Soy Natalia Salazar. Tengo veintitrés años y jamás imaginé que una amistad de la infancia pudiera convertirse en algo más.
En Puerto Marina nadie pronunciaba el apellido Salazar sin bajar la voz. Mi padre era el hombre más temido de la ciudad, y crecer bajo su sombra significó vivir entre guardaespaldas, reglas y puertas cerradas. Mientras otros hacían amigos en la escuela o salían los fines de semana, yo aprendí a mirar el mundo desde lejos.
Pero no estaba completamente sola.
Tenía a Marcos y a Alex.
Nos conocíamos desde niños y, aunque rara vez podíamos vernos fuera de los eventos organizados por nuestras familias, ellos eran lo más parecido a una vida normal que había tenido.
Hasta aquella noche.
Lo vi entre la multitud y algo cambió.
No fue una mirada, ni una sonrisa, ni una palabra bonita. Fue algo peor: la sensación de que, por primera vez en mi vida, estaba a punto de desear algo que nunca debería haber querido.
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atlas o noctis
natalia
Llevaba ya dos semanas trabajando en la empresa.
Pensé que sería mucho más difícil, pero, para mi sorpresa, me estaba adaptando bastante bien.
De vez en cuando mi padre me llevaba a reuniones para que tomara apuntes y aprendiera a manejar ciertas situaciones.
Había notado que Marcos estaba raro desde que empecé a trabajar allí.
Cada vez que nos cruzábamos apenas me saludaba, sonreía con incomodidad y seguía de largo.
Había muchísimo trabajo últimamente.
Escuché que un nuevo encargado iba a incorporarse a la empresa, aunque nadie decía quién era. Todos parecían preparar algo importante y Marcos era quien tenía la mayor responsabilidad.
Él debía reorganizar nuevas rutas para transportar la mercancía.
Habíamos quedado en salir ese fin de semana, pero antes quería invitarlo yo a un lugar. Se veía demasiado cansado y necesitaba despejarse.
Eran las diez de la mañana cuando mi padre me pidió que buscara unos planos en la oficina de Marcos. Aprovecharía para preguntarle si quería acompañarme el viernes a las montañas.
Golpeé la puerta.
—Permiso... Vengo a buscar unos planos.
—Hola, Natalia. Sí, ahora te los preparo.
Lo observé unos segundos.
—¿Estás bien?
Levantó la vista.
—Sí... ¿Por qué?
—Te he notado un poco distante.
Bajó la mirada hacia los papeles.
—Lo siento. He estado muy ocupado.
—Lo sé. Creo que eres quien más ha trabajado estas semanas.
Hice una pequeña pausa.
—Por eso quería preguntarte si el viernes me acompañarías a un lugar
Por primera vez en varios días sonrió de verdad.
—¿A dónde?
Negué con la cabeza.
—Es una sorpresa.
—Está bien.
Me entregó los planos.
—Cuando termine el trabajo, te aviso.
—Perfecto.
Lo saludé y salí de la oficina.
Cuando llevé los planos a mi padre, él comenzó a revisarlos con atención.
La curiosidad terminó ganándome.
—Papá...
—¿Sí?
—¿Quién va a venir a la empresa?
—Un nuevo encargado.
Asentí.
—¿Y va a trabajar para atlas ... o para noctis?
Las palabras salieron solas.
Mi padre levantó lentamente la vista.
Su expresión cambió por completo.
—¿De qué hablas?
Guardé silencio.
—¿Cómo sabes eso?
Respiré hondo.
—Papá... yo siempre lo supe.
Por unos segundos no dijo absolutamente nada.
Pensé que iba a enojarse.
Pero solamente dejó escapar un largo suspiro.
—Entonces ya no tiene sentido seguir ocultándolo.
Se acomodó en la silla.
—También voy a enseñarte sobre ese trabajo.
Lo miré fijamente.
—Papá, dilo por lo que es. No soy una niña.
Si algún día voy a dirigir esta empresa, necesito conocer absolutamente todo. No puedo limitarme a revisar papeles y firmas.
Quiero aprender a manejar armas.
Quiero saber distinguir una buena de una mala.
Quiero entender el trabajo que algún día será mío.
Él me observó largo rato.
Después sonrió con tristeza.
—Está bien.
Si eso es lo que realmente deseas...
Buscaré a alguien para que te enseñe.
Pero hay algo que quiero pedirte.
—¿Qué cosa?
—No dejes que este trabajo cambie la persona que eres.
Sonreí.
—Eso depende de mí.
Respiró hondo.
—¿Hay algo más?
Asentí.
—Sí...
Quiero aprender a usarlas.
Su rostro perdió completamente el color.
—No.
—Papá...
—No.
—También es por mi seguridad.
—Para eso tienes guardaespaldas.
Lo miré fijamente.
—No voy a permitir que cometas el mismo error dos veces.
El silencio inundó la oficina.
Finalmente cerró los ojos.
—Está bien...
No puedo seguir tratándote como si fueras una niña.
—¿Quién me va a enseñar?
—El nuevo encargado.
El viernes llegué mucho más temprano que el resto.
Mi padre quería enseñarme cómo coordinar algunas rutas antes del horario habitual de trabajo.
Fue una mañana larga.
Cuando finalmente terminó mi jornada, fui directamente a buscar a Marcos.
Golpeé la puerta.
—¿Se puede?
Levantó la vista y sonrió.
—Hola.
—¿A qué hora terminas?
—En cuanto cierre este tramo.
—Entonces te espero.
Me senté en uno de los sillones de su oficina.
Encontré un libro sobre la mesa y comencé a leer.
Mientras pasaban los minutos sentía que, cada tanto, levantaba la vista para mirarme.
Hasta que habló.
—¿Y hoy qué te tocó hacer?
Cerré el libro.
—Vine más temprano.
Mi padre me enseñó a coordinar algunas rutas.
Sonrió.
—Cuando quieras aprender más sobre planos, puedo ayudarte.
Lo miré divertida.
—Cuidado con lo que prometes.
Después no vas a poder decirme que no.
Él sonrió.
—Jamás me negaría a ayudarte.
Seguí leyendo mientras él terminaba de trabajar.
Una hora y media después cerró la última carpeta.
—¿Nos vamos?
—Sí.
—¿Y ahora sí me vas a decir adónde?
Negué con la cabeza.
—Todavía no
Subimos por las sillas que llevaban hasta la parte más alta de las montañas.
Desde allí Puerto Marina parecía un pequeño cuadro iluminado.
Nos sentamos frente al paisaje.
El viento era suave.
Todo estaba en silencio.
—¿Por qué me trajiste aquí? —preguntó.
—Porque necesitabas dejar de pensar un rato.
No dijimos nada durante unos minutos.
Hasta que escuché su voz.
—Natalia...
Giré lentamente.
—¿Sí?
Respiró profundo.
—No puedo más.
Tengo que contarte algo.
Su voz temblaba.
—¿Qué pasó?
Bajó la mirada.
—Trabajo para la mafia...
La de tu padre.
Lo observé unos segundos.
Después sonreí.
—Yo también voy a empezar a trabajar allí.
Levantó la cabeza de golpe.
Su expresión era de absoluta incredulidad.
—¿Qué...?
—No te preocupes.
Ahora vamos a ser dos.
Así que deja de cargar ese peso vos solo.
Volví a mirar el paisaje.
Después de unos segundos sentí cómo apoyaba lentamente la cabeza sobre mi hombro.
Como si acabara de sacarse una enorme carga de encima.
—¿En qué momento lo supiste? —preguntó en voz baja.
—Nunca me enteré...Siempre lo supe.
Solo no sabía que vos también trabajabas allí.
Nos quedamos varios minutos en silencio.
Solo se escuchaba el viento.
Cuando regresamos a casa, se quedó parado frente a la entrada.
—No olvides que mañana tenemos una salida pendiente.
Sonreí.
—No la olvidé.
Hasta mañana, Marcos.
Entré.
Preparé un baño caliente y me acosté mucho más relajada que otros días.
Sin embargo...
Mientras intentaba dormir, una imagen no dejaba de volver a mi cabeza.
La expresión que había tenido Marcos antes de hablar.
No era la cara de alguien que iba a confesar un trabajo.
Era la de alguien que estaba a punto de perder algo muy importante.
Cerré los ojos.
Y, por alguna razón...
Sentí que aquello no era lo que realmente había querido decirme.