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Mi exesposa de pueblo es una heredera millonaria

Mi exesposa de pueblo es una heredera millonaria

Status: En proceso
Genre:Venganza / Mujer poderosa / Traiciones y engaños / Juego de roles / Amante arrepentido
Popularitas:175
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Para Alejandro Montenegro, su esposa no era más que una chica de pueblo. Nunca imaginó todo lo que ella había dejado atrás por amor.
Durante tres años, ella ocultó su identidad y lo dio todo por él. El día de su cumpleaños, recibió su recompensa: un acuerdo de divorcio. Alejandro quería casarse con la mujer que nunca había olvidado.
Ella se marchó sin aceptar un solo peso.
Pero aquella esposa a la que todos despreciaban era Valeria Duarte, heredera de una de las familias más poderosas del país.
Lejos de los Montenegro, Valeria recupera su nombre, su fortuna y una vida en la que ya no necesita pedir permiso. Mientras sus talentos y secretos salen a la luz, quienes antes la humillaban descubren que se metieron con la mujer equivocada.
Ahora Alejandro quiere recuperarla.
Pero Valeria ya aprendió a vivir sin él. Y esta vez, será él quien tenga que soportar el rechazo.

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 21

Capítulo 21

La doble de la heredera

—Señor… no puedo más…

Andrés respiraba con la boca abierta. Los pisos del hotel eran altos y tenían demasiados escalones. Después de subir ocho, las piernas le temblaban.

—No digas que no puedes por cualquier cosa. Solo faltan dos. Muévete.

Alejandro siguió subiendo sin inmutarse.

Tenía treinta años, dos más que Andrés. Pero había servido en una misión de paz y, desde que dejó el ejército, entrenaba y practicaba boxeo con disciplina.

Diez pisos no eran nada. Cuando estaba en el cuartel, una carrera nocturna podía empezar con treinta vueltas.

Al llegar al piso cuarenta, Andrés se sentó en un escalón, jadeando.

Alejandro lo miró y negó con la cabeza.

—Señor Montenegro. Bienvenido.

Se volvió y vio acercarse a un hombre de rostro joven y ojos claros, con una sonrisa puramente profesional.

—Soy Tomás Reyes, secretario de la señorita Duarte. Ella lleva un rato esperándolo. Sígame, por favor.

¿Encima le reprochaban haber tardado en subir?

Alejandro contuvo la rabia.

—Mis piernas no van tan rápido como un elevador. Espero que la señorita Duarte lo comprenda.

Tomás no respondió. Se dio la vuelta y empezó a caminar.

Andrés se levantó, indignado.

—¡Qué manera de tratarlo!

Alejandro lo detuvo.

—Espérame aquí.

* * *

Frente a la oficina de la gerente, Alejandro respiró hondo.

Había negociado con los empresarios más poderosos. No entendía por qué conocer a Valeria Duarte empezaba a ponerlo nervioso.

Tomás llamó a la puerta.

—Adelante —respondió una voz de mujer.

Abrió y le cedió el paso.

Alejandro entró con la espalda recta.

En la habitación de al lado, Valeria comía chocolate mientras observaba la pantalla, interesada.

La mesera estaba sentada detrás del escritorio, con ropa elegante, el cabello suelto y una expresión algo rígida.

¿Esa era la mujer que lo había obligado a volver tantas veces?

Alejandro sintió una pequeña decepción.

Había imaginado a alguien con más presencia. Aquella joven no transmitía la seguridad de una heredera ni la autoridad de una gerente.

—Debe de estar cansado. Tome asiento.

La mesera repitió la instrucción que Valeria le había dado por el audífono.

Alejandro se sentó en el sofá y miró alrededor.

La oficina era elegante. Había un piano negro en una esquina, una mesa de mármol de diseño moderno y un sofá de piel de estilo clásico.

Pero lo que más le llamó la atención fue una frase manuscrita, enmarcada detrás del escritorio:

«Guarda tus fuerzas y actúa en el momento oportuno.»

—Qué buena letra —comentó.

En la otra habitación, Valeria dejó de masticar.

Era la primera vez que recordaba haber oído un elogio suyo.

Durante tres años había cuidado de él, de su ropa, de su comida. Ninguno de sus esfuerzos había conseguido una palabra de reconocimiento.

Y ahora la recibía sin que él supiera que era ella.

Demasiado tarde.

—¿Le gusta? —hizo preguntar a la joven.

—Sí.

Hasta para elogiar era breve.

—Puede llevársela al salir. Considérela un regalo de bienvenida.

—No hace falta. Es un trabajo excelente. Debe de ser de un artista reconocido. No voy a quitarle algo que aprecia.

Valeria se rio. La mesera tuvo que imitarla.

Alejandro frunció el ceño.

—Gracias por el elogio, señor Montenegro. Pero no se preocupe. Puedo escribir cientos como ese en un día. Lléveselo si quiere.

La burla apenas disimulada le tensó la mandíbula.

—Después de tantas visitas, imagino que no vino a mirar cuadros. Hablemos claro.

Alejandro sostuvo la mirada de la joven.

—Vengo por el negocio de los Rivas. Quiero que deje de atacarlos. Podemos negociar las condiciones.

Su voz era baja y firme.

—Al Grupo Duarte le convendría mucho colaborar con nosotros en Santa Aurelia.

—¿Atacarlos?

La mesera repitió la risa que oyó por el audífono.

—Yo lo llamo denunciar una estafa. Estamos mostrando cómo trabajan ciertos proveedores para evitar que otros hoteles reciban productos baratos y luego no tengan a quién reclamarle.

—En cualquier proceso de fabricación puede haber fallas. Incluso las marcas de autos con más de cien años retiran modelos del mercado por distintos problemas.

Alejandro no cedió.

—Podría haberles pedido una devolución o un cambio. No hacía falta publicar noticias que dañaran su imagen. Usar el poder de su familia para destruir una empresa mediana… Quizá después nadie quiera trabajar con los Duarte. Al menos aquí, en Santa Aurelia.

Valeria apretó el chocolate hasta romperlo.

Ahí estaba la amenaza.

Si no dejaba en paz a los Rivas, los Montenegro le cerrarían las puertas de la ciudad.

¿Creía que podía asustarla?

—Me conmueve verlo tan entregado a su prometida —dictó, con frialdad—. Ha vuelto una y otra vez, soportando que no lo reciban. Todo por amor.

La mesera sostuvo la mirada de Alejandro mientras repetía.

—Pero los negocios y los asuntos personales son cosas distintas. Yo no voy a perdonar una estafa para ayudarlo con su historia de amor. Aunque usted sea Alejandro Montenegro y crea que controla Santa Aurelia.

Él se enfadó, pero no encontró cómo rebatirla.

Nunca se habría ocupado personalmente de un problema semejante si no fuera por Emilia.

Valeria disfrutó al verlo quedarse en silencio.

—Entonces no tenemos nada más que hablar.

Alejandro se levantó.

—Ya conozco su postura. Si volvemos a enfrentarnos en los negocios, espero que no lo tome como algo personal.

A pesar del golpe a su orgullo, mantuvo la espalda firme. Ni una señal de derrota.

Se volvió hacia la puerta.

Entonces escuchó una grabación.

«¡Me equivoqué, señorita Duarte! Por favor, no me cierre todas las puertas. Si esto se sabe, no voy a poder trabajar en ninguna parte.»

«Ellos me buscaron. Dijeron que podía ganar dinero. ¡Todo fue idea del señor Rivas! Pensé que los colchones eran más o menos iguales…»

Era González.

Alejandro se volvió, atónito.

En la habitación contigua, Valeria cruzó las piernas y contempló cómo el color le subía y le bajaba del rostro.

Qué satisfacción.

Le dio a la mesera la última instrucción:

—El Grupo Duarte apoya a las empresas que hacen bien su trabajo. Pero si alguien estafa a los clientes y perjudica nuestros intereses, voy a detenerlo. No pienso tolerarlo.

La joven sonrió, siguiendo su indicación.

—Recuerdo lo que me dijo, señor Montenegro. No hace falta discutir más. Nos veremos en los negocios.

* * *

Alejandro salió de la oficina con los nervios tensos.

Andrés fue a su encuentro.

—¿Cómo salió? ¿Aceptó? ¿Le hizo algún problema?

Su jefe tenía un aspecto terrible.

—Lo hablamos después.

Alejandro avanzó despacio. Le había vuelto el dolor de cabeza.

Al escuchar la grabación, se había sentido ridículo.

Creía que los Rivas eran inocentes. Que los Duarte los atacaban por el anuncio de la boda, como una forma indirecta de perjudicar a los Montenegro.

Y había terminado defendiendo a los culpables.

Aflojó la corbata. No consiguió respirar mejor.

Entonces oyó unos tacones detrás de él.

Pasos rápidos, firmes, conocidos.

¿Clara?

Se volvió de golpe.

El pasillo estaba vacío.

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