.
—¿Qué te pasó?
—No empieces.
—Hablo en serio. ¿Dónde está el hombre que estaba dispuesto a enfrentarse a su propia familia por ella? ¿Dónde está el amigo que decía que Victoria era el amor de su vida?
Por un momento, algo parecido al dolor cruzó la mirada de Daniel.
Desapareció casi de inmediato.
—Ese hombre murió con mi madre.
—No. Ese hombre sigue ahí. El problema es que preferís odiarla antes que aceptar que todavía sentís algo por ella.
Daniel apretó la mandíbula.
—No sabés nada de lo que siento.
—Sé que una persona indiferente habría firmado esos papeles y seguido con su vida. Vos, en cambio, estás acá, furioso y bebiendo como si el mundo se hubiera terminado.
Daniel tomó el vaso y lo vació de un solo trago.
—No voy a dejar que se vaya.
Brandon sintió un escalofrío.
Había algo en la manera en que lo dijo que no parecía una simple negativa.
—Tené cuidado con lo que hacés —advirtió—. Victoria ya sufrió demasiado.
Daniel volvió a reír.
Pero aquella risa no contenía alegría.
Era una risa amarga, desequilibrada, nacida de un sentimiento que ni él mismo parecía comprender.
Durante el resto de la noche casi no volvieron a hablar.
Daniel continuó bebiendo hasta perder la noción del tiempo. Brandon intentó detenerlo varias veces, pero su amigo se limitaba a pedir otro vaso.
Eran cerca de las tres de la madrugada cuando Daniel se levantó de la banqueta.
Apenas podía mantenerse en pie.
—Me voy.
—No podés manejar así —dijo Brandon mientras lo sujetaba del brazo.
—Soltame.
—Dame las llaves.
Daniel intentó apartarlo, pero Brandon logró quitárselas del bolsillo.
—Vos también bebiste —protestó Daniel.
—Sí, por eso ninguno de los dos va a conducir. Voy a pedir un auto.
Brandon solicitó un vehículo desde su teléfono.
Pocos minutos después, un automóvil se detuvo frente al bar.
Ayudó a Daniel a subir en el asiento trasero y se sentó a su lado.
—Primero vamos a dejarte en tu casa —le explicó al conductor.
Daniel apoyó la cabeza contra el respaldo.
Durante unos segundos pareció haberse quedado dormido.
Entonces abrió los ojos.
—No.
Brandon lo miró.
—¿Qué sucede?
Daniel se inclinó hacia adelante y le habló directamente al conductor.
Le dio una dirección diferente.
Brandon tardó unos segundos en reconocerla.
Cuando lo hizo, sintió que el cuerpo se le tensaba.
—Daniel...
Su amigo no respondió.
—Esa no es la dirección de tu casa.
Daniel dirigió la mirada hacia la oscuridad del otro lado de la ventanilla.
Una sonrisa inquietante apareció lentamente en su rostro.
—Lo sé.
El automóvil cambió de camino.
Ahora se dirigían hacia la casa de Victoria.
Y Brandon comprendió que aquella noche estaba muy lejos de terminar.