NovelToon NovelToon
90 Minutos Para Volver A Tí

90 Minutos Para Volver A Tí

Status: En proceso
Genre:Embarazo no planeado / Reencuentro / Romance
Popularitas:1.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Rooo

Dos vidas separadas por un océano de mentiras, secretos y clase social están a punto de cruzarse otra vez. Lo que empezó como una noche que ninguno de los dos podía recordar se convertirá en la verdad que ninguno de los dos está preparado para enfrentar.
Una historia de amor, sacrificio y segundas oportunidades, donde un pequeño rosario de oro guarda el poder de reescribir el destino de dos familias.

NovelToon tiene autorización de Rooo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Noventa minutos de gloria

CAPÍTULO 7 — Hugo:

Nunca en mi carrera había sentido una presión como la de esa final. Ochenta mil personas en el estadio, cientos de millones viendo la transmisión en todo el mundo, y una sola idea fija en la cabeza de todo el país: ganar el Mundial después de tantos años de esperarlo.

Los días previos habían sido un torbellino de entrenamientos, conferencias de prensa, análisis tácticos hasta la madrugada con el cuerpo técnico, y por las noches, cada vez con más frecuencia, ese mismo sueño de siempre volviendo a visitarme como un fantasma que se negaba a dejarme en paz justo en el momento en que más necesitaba tener la cabeza tranquila.

Delfina y Emilia viajaron desde Miami, donde habíamos pasado unos días de descanso familiar antes de la concentración final, en un vuelo privado que la organización del club nos había facilitado para que pudieran estar en el estadio el día del partido más importante de mi vida. Verlas llegar a la concentración, dos días antes de la final, fue como recibir una inyección de calma en medio de tanto ruido.

—Vas a ser campeón del mundo, papá —me dijo Emilia, con esos dos años recién cumplidos y una seguridad que solo tienen los niños que todavía no conocen la decepción—, y yo te voy a dar un beso cuando metas un gol, como siempre.

Le prometí que sí, que iba a buscarla apenas metiera un gol, como hacíamos desde que ella tenía apenas unos meses de vida y yo la alzaba después de cada festejo importante. Era mi ritual, mi manera de mantener los pies en la tierra en medio de tanta locura: buscar sus ojos entre la multitud, alzarla, sentir sus manitos apretándome la cara mientras ochenta mil personas gritaban mi nombre.

El día de la final llegó con un calor pesado, de esos que se sienten hasta en los huesos antes de empezar a calentar siquiera. El vestuario, antes del partido, tenía ese silencio particular que solo se da en los momentos más importantes: nadie hablaba de más, cada uno con sus propios rituales, sus propias plegarias silenciosas.

Metí la mano en el bolsillo lateral de mi bolso, buscando, como hacía antes de cada partido desde los dieciséis años, el rosario de mi abuela. Y otra vez, como cada vez en los últimos cuatro años, encontré solo el vacío. Cerré los ojos un segundo, respiré hondo, y salí a la cancha con esa ausencia pesándome en el pecho más de lo que hubiera querido admitir frente a mis compañeros.

El partido fue parejo, durísimo, de esos que se deciden por detalles mínimos. Nos pusimos en ventaja en el primer tiempo con un gol mío, de cabeza, tras un córner perfectamente ejecutado. Corrí hacia la tribuna, busqué a Emilia entre la multitud, la encontré en brazos de Delfina, con las dos manos en el aire, gritando mi nombre con esa voz aguda que solo tienen los niños pequeños. Le tiré un beso, ella me lo devolvió, y por un segundo, en medio de ochenta mil personas gritando, sentí que el mundo se reducía únicamente a esas dos personas.

El equipo rival empató a los quince minutos del segundo tiempo, con un golazo que ni el mejor de nuestros defensores pudo evitar. El partido se fue a los suplementarios, después a los penales, esa lotería cruel que decide los partidos más importantes del fútbol con una frialdad que no tiene nada que ver con noventa minutos de esfuerzo.

Yo pateé el segundo penal de nuestra serie. Lo metí, ajustado al palo, sin darle ninguna chance al portero rival. Pero no alcanzó. Dos de mis compañeros fallaron los suyos, y el silencio que se hizo en el estadio cuando el último penal rival entró en el ángulo fue un silencio que voy a recordar toda mi vida: el sonido exacto de un sueño rompiéndose en el aire.

Perdimos la final. Subcampeones del mundo, después de todo lo que habíamos peleado, después de un torneo casi perfecto que se decidió en la peor de las loterías posibles.

Lloré en el campo, como lloraron varios de mis compañeros, abrazado a Bruno, que había entrado en el segundo tiempo y que también había fallado un penal en la serie. No hay palabras para describir esa mezcla de orgullo y devastación que se siente después de llegar tan lejos y quedarse a un paso.

Pero cuando alcé la vista hacia la tribuna, buscando otra vez esos mismos ojos que me habían sostenido durante todo el partido, encontré a Emilia llorando también, confundida por ver a su padre llorar por primera vez en su vida, y a Delfina abrazándola fuerte, mandándome un beso desde la distancia con una sonrisa triste pero llena de orgullo.

El regreso al país, dos días después, fue una sorpresa que ninguno de nosotros esperaba. Pensé que la gente iba a estar decepcionada, que el recibimiento sería tibio, casi silencioso, como corresponde a un subcampeonato después de tanta expectativa. Me equivoqué por completo.

Cientos de miles de personas se agolparon en las calles para recibirnos, con banderas, con cánticos, con una alegría que no tenía nada que ver con el resultado del partido y sí con todo lo que habíamos representado durante ese mes: la garra, el esfuerzo, la manera en que un equipo entero se había dejado el alma en cada partido. El micro descubierto avanzó durante horas entre una marea de gente que coreaba nuestros nombres, y por primera vez desde la final, sentí que la tristeza empezaba a mezclarse con algo parecido al orgullo.

Delfina y Emilia habían viajado por separado, en un vuelo privado más pequeño organizado por el club para las familias, ya que nosotros como plantel viajamos en el vuelo oficial de la delegación, con todos los protocolos y compromisos institucionales que eso implicaba. Debían aterrizar un par de horas después que nosotros, y habíamos quedado en encontrarnos esa misma noche en un festejo privado que la Federación había organizado para los jugadores y sus familias más cercanas.

Estaba en el hotel, todavía con la ropa oficial de la selección puesta, revisando el teléfono lleno de mensajes de felicitación a pesar de la derrota, cuando Bruno entró a mi habitación con el rostro completamente descompuesto, blanco como el papel, con el teléfono temblándole en la mano.

—Hugo —dijo, con una voz que no reconocí, quebrada de una manera que nunca le había escuchado antes, ni siquiera en los peores momentos de nuestra amistad—. Tenés que sentarte.

No me senté. Algo en mi cuerpo, algún instinto antiguo y aterrador, ya sabía que lo que venía a continuación iba a partir mi vida en dos, de una manera mucho más definitiva de la que aquella noche de discoteca, cuatro años atrás, jamás hubiera podido imaginar.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play