Micaela es una joven humilde y llena de sueños que gana una beca para estudiar Literatura en una de las universidades más importantes del país.
Allí conoce a Nicolás, el director: un hombre atractivo, poderoso y verdadero dueño de la universidad.
Todos conocen su fama: relaciones ocultas con alumnas y un corazón que nunca se queda con nadie.
Pero cuando Micaela llega, algo empieza a cambiar.
Ella no quiere dinero ni poder, solo estudiar y salir adelante.
Aun así, el amor aparece cuando menos se espera, incluso donde no debería existir.
#Contiene: #RomanceProhibido #DirectorYAlumna #DiferenciaDeEdad
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capitulo 22: Valentía
—¿¡Estás embarazada!? —preguntó su madre, con la voz temblorosa y sin percatarse de lo fuerte que sonaba. Hernán apareció detrás de ella y la hizo a un lado para poder pasar.
Micaela sintió miedo al ver que su padre se acercaba con rabia; y cuando estuvo lo suficientemente cerca, la abofeteó.
—Lo sabía, por eso estabas tan rara últimamente. ¡Eres una desvergonzada! ¿Cómo pudiste, después de la educación que te di?—le gritó su padre, furioso al darse cuenta de que era ella quien estaba embarazada.
Con lágrimas, Micaela se tocaba la mejilla adolorida mientras mantenía la otra mano sobre su vientre, incapaz de seguir ocultando su embarazo.
Sisi tenía los ojos bien abiertos, mucho más que al inicio de la conversación con Micaela. Su madre, mientras tanto, seguía paralizada en la puerta, incapaz de creerlo, preguntándose cómo había pasado, quién era el padre y en qué momento.
—Lo siento, no quería que fuera así pero me enamoré—habló Micaela llorando.
—¿Así que te enamoraste? Entonces vete con ese amor. Aquí no te quedas. ¡Eres una desvergonzada! Te quiero fuera de mi casa ahora mismo.
Siguió diciendo su padre, dominado por una furia que no le dejaba razonar.
Micaela comprendió que merecía ese destino por haberse enamorado de un hombre prohibido. Recogió algunas cosas mientras su madre, sin saber cómo actuar ante la decisión de su esposo, la ayudaba discretamente y le dio algo de dinero sin que Hernán lo notara.
Salió de la casa llorando aún más fuerte. Ni siquiera pudo despedirse de Sisi, porque su padre la hizo salir de manera autoritaria.
Horas Más Tardes
Después de caminar sola durante horas, Micaela finalmente encontró un pequeño cuartito en una pensión. No era muy grande y estaba algo deteriorado, pero para ella representaba un lugar seguro para ella y su bebé.
—Te amo, mi bebé. Vamos a salir adelante juntos, te lo prometo, mi pequeño —susurró, apoyando las manos sobre su vientre mientras se acostaba en la cama.
Mientras tanto, los padres de Micaela estaban incrédulos. Su hija, siempre vista como alguien única y especial, se encontraba embarazada, y ese no era el futuro que habían imaginado para ella, mucho menos siendo tan joven.
Hernán permanecía sentado en la mesa, con las manos apoyando la cabeza, afectado por lo que consideraba inaceptable, especialmente por la educación estricta que le había dado.
Su esposa lloraba, no por el embarazo en sí, sino porque Hernán la había echado de la casa sin piedad. Su preocupación verdadera era por Micaela y el pequeño ser que llevaba, preguntándose dónde estaría y cómo se las arreglaría.
Al día siguiente, Micaela se levantó temprano con una energía de lucha inquebrantable. Se duchó en el pequeño baño de su cuartito, algo que agradeció, pues la arrendataria le había dicho que podía usar el baño compartido, pero ella sabía que no podía hacerlo por su embarazo. Dejó el baño limpio a pesar de que la ducha no funcionaba del todo; para ella era mejor que compartirlo con otros.
Se vistió con ropa ligera: un pantalón ancho, una blusa de manga larga y unas zapatillas bajas y cómodas, y salió a buscar trabajo.
Caminó varias horas sin suerte, cansada pero sin perder la fuerza de voluntad. Respiró hondo y entonces vio un cartel que decía: “Se busca niñera”. Se sintió un poco aliviada; tal vez esa era su oportunidad.
Al tocar la puerta de la gran casa, una señora la dejó entrar. Poco después, salió un joven atractivo acompañado de una niña que parecía enfadada con él. La niña se acercó a Micaela y la miró detenidamente.
—¿Eres la que vino por el aviso? —preguntó Antonella.
—Sí, pequeña, realmente necesito trabajar —respondió Micaela, sorprendida por lo directa que era la niña.
—Me caíste bien. Andrew, quiero que ella sea mi niñera —afirmó, manteniendo la mirada al frente.
—Me parece bien, princesa —respondió Andrew, que hasta ese momento se había mantenido en silencio—. Bienvenida.
—¡Gracias por darme esta oportunidad! —dijo Micaela, feliz de haber conseguido un trabajo.
Minutos después, le entregó al joven su identificación y los documentos necesarios para formalizar su trabajo, y resolvieron los detalles sobre pagos, horarios y otros acuerdos. Ese mismo día comenzó a trabajar y, más tarde, ya estaba en la habitación con la niña, quien la observaba con curiosidad y simpatía.
—Eres muy bonita. ¿Te puedo decir Miki? —preguntó la niña, después de observarla un rato.
—Gracias, pequeña, claro que puedes—respondió Micaela, sonriendo de manera tímida.
—Solo te pido, Miki, que no le pongas los ojos a Andrew. Él es el prometido de mi mamá, que está desaparecida, y ahora siento como si fuera mío aunque lo odio—explicó la niña, con voz triste.
—Lo siento mucho, pequeña, no te preocupes. Vine solo a trabajar. Además, amo a alguien que me dejó algo muy especial: mi bebé.—dijo Micaela, sonriendo tiernamente.
—¡Un bebé! ¡Qué alegría! Por favor, no te vayas, quiero que siempre estés conmigo como mi niñera —dijo la niña mientras la abrazaba con afecto.
Por otra parte — Oficina del director
10 a.m.
En su oficina, el director caminaba de un lado a otro, ansioso por ver a Micaela y hablar con ella. Por eso envió a Berenice a buscarla. Minutos después, ella regresó.
—Señor de la Vega, la señorita Chávez no asistió a clases hoy —informó Berenice, algo nerviosa.
—¿Cómo que no vino la señorita Chávez? Ella no suele faltar —preguntó el director, claramente alarmado.
—No, señor hoy no vino —repitió Berenice, cabizbaja.
El director no dijo nada. Tomó su chaqueta y el expediente de la señorita Chávez, salió de la oficina y se dirigió en su auto a buscarla. Presentía que algo no iba bien, y las palabras de su madre lo impulsaron a no rendirse.