La joven princesa olvidada, la marginada, la horrible y desgraciada hija de un duque a buscado liberarse de una familia que no la aprecia, se a enamorado, pero se han burlado de ella, la han humillado y cuando creyo que los afectos de un hombre que jamas imagino que la amaria le hizo cambiar de parecer, este la traiciona de la peor manera, rota, rota del corazon y humillada huye a los campos, donde buscareinventar a la mujer en ella, pero su mente piensa en el hombre que ama y que creyo que la amaba, pero había cometido un error.
Había cometido el terrible, el único error en toda su vida, confiar en el...
Novela romántica.
Novela extensa.
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Capítulo 6: Dos Días para Ser Libre
El amanecer se filtró por las rendijas de las cortinas como un suspiro pálido, un gris desvaído que apenas lograba vencer la oscuridad de la habitación. Harriette abrió los ojos lentamente, y por un instante, la confusión la envolvió, espesa como la niebla. El techo de madera, las paredes de roble, el silencio pesado y familiar… todo la devolvió a la noche anterior, al terror que le heló la sangre, a la figura de Ashen recortada contra la luna, a los ojos negros que la habían visto morir. Un escalofrío le recorrió la espalda, y apretó los párpados con fuerza, como si así pudiera borrar las imágenes que aún ardían tras sus párpados: la espada, la sangre, el frío que le robaba la vida, la certeza de que todo había terminado. Pero no. No había terminado. Había vuelto. Y esta vez, el destino no sería escrito por otros.
Abrió los ojos de nuevo, y la realidad cayó sobre ella con la crudeza de un amanecer invernal. Su habitación, austera, sin adornos, sin flores, sin nada que hablara de cariño o dedicación, le devolvió la verdad desnuda. No era la princesa olvidada que mendigaba un lugar en la mesa de su padre. No era la mujer enamorada que creyó en palabras dulces y promesas vacías. Era Harriette Emberfall, y en dos días dejaría de serlo. En dos días, cruzaría el umbral de este castillo para no volver a llamarlo hogar jamás. Se convertiría en la archiduquesa Duskbringer, esposa de un hombre que nadie había visto, cuyo rostro era un misterio y cuyo nombre llevaba el peso de sombras y batallas. Y aunque no sabía si era joven o anciano, si era bondadoso o cruel, si tenía alma o era tan frío como su reputación… eso no importaba. No importaba en absoluto. Porque lo único que le ofrecía era la libertad. La libertad de no ser ella misma, de dejar de buscar lo que nunca le darían, de alejarse del hombre que la había asesinado en vida y luego en la muerte.
Se sentó en el borde de la cama, con los pies descalzos tocando el suelo frío de madera, y miró sus manos, pálidas y vacías. El matrimonio sería sencillo, casi apresurado. No habría banquetes, no habría cortejo, no habría fiestas que duraran días. Solo la ceremonia, el juramento ante los dioses y los testigos, y luego la partida. El vestido sería blanco, sí, pero sin bordados, sin perlas, sin seda importada. Algo simple, modesto, digno de una unión que no nacía del amor, sino de conveniencia y escape. Y después… la residencia del archiduque, un lugar alejado de la corte, de los murmullos, de las miradas que la juzgaban sin conocerla. Allí consumarían el matrimonio, aquel acto que tanto temía y al mismo tiempo tan indiferente le resultaba ahora, porque su cuerpo ya no era un tesoro que entregar, sino una llave que abría la puerta de su futuro. No le importaba quién fuera él, qué quisiera, cómo la tratara. Con tal de que no fuera Ashen, con tal de que no la mirara con esos ojos vacíos y la atravesara con su frialdad, todo sería soportable.
Se levantó con la determinación de quien ya no tiene nada que perder. Se lavó el rostro con agua fría, sintiendo cómo la despertaba, cómo borraba los últimos restos del sueño y del terror nocturno. Se vistió ella misma, como siempre había hecho, con la ropa que tenía a mano, un vestido de lana azul grisácea, de corte sencillo, sin lazos ni adornos, que caía recto hasta sus tobillos. Se ajustó los cordones del corpiño con manos rápidas y seguras, sin ayuda, sin esperar a nadie. En este castillo, nadie la ayudaba. Nadie se preocupaba de si su vestido estaba bien puesto o si le faltaba un broche. Era la hija que sobraba, la que ocupaba espacio y daba trabajo. Así que aprendió a bastarse a sí misma mucho antes de comprender por qué.
Estaba terminando de alisar la falda, cuando la puerta se abrió sin llamar. Harriette se giró de golpe, con el corazón en un puño, esperando ver a alguien que la mirara con desdén, que le pidiera algo, que la tratara como siempre. Pero quien entró fue una doncella joven, desconocida para ella, que llevaba en las manos un balde de agua limpia y humeante, y caminaba con paso firme y respetuoso hacia la mesa de nogal situada junto a la ventana. La dejó allí con cuidado, sin hacer ruido, y luego se giró hacia ella, haciendo una reverencia profunda y perfecta, de esas que se aprenden con años de enseñanza y que se reservan solo para las damas de mayor rango.
—Disculpad la intromisión, señorita —dijo la doncella, con voz suave y clara, sin rastro de la indiferencia o el desprecio que Harriette estaba acostumbrada a ver en los sirvientes—. He sido enviada por orden del duque. Mi nombre es Mara. A partir de ahora, y hasta el día de la boda, seré vuestra doncella personal. Estoy aquí para ayudaros en todo lo que necesitéis.
Harriette la miró con extrañeza, sin saber qué responder. Parpadeó, confundida, y dio un paso atrás, instintivamente, como si esperara que fuera una broma, una burla de las que tantas veces había sufrido.
—¿Mi doncella personal? —repitió ella, con voz baja y cautelosa—. ¿Estáis segura? En este castillo nadie me asigna sirvientes. Siempre me he arreglado sola. ¿Estáis segura de que no os equivocáis de habitación, de dama?
Mara sonrió levemente, una sonrisa sincera y respetuosa, y se acercó un paso más, sin invadir su espacio, manteniendo la distancia adecuada.
—No me equivoco, señorita. El duque dio la orden expresamente esta madrugada. Dijo que merecéis ser atendida como la dama que sois, y que nadie debe trataros con menos respeto del que merecéis. Así que, permitidme… dejad que os ayude a terminar de ajustar el vestido. Los cordones de la espalda, si no se aprietan bien, pueden resultar incómodos durante todo el día.
Harriette dudó, pero asintió lentamente, dándole la espalda. Sintió las manos de la doncella sobre los cordones, tirando con firmeza pero sin brusquedad, ajustando el corpiño con la destreza de quien lo ha hecho mil veces. Nadie la había ayudado a vestirse desde que era una niña pequeña. Nadie se había tomado el trabajo de asegurarse de que estuviera cómoda, de que todo estuviera en su lugar. Y ahora, justo cuando ya no lo necesitaba, justo cuando estaba a punto de marcharse para siempre, su padre enviaba a alguien para cuidarla. La ironía le dolió más de lo que quiso admitir. Demasiado tarde. Siempre demasiado tarde.
—¿Cómo os gustaría peinaros, señorita? —preguntó Mara cuando terminó, guiándola suavemente hacia el tocador, donde colocó el cepillo y el peine—. Tenéis un cabello precioso, largo y abundante. Se puede hacer mucho con él. ¿Una trenza sencilla? ¿O preferís que lo deje suelto, con unas ondas?
Harriette se miró en el espejo, y sus ojos azules se encontraron con los de Mara a través del reflejo. Vio la sorpresa genuina en la mirada de la doncella, el asombro al verla de cerca, y algo que no esperaba ver: admiración. La miró a sí misma, como si fuera una extraña. Su cabello rubio caía en ondas naturales y brillantes sobre sus hombros, hilos de seda que captaban la luz grisácea del amanecer. Su rostro, de rasgos finos y delicados, tenía una palidez que lo hacía parecer tallado en porcelana, con aquellos ojos azules tan profundos y expresivos que parecían guardar secretos de siglos. Su figura, delgada pero curvilínea, se insinuaba bajo la tela del vestido, esbelta como un sauce joven. Era hermosa, lo sabía, pero nunca lo había sentido como algo suyo, sino como algo que los demás miraban y juzgaban, algo que no le servía de nada para ser amada.
—Una trenza —dijo Harriette, con voz tranquila y firme, sin calidez pero sin hostilidad—. Sencilla. No necesito adornos ni complicaciones.
Mara asintió y comenzó a trabajar, separando el cabello con cuidado, entrelazándolo con dedos hábiles y rápidos. Y mientras lo hacía, no pudo evitar maravillarse en voz baja, casi un susurro que Harriette escuchó perfectamente:
—Sois realmente hermosa, señorita. Parecéis una ninfa de los bosques antiguos, de esas que nacieron de la luz de la luna y el rocío de la mañana. No entiendo cómo alguien podría no verlo y no adoraros por ello.
Harriette no respondió. Miró hacia la ventana, hacia el cielo gris que empezaba a clarear, y pensó que la belleza no servía de nada si no tenías a nadie que la valorara. Ella había sido hermosa toda su vida, y sin embargo, había sido ignorada, olvidada, traicionada y asesinada. La belleza no la había salvado. No la protegería. Solo era una capa, una máscara, y debajo de ella seguía siendo la misma mujer, rota y reconstruida, decidida a no volver a cometer los mismos errores.
Cuando terminó, Mara sujetó la trenza con una cinta de seda azul oscuro, que combinaba con el vestido, y la colocó de manera que cayera sobre su hombro, dándole un aire elegante y sencillo a la vez. Harriette se levantó del taburete, se miró una última vez en el espejo, y luego se giró hacia la doncella, con la barbilla ligeramente alzada, con esa nueva autoridad que había nacido con su segundo aliento.
—Gracias, Mara —dijo, y su voz fue amable pero distante, clara y sin esperanzas—. Podéis retiraros ahora. Cuando necesite algo, os llamaré.
Esperaba que la obedeciera, que se marchara como todos los demás, dejándola sola como siempre. Pero Mara negó suavemente, haciendo una reverencia.
—No puedo hacer eso, señorita. El duque ordenó que permaneciera a vuestra disposición en todo momento, hasta que os marchéis. No me marcharé a menos que vos lo ordenéis de verdad, y aunque lo hicierais, esperaría fuera de la puerta. Mi lugar está a vuestro lado ahora. Sois la futura archiduquesa Duskbringer, y merecéis que se os sirva con la misma dedicación que a cualquier dama de la familia imperial.
Harriette la miró, confundida más que nunca. ¿Por qué ahora? ¿Por qué justo ahora que ya no lo necesitaba, su padre se preocupaba por ella? ¿Por qué enviaba a alguien que la trataba con respeto, cuando durante veintiún años nadie se había molestado en preguntarle si estaba bien? El cariño era un lujo que siempre le había sido negado, y ahora que se lo ofrecían, no sabía cómo recibirlo. Sentía que era una trampa, una mentira, algo que cambiaría en cuanto dejara de ser conveniente. Pero no tenía tiempo para cuestionarlo. No tenía tiempo para desear que fuera real. En dos días, cruzaría la puerta de este castillo y dejaría atrás todo esto: su nombre, su familia, su pasado, y también a Mara, y a su padre, y a la esperanza de que algún día la amaran.
—Como queráis —dijo Harriette, dando media vuelta y caminando hacia la puerta, con paso firme y decidido—. Pero ahora debo irme. El mayordomo vendrá pronto para hablar de los preparativos. No quiero que me encuentre aquí, esperando. Quiero que sepa que no soy una dama que necesita esperar, sino una mujer que decide su propio tiempo.
Al llegar al umbral, se detuvo un instante, sin mirar atrás, y dijo en voz baja, solo para que ella misma lo oyera:
—Dos días. Solo dos días más. Y entonces seré libre. No importa con quién me case, no importa qué me espere… al menos ya no estaré aquí, esperando que me den lo que nunca tuvieron para darme.
Salió de la habitación, dejando atrás la doncella, la habitación, y la niña que había sido hace poco tiempo. El pasillo estaba frío y silencioso, pero ella caminaba con la cabeza alta, con la trenza cayendo sobre su pecho, con el corazón latiendo fuerte, no de miedo, sino de impaciencia. El destino la esperaba, oscuro y desconocido, pero era suyo. Por primera vez en su vida, el futuro era algo que ella misma había elegido, no por amor, sino por supervivencia. Y eso, pensó mientras avanzaba por los corredores grises del castillo, era más de lo que jamás había tenido.
Que llegara el mayordomo. Que llegara el día de la boda. Que llegara el archiduque, fuera quien fuera, tuviera el rostro que tuviera… ella estaba lista. Lista para dejar de ser la hija olvidada, lista para dejar de ser la mujer traicionada, lista para convertirse en alguien que el mundo no olvidaría tan fácilmente.
—Archiduquesa Duskbringer —susurró al viento que soplaba desde una ventana abierta—. Espero que estéis preparado para mí. Porque yo ya estoy preparada para todo.