Prohibido a propósito
# Capítulo 1: Para ti
Wren Ashford se escondía en la terraza de su abuelo, enfundada en un vestido de pedrería que le ceñía los senos, pensando en lo único que nadie en aquel salón de baile creía que ella deseara.
Sexo. No la idea. La cosa real. Su cuerpo se lo pedía todo el tiempo, con insistencia, de una forma que la avergonzaba. Casi todas las noches no lograba dormir hasta haber cerrado con llave la puerta de su cuarto y haberse encargado ella misma, y esa noche llevaba contando las horas desde el primer brindis.
Seis meses con Bowen Sinclair y todavía no habían pasado de los besos. Él creía que era ella quien quería esperar. Ella lo dejaba creerlo. En la casa de su padre, la hija nacida de una aventura no tenía permitido equivocarse.
Así que esperaba, y le dolía. Y en ese momento, al otro lado del teléfono, Bowen estaba enfurruñado.
—Me abandonaste en mi cumpleaños —dijo Bowen—. Dilo.
—Te abandoné en tu cumpleaños. —Wren se recargó en el barandal de la terraza y sacó un talón del zapato—. Mi abuelo cumplió ochenta esta noche, Bowen. Mi madre me habría despellejado.
—Tu madre ni siquiera sabe que existo.
—Por eso mismo no podía decirle que me iba a saltar su fiesta por ti.
A sus espaldas, el salón resplandecía tras el cristal. El vestido le había ganado elogios de todas las tías presentes. Los habría cambiado todos por la oportunidad de quitárselo.
—De verdad te extraño —dijo, más bajito.
Las puertas de la terraza se abrieron.
Wren se dio la vuelta. Su hermana mayor, Rosalind, salió vestida de seda marfil, con una mano apoyada en el brazo de su prometido.
Weston Sinclair. El futuro esposo de Rosalind. El hermano mayor de Bowen.
Wren volvió a meter el talón en el zapato.
—Te llamo luego —le dijo a Bowen, y colgó.
—Aquí estás —dijo Rosalind—. Mamá ha estado preguntando por ti.
—Solo salí a tomar aire.
—Wren —dijo Weston.
—Señor Sinclair.
La mirada de él fue al teléfono que ella tenía en la mano, luego volvió a su cara y se quedó ahí un instante más de lo que esperaba. Tenía un rostro de facciones finas y cejas oscuras, y miraba a la gente como si ya supiera lo que iba a decir a continuación.
Wren bajó la vista al nudo de su corbata negra.
—Los dejo solos.
Se escabulló entre ellos hacia el bullicio del salón. El teléfono le vibró antes de llegar a la mesa del champán.
*Bowen:* ¿Qué pasó?
*Wren:* Tu hermano salió con mi hermana. Él también se está perdiendo tu cumpleaños, ¿sabes?
*Bowen:* A él no lo quiero. Te quiero a ti.
Le sonrió a la pantalla. Con él era imposible seguir sintiéndose culpable.
*Wren:* Te lo voy a compensar. Lo prometo.
*Bowen:* Más te vale que sea convincente.
---
Cuando por fin se fue el último invitado, Wren subió directo a su habitación.
Los tacones se quedaron en la puerta del cuarto. Se quitó las horquillas del pelo, se bajó el cierre del vestido y se preparó un baño tan caliente que le dejó la piel rosada. Al salir, el vapor empañaba el espejo, pero no su cuerpo. Sus senos se sentían llenos y pesados cuando los alzó en las palmas, y los pezones se le endurecieron con el aire más fresco. El agua le resbalaba por el vientre y entre los muslos.
Wren cerró con llave la puerta del cuarto y probó la manija dos veces. Su madre se olvidaba de tocar. El personal entraba con la ropa limpia. Esa noche no pensaba arriesgarse.
Apagó la luz del techo, se recostó contra la cabecera con la bata puesta y sacó la pequeña bolsita de terciopelo del cajón oculto de su buró.
Reprodujo la última nota de voz de Bowen.
—Sigo esperando esa disculpa, bebé.
Wren se aflojó la bata.
El juguete cobró vida con un zumbido grave. Lo presionó contra su clítoris y dejó que la voz burlona de Bowen llenara la habitación vacía. El calor se le acumuló abajo, rápido, húmedo e insistente. Separó las rodillas bajo la seda y se miró: los senos sonrosados por el baño, los pezones duros, el juguete trazando círculos en el centro resbaladizo de su cuerpo.
Bowen nunca la había visto así. Si la viera, dejaría de llamarla tímida.
Subió la intensidad y cerró los ojos.
Por un momento todavía podía oír a Bowen. Luego vio una corbata negra. Unos ojos oscuros deteniéndose en su teléfono. A Weston diciendo su nombre en la terraza como si le perteneciera.
Su mano se detuvo.
—No —susurró.
El prometido de su hermana. Apenas había cruzado diez palabras con ese hombre.
Volvió a subir el juguete, como si así pudiera ahogarlo.
Solo lo empeoró. Las caderas se le despegaron del colchón por sí solas. La humedad le empapaba los pliegues y volvía cada movimiento más suave y más sucio, imposible fingir que pensaba en otra persona. Se preguntó qué le habría dicho él en esa terraza si Rosalind no lo hubiera tenido del brazo.
Wren se mordió el canto de la mano para no hacer ruido.
Llegó al orgasmo con tanta fuerza que se arqueó sobre la cama. Los muslos le temblaban alrededor del juguete. Su sexo se contraía en pulsos ávidos, vacío y adolorido, hasta que la última oleada la abandonó y la dejó mirando el techo, jadeando como si hubiera corrido.
La culpa llegó un segundo después.
Bowen estaba solo en su cumpleaños. Y ella estaba ahí tirada, acabando mientras pensaba en el único hombre en quien no tenía ningún derecho a pensar.
Alcanzó el teléfono.
*Que sea convincente.*
Abrió la cámara y la inclinó con cuidado, recortando el encuadre por debajo de la boca. Sin cara. Nada en el fondo que permitiera identificar el cuarto. Solo la bata abierta, un seno en su mano, la línea de los muslos separados.
Demasiado inocente. Con algo inocente, él seguiría de malas.
Bajó el teléfono.
La segunda foto salió más obscena y mejor. Captaba el brillo entre sus piernas, el juguete todavía presionado contra el clítoris, los dedos apretando el seno como si le ofreciera todo a quien la viera.
Hizo zoom y revisó los bordes igual que revisaba sus videos de audición. Sin cara. Sin cuarto.
Perfecta.
Abrió los mensajes y tocó la conversación de hasta arriba, como siempre. Escribió *Para ti* y pulsó enviar.
*Entregado.*
Wren se cerró la bata y se acurrucó de lado, sonriendo. Bowen la llamaría en menos de treinta segundos. Lo haría esperar unos cuantos timbrazos.
Pasó un minuto.
Luego tres. Ninguna llamada. Ningún mensaje.
Frunció el ceño. Se había pasado toda la noche rogándole atención, ¿y ahora la ignoraba?
Tomó el teléfono otra vez para exigirle una respuesta y por fin se fijó en el nombre que aparecía sobre la fotografía.
No era Bowen.
Encima de su foto había un breve intercambio de esa tarde. Rosalind le había pedido prestado el teléfono a su prometido para preguntarle a Wren por una pulsera perdida, y Wren había contestado. Eso había subido la conversación de él hasta arriba, justo después de que Wren, molesta con Bowen, desfijara la de su novio.
Mantuvo el dedo sobre la foto. La opción de anular el envío ya no estaba.
*Weston Sinclair.*
El prometido de su hermana. El hermano de su novio.
Y debajo de la foto más explícita que se había tomado en la vida, había escrito Para ti.
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