Era el mejor amigo de mi padre. Catorce años mayor que yo. El único hombre en el mundo al que nunca debí desear.
Juliet lleva años guardando un secreto que no se atreve a pronunciar: Lorenzo Vescari, el italiano de mirada verde y pasado tatuado en la piel, es el hombre que ocupa cada uno de sus pensamientos. Y a pocos días de la boda de su padre, él ya no está dispuesto a fingir que no lo sabe.
Entre una casa llena de invitados, miradas que duran demasiado y una noche de tormenta en la que se apagan las luces, la línea que los separa se vuelve cada vez más fina. Lorenzo sabe lo que arriesga. Juliet sabe de quién es hija. Y ninguno de los dos logra mantenerse lejos del otro.
Pero amar a quien no deberías tiene un precio: una madre que cree saber lo que más le conviene, una ex que no piensa soltar su presa, un enemigo del pasado que mueve sus piezas desde las sombras y un secreto que, si sale a la luz, puede destruir una amistad de toda la vida.
¿Cuánto estás dispuesta a perder por el hombre al que nunca debiste querer?
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Capítulo 2
Capítulo 2: El rojo te sienta bien
Juliet
El que crees que no conozco.
Para la tarde siguiente ya había repetido esas palabras cien veces. Sus nudillos bajando por mi columna. Su aliento en mi nuca.
Lo sabía. Y ahora papá me había dado dos camisas idénticas para la fiesta de mañana, en dos tallas distintas, y me mandaba a llevárselas a su mejor amigo.
Toqué. Nadie contestó. La puerta no tenía llave, y desde el baño llegó el siseo de una ducha que se cerraba.
Antes de que pudiera irme, la puerta del baño se abrió.
—¿Juliet?
Giré en seco, y maldición.
El agua le corría por el pecho y por las líneas duras del abdomen. El pelo mojado le caía sobre la cara. El tatuaje se extendía por su hombro izquierdo y bajaba por el brazo, en tinta oscura y hermosa, y lo único que llevaba puesto era una toalla blanca colgada peligrosamente baja en las caderas.
—¿Qué haces aquí? —Parecía confundido, pero se humedeció el labio inferior con la lengua, y eso no tenía nada de confundido.
—Yo... eh, vine a traerte estas camisas.
Se rio.
—Tu padre y sus manías. En mis cumpleaños también me compraba siempre dos tallas.
—Lo sé. Siempre era yo quien tenía que ayudarlo a elegir.
Se quedó inmóvil. Nuestras miradas se cruzaron, y el silencio se alargó lo suficiente para que la piel me ardiera.
—¿Te molestaría probártelas? —solté.
Sacó la primera camisa de la bolsa y se la probó ahí mismo, delante de mí. ¿Podía quejarme? Para nada.
No pasó de los bíceps. Intentó quitársela, pero tenía la piel todavía húmeda y la tela se le pegaba.
—Maldición.
—Déjame ayudarte.
Lo dije antes de poder frenarme. Me acerqué y tiré de la camisa, y solo entonces me di cuenta de lo tonto que era aquello. Estaba lo bastante cerca para sentir su aliento. Lo bastante cerca para sentir el calor que desprendía su piel.
Mis dedos rozaron su pecho y se me cortó la respiración.
Le saqué la camisa lo más rápido que pude y le puse la segunda en las manos sin mirarle la cara. Incluso sin abotonar, le quedaba perfecta.
—Ponte esa mañana —dije, a medio camino de la puerta.
—Juliet.
Mis pies se clavaron en el suelo. Vino hacia mí y no se detuvo hasta tenerme encima. Se inclinó, con su mejilla contra la mía, y su voz fue suave en mi oído.
—El reloj personalizado, con mis iniciales. Ese fue perfecto.
Me acomodó un mechón detrás de la oreja.
—Gracias por elegirlos.
Un solo roce, y todo mi cuerpo ardía. Huí, y habría jurado que lo oí reírse a mis espaldas.
Esa noche hubo baile en la terraza. Me senté en la barra, y Lorenzo ocupó el taburete de al lado, con unos botones de la camisa desabrochados, los justos para dejar ver la tinta del pecho.
Deslizó una copa por la barra hacia mí.
—Vino tinto. Tu favorito.
Parpadeé ante la copa.
—¿Cómo lo sabes?
—De la misma forma en que tú sabías lo del reloj. —Una sonrisa apenas esbozada.
—¿Así que tú también me espiabas?
Se me escapó. Sus ojos verde oscuro se encontraron con los míos, algo titiló en ellos, y ya era demasiado tarde para retirarlo.
—Hola, guapo.
Marla Quinn. Una de las socias de papá, casada, muy ebria. Le pasó una uña larga por un lado de la cara y siguió bajando por el cuello.
—Está casada, Marla —dije entre dientes.
—Mira, niñita, lo que hacen los adultos no es asunto tuyo. —Se sacó el anillo, lo tiró dentro de su bolso y me sonrió—. Listo. Ahora nadie lo ve. Vamos a bailar, guapo.
Eso fue la gota que derramó el vaso. Me puse justo entre los dos.
—Él no está interesado. Lárguese antes de que la haga sacar.
—Eso no lo ha dicho él.
—Entonces lo digo yo —intervino Lorenzo, con la voz fría y plana—. No me interesa usted, señora Quinn. Retírese, por favor.
—Y además ya me prometió el baile a mí —añadí—. Más suerte para la próxima.
Lo agarré de la mano y lo arrastré a la pista. Seguía tan furiosa que casi no noté que había puesto sus manos en mi cintura y las mías en su pecho.
Luego lo noté.
—De nada, por cierto —dije.
—Bueno, te lo agradezco. —Me atrajo más hacia él por la cintura—. Dime, ¿por qué acudiste en mi rescate?
—Deberías saberlo. Tú pareces saberte todos mis secretos.
—Te gustan mucho tus secretos, ¿verdad?
—O quizá eres tú quien sigue ignorando las señales.
Esos ojos verdes sostuvieron los míos. Por un segundo pensé que por fin iba a decirlo.
—A veces —dijo—, las cosas son mejores así.
Al diablo con su filosofía.
—¿Sabes qué? Debí dejarte con Marla —solté—. Ve a bailar con ella. Yo ya terminé.
Salí de la pista sin mirar atrás ni una vez.
Terminé en la cocina vacía, apoyada en la encimera, tratando de respirar.
No sirvió. Nada servía. Llevaba años enamorada de ese hombre, y o no lo veía o no le importaba.
No. Lo veía. No era un niño. Cada vez que coqueteaba conmigo hasta dejarme las rodillas flojas y después se convertía en un maldito filósofo, era una decisión.
Ya bastaba. Había terminado.
Que se vaya al carajo Lorenzo Vescari.
Aunque te encantaría que te llevara él, ¿no?, dijo la voz en mi cabeza.
Al demonio contigo también.
Saqué una botella de agua fría del refrigerador y cerré de un portazo. Luego pasé los dos minutos siguientes perdiendo una guerra contra una diminuta tapa de plástico.
Claro. Por supuesto que no se abría.
¿De verdad soy tan débil?
Debe de ser que sí, dijo la voz. ¿Quién más se enamoraría del mejor amigo de su padre?
Unos pasos pesados se acercaron. No necesité mirar para saber quién era.