Isabella necesita salvar a su familia y Alexander necesita una esposa. La solución parece sencilla: un matrimonio por contrato durante un año.
Solo hay una regla que no pueden romper: no enamorarse.
Pero vivir juntos, compartir secretos y enfrentar enemigos hará que aquello que comenzó como un acuerdo se convierta en algo mucho más real.
¿Podrán cumplir el contrato sin perder el corazón en el intento? 💗
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Capítulo 5 — Las reglas que no estaban escritas
A la mañana siguiente, Isabella llegó a la oficina de Alexander decidida a descubrir qué había querido decir con aquellas misteriosas palabras.
No estaba dispuesta a dejar que él siguiera agregando reglas a un contrato que ya le parecía una locura.
Cuando entró, Alexander estaba sentado detrás de su escritorio revisando unos documentos.
—Llegas temprano.
—Dijiste que teníamos que hablar.
Él levantó la mirada.
—Siéntate.
Isabella se sentó frente a él.
—Ahora explícame cuáles son esas reglas que no aparecen en el contrato.
Alexander dejó los documentos a un lado.
—No son reglas exactamente.
—Entonces, ¿qué son?
—Condiciones para evitar problemas.
Isabella cruzó los brazos.
—Te escucho.
Alexander comenzó a enumerarlas.
—Primero: no podemos discutir frente a mi familia.
—Eso puedo hacerlo.
—Segundo: no podemos contradecirnos frente a los medios.
—También puedo hacerlo.
—Tercero: debemos aparecer juntos en determinados eventos.
Isabella hizo una mueca.
—¿Cuántos?
—Los necesarios.
—Eso no es una cantidad.
Alexander sonrió ligeramente.
—Los necesarios.
—No me gusta esa respuesta.
—Ya me había dado cuenta.
Isabella suspiró.
—¿Hay algo más?
Alexander guardó silencio por un momento.
—Sí.
—¿Qué?
—Durante el matrimonio tendrás que mudarte a mi casa.
Isabella abrió los ojos.
—Eso ya estaba en el contrato.
—Sí, pero todavía no has visto la casa.
—¿Y qué tiene de especial?
—Es enorme.
—¿Y?
—Podrías perderte.
Isabella lo miró con incredulidad.
—¿Estás burlándote de mí?
—Un poco.
Ella tomó uno de los papeles que estaban sobre el escritorio y fingió amenazarlo con él.
—Empiezo a arrepentirme de haber firmado.
Alexander soltó una risa.
Fue breve, pero sincera.
Isabella se quedó mirándolo.
Era la primera vez que lo veía reír.
Y por alguna razón, le resultó extraño verlo así.
Más humano.
Alexander notó que ella lo observaba.
—¿Qué?
Isabella apartó rápidamente la mirada.
—Nada.
—Me estabas mirando.
—Estaba pensando.
—¿En qué?
—En que pareces menos insoportable cuando te ríes.
Alexander arqueó una ceja.
—¿Eso fue un cumplido?
—No te acostumbres.
Él volvió a sonreír.
Durante unos segundos el ambiente se sintió diferente.
Hasta que Alexander recibió una llamada.
Su expresión cambió inmediatamente.
—¿Sí?
Isabella observó cómo escuchaba en silencio.
—¿Cuándo ocurrió?
Su rostro se volvió serio.
—No hagan nada hasta que llegue.
Colgó.
—¿Qué pasó? —preguntó Isabella.
Alexander se levantó.
—Tengo que irme.
—¿Es algo grave?
—Un problema en la empresa.
Isabella también se levantó.
—¿Puedo ayudarte?
Alexander negó.
—No es necesario.
—Alexander.
Él la miró.
—No tienes que resolver todo solo.
La frase pareció sorprenderlo.
Durante unos segundos no respondió.
Finalmente tomó su chaqueta.
—Gracias.
Isabella sonrió.
—De nada.
Alexander caminó hacia la puerta, pero antes de salir se detuvo.
—Esta tarde iré por ti.
—¿Para qué?
—Para llevarte a la mansión.
—¿Hoy?
—Sí.
Isabella abrió los ojos.
—¿Ya?
—Tenemos una boda en tres semanas.
Ella recordó el contrato.
Tres semanas.
Todo estaba sucediendo demasiado rápido.
—De acuerdo.
Alexander salió.
Isabella permaneció unos segundos en silencio.
No sabía qué le esperaba en aquella mansión.
Pero algo le decía que su verdadera historia con Alexander Blackwood estaba a punto de comenzar.
Y, sin saberlo, también estaba a punto de descubrir que había mucho más detrás de aquel contrato de lo que ambos imaginaban.