NovelToon NovelToon
Pasaje A Las Vegas: Pacto, Fuga Y Destino

Pasaje A Las Vegas: Pacto, Fuga Y Destino

Status: Terminada
Genre:Reencuentro / Malentendidos / Hijo/a genio / Completas
Popularitas:7.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Para salvar los imperios de sus familias, Elena aceptó un matrimonio arreglado desde su nacimiento con una sola condición en mente: convencer a su prometido de divorciarse al primer año. El plan era perfecto hasta el almuerzo de presentación, donde una confusión la hace creer que su futuro esposo es un anciano decrépito. Aterrorizada, escapa del salón y salta al primer taxi que encuentra en la calle, suplicándole al chofer que la lleve a Las Vegas para arruinar el acuerdo.

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 5: Carretera interestatal y verdades a medias

El trayecto hacia Greenwich Village fue un despliegue de pericia automotriz que descolocó por completo a Antonella. El conductor esquivaba furgonetas de reparto, calculaba las luces amarillas al milisegundo y cambiaba de carril con una agresividad fría y milimétrica, impropia de un chofer acostumbrado a lidiar con el pesado tráfico de la ciudad. No había frenazos bruscos ni titubeos; el tipo dominaba el Crown Victoria como si estuviera al mando de un vehículo de alta gama en un circuito cerrado.

Antonella se aferró al apoyabrazos de vinilo, mirándolo de reojo.

El falso taxista no encajaba en ninguna de las casillas habituales. Tenía una mandíbula afilada cubierta por una sombra de barba de dos días, pómulos marcados y unos ojos de un tono ámbar oscuro que parecían acostumbrados a mandar más que a obedecer. Sus manos, firmes sobre el aro desgastado del volante, no tenían la aspereza ni las cicatrices del trabajo rudo; eran manos de dedos largos, elegantes, con las uñas impecablemente recortadas. Y en su muñeca izquierda no descansaba un reloj digital de plástico, sino una pieza de titanio pulido cuyo diseño austero gritaba exclusividad a kilómetros de distancia.

—Frena ahí —indicó Antonella al divisar la fachada de ladrillo rojizo de su edificio—. Tres minutos. No apagues el motor.

—Si tardas cuatro, la tarifa se duplica —respondió él sin mirarla, con una ironía seca que la hizo fruncir el ceño.

Antonella saltó del vehículo y subió los escalones del portal de dos en dos. Abrió la puerta de su apartamento con la respiración entrecortada. No había tiempo para nostalgias: arrojó una maleta deportiva de lona sobre la cama y comenzó a llenarla con una frialdad casi militar. Metió su pasaporte, la partida de nacimiento, las copias certificadas de sus títulos universitarios, tres mudas prácticas de ropa oscura, un abrigo grueso y el dinero en efectivo que guardaba en la caja fuerte del armario.

Se quitó el vestido marfil de diseñador —la mortaja de seda con la que sus padres pensaban entregarla— y lo dejó caer al suelo sin ningún miramiento. Se puso unos vaqueros ajustados, botas de cuero negro y una chaqueta de motociclista. Recogiéndose el cabello en una coleta alta, se miró un segundo en el espejo: la heredera domesticada de los Belmont había muerto; la mujer que estaba parada allí era una desconocida que no pensaba dejarse enjaular.

Abajo, en la calle, Andrew sacó su teléfono del bolsillo. La pantalla era un cementerio de notificaciones: diecisiete llamadas perdidas de su abuelo Arthur, ocho de la oficina central de Prescott Global y varios mensajes urgentes de su asistente personal preguntando si el helicóptero debía buscarlo en Lexington tras el incidente con el deportivo.

Andrew miró la pantalla con desdén. Por primera vez en sus veintisiete años, el peso asfixiante del apellido Prescott no le importaba un comino. Su abuelo lo había obligado a trabajar setenta horas a la semana desde que tenía veinte años, recordándole a diario que su única función era ser el pilar del imperio. Y ahora, el destino le arrojaba en bandeja de plata la oportunidad de ver a toda la junta directiva y a los estirados Belmont perder la cabeza.

Deslizó el dedo sobre la pantalla y activó el modo avión.

La puerta del edificio se abrió y Antonella reapareció. Cargaba la maleta sobre el hombro con una soltura que a Andrew le arrancó una media sonrisa. Ya no parecía la damisela de sociedad del restaurante subterráneo; vestida de negro, con las mejillas encendidas y la mirada desafiante, era un peligro andante.

Abrió la puerta del copiloto, arrojó la maleta a la parte trasera y se sentó de golpe, cerrando de un tirón.

—Vámonos —dijo, abrochándose el cinturón—. Si mi padre descubre que salí del restaurante, enviará a los guardias de la familia a revisar este departamento en menos de media hora.

Andrew puso primera y aceleró con fuerza. El taxi se incorporó a la avenida enfilando hacia el Túnel Lincoln.

—Directo a Nueva Jersey —anunció él, mirando por el retrovisor—. Después tomaremos la Interestatal 80 hacia el oeste. Son casi cuarenta horas de asfalto continuo si no nos detenemos a dormir.

—Tengo suficiente dinero para combustible, comida y tu tarifa de locura —replicó ella, cruzándose de brazos—. Y si necesitas que maneje para que descanses, sé hacerlo.

Andrew soltó una carcajada ronca, genuina.

—¿Una niña rica que sabe conducir un trasto viejo? Eso me gustaría verlo.

—Sé hacer muchas más cosas de las que imaginas —espetó Antonella, molesta por el tono condescendiente—. Y para empezar, ni siquiera sé cómo llamarte. Si vamos a pasar tres días encerrados en esta lata de sardinas, lo mínimo que merezco es saber a quién le estoy pagando una fortuna.

Andrew sostuvo el volante con una sola mano mientras entraban a la penumbra artificial del túnel. Pensó rápido. Si le decía su nombre completo, la farsa estallaría antes de salir de Nueva Jersey. Pero tampoco quería darle un alias ridículo que lo hiciera sonar como un criminal común.

—Drew —respondió con naturalidad, usando el diminutivo con el que solo sus amigos más cercanos de Inglaterra lo llamaban—. Dime Drew.

—Drew... —repitió Antonella, probando el peso del nombre en sus labios—. Bien, Drew. Yo soy Antonella. Aunque supongo que eso te da igual mientras el dinero sea real.

—El dinero siempre es real, Antonella. Lo que me resulta bastante irreal es que una mujer como tú esté huyendo en un taxi robado en lugar de aceptar su destino de oro.

Ella giró la cabeza bruscamente hacia él, con los ojos entrecerrados.

—¿Robado? ¿Dijiste robado?

Andrew maldijo mentalmente por el desliz, pero mantuvo el semblante de piedra.

—Es una metáfora. Le pagué al verdadero dueño lo suficiente para que no le importe si este auto vuelve a Manhattan en una semana o en un mes. Legalmente tengo su autorización. Prácticamente, lo saqué de su turno. No te preocupes, no nos van a arrestar por robo de vehículo... a menos que tu padre declare que te secuestré.

—No lo hará —afirmó ella con una amargura que no pudo ocultar—. Mi padre es demasiado orgulloso para admitir ante la prensa o ante la policía que su hija huyó minutos antes de ser subastada. Inventará una excusa médica, dirá que me dio una crisis nerviosa y mandará a sus propios investigadores privados a rastrearme en silencio. Por eso tenemos que salir del radar antes del anochecer.

Salieron del túnel y la luz grisácea de la tarde sobre Nueva Jersey los envolvió. Las fábricas, los depósitos industriales y las primeras señales verdes de la autopista interestatal comenzaron a desfilar por las ventanillas.

Andrew tamborileó los dedos sobre el volante, incapaz de contener la curiosidad que le carcomía el orgullo desde hacía una hora.

—Dime una cosa, Antonella... —empezó, fingiendo un tono casual—. Sobre ese prometido del que estás huyendo con tanto pavor. ¿Estás completamente segura de lo que viste en ese restaurante?

—¿A qué te refieres?

—A que las familias multimillonarias suelen ser bastante complicadas. ¿No se te ocurrió pensar, por un segundo, que el anciano del bastón que viste bajar las escaleras no era el novio, sino el abuelo o el padre del tipo? Digo... tal vez el verdadero prometido era un tipo joven que simplemente se retrasó por el tráfico.

Antonella soltó un bufido de desprecio y sacudió la cabeza, mirándolo como si acabara de decir la mayor estupidez del mundo.

—Mi abuelo materno estaba parado a mi lado. Me puso la mano en la espalda y me dijo textualmente: «Al fin llegó tu prometido». No dijo su padre, ni su tutor; dijo mi prometido. Y el viejo ese, el tal Arthur Prescott, miraba a todo el mundo como si fuéramos cucarachas que podía aplastar con su chequera. Es un monstruo arrugado, Drew. No tenía a nadie más a su alrededor. Estaba solo, con su bastón con cabeza de lobo y una cara de amargura que da náuseas.

Andrew tuvo que morderse la parte interior de la mejilla para no soltar una carcajada que delatara toda la jugada.

Un monstruo arrugado con cara de amargura. La descripción de su abuelo era tan despiadadamente exacta que sintió unas ganas casi infantiles de grabarla para ponérsela a Arthur en su próximo cumpleaños. Pero al mismo tiempo, la certeza de que Antonella lo consideraba a él la víctima de esa misma caricatura le encendía la sangre de una forma extraña.

—Supongamos que tienes razón —continuó Andrew, mirándola de reojo mientras aceleraba hacia la I-80 Oeste—. Supongamos que era una momia con bastón. ¿Tu brillante plan maestro para destruir el acuerdo familiar es llegar a Las Vegas y casarte con el primer desconocido que encuentres en una capilla de paso?

—Exactamente.

—¿Y si el tipo que encuentras resulta ser un drogadicto, un estafador o peor que el viejo multimillonario?

—No buscaré a un vagabundo, Drew. No soy idiota —dijo ella con altanería, acomodándose en el asiento de vinilo—. Buscaré a alguien que entienda una transacción comercial limpia. Le ofreceré diez mil dólares en efectivo por firmar el acta conmigo frente a un juez de paz en una capilla de bodas exprés, tomaremos tres fotos como prueba, registraré el matrimonio en el estado de Nevada y le daré el dinero. Con un certificado legal de matrimonio en la mano, el pacto de nacimiento de los Belmont queda legalmente destruido. Nadie puede obligar a una mujer casada a contraer nupcias con otro hombre sin cometer bigamia.

Andrew la observó unos segundos en silencio. El plan tenía agujeros legales por todas partes, pero la lógica desesperada y el coraje salvaje con el que lo defendía lo desarmaron. Aquella mujer no era un adorno de sociedad; era un huracán envuelto en seda y arrogancia, dispuesta a dinamitar su propio mundo con tal de no ser doblegada.

Una idea sumamente peligrosa comenzó a tomar forma en la mente de Andrew.

—Diez mil dólares... —murmuró él, con una lentitud cargada de veneno y encanto—. Pagan bastante bien las capillas de Las Vegas por arruinarle la vida a un consorcio de Wall Street.

Antonella se giró hacia él, alertada por el cambio en su tono de voz.

—¿Qué estás insinuando, Drew?

Andrew clavó sus ojos ámbar en los de ella solo por una fracción de segundo antes de volver a mirar la carretera abierta que se extendía hacia el horizonte. La media sonrisa en su rostro era el presagio de una tormenta que ella ni siquiera veía venir.

—Que si vas a pagarle diez mil dólares a un perfecto desconocido para que sea tu esposo de papel... tal vez debas considerar que ya tienes a uno sentado al volante.

1
Cliente anónimo
Me encantas!
Flor Perez
simplemente maravillosa👏👏👏👏
Maria Laura Perez
😍👏
Cliente anónimo
Me encanta!!! No paro de leerla!
Primi Mendez
muy bueno TÚ novela gracias felicitaciones
Flor Perez
tómala, por mentiroso😂😂😂😂
Flor Perez
autora me estoy comiendo las uñas por saber que pasará, muchas felicitaciones por tan excelente novela y espero seguir disfrutando otras obras tuyas 👏👏👏👏👏
Helizahira Cohen
No me gusta lo de los Padres, creo debe ser diferente
Flor Perez
y ojalá hubiera bebé a bordo para acabar de rematar tan buenísima novela 😂😂😂😂😂
Flor Perez
ya quisiera ver la cara de Antonela cuando se de cuenta realmente con quien se casó 😂😂😂😂😂😂
Flor Perez
que sucederá?
Flor Perez
muy biena novela hasta el momento y espero que siga asi 👏👏👏👏👏
Cliente anónimo
Muy buena !!
Helizahira Cohen
Bueno no se , ella culpa a los padres de todo, pero el abuelo paterno también hizo lo suyo, Andrew aprovecho la confusión pero si iba a decir la verdad
Flor Perez
😂😂😂😂😂😂
Adriana Montoya Velez
eso se ganan ellas po lopetulantes que son
Adriana Montoya Velez
todas tienen la misma trama el embarazo oculto al papá y conocer al hijo después de varios años cambien ya eso
Helizahira Cohen
No hay comentarios pero es muy buena, esta muy fresca la historia
Maria Laura Perez
😍🤭
Pris
Fascinante historia. Es la segunda vez que la leo
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play