Sebastián Volk es el hombre más temido de la alta sociedad. Tras una máscara de plata esconde un secreto monstruoso: es el último heredero de una estirpe de licántropos. Cuando la familia del Sol debe entregar una hija en matrimonio, Mía huye del compromiso y Luna ocupa su lugar. Despreciada por su madrastra, Luna ve en Sebastián la oportunidad perfecta para vengarse. Pero el lobo esperaba una esposa sumisa y encontró a una mujer que no teme desafiarlo. Entre deseo, traiciones y secretos sangrientos, ambos descubrirán que el matrimonio puede ser una prisión… o el comienzo de una guerra.
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Capítulo 22: Fronteras rotas
El impacto de la noche no se disolvió en el trayecto de regreso.
Al cruzar el umbral de la mansión Volk, el silencio del vestíbulo se sintió como una caldero a punto de estallar.
Luna ni siquiera esperó a que el chofer terminara de estacionar el vehículo; caminó a pasos firmes y decididos directamente hacia la biblioteca principal del primer piso.
El sonido rítmico y seco de sus tacones sobre el mármol marcaba el compás de una tormenta contenida.
Detrás de ella, Sebastián avanzaba con la misma prisa depredadora, quitándose los guantes de piel negra y arrojándolos sobre una mesa auxiliar con un movimiento brusco.
Luna entró en la biblioteca, giró sobre sus talones y encaró a su esposo justo cuando este cerraba la pesada puerta de roble de un golpe que hizo temblar las vitrinas de cristal.
—¿Qué demonios fue eso en el Palacio Consular? —inquirió Luna. Su voz no era un susurro diplomático; era un látigo gélido que cortó el aire de la estancia.
—Hice exactamente lo que el escenario requería —respondió Sebastián, avanzando hacia el centro del salón. Su tono, grave y raspado, vibraba con una irritación latente—. Limpié el veneno que la imbécil de tu hermana intentaba esparcir ante la prensa.
—¡Me besaste frente a doscientas personas sin mi consentimiento! —reclamó ella, dando un paso hacia él con la mirada echando chispas—. No necesitabas montar un espectáculo de dominación pública para acallar a Mía. Tenía la situación bajo control.
—¡No tenías nada bajo control! —bramó Sebastián, acortando la distancia hasta quedar a escasos centímetros de ella—. Esa arpía estaba a punto de destruir la reputación del apellido Volk y poner en duda la legitimidad de nuestra alianza.
—¡Te importa tu reputación de alfa, no la alianza! —desafió Luna, alzando la barbilla, con el vestido escarlata amoldado a su figura agitada por la respiración acelerada—. Cruzaste la línea, Sebastián. Dijiste que mantendríamos esto en los márgenes de un acuerdo profesional.
—¡El acuerdo profesional se fue al demonio en el momento en que me miraste a los ojos en ese salón y me devolviste el beso! —espetó él, inclinándose sobre ella con una ferocidad acorralada.
Luna se congeló por una fracción de segundo.
La verdad de sus palabras cayó entre ellos como un bloque de granito. No podía negarlo. No había sido un gesto de sumisión ni una actuación impuesta; sus labios habían respondido a la ferocidad del alfa con un hambre igual de oscura y reprimida.
—Eres un hipócrita —susurró Luna, con la voz temblando por una mezcla de rabia y un calor sofocante que comenzaba a subirle por la garganta—. Te pasas los días levantando muros de titanio y exigiendo distancia porque le tienes pavor a lo que sientes cuando estás cerca de mí.
—No le tengo miedo a nada, Luna —dijo Sebastián en un murmullo denso, agarrando la madera de la mesa a espaldas de ella para encerrarla en su espacio personal.
—Le tienes miedo a esto —provocó ella, apoyando las palmas de sus manos directamente sobre el torso rígido de él, sintiendo el calor volcánico que emanaba a través del esmoquin.
Sebastián soltó un gruñido bajo, un sonido primario que no pertenecía al hombre educado de la alta sociedad.
El autocontrol de Sebastián se pulverizó en ese instante.
Atrapó la nuca de Luna con una mano grande y tibia, enredando los dedos en su peinado con una firmeza posesiva, y la atrajo hacia sus labios con una violencia hambrienta.
Luna no luchó. No retrocedió.
Lanzó los brazos alrededor del cuello de él, respondiendo al embate con una desesperación salvaje que venía gestándose desde la noche de la primera luna llena. Los recelos, los cálculos políticos y las máscaras de hielo se disolvieron en una marejada de calor abrasador.
Sebastián la alzó sin esfuerzo, sentándola sobre el borde de la mesa de caoba mientras varios tomos encuadernados cayeron al suelo con un golpe seco.
El vestido escarlata de seda se rasgó levemente en el costado cuando las manos de Sebastián buscaron la piel desnuda de su cadera, quemando a su paso cada centímetro que tocaba.
El aroma a pino silvestre, ozono y jazmín llenó los pulmones de ambos, sofocante, intoxicante, borrando cualquier noción del tiempo o del espacio.
—Dime que me detenga —pidió Sebastián en un susurro ahogado contra el cuello de ella, rozando con sus labios la arteria que martillaba a un ritmo desbocado.
—No te atrevas —respondió Luna, clavando las uñas en los hombros del alfa y atrayéndolo aún más hacia sí en una entrega absoluta.
La ropa estorbaba. La chaqueta del esmoquin de Sebastián cayó sobre la alfombra, seguida por el cinturón de seda y el broche del vestido de Luna.
La pasión que los consumía era feroz, un incendio de dos voluntades indomables que finalmente cedían ante la atracción brutal que los reclamaba como iguales.
Sebastián la besó de nuevo, un beso profundo y devorador que hizo que Luna arqueara la espalda sobre la mesa de caoba, entregándose al éxtasis de la posesión mutua.
En el punto culminante de ese delirio, cuando el mundo exterior había desaparecido por completo y solo existía el calor de sus cuerpos entrelazados, la tierra se fracturó.
Un impacto descomunal y ensordecedor sacudió los cimientos de la mansión Volk.
El sonido del metal volando en mil pedazos y la onda expansiva de una detonación masiva hicieron temblar las paredes de piedra de la biblioteca. Las enormes lámparas de araña se mecieron violentamente y los cristales de los ventanales estallaron hacia adentro en una lluvia de esquirlas brillantes.
El fuego de la explosión iluminó la penumbra de la estancia con un resplandor anaranjado y violento.
Sebastián reaccionó en un milisegundo instintivo: cubrió el cuerpo de Luna con el suyo sobre la mesa, protegiéndole la cabeza justo cuando una ráfaga de viento helado y humo a pólvora invadía el salón.
Los altavoces del sistema de seguridad de la mansión comenzaron a rugir con un tono de sirena estridente:
“Brecha en el perímetro principal. El portón de hierro ha sido destruido. Múltiples invasores armados en el patio central.”
Sebastián levantó el rostro. Su ojo gris destelló de nuevo con un anillo de oro puro, salvaje y mortífero, mientras las fosas nasales de su lado descubierto se dilataban al percibir el olor a sangre y humo que venía del exterior.
Los Sombras habían lanzado su ataque final.