«El Cielo la condenó. El Infierno la reclamó. Ella decidió que ambos debían arder».
Desde el principio de los tiempos, ángeles y demonios han protegido un equilibrio sostenido por juramentos de sangre y secretos que jamás debieron revelarse.
Cuando una joven comienza a recordar vidas que nunca vivió y a soñar con un hombre de ojos carmesí, su existencia se convierte en una amenaza para ambos reinos.
El Cielo ordena destruir su alma. El Infierno exige capturarla.
Y él, un soberano infernal que una vez la amó y la odió con la misma intensidad, recibe la misión de entregarla a sus enemigos.
Pero ella no recuerda su rostro, sus promesas ni la traición que los separó.
Entre pactos prohibidos, recuerdos manipulados y un amor condenado, descubrirá que los monstruos no siempre habitan en el Infierno.
Porque ella no fue creada para salvar el mundo.
Fue la razón por la que una vez estuvo a punto de desaparecer.
Y el mayor pecado de los inmortales fue olvidar a quién debían temer.
NovelToon tiene autorización de Lumina Bazan Enamorado para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El rostro que faltaba
Ciudad de Vespera — Universidad
La lluvia comenzó antes de que Seraphine llegara a la universidad.
No era una tormenta particularmente intensa. Apenas una cortina de agua fina que desdibujaba los edificios y convertía los cristales de las ventanas en superficies empañadas.
Sin embargo, había algo inquietante en aquella mañana.
Quizás fuera el sueño.
O quizás la sensación de que, después de tantos días persiguiendo respuestas, estaba a punto de encontrar una que habría preferido no conocer.
Seraphine permaneció unos segundos bajo el techo de la entrada principal, observando a los estudiantes correr entre los charcos.
Su teléfono vibró.
Kaelith: ¿Has llegado?
Seraphine sonríe.
Seraphine Sí. Y antes de que preguntes, no necesito escolta.
Kaelith: No iba a preguntarlo.
Seraphine: Qué considerado.
Kaelith: Iba a preguntarte si habías desayunado.
Seraphine miró el vaso de café que llevaba en la mano.
Seraphine: Eso depende de tu definición de desayuno.
La respuesta tardó apenas unos segundos.
Kaelith: Seraphine.
—Oh, por todos los cielos...
Seraphine: No utilices ese tono conmigo a través de un teléfono.
Kaelith: Entonces come algo.
Seraphine: Eres insoportable.
Kaelith: Me lo han dicho.
Seraphine guardó el teléfono antes de que pudiera sonreír todavía más.
— ¿Otra vez hablando con tu príncipe infernal?
Eveline apareció a su lado, sosteniendo un paraguas azul y una bolsa de papel.
Seraphine la miró con sospecha.
— ¿Cuánto tiempo llevas ahí?
—El suficiente para verte sonreírle a una pantalla como si estuvieras leyendo poesía.
—Estaba discutiendo.
—Por supuesto.
Eveline le entregó la bolsa.
—Te traje un pan.
Seraphine parpadeado.
—¿Por qué?
—Porque te conozco. Y porque probablemente olvidaste desayunar.
Seraphine contempló la bolsa.
Después miró a su amiga.
—Estoy rodeado de personas autoritarias.
—Y todas intentamos mantenerte con vida.
Ambas comenzaron a caminar hacia el edificio de archivos.
—¿Crees que encontraremos algo importante? —preguntó Eveline.
Seraphine sostuvo la bolsa entre sus manos.
—No lo sé.
Era una respuesta sincera.
La autorización para consultar el informe completo de Edmund Ardent había llegado la tarde anterior.
Durante horas había intentado imaginar qué podía contener aquella segunda pintura.
Otro retrato.
Una escena de la guerra antigua.
Quizás un rostro que Kaelith reconocería.
Pero cada posibilidad conducía a nuevas preguntas.
—Prométeme algo —dijo Eveline.
Seraphine la miró.
—Depende.
—Si encontramos algo extraño, no vas a tocarlo inmediatamente.
—Eso ocurrió una sola vez.
—Seraphine.
—Está bien. Dos.
—Tres, si contamos el manuscrito de la capilla.
—Estás exagerando.
—Estoy siendo generoso.
Seraphine soltó una carcajada.
Por primera vez aquella mañana, la inquietud pareció disminuir.
Universidad de Vespera — Archivo histórico
La encargada del archivo era una mujer de cabello gris recogido en un moño impecable.
Se llamaba señora Bellamy y poseía la clase de mirada capaz de hacer sentir culpable a cualquiera que doblara la esquina de una página.
—La colección Ardent es delicada —advirtió mientras revisaba sus autorizaciones—. No se permite utilizar tinta cerca de los documentos originales.
—Trajimos lápices —respondió Eveline.
—Ni alimentos.
Seraphine ocultó discretamente la bolsa de papel detrás de su espalda.
La señora Bellamy la observó.
—Especialmente alimentos.
—Por supuesto —respondió Seraphine con una sonrisa inocente.
Eveline tuvo que morderse el labios para no reír.
La mujer las condujo a una sala de consulta más pequeña.
Había una mesa de madera, dos lámparas y una cámara instalada sobre la puerta.
—El informe fue elaborado por Edmund Ardent durante el examen de varias obras pertenecientes a una colección privada —explicó—. Lo que conservamos aquí es una copia documental. Los originales permanecieron en manos de sus propietarios.
Seraphine sintió una ligera decepción.
— ¿Entonces no podremos ver las pinturas?
—No aquí.
La señora Bellamy depositó una carpeta sobre la mesa.
—Pero encontrarán fotografías y descripciones.
Eveline intercambió una mirada con Seraphine.
Era suficiente para comenzar.
Cuando la encargada se retira, ambas se sientan.
La carpeta tenía un aspecto ordinario.
Cartón envejecido.
Una etiqueta mecanografiada.
Un número de inventario.
Nada que anunciara que, en su interior, podrían encontrarse respuestas relacionadas con tres mil años de historia.
Seraphine abrió la primera página.
Informe de examen y conservación de dos obras pictóricas de procedencia no establecidas.
Debajo figuraba el nombre de Edmund Ardent.
Eveline comenzó a leer en voz baja.
—«La primera obra representa a una mujer joven, de cabello oscuro, ataviada con vestiduras cuya ornamentación no corresponde de manera concluyente a una tradición identificada».
Seraphine observó la fotografía.
Era ella.
O alguien idéntica a ella.
El mismo rostro.
Los mismos ojos.
La misma expresión serena que había visto en la imagen encontrada semanas atrás.
Sin embargo, ahora que podía examinar una reproducción de mejor calidad, notó algo que antes había pasado por alto.
La mujer del retrato no parecía tranquila.
Podría estar esperando.
—¿Estás bien? —preguntó Eveline.
Seraphine asintió.
—Sigue leyendo.
El informe describía la composición de la pintura, el estado del lienzo y las restauraciones visibles.
Después llegó a la inscripción del reverso.
Eveline se inclinó hacia la página.
—Aquí está.
La fotografía mostraba varias líneas parcialmente borradas.
Debajo apareció la transcripción:
«No fue pintada para recordar su rostro, sino para reconocerlo cuando regresara».
Pero esta vez había una nota adicional.
«La inscripción parece haber sido añadida después de la ejecución de la obra. No ha sido posible establecer su antigüedad».
Seraphine soltó lentamente el aire.
—Entonces no podemos asegurar que tenga ochocientos años.
—Exacto —respondió Eveline—. Pero tampoco sabemos quién la escribió.
Seraphine tomó su cuaderno.
Anotó:
Inscripción del reverso: antigüedad desconocida.
Después añadió:
Posible intención de reconocimiento. Sin confirmar.
Eveline sonríe.
—Estoy orgullosa de ti.
—¿Por qué?
—Porque no has declarado inmediatamente que alguien predijo tu nacimiento.
—Estoy madurando.
—Es un acontecimiento histórico.
Seraphine le lanzó una mirada indignada.
Eveline continuó pasando las páginas.
Entonces se detuvo.
—Aquí empieza la segunda obra.
Seraphine dejó el lápiz.
Ambas sabían que el informe incluía otra pintura. Lo que desconocían era su contenido.
La página contenía una fotografía en blanco y negro.
No era otro retrato de una mujer.
Era una pintura de grandes dimensiones que representaba una habitación circular.
Nueve figuras permanecían alrededor de una mesa de piedra.
Sobre ella descansaba una corona.
Seraphine sintió un escalofrío.
—Eveline...
Su amiga ya estaba examinando la imagen.
—Son nueve.
Seraphine sacó el teléfono y buscó la fotografía del dibujo que Lucien les había mostrado.
Colocó ambas imágenes una junto a la otra.
Nueve figuras.
Un círculo.
Una disposición extraordinariamente parecida.
Pero no idéntica.
En el dibujo antiguo, las figuras eran simples siluetas verticales.
En la pintura, cada una poseía una postura diferente.
Algunos parecían inclinarse hacia la mesa.
Otras permanecían separadas.
Y una de ellas...
Seraphine se acercó a la fotografía.
—Mira esta.
Eveline se inclinó.
La figura situada junto a una columna tenía el rostro vuelto hacia el espectador.
Pero sus facciones habían sido cubiertas por una mancha oscura.
¿Está dañado? —preguntó Eveline.
Seraphine buscó la descripción técnica.
«La alteración del rostro de la figura oriental presenta características distintas al deterioro general de la superficie. No se descarta una intervención deliberada».
Eveline levantó lentamente la mirada.
—Alguien pudo haberlo borrado.
Seraphine sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—O alguien intentó restaurarlo mal.
—También.
Ambas permanecieron en silencio.
Seraphine volvió a mirar la pintura.
Había nueve figuras.
Una corona.
Y un rostro que no podía distinguir.
— ¿Recuerdas las nueve figuras del dibujo de Lucien? —preguntó Eveline.
-Si.
—Y también me hablaste de nueve columnas en una de las visiones que Kaelith investigó.
Seraphine negó lentamente.
—No sabemos si están relacionados.
—Exactamente. Nueve puede ser un número importante, pero eso no significa que todos los grupos de nueve representan lo mismo.
Seraphine tomó el lápiz.
Anotó:
Coincidencia numérica: nueve figuras. Relación con otros registros todavía no demostrada.
Después volvió a observar las manos.
No todas estaban extendidas hacia la corona.
Una de las figuras mantenía ambas manos ocultas.
Otra parecía sostener algo pequeño.
La fotografía no permitía identificarlo.
Seraphine recordó el fragmento de memoria que Kaelith le había contado.
Un jardín de rosas blancas.
Una mujer junto a una fuente.
Un objeto que él no había conseguido reconocer.
No había razón para suponer que se trataba del mismo objeto.
Pero anotó la semejanza como una pregunta.
No como una conclusión.
—Tenemos que enseñarle a Lucien —dijo Eveline.
Seraphine asintió.
—Y preguntarle si conocía esta pintura.
Eveline volvió a examinar el informe.
—Hay algo más.
Al final de la descripción apareció una observación de Edmund Ardent.
«La composición parece representar un acto ceremonial. No se ha identificado el acontecimiento ni la identidad de sus participantes. La obra presenta símbolos semejantes a los registrados en ciertos documentos de la colección familiar».
Debajo había una referencia cruzada.
Cuaderno Ardiente, volumen IV.
Eveline frunció el ceño.
—Ese volumen no aparece entre los documentos que nos entregaron.
Seraphine buscó el número de inventario.
—Quizá esté en otra colección.
—O tal vez Lucien lo tenga.
Seraphine contempló nuevamente la pintura.
La corona.
Las nueve figuras.
El rostro alterado.
Por primera vez, las piezas de su investigación comenzaron a mostrar una relación documental.
No era una respuesta definitiva.
Pero ya no estaban persiguiendo únicamente sombras.
Reino Infernal — Palacio de Nocthar
Darius Vhal regresó a la enfermería militar para interrogar personalmente al mensajero que sus hombres habían encontrado heridos.
El primer informe había sido breve.
Una mujer encapuchada.
Un acompañante desconocido.
Y la mención de un registro relacionado con el juramento.
Ahora necesitaba conocer las palabras exactas.
El mensajero descansaba sobre una cama, con el hombro vendado y el rostro marcado por el cansancio.
Intentó incorporarse al ver al general.
—Permanece acostado —ordenó Darius.
El soldado obedeció.
—Me dijeron que escuchaste una conversación.
—Sí, señor.
Darius tomó asiento.
—Quiero que me cuentes exactamente lo que ocurrió. Sin suposiciones.
El mensajero respiró con dificultad.
—Seguí el rastro del fragmento hasta un antiguo camino al este. Encontré señales de dos viajeros.
—¿Los viste?
—A la mujer, sí. Llevaba una capa oscura. La otra persona permanecía entre los árboles.
—Pudiste distinguir su voz?
—Era grave. No sé si pertenece a un hombre.
Darius asintió.
—Continúa.
—La mujer dijo que debían encontrar un registro antes de que el soberano lo descubriera.
—¿Qué registro?
—No lo mencionó por nombre.
—¿Y su acompañante?
El mensajero cerró los ojos, intentando recordar.
—Le preguntó si todavía existía.
Darius se inclinó ligeramente.
—¿Qué respondió ella?
—Que alguien lo había conservado.
El general permaneció inmóvil.
—¿Dijo quién?
—No, señor.
—¿Algo más?
El soldado tragó saliva.
—Dijo que no todos los testigos habían aceptado entregar sus recuerdos.
Darius sintió que la sangre se le enfriaba.
La frase parecía encajar con el pergamino que Lilithra le había mostrado.
Pero todavía no demostraba que ambos se refirieran al mismo acontecimiento.
—¿Estás seguro de esas palabras?
—Sí, general.
—¿Cómo resultaste herido?
—Una rama se quebró bajo mis pies. La mujer me descubrió. Intenté escapar.
Darius observó la herida.
—¿Ella te atacó?
—No pude verlo. Algo me atacó desde los árboles.
El general guardó silencio.
Había demasiadas posibilidades.
Y muy pocas certezas.
—Has cumplido con tu deber —dijo finalmente—. Descansa.
Cuando salió de la habitación, encontró a Lilithra Morvayne esperándolo en el corredor.
—Me han dicho que recuperaron a uno de tus hombres.
Darius la observó.
—¿Quién te informó?
—No eres el único que sabe hacer preguntas.
—Lilithra.
Ella levantó ambas manos.
—Está bien. No insistiré.
El general comenzó a caminar.
Lilithra lo siguió.
—¿Has hablado con Kaelith?
-Si.
—¿Y?
—Le entregué mi llave.
Lilithra se detuvo.
—¿Voluntariamente?
Darío la miró.
—Me la pidió.
Ella permaneció en silencio unos instantes.
—Entonces le contaste lo de la puerta.
—Todo lo que sabía.
—Eso debió de ser difícil.
Darius soltó una risa sin humor.
—He tenido conversaciones más agradables.
Lilithra lo observa con una seriedad poco habitual.
—Darius, si el juramento exigía entregar ciertos recuerdos, es posible que ninguno de sus participantes pudiera prever lo que sucedería después.
—También es posible que supiéramos exactamente lo que hacíamos.
-Si.
Él agradeció que no intentara consolarlo con una mentira.
—Necesito encontrar ese registro —dijo.
Lilithra inclina la cabeza.
—Entonces empieza por averiguar quién pudo conservarlo.
Darius recordó las palabras del mensajero.
No todos los testigos habían aceptado entregar sus recuerdos.
Si aquello era cierto, alguien podía conocer una versión de los acontecimientos que los demás habían perdido.
Y esa persona quizás todavía exista.
—Primero informaré a Kaelith —dijo.
Lilithra lo miró con sorpresa.
—¿Ahora?
-Si.
Darius se detuvo.
—No volveré a ocultarle una pista importante.
Ciudad de Vespera — Archivo histórico
Seraphine volvió a examinar la fotografía de la segunda pintura.
Había algo que le molestaba.
No sabía qué era.
Eveline estaba revisando las referencias del informe cuando la escuchó suspirar por tercera vez.
—¿Qué ocurre?
—La corona.
—¿Qué tiene?
Seraphine señaló el centro de la imagen.
—No parece estar sobre la cabeza de nadie.
—Está sobre la mesa.
—Exactamente.
Eveline la observa.
—¿Y eso qué significa?
—No lo sé.
Seraphine contempló la pintura.
Una corona podía representar a la autoridad.
Una sucesión.
Una renuncia.
Incluso una ofrenda.
Pero allí parecía ocupar el lugar central de una ceremonia cuyo propósito nadie había logrado identificar.
Pasó a la siguiente página.
La fotografía mostró un detalle ampliado de la mesa.
En el borde había un pequeño grabado.
Una rosa rodeada de espinas.
Seraphine dejó de respirar.
—Eveline.
Su amiga se acercó.
—¿Qué pasa?
Seraphine sacó de su bolso el reloj de bolsillo.
Lo colocó junto a la fotografía.
El mismo emblema.
La misma disposición de los pétalos.
Las mismas espinas.
Eveline abrió los ojos.
—Eso sí es una coincidencia importante.
Seraphine sintió un temblor en las manos.
El símbolo había aparecido en el reloj.
En el dibujo de Lucien.
Y ahora en una pintura que representaba una ceremonia de nueve figuras.
Tres soportes distintos.
Una conexión visible.
—Tenemos que fotografiarlo —dijo Eveline.
Seraphine asintió.
Pero cuando levantó el teléfono, el reloj comenzó a emitir un sonido.
Tic.
Tic.
Tic.
Ambas se quedaron inmóviles.
¿Está funcionando? —preguntó Eveline.
Seraphine miró las manecillas.
-Si.
—¿Eso es malo?
—Todavía no lo sé.
El reloj había vuelto a funcionar anteriormente.
Pero aquella vez no mostraron inscripciones.
No apareció ninguna luz.
No hubo una visión.
Simplemente seguío avanzando.
Seraphine respiró profundamente.
—No voy a asumir que significa algo.
Eveline la miró con una sonrisa.
—Definitivamente estás madurando.
Seraphine le dio un pequeño golpe en el brazo.
—No arruines el momento.
Ambas rieron suavemente.
Sin embargo, cuando Seraphine volvió a mirar la fotografía, sintió una inquietud que no conseguía explicarle.
El rostro borrado parecía estar orientado directamente hacia ella.
—Quiero saber si esa mancha es pintura añadida —dijo.
Eveline consultó el informe.
—Podemos preguntar si existe alguna fotografía técnica o análisis de restauración.
Seraphine asintió.
—Y si no existe, averiguaremos quién tiene la obra original.
Anotó ambas tareas en su cuaderno.
Por primera vez, aquella figura sin rostro no era solamente un misterio.
Era una pregunta que podía investigar.
Ciudad de Vespera — Exterior del archivo
La lluvia había cesado cuando salió del edificio.
El aire olía a tierra mojada.
Seraphine llevaba una carpeta con las referencias del informe y varias reproducciones autorizadas.
Eveline caminaba a su lado.
—Creo que deberíamos hablar con Lucien hoy mismo —dijo.
—Estoy de acuerdo.
—Y quizás preguntarle por Edmund Ardent.
—También.
Eveline guardó silencio unos segundos.
—Seraphine.
-¿Si?
— ¿Qué harás si descubrimos que esa pintura representa algo terrible?
Seraphine dejó de caminar.
La pregunta no la sorprendió.
Había pensado en ella desde que vio la corona sobre la mesa.
—No lo sé —respondió.
Eveline la observa.
—Y si tú estuviste allí?
Seraphine contempló el reloj que llevaba entre las manos.
—Entonces tendré que averiguar qué hice.
—¿Aunque no te guste?
Seraphine levantó la mirada.
—Aunque no me guste.
Eveline permaneció en silencio.
Después sonrió ligeramente.
—Bueno, al menos no tendrás que hacerlo sola.
Seraphine le devolvió la sonrisa.
—Eso ya me lo han prometido antes.
—Entonces tendrás que acostumbrarte.
Ambas continuaron caminando.
Ninguna advirtió al hombre que permaneciera bajo el techo de un edificio cercano.
Llevaba un abrigo gris y sostenía un teléfono.
Esperó hasta que los jóvenes desaparecieron entre los estudiantes.
Después marcó un número.
—Han encontrado la pintura —dijo.
Escuchó la respuesta.
Su expresión se endureció.
-No. Todavía no saben qué representa.
Una pausa.
-Si. El símbolo también aparece en ella.
El hombre guardó el teléfono.
Durante unos instantes contempló el edificio del archivo.
Después se alejó.
Reino Celestial — Cámara de los Juramentos
Elyndra Caelith sostenía el cristal entre sus manos.
La superficie permanecía apagada.
Había intentado comprender la imagen que había aparecido anteriormente.
Varias manos extendidas hacia una corona.
Una frase incompleta.
«Si uno recuerda...».
No sabía si se trataba de un recuerdo auténtico.
Tampoco podía descartar que el cristal estuviera mostrando algo alterado.
Por eso había decidido no forzarlo.
Lo colocó cuidadosamente sobre una mesa.
—No voy a obligarte a mostrarme lo que todavía no comprendo —murmuró.
Durante un instante, no ocurrió nada.
Después de una tenue luz recorrió el interior del cristal.
Elyndra se quedó inmóvil.
No apareció ninguna imagen.
Solo una voz.
Una voz femenina que reconoció de inmediato.
—Elyndra...
La guardiana sintió que el corazón se le detenía.
Había escuchado aquella voz hacía tres mil años.
Pero no podía asegurar que lo que estaba oyendo fuera un recuerdo intacto.
—Seraphine —susurró.
La luz tembló.
Entonces escuchó una segunda frase.
—Si alguna vez dudas de lo que prometemos...
La voz se interrumpió.
Elyndra dio un paso hacia la mesa.
—Continúa.
El cristal permaneció en silencio.
Ella cerró los ojos.
Durante siglos había protegido aquel objeto porque la antigua Seraphine se lo había pedido.
No debía entregar la verdad hasta que pudiera soportarla.
Pero ahora comenzaba a preguntarse algo que nunca se había atrevido a considerar.
¿Y si proteger aquella memoria también había significado impedir que alguien descubriera una mentira?
Elyndra abrió los ojos.
No tenía una respuesta.
Solo una decisión.
Se dirigió hacia uno de los armarios de la cámara y extrajo un registro antiguo de custodia.
Cada traslado del cristal debía haber quedado asentado.
Cada guardián.
Cada sello.
Cada intervención autorizada.
Si alguien había alterado su contenido, quizás existiera una huella documental.
Elyndra abrió el registro por la primera página.
Y comenzó a buscar.
Reino Infernal — Palacio de Nocthar
Kaelith recibió el informe de Darius poco después.
El general permaneció de pie frente a su escritorio mientras relataba las palabras del mensajero.
No omitió la referencia al registro.
Tampoco la afirmación de que algunos testigos quizás no hubieran entregado sus recuerdos.
Cuando terminó, Kaelith permaneció pensativa.
—¿El soldado escuchó esas palabras directamente?
—Eso afirma.
—¿Puede identificar a los viajeros?
—Aún no.
Kaelith observó la llave que permanecía sobre la mesa.
—Entonces no sabemos si esa conversación es auténtica, si fue interpretada correctamente o si alguien quiso que la escuchara.
Darius asintió.
—No, mi señor.
—Pero tenemos una pista que podemos investigar.
-Si.
Kaelith levantó la mirada.
—Quiero una copia escrita del testimonio. Y que nadie vuelva a seguir a esa mujer sin apoyo.
—Entendido.
Darius se dispuso a retirarse.
-General.
Se detuvo.
Kaelith contempló la llave durante un instante.
—Hiciste bien en informarme.
Darío inclinó la cabeza.
—No volveré a cometer el mismo error.
El soberano no respondió inmediatamente.
—Procura que así sea.
Darío salió.
Kaelith permanece sola.
Por primera vez desde la confesión, sentí que quizás todavía existía una forma de reconstruir la confianza entre ambos.
No mediante promesas.
Sino mediante decisiones.
Ciudad de Vespera — Apartamento de Seraphine
Aquella noche, Seraphine extendió las fotografías sobre su escritorio.
El retrato.
La segunda pintura.
El dibujo de Lucien.
El símbolo de la rosa y las espinas.
A un lado colocado su reloj de bolsillo.
Había organizado las pruebas en tres grupos.
Documentos verificables.
Fenómenos observados.
Preguntas pendientes.
La segunda pintura pertenecía al primer grupo.
El movimiento del reloj, al segundo.
Y el rostro borrado...
Seraphine sostuvo la fotografía entre los dedos.
Aquello pertenecía al tercero.
Su teléfono vibró.
Kaelith: ¿Cómo fue la consulta?
Seraphine contempló la pantalla.
Podría explicárselo mediante un mensaje.
Pero había demasiado que contar.
Seraphine: Encontramos una pintura con nueve figuras alrededor de una corona.
La respuesta llegó rápidamente.
Kaelith: ¿Nueve?
Seraphine: Sí. Y el símbolo de nuestros relojes aparece en la mesa.
Pasaron varios segundos.
Kaelith: Necesito ver esa imagen.
Seraphine sonríe.
Seraphine: Puedes venir mañana. Por la puerta.
Kaelith: Empiezo a sospechar que nunca dejarás de recordármelo.
Seraphine: Qué observador.
Después escribió otro mensaje.
Seraphine: También quiero que Lucien la vea. Hay un rostro alterado y necesitamos averiguar si existe un análisis técnico de la pintura.
Kaelith: Entonces hablaremos con él.
Seraphine leyó la respuesta.
No decía que Kaelith se encargaría de todo.
No decía que debía dejar la investigación en sus manos.
Decía que hablarían con Lucien.
Juntos.
Guardó el teléfono.
Después volvió a mirar la fotografía.
Nueve figuras.
Una corona.
Un rostro borrado.
Y una pregunta que comenzaba a inquietarla más que las demás.
Si aquella pintura representaba una ceremonia antigua...
¿Por qué alguien habría considerado necesario borrar precisamente a uno de sus participantes?
Seraphine dejó la imagen sobre el escritorio.
Tomó su cuaderno y escribió tres decisiones para el día siguiente:
1. Consultar a Lucien sobre el volumen IV de los cuadernos Ardent.
2. Solicitar información sobre el estado y la ubicación de la pintura original.
3. Muestre a Kaelith la reproducción completa\, sin adelantar conclusiones.
Después cerró el cuaderno.
No hubo voces.
Ni visiones.
Ni mensajes escritos sobre la pared.
Solo el sonido constante del reloj.
Tic.
Tic.
Tic.
Y, sobre su escritorio, la imagen de nueve figuras reunidas alrededor de una corona.
Ocho rostros podían distinguirse, aunque ninguno con suficiente claridad para identificarlo.
El noveno había sido cubierto.
Seraphine apagó la lámpara.
En la oscuridad, una última idea cruzó su mente.
Quizás el verdadero misterio no fuera quién había desaparecido de aquella pintura.
Quizás fuera quién había tenido tanto miedo de que lo reconocieran.
.