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LAS LINEAS RECTAS DE TU HISTORIA

LAS LINEAS RECTAS DE TU HISTORIA

Status: Terminada
Genre:Reencuentro / Apoyo mutuo / Amor de la infancia / Romance / Completas
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: SIKEVALEN

Tras la trágica muerte de sus padres, Tom llega destrozado al orfanato de Santa María. Allí encuentra una luz en la pequeña Alesandra. Unidos por la soledad, los niños se vuelven inseparables y sellan una promesa inquebrantable bajo el solsticio: un día se casarán. Sin embargo, las leyes separan sus caminos; él se marcha a los 18 años hacia la capital financiera y ella es adoptada por una familia en España.
Diez años después, Tom regresa convertido en el temido "especialista de los números" de Londres, un multimillonario implacable dispuesto a usar todo su poder para encontrarla. Cuando un peligroso sindicato criminal ataca a la familia de Alie en Madrid, los hilos del destino colisionan. En mitad de un peligro mortal y secretos de sangre, el hombre de piedra arriesgará su imperio para blindar la vida de su única constante. ¿Podrán los lienzos del pasado vencer las sombras del mañana?

NovelToon tiene autorización de SIKEVALEN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 7. LA VISPERA DEL ABISMO

El verano pasó como una ráfaga de fuego, dando paso a un otoño gris y cargado de presagios. Las hojas secas de los castaños alfombraban el patio del orfanato de Santa María, acumulándose en los rincones donde antes jugaban los niños. Tom se encontraba a solo seis meses de cumplir los dieciocho años. Su fisonomía era ya, por derecho propio, la de un hombre adulto: robusto, de movimientos calculados y un rostro cuyas líneas expresaban una madurez severa. En sus ojos verdes se reflejaba la frialdad de quien ha aprendido a descifrar las dinámicas del mundo financiero, pero esa coraza se desmoronaba en cuanto su mirada se cruzaba con el azul inmenso de los ojos de Alie.

A sus trece años y medio, Alie había desarrollado una sensibilidad madura que asombraba a las religiosas. Sabía leer los silencios de Tom mejor que nadie, percibiendo el peso de la responsabilidad que el muchacho cargaba sobre sus hombros. La pasantía de Tom en la firma de consultoría de la capital se había transformado en un empleo formal a tiempo parcial. Los directivos de la compañía, fascinados por su capacidad superdotada para la proyección de mercados y la gestión de activos, ya daban por hecho que el joven economista se integraría de manera definitiva al equipo de analistas principales en cuanto alcanzara la mayoría de edad legal.

Ese éxito profesional, sin embargo, arrojaba una sombra alargada sobre los días de los muchachos en el orfanato. La fecha de la partida definitiva de Tom no era ya un concepto lejano en el calendario, sino una realidad inminente que condicionaba cada una de sus conversaciones.

Aquella tarde de octubre, el cielo lucía un tono plomizo que amenazaba tormenta. Tom y Alie se refugiaron en el desván de las caballerizas, rodeados por el aroma familiar a madera vieja, polvo y papel reseco. El joven se encontraba sentado frente a una pequeña mesa de madera coja, repasando con un bolígrafo una serie de documentos legales y presupuestos que había traído de la capital.

—He alquilado el apartamento —anunció Tom de repente, sin levantar la vista de los papeles, aunque el tono de su voz delató una ligera tensión—. Está en un barrio modesto, a cuatro paradas de metro de la firma financiera. Es pequeño, apenas una habitación y un salón con cocina integrada, pero el precio es razonable y los costes de mantenimiento me permitirán mantener un margen de ahorro mensual constante.

Alie, que se encontraba sentada sobre el baúl de mimbre revisando las hojas sueltas de su último relato de amor, detuvo el movimiento de sus manos. El corazón le dio un vuelco agridulce.

—Entonces... ya está todo listo —articuló la muchacha, esforzándose por mantener la voz firme y evitar que el temblor delatara su tristeza—. En cuanto cumplas los dieciocho años en primavera, firmarás el contrato y te mudarás allí. Dejarás de pertenecer al registro de Santa María.

Tom dejó el bolígrafo sobre la mesa con un golpe seco y se giró hacia ella. Se puso en pie con esa imponente estatura que ya dominaba el desván y cruzó el espacio que los separaba para arrodillarse frente a ella. Tomó las manos pequeñas de Alie entre las suyas, apretándolas con una fijeza desesperada.

—Es el primer paso necesario, Alie —explicó con vehemencia, clavando sus intensos ojos verdes en la mirada azul de la muchacha—. El reglamento de la capital exige que demuestre una residencia estable y un contrato laboral indefinido con un mínimo de doce meses de antigüedad para poder iniciar los trámites de la tutoría legal o la figura de acogida para ti. Estoy haciendo las cuentas de forma milimétrica. Cada céntimo de mi sueldo júnior que no vaya destinado al alquiler o a la comida se acumulará en una cuenta de ahorros para tu futura educación.

Alie sonrió de medio lado, una sonrisa melancólica pero impregnada de una devoción absoluta. Le conmovía profundamente que la mente superdotada de Tom, capaz de diseñar complejas estrategias de inversión para grandes empresas, utilizara toda esa maquinaria intelectual con el único propósito de planificar su rescate.

—Lo sé, Tom. Sé que cada número que escribes es por mí —respondió ella, acariciándole el dorso de la mano con el pulgar—. Pero un año es mucho tiempo aquí dentro sin escucharte llegar por las tardes. El desván se sentirá muy frío cuando tú no estés.

—Vendré cada domingo, Alie. Te lo juro por la memoria de mi madre —afirmó el joven con una solemnidad inquebrantable—. He revisado el horario de los trenes de cercanías. Tomaré el primero de la mañana y pasaré las tres horas de visita permitidas contigo en el locutorio del convento. No importará si hay tormenta, si tengo trabajo acumulado o si las vías del norte se congelan. Estaré aquí cada semana.

La muchacha asintió, aunque una lágrima traicionera resbaló por su mejilla, reflejando la luz mortecina del tragaluz. Tom la limpió con delicadeza utilizando la yema de su dedo índice, deteniendo su mano un instante sobre la mejilla de la joven para registrar su calidez, como si quisiera memorizar la textura de su piel para las largas noches de soledad que se avecinaban en la capital.

Durante las semanas posteriores, el ambiente en el orfanato se volvió denso. Sor Elena observaba a los muchachos con una mezcla de orgullo y profunda compasión. La religiosa conocía los detalles del éxito de Tom y sabía que el muchacho estaba destinado a grandes cosas en el mundo de las finanzas, pero también era consciente del desgarro emocional que supondría la separación para Alie. La monja intentaba darles más espacio y tiempo libre, permitiéndoles prolongar sus estancias en el desván más allá del horario habitual de los talleres, como un regalo silencioso antes de la ruptura inevitable.

Tom intensificó sus horas de estudio nocturno, devorando los últimos módulos de la carrera de Economía mientras preparaba los informes para la firma de consultoría. Su cuerpo acusaba el cansancio de llevar una doble vida entre las exigencias del entorno adulto y la realidad del orfanato, pero su voluntad permanecía blindada. Para él, la fatiga era una variable insignificante comparada con la meta de cumplir la promesa que le había hecho a la niña que le devolvió la vida cuando lo había perdido todo. El invierno comenzó a ceder sus últimos reductos ante los primeros brotes de la primavera, y con el cambio de estación, el umbral del mañana se presentó ante ellos, desprovisto de treguas y cargado con toda la crudeza de la realidad legal que estaba a punto de separarlos.

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