Una historia diferente, donde el amor y el sobrevivir van de la mano. 🥀
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FRAGMENTO DE REALIDAD
“El alma pertenece a la inmortalidad del ser, aunque habite un cuerpo pasajero”.
Además, su cuerpo atlético, bien proporcionado, hablaba de fuerza contenida; no musculatura para presumir, sino la de alguien que siempre estaba listo para proteger. Su piel clara contrastaba con la sombra de las luces, dándole un aire serio… casi melancólico. Y, aun así, justo en ese momento, cuando Axel trotó hacia él sin miedo, algo en su rostro se suavizó. Como si el peso que cargaba desde hacía años se aflojara un poco.
—A ver, déjenme —dijo con voz suave.
Axel lo miró un segundo… y luego trotó directamente hacia él, moviendo la cola como si lo hubiera reconocido. Zareck lo fue recibiendo con pasos diminutos y un brillo especial en los ojos.
Lo tomó entre las manos con una ternura que pocas veces le había visto. —Sabes… —murmuró, acariciando su lomo— yo siempre quise un perro.
Todos lo miramos sorprendidos. Zareck rara vez hablaba de deseos. Mucho menos de sueños.
Kaleth se quedó quieto un momento, como si ese comentario le hubiera tocado el corazón. Ian bajó la mirada, pensativo.
—Pues ahora lo tienes —dije con una sonrisa—. Lo tenemos.
Axel, casi como si entendiera, apoyó su cara en el pecho de Zareck. El mayor cerró los ojos un momento, respirando hondo, como si aquel pequeño ser hubiese abierto una ventana en su alma que llevaba años cerrada. La tarde terminó con ellos jugando como si volvieran a ser niños. Corriendo alrededor de la sala, riendo a carcajadas cuando Axel los perseguía con sus patas cortas y torpes. Haciendo sonidos extraños para llamar su atención. Inventando juegos que ninguno había hecho desde hace años. Y yo… yo los observé desde la esquina, con el corazón lleno, en medio de un mundo roto, gris y controlado…Axel nos hizo sentir vivos otra vez. Nos devolvió algo que creíamos perdido: la capacidad de jugar.
Todo salió muy bien, aunque dentro de mí aún había demasiadas preguntas y dudas sobre lo que soy. Aun así, tener a mi familia junto a mí y demostrarme que me querían, incluso sabiendo que no era del todo humana, me llenaba de una calma que no lograba explicarme. Ni siquiera entendía muy bien quién era yo. La palabra “superhéroe”, esa que había leído tantas veces en historietas, siempre había significado poder, valor… grandeza. Pero yo aún no conocía mis poderes. Todos nos fuimos a la cama, supongo que con la mente cargada de cosas que procesar. Entonces recordé lo que VR15 me dio. Saqué la pequeña esfera de mi suéter. Antes de activarla quería tranquilidad absoluta, así que cerré la puerta con llave. Pasaron unos segundos antes de que reuniera el valor. Presioné el botón con delicadeza. La esfera se abrió como una flor mecánica. Dentro había una luz azul que se desbordó, envolviéndome con un manto que me cubrió por completo. Las paredes de mi cuarto se desvanecieron. Mi cuerpo y el de Axel, que estaba recostado sobre mi pierna, comenzaron a elevarse. Unos destellos azules descendían sobre nosotros desde un punto invisible, como si nos iluminaran desde un cielo que no existía. Luego, todo se apagó.
Oscuridad.
Una nada total.
El miedo me apretó el pecho. ¿Y si algo salía mal? Me aferré a Axel con fuerza, temiendo que se desvaneciera si lo soltaba. Pero él estaba tranquilo, respirando con suavidad, como si todo fuera normal. Su presencia fue mi única certeza allí dentro.
La luz regresó de golpe. Ahora me encontraba de pie en una habitación infinita, completamente gris. A mi alrededor había enormes bloques azules —congelados, luminosos— del mismo color que brillaba dentro de la esfera. Eran altos, de casi dos metros, y tan anchos como puertas gigantes. Me acerqué con cautela a uno de ellos. El bloque emitía un humo tenue, como si se evaporara… pero no había calor. No estaba ardiendo. Era solo parte de su diseño. Extendí la mano. Al rozarlo, sentí una textura imposible de describir: no era dura, tampoco suave. Era como tocar una sombra sólida. Di un paso más y mi mano atravesó la superficie como si fuera agua.
Respiré profundo y cerré los ojos. Crucé el cubo. Dentro no había nada… salvo una barra blanca suspendida en el aire. Sobre ella, una figurilla de madera: un peón de ajedrez. Antiguo, desgastado, hermoso. Lo tomé con mi mano libre —la otra seguía aferrando a Axel— y al tocarlo, mi mente fue absorbida por un remolino de luz. Abrí los ojos en otro lugar, un laboratorio. Lo reconocí de inmediato: era el laboratorio de VR15… pero diferente. Cálido, iluminado por una luz dorada que no existía en nuestro mundo gris. El ambiente se sentía vivo, humano. Entonces alguien entró por el túnel, me quedé completamente inmóvil.
No podía verme. Parecía no notar mi presencia. Caminó directo hacia un escritorio. Era un hombre mayor, de cabello blanco y rostro cansado, vestido con una camisa azul —qué bello se veía el color— y una bata de laboratorio sobre los hombros. Abrió una agenda marrón y empezó a escribir.
Me acerqué despacio para ver. En letra cursiva decía: “Los hijos de la ciencia: Ámbar y Keiren.” Mi corazón se detuvo. Antes de poder procesarlo, fui arrancada del lugar. Abrí los ojos dentro del cubo otra vez. Intenté reconectar con la visión, pero ya no fue posible. Guardé el peón en el bolsillo de mi pantalón y salí.
Ahora sabía: cada cubo representaba un momento específico, un recuerdo oculto. Un fragmento de la verdad. Corrí hacia el siguiente. Crucé su superficie sin dudar. En el centro había otra barra, esta vez con un boceto. Era un dibujo de un Bokly solo que lucía imperfecto, como si no fuera dibujado por alguien mayor. Lo reconocí de inmediato.
Lo tomé entre mis manos, y de nuevo fui absorbida. Esta vez aparecí en una habitación que parecía sacada de un sueño. Muñecas, muebles pequeños, paredes de un rosado suave… una habitación infantil de antes de la sequía. Hermosa. Cálida. Humana. Una vida que nunca tuve. El olor era dulce, como el algodón de azúcar que mi abuela describía con nostalgia. Respirarlo me dolió en el pecho. Entonces una niña entró corriendo. Axel movió la cola, como si pudiera reconocerla. Su cabello oscuro bailaba en el aire. Sus risas llenaron la habitación. El hombre del laboratorio entró tras ella, solo que ahora se veía mucho más joven, llevando un juego de ajedrez en las manos.
— Recuerda siempre, tú eres tan valiosa como la reina de este juego — pronunció el hombre con una ternura que parecía envolver a la niña como una manta tibia. Su tono era suave, paciente, lleno de mucho cariño.
— Bien… pero ¿por qué hay que proteger al rey entonces? — preguntó ella con ligera frustración. Sus cejas se juntaron en el centro, como si aquella regla del ajedrez fuera una contradicción imposible de aceptar.
— Sí, es cierto, hay que protegerlo — respondió él, acomodando la ficha — pero la reina puede deslizarse por donde quiera — movió la pieza por todo el tablero, mostrándole los movimientos con una gracia casi artística — así, sin límites. Es capaz de llegar a cualquier lugar.
La niña abrió los ojos, maravillada.
— Eso sí me gusta — sonrió, dejando ver los huequitos en sus mejillas.
Parecía tener unos siete años, quizá ocho. Tenía el cabello trenzado, sujeto con listones rosados, y cuando se bajó de la cama —donde estaban sentados— la trenza se movió con el aire caliente que entraba por una pequeña ventana. Aquella simple escena me golpeó directo al pecho. Una punzada de nostalgia, tristeza y anhelo se filtró en mi corazón como una corriente fría. Ella caminó hacia un pequeño gabinete de madera. Sus pasos eran suaves, casi ceremoniosos, como si supiera que aquel instante debía vivirse con delicadeza. Revolvió entre papeles y crayones hasta encontrar algo. Su rostro se iluminó con un brillo puro y auténtico que no había visto en mucho tiempo… quizá nunca en mi propia vida.
Regresó hacia el hombre y le entregó el dibujo con ambas manos, como si ofreciera un tesoro. Yo, instintivamente, miré la hoja que sostenía en mi mano.
Era la misma.
El mismo boceto.
El mismo trazo infantil.
El mismo ser.
Un Bokly… creado por la imaginación de una niña.
— Está muy hermoso, pequeña. ¿Dime qué es? — preguntó el hombre con una sonrisa que arrugó las comisuras de sus ojos.
— Es un Bokly — dijo ella con orgullo — lo inventé para ti.
Mi respiración se cortó un instante.
Ese boceto…
¿Era posible que todo hubiera nacido así?
¿De un dibujo?
El hombre sonrió, pero esta vez no fue una sonrisa cualquiera. Era una sonrisa cargada de amor, de emoción, de un significado profundo. La tomó entre sus brazos y la apretó con fuerza, como si temiera que el mundo pudiera arrebatársela.
— Te amo, papi — pronunció la niña, escondiendo el rostro en el cuello de él.
Sentí el nudo en mi garganta. El vínculo entre ellos era tan real, tan cálido… tan humano… Mi mentor... nació de un crayón y un padre amoroso.
Era un amor que yo reconocía aunque nunca lo hubiera vivido así y entonces ocurrió. Una fuerza invisible me atrapó por la espalda, como si alguien me halara desde la oscuridad. El aire se escapó de mis pulmones. La habitación se difuminó como una pintura mojada; los colores pastel se disolvieron y la luz dorada se quebró en miles de fragmentos.
Parpadeé, de pronto estaba de regreso. En mi propia habitación, sentada en la cama, con la esfera cerrada entre mis manos. Axel seguía dormido, ajeno a todo, respirando con suavidad y con una pata temblando por algún sueño perruno. Nada había cambiado a mi alrededor. Ni la lámpara apagada. Ni el silencio del cubículo. Ni el aire grisáceo que siempre flotaba en nuestra vida. Por un instante dudé si aquello había sido real o una ilusión creada por mi mente agotada. Quise volver a entrar. Quise activar la esfera y regresar a ese lugar, ver un poco más, descubrir quién era exactamente esa niña y qué papel tenía en todo esto.
Pero no pude, el mecanismo estaba inerte. VR15 dijo que esto me ayudaría a entender. A comprender quién soy. A ver mi origen con claridad, pero ahora solo me sentía más confundida. Lo único que pude ensamblar, como pequeñas piezas sueltas de un rompecabezas incompleto, era que aquel hombre —el científico— era quien me creó. Y esa niña… su hija… fue quien imaginó la apariencia de los Bokly. La imagen de su cabello trenzado, su voz dulce, sus ojos azules tan parecidos a los míos, se clavó en mi corazón como una espina suave pero imposible de ignorar.
Lo único claro era que quería respuestas. Quería volver a esos cubos. Quería reconstruir la verdad fragmentada que había visto. Y sabía que Keiren también. Llegué por fin al laboratorio. Keiren ya estaba ahí. Sentado en el sofá marrón. Con los ojos cerrados. Respirando profundamente. Por un momento vi otra versión de él: un chico agotado, cansado de pelear contra un mundo que nunca fue suyo. Cuando abrió los ojos, nuestras miradas se cruzaron. Bajé la vista, buscando las palabras. Pero terminé soltándolo sin adornos:
—¿Qué viste en los cubos?
Él arqueó una ceja. —¿Por qué te interesa?
—Somos compañeros. Recuerda que fuimos creados para lo mismo. Quizá si juntamos lo que vimos podamos entender algo.
Él suspiró, se pasó una mano por el cabello y señaló el escritorio —Vi este laboratorio. Vi a un hombre sentado ahí… escribiendo en una agenda. Decía: "Hijos de la ciencia, Ámbar y Keiren”.
—Lo sé —lo interrumpí—. Yo vi lo mismo.
Él asintió despacio. Después continuó. —Luego entré a otro cubo. Había un collar. Un amuleto. Lo toqué y… —trago saliva, su voz se quebró— vi a una mujer. Era buena. Podía sentirlo. No tenía maldad. Pero su corazón ya no latía. Ella estaba muerta. La habían asesinado. El collar estaba sobre su pecho.
Sus ojos se humedecieron—. Desde que vi eso… me siento vacío. Y por primera vez, lo entendí. Keiren también era un niño roto. Un fragmento de humanidad perdido en una historia que no pidió.
Tomé su mano sin pensarlo. Él dejó que lo hiciera. —Lo lamento —susurré—. No sé qué decirte, pero… estoy aquí.
Él se limpió los ojos disimuladamente. —¿Y tú qué viste?
—Vi al científico, más joven. Y estaba con su hija. Era un momento bonito. Ella diseño a los Bloky. Todo era rosado y se sentía tan diferente. Keiren soltó mi mano y buscó en sus bolsillos. Cuando puso el peón en mi mano, mi corazón se detuvo. El mismísimo peón que yo había visto en mi visión.
—¿Por qué lo tienes? —pregunté con incredulidad.
—Apareció en mis bolsillos. Igual que esto.
Sacó el amuleto. —¿No te pasó lo mismo?
Negué con la cabeza. Me revisé los bolsillos y… claro. No estaban, pero seguro estarían en el suéter o el pantalón que había usado la noche anterior.
—Entonces… cada uno ve piezas distintas —concluyó—. ¿Crees que podamos volver? ¿Repetir ese viaje?
Mi corazón latió fuerte. —Tenemos que averiguarlo —dije sacando mi esfera—. ¿Trajiste la tuya?
Él ya la tenía en la mano. Nos sentamos en el suelo, respiramos profundo y presionamos el botón al mismo tiempo. La luz azul nos envolvió por completo, borrando cada sonido y cada rincón del laboratorio hasta hacerlo desaparecer. En un instante, Keiren se desvaneció ante mí y supe que Axel tampoco podía acompañarme en este lugar. La habitación infinita regresó, silenciosa y eterna, con los cubos azules emanando ese humo blanco y frío que parecía respirar junto conmigo. Y así quedé: sola. Completamente sola. Me acerqué al siguiente cubo mientras mi mano temblaba al elevarse; toqué la superficie con cautela… y crucé.
Allí adentro, nuevamente me enfrenté a la plataforma, pero esta vez me ofrecía algo distinto: una semilla. La reconocí al instante. Era la misma que mi abuela me había dado, aquella que nunca llegó a florecer. La tomé entre mis manos con tanta suavidad que temí que pudiera desvanecerse con el calor de mi piel. Aun así, se esfumó. Entonces, en un parpadeo, me encontré en mi propio cubículo, junto a mi abuela. Yo era pequeña, delgada, con aquellas trenzas torcidas que ella siempre intentaba acomodar. Y allí estaba ella… tal como la recuerdo en mis memorias más queridas.
Su cabello blanco, recogido en una cola baja, dejaba libres algunos mechones suaves que caían sobre su hombro izquierdo. Su rostro ovalado, marcado por arrugas finas, irradiaba esa serenidad que siempre la caracterizó. Sus cejas delgadas y grisáceas se arqueaban con dulzura, y sus ojos claros me miraban con esa calidez que solo ella sabía transmitir. Cuando sonreía, las delicadas marcas en las comisuras de sus ojos se acentuaban, dándole ese aspecto de confianza, amor y sabiduría que tanto me hacía sentir segura.
Sonreí al verla; mis ojos se llenaron de lágrimas y corrí hacia ella para abrazarla. Quizá ella no podía sentirme… pero yo sí podía sentirla. Su aroma dulce, su piel suave a pesar de los años, la ternura de su cuerpo frágil. Me aferré a ella con fuerza, deseando quedarme allí para siempre. Anhelé tener el poder de regresar el tiempo y vivir ese momento una y otra vez.
Cerré los ojos dejando que las lágrimas resbalaran por mis mejillas. Ella seguía ahí, contándome cómo había obtenido aquella semilla. De pronto, sentí su mano tocar mi brazo. Pensé que era una ilusión, un eco de la memoria. Pero no, su toque era real.
—No llores, cariño. Sabes que no me gusta verte así —dijo.
Me aparté de inmediato. Mi abuela… me estaba hablando. Sentí mi corazón romperse en mil pedazos, como si reviviera su muerte. —Debo estar soñando —murmuré, negando con la cabeza.
Ella se acercó con la misma ternura de siempre y me tomó de las manos. Ese simple gesto calmó mi alma. —Estoy aquí, justo ahora contigo —susurró.
Miré alrededor: mi yo de niña seguía concentrada en la maceta, ajena completamente a mi presencia. —No lo entiendo… ¿cómo es posible? —pregunté, aferrando sus manos con más fuerza.
—Es parte de tu poder. Puedes conectar con quienes ya no están. Tu deseo de verme fue tan fuerte que me trajiste contigo —sonrió con esa calidez que atravesaba cualquier dolor—. Tu poder es infinito, tú eres infinito.
Secó mis lágrimas con sus dedos, como solía hacerlo cuando me caía jugando afuera. —Abuela… no sabes cuánto te extraño. Todo ha sido tan difícil y confuso desde que no estás —confesé con un nudo en la garganta.
—Lo sé, te he visto —respondió suave, serena—. También he visto lo valiente que has sido. Ahora debes descubrir muchas cosas, y yo voy a ayudarte con algo.
Se acercó a la maceta donde mi yo de siete años esperaba con impaciencia. —Esa no es una semilla cualquiera —señaló—. Es especial. Búscala y guárdala con mucho cuidado. Llegará el momento en que la uses, y esta vez… florecerá.
Volvió a sentarse a mi lado para contemplar la planta, como si el tiempo no fuese más que un olor dulce en el aire.
—¿Y qué debo hacer después? —pregunté tímidamente.
Ella sonrió de nuevo. —Tú lo sabrás. —Agitó su mano despidiéndose—. Adiós, mi niña. Y recuerda… debes llevar zapatos cuando vayas a la montaña.
—No, no… no me dejes. Abu… —intenté detenerla.