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Mí Jefe Imposible: Pacto De Motores Y Millones

Mí Jefe Imposible: Pacto De Motores Y Millones

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / CEO / Romance de oficina / Completas
Popularitas:4.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Sinopsis
En la pista de carreras y en la sala de juntas, él es una máquina milimétrica: metódico, implacable y con un ego del tamaño de su escudería. En su oficina, es una pesadilla de recursos humanos. Convencido de que cualquier mujer que cruza su puerta solo busca terminar en su cama, despide secretarias antes de que cumplan un mes, escudándose en que ninguna tiene cerebro para los negocios ni carácter para seguirle el paso. Su familia, al borde del colapso corporativo y legal, necesita un milagro para frenar su soberbia.
Ese milagro llega desde el otro lado del Atlántico.
Heredera de un emporio estadounidense y adicta a la adrenalina de las dos ruedas, ella se niega a heredar un trono sin antes forjarse lejos de los favores familiares. La solución es un pacto entre patriarcas: infiltrarla como su nueva asistente ejecutiva bajo una armadura infalible de trajes holgados, gafas pesadas y una indiferencia que desarma cualquier táctica de seducción.

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17: Frecuencia cuatro

A doscientos noventa kilómetros por hora sobre la recta de Balocco, el habitáculo de Horizonte era un ataúd de carbono presurizado donde la temperatura rozaba los cuarenta y cinco grados.

El calor del bloque V8 biturbo colocado a escasos centímetros de la espalda de Matteo traspasaba la mampara térmica, mientras las vibraciones del chasis monocasco le sacudían los dientes. A través de la visera oscura de su casco de titanio, Matteo devoraba los vértices del asfalto piamontés: los neumáticos estaban en su ventana óptima de noventa y dos grados, pero en el cuadro digital del volante, el tiempo delta contra el Aston Martin de Christian Vance parpadeaba en un exasperante color rojo.

Menos una décima y media en el sector uno.

Matteo apretó los dientes, maldiciendo en dialecto piamontés dentro del sotocasco mientras preparaba la frenada regresiva para la horquilla cerrada de la curva cuatro. Metió el morro con agresividad, provocando un leve latigazo en el eje trasero que corrigió con un golpe de contravolante violento.

Un chasquido seco de estática rasgó el auricular integrado en su oreja izquierda.

—Está sobrevirando porque entra con tres kilómetros por hora de exceso y castiga el flanco del neumático exterior, señor Castelli —la voz de Gabriela Novak llegó por el canal cuatro con una nitidez quirúrgica, desprovista del más mínimo temblor o interferencia—. Vance le sacó ochenta milésimas en esa salida porque traccionó sobre la línea limpia. Deje de pelearse con el volante; esto es un circuito de pruebas, no una corrida de toros.

A Matteo se le cortó la respiración por una fracción de segundo.

Casi pierde el punto de cuerda de la siguiente chicana por la pura conmoción de escuchar ese timbre bajo, templado y demoledoramente seguro resonando directamente dentro de su cabeza a trescientos por hora.

Presionó con el pulgar enguantado el botón de radio del volante, rugiendo hacia el micrófono:

—¡Novak! ¡Le dije que me cantara presiones de neumáticos, no que hiciera de comentarista deportiva! ¡Vance tiene una caja de cambios con relaciones más cortas en segunda marcha!

—Vance tiene la misma relación de transmisión que homologó la FIA el mes pasado —respondió ella de inmediato, con una calma tan aplastante que hizo que el pulso de Matteo subiera diez pulsaciones más—. La diferencia es que él modula el pedal de freno en un arco continuo y usted clava el pie como si quisiera perforar el cortafuegos de magnesio. Cierre el mapa del diferencial dos puntos a la izquierda para bloquear la salida de curva y frene cuatro metros más tarde en la entrada del sector rápido. Confíe en la sustentación del alerón trasero; para algo me pasé la noche del viernes calculando sus vórtices.

Matteo contuvo una maldición que se le quedó atragantada en la garganta.

La recta de vuelta se abrió ante él. Aceleró a fondo: cuarta, quinta, sexta. El rugido de los novecientos veinte caballos sacudió el aire frío de los arrozales circundantes.

Se acercaba la curva seis: una ese ciega de alta velocidad que se tomaba en quinta marcha a casi doscientos cuarenta por hora, donde el instinto de conservación le pedía a cualquier piloto levantar levemente el pie del acelerador para estabilizar el morro.

«Frene cuatro metros más tarde... Confíe en el alerón».

Las palabras de la asistente resonaron en sus oídos con la fuerza de un mandato hipnótico.

Matteo no levantó el pie. Clavó la mirada en la marca de cien metros, aguantó la respiración hasta que las sienes le latieron con furia y metió la dirección hacia el vértice en una maniobra suicida.

El aire atrapado por el difusor inferior selló el fondo plano de Horizonte contra el asfalto con una fuerza gravitacional de tres gés y media. El coche no flotó; no hubo el menor atisbo de pérdida de agarre en la zaga. La máquina dobló sobre raíles invisibles, devorando la chicana con una ferocidad limpia que le arrancó un jadeo de asombro visceral.

El display digital parpadeó.

Sector dos: verde fluorescente. Cuatro décimas por debajo del tiempo de Vance.

Matteo soltó el aire en una exhalación pesada, mientras una risa salvaje, triunfal y casi desquiciada le nacía en el pecho.

Apretó el botón de radio:

—Tres décimas arriba, Novak.

—Cuatro décimas y dos milésimas, para ser exactos —corrigió la voz en el auricular, sin un ápice de entusiasmo, como si estuviera leyendo la cotización de los granos de trigo en Chicago—. Ahora cierre la vuelta sin estropear los neumáticos en la última frenada. La telemetría indica que Marcozzi está al borde de un síncope en el muro.

Matteo cruzó la línea de meta marcando el récord absoluto de la jornada para prototipos GT.

Completó la vuelta de refrigeración con el motor a medio régimen, sintiendo el sudor empaparle la espalda bajo el mono ignífugo. Pero lo que le quemaba las entrañas no era la victoria sobre el cronómetro: era el eco de esa voz fría que había dirigido sus manos y sus pies a trescientos por hora con la autoridad de un dios de las pistas.

Enfiló la calle de boxes y detuvo el coche frente al hangar de Castelli Automotive.

Los mecánicos levantaron las manos en señal de triunfo, mientras la cúpula de fibra de carbono se abría con un soplido neumático. Matteo se quitó el volante extraíble, se desabrochó los arneses de seis puntos y emergió del habitáculo con movimientos elásticos, despojándose del casco de titanio y del sotocasco empapado de un solo tirón.

El aire frío del atardecer le golpeó el rostro congestionado.

Christian Vance ya estaba allí, apoyado contra la barandilla del muro con una botella de agua mineral en la mano y una expresión que mezclaba la incredulidad con una admiración socarrona:

—¡Qué demonios fue esa trazada en la seis, Castelli! —exclamó el británico, sacudiendo la cabeza—. Te vi entrar pasado por la cámara del pit wall; estaba seguro de que ibas directo a arruinar la suspensión contra la grava.

Matteo sacudió el cabello oscuro empapado de sudor, bajando del pontón del coche con una respiración honda. No miró a Christian; sus ojos avellana, densos y cargados de una tormenta viva, barrieron el pit lane hasta clavarse en la estación de telemetría.

Gabriela Novak seguía sentada frente a la pantalla de datos, con los auriculares profesionales puestos sobre el moño tenso, el abrigo marrón tabaco cerrado hasta el mentón y la bufanda beige ocultándole el cuello. Estaba desconectando los cables de adquisición con la misma indolencia con la que una cajera apaga la caja registradora al final de su turno.

Christian siguió la dirección de la mirada de Matteo y soltó una carcajada baja y cómplice:

—Ah... Ya veo quién estaba operando la radio en el canal cuatro. Escuché los ecos por la frecuencia abierta del circuito, amigo mío. Te tiene con la correa corta hasta dentro de la cabina.

Matteo tensó la mandíbula, ignorando la provocación del británico. Le arrojó los guantes de competición a Marcozzi y avanzó con zancadas largas hacia la estación de monitores.

Se detuvo detrás de la silla de Gabriela.

El calor que desprendía su cuerpo empapado en sudor y adrenalina era una marea viva que rompió contra la espalda de la chica. Matteo apoyó ambas manos sobre el borde metálico de la mesa de telemetría, enjaulándola entre sus brazos antes de que ella pudiera ponerse de pie:

—¿Dónde aprendió a leer una trazada en curva rápida, Novak?

Gabriela se retiró los auriculares con un movimiento pausado, colgándolos del soporte sin apresurarse. Se ajustó las gafas de carey con el dedo medio antes de girar apenas la cabeza para mirarlo.

La cercanía era una provocación directa: el torso de Matteo, ceñido por el mono ignífugo desabrochado hasta el esternón, dejaba a la vista la piel húmeda de su pecho y una cadena fina de plata que subía y bajaba con su respiración agitada. Su colonia de madera y pimienta se mezclaba con el olor a goma quemada y gasolina en una combinación densa, primitiva y abrumadora.

Gabriela sostuvo la mirada verde tras los cristales sin parpadear:

—Le dije que la física es universal, señor Castelli. Si un cuerpo con masa entra en un radio de giro con la carga aerodinámica adecuada, la inercia hace el resto. No hace falta haber nacido en Monza para saber multiplicar vectores.

Matteo soltó una risa áspera, inclinándose hacia adelante hasta que su boca quedó a escasos centímetros de la oreja de ella. Su aliento caliente le rozó la piel blanca que asomaba sobre la lana de la bufanda:

—Multiplicar vectores no te dice cuándo cerrar el diferencial a ciegas en mitad de una horquilla, Gabriela. Me diste la orden dos décimas de segundo antes de que el coche empezara a deslizar. Eso no es cálculo teórico; eso es instinto de pista.

Gabriela sintió una corriente eléctrica recorriéndole la nuca ante la vibración profunda de su voz. El bastardo estaba peligrosamente cerca de la verdad; su soberbia de piloto herido lo estaba volviendo más perceptivo de lo que su padre jamás había previsto.

Con un movimiento fluido, Gabriela tomó su tableta industrial, la colocó verticalmente entre el pecho de Matteo y su propio hombro, creando una barrera física de metal frío:

—Se llama capacidad de anticipación estadística, señor Castelli. Algo que usted debería practicar con más frecuencia fuera de los circuitos. Ahora, si me hace el favor de apartarse... el señor Vance y los ingenieros están mirando hacia aquí y dudo que la junta directiva aprecie que su director ejecutivo intimide a su personal técnico en un pit lane abierto.

Matteo no retrocedió. Sus ojos recorrieron la línea de su mandíbula, deteniéndose en la tensión milimétrica de sus labios pálidos. La tentación de arrancarle la bufanda, arrancarle las gafas y obligarla a admitir quién era con un beso que le borrara la frialdad de la boca estuvo a punto de quebrar su último resto de disciplina corporativa.

—Castelli —la voz de Christian Vance resonó desde la entrada del box, cortando la tensión como una cizalla—. El camión de transporte ya está cargando a Horizonte. Si no nos vamos ahora, el restaurante en Milán nos cancela la mesa.

Matteo apretó los dientes, sintiendo cómo los músculos de su mandíbula protestaban bajo la piel. Retiró las manos de la mesa con una lentitud deliberada, dando un paso atrás sin apartar los ojos de Gabriela:

—El informe de telemetría en mi despacho mañana a las siete y media, Novak. Ni un minuto más tarde.

—Estará en su escritorio a las siete y veinticinco, señor Castelli —respondió ella, poniéndose de pie con su habitual rigidez, acomodándose el bolso de mano bajo el brazo—. Asegúrese de secarse el pelo antes de subir al coche; un resfriado en el director ejecutivo retrasaría la firma de los contratos de suministro y mi agenda ya está bastante saturada.

Gabriela caminó hacia la furgoneta de apoyo con sus zapatos planos y su paso metódico, dejando a Matteo de pie en mitad del hangar vacío.

Christian Vance se acercó a su amigo, dándole una palmada seca en el hombro mientras observaba la silueta de la chica perderse en la penumbra del paddock:

—Te lo advertí en el restaurante, Matteo. Esa mujer no solo sabe cómo funciona tu coche... Sabe exactamente cómo funcionas tú. Y cada vez que abres la boca para intentar acorralarla, te saca dos metros de ventaja en la salida.

Matteo se pasó una mano por el rostro caliente, sintiendo el latido sordo de su corazón golpeándole el pecho en una promesa oscura:

—No me importa cuánta ventaja me saque en la pista, Christian. En esta carrera no hay escapatorias de grava. Y antes de que se cumpla el año... esa mujer va a tener que mirarme a los ojos sin ese maldito disfraz.

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Corina Galantti
cuánta adrenalina! una novela muy interesante! me encantó. BENDICIONES ESCRITORA
Corina Galantti
otro capítulo repetido! es un garrón!
Mary Garbolino
me canso.que repitan tanto.prefiero dejar de leerla
Mary Garbolino
odio que repitan los capitulos
Corina Galantti
una pena que repitan capítulos!
Flor Perez
no puede ser que hayan repetido dos capítulos seguido, ahí les encargo porque si sigue así la novela tendré que abandonarla , ya que
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