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Amor Dos Vidas

Amor Dos Vidas

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Fernanda G

Tras un trágico accidente que le arrebató la memoria y su identidad, Estefanía despierta en una vida de opulencia que no reconoce, casada con José, un hombre poderoso cuya devoción raya en la obsesión. Aunque él le asegura que su amor es eterno, las noches de Estefanía están pobladas por sueños fragmentados de un rostro cargado de dolor y promesas rotas.

La estabilidad de su nueva existencia se resquebraja cuando aparece Andrés, un rival empresarial de José decidido a destruir su imperio. Al encontrarse, Estefanía descubre que su corazón late con una fuerza desconocida por ambos hombres. Mientras intenta reconstruir su pasado, se enfrentará a una verdad aterradora: uno de ellos no solo es el dueño de su presente, sino el arquitecto del secreto detrás de su "muerte" anterior.

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capitulo 19

​El rugido constante del motor de la limusina blindada se mezclaba con el chasquido del granizo contra los cristales oscurecidos. Valentina permanecía sentada en el asiento de cuero posterior, con la espalda rígida como una vara de metal. A su lado, José mantenía una mano posesiva sobre su rodilla, apretando la tela de su vestido de viaje con un ritmo sordo, casi inconsciente.

​Tras el estallido de paranoia en la mansión, el viaje de negocios a la casa de la costa no era una concesión de libertad; era el traslado de una prisionera de alta seguridad. José había organizado una cumbre privada con los principales inversores de la corporación para cerrar la fusión farmacéutica antes de que las investigaciones salieran a la luz. Para él, llevar a su "esposa" recuperada era la máxima demostración de control frente al mercado. Para Valentina, era la única grieta en el muro de su cautiverio.

​A través del cristal teñido, el paisaje urbano fue cediendo paso a los acantilados grises de la carretera costera, el mismo tramo de asfalto donde, años atrás, la camioneta de José había sacado su coche de la vía.

​El hotel boutique donde se hospedaban la comitiva y los ejecutivos erigía sus estructuras de hormigón y cristal sobre un farallón rocoso. Las olas rompían abajo con la fuerza de un mazo, llenando el ambiente con una bruma salina y helada.

​A las cuatro de la tarde, aprovechando que José había quedado atrapado en una reunión de emergencia con el consejo de administración en la planta baja, Valentina ejecutó la primera fase del plan. Con la frialdad de quien ya no tiene nada que perder, se deslizó por las escaleras de servicio de la propiedad, esquivando a los dos escoltas que José había apostado en los pasillos principales.

​El punto de encuentro era un antiguo invernadero abandonado en los jardines traseros del complejo, un espacio sofocante devorado por la vegetación silvestre y los cristales empañados por la humedad marina.

​Al empujar la puerta de hierro forjado, el olor a tierra mojada, heno y vegetación densa la envolvió de golpe.

​—Valentina…

​Andrés emergió de la penumbra entre dos grandes helechos secos. Llevaba una chaqueta táctica oscura, el cabello revuelto por el viento de la costa y los ojos desorbitados por una mezcla de angustia y devoción.

​Sin medir palabras, cruzó la distancia que los separaba y la envolvió en sus brazos. El impacto de su cuerpo contra el de ella fue brutal, desesperado, desprovisto del cálculo frío que marcaba cada movimiento de José. Las manos de Andrés, grandes y de dedos largos, subieron frenéticamente por su espalda, enredándose en su cabello oscuro, atrayéndola hacia sí con una fuerza casi dolorosa que buscaba comprobar que seguía viva, que estaba allí.

​—Pensé que no lo lograrías —susurró él contra su cuello, y su aliento caliente contra la piel fría de Valentina provocó una descarga eléctrica que le recorrió la espina dorsal—. Cuando no respondiste al mensaje del canal seguro, creí que ese maldito te había sedado de nuevo.

​—Sabe quién soy, Andrés —dijo Valentina contra su pecho, sintiendo el latido desbocado del corazón de él bajo la tela pesada de la chaqueta—. Encontró el collar en la basura. Sabe que la niebla se fue. Me tiene bajo llave… este viaje es mi única oportunidad.

​Andrés se separó unos centímetros para tomarla del rostro. Sus pulgares acariciaron sus pómulos con una caricia sensual, suave, pero cargada de una vibración febril. Sus labios se buscaron bajo la luz filtrada del invernadero: un beso hambriento, desesperado, que sabía a sal y a la urgencia de los condenados. La lengua de Andrés recorrió la suya con una posesión dulce pero profunda, un reclamo que buscaba borrar los rastros de la mano de José sobre su carne.

​Valentina respondió con el mismo ardor, apoyando sus palmas sobre el pecho firme de Andrés, sintiendo el calor líquido que esa cercanía siempre despertaba en su vientre. Era el único hombre que le devolvía la sensación de ser humana, el único hilo que la conectaba con su verdadera identidad de investigadora.

​—Escúchame bien —dijo Andrés al romper el beso, jadeando ligeramente, sin soltar sus caderas—. Esta noche, durante la cena de gala en el salón principal, los servidores van a cortar la energía de la finca durante noventa segundos a las diez en punto. Es el margen que necesito. Tienes que llevar contigo la carpeta con el expediente original y la grabación. Yo estaré esperándote en la cala inferior con una lancha motora. De ahí salimos directamente a aguas internacionales. Tengo los pasaportes listos, una casa en Europa… una vida entera para los dos, Valentina. Sin José, sin corporaciones, sin mentiras.

​Le acarició el labio inferior con la yema del dedo, una caricia de una intimidad tan física que a Valentina se le acortó la respiración. La promesa de libertad sonaba tan dulce, tan real, que por un instante sintió que el peso del collar invisible en su cuello desaparecía por completo.

​—Una vida nueva… —repitió ella, mirándolo a los ojos, buscando la paz que tanto ansiaba.

​—Una vida donde serás libre —reafirmó Andrés, inclinándose para besarle la sien, bajando sus manos lentamente por su cintura, reteniéndola contra su cuerpo en un gesto de amparo absoluto—. Donde ese bastardo pagará por cada segundo que te robó.

​Fue en ese preciso instante cuando el tono de la atmósfera cambió.

​Al pronunciar el nombre de José, el cuerpo de Andrés se tensó de una manera casi imperceptible, pero Valentina, cuyos sentidos estaban afinados por meses de supervivencia entre depredadores, lo sintió de inmediato. La calidez de sus manos sobre sus caderas se volvió rígida, casi de piedra.

​Valentina alzó la mirada justo cuando Andrés se giraba sutilmente hacia el ventanal del invernadero que daba a la mansión principal.

​Lo que vio en el rostro del hombre que la besaba le heló la sangre en las venas.

​No era la mirada del amante preocupado ni la devoción del hombre que arriesga su vida por amor. Los ojos claros de Andrés se habían contraído, transformándose en dos ranuras de un azul gélido, vacías de cualquier rastro de ternura. En sus facciones se dibujaba una mueca de odio puro, ciego, una fijación tóxica y visceral dirigida hacia la silueta de la finca donde se encontraba José. Su mandíbula estaba tan apretada que las venas de su cuello sobresalían como cuerdas a punto de romperse.

​No estaba mirando al horizonte pensando en el futuro de ambos en Europa. Estaba contemplando el terreno de su enemigo con la voracidad de un cazador que finalmente ve caer a su presa en la trampa.

​Un estremecimiento glacial recorrió la espina dorsal de Valentina.

​En un chispazo de claridad analítica —la misma intuición periodística que la había llevado a destapar las redes del imperio farmacéutico—, las piezas del comportamiento de Andrés empezaron a reorganizarse bajo una luz nueva y aterradora.

​Recordó la forma en que Andrés la miraba en la gala, la insistencia casi obsesiva con la que le entregó la grabación antes de verificar si ella estaba a salvo, la manera en que utilizaba cada detalle del expediente no solo para defenderla, sino para asestar golpes devastadores a la cotización de la corporación de José en la bolsa.

​«¿Me ama a mí… o ama la idea de arrebatarle a José su trofeo más valioso?», se preguntó, sintiendo un nudo en la garganta.

​La duda se instaló en su pecho como un veneno sutil. ¿Era ella la mujer que él había buscado desesperadamente durante meses por amor puro, o era el arma definitiva, el documento viviente que Andrés necesitaba para asestarle el golpe de gracia a su mayor rival comercial y personal? ¿Qué diferencia había realmente entre un hombre que la encerraba en una jaula de oro para poseerla y otro que la utilizaba como la mecha para hacer explotar el imperio de su enemigo?

​—Andrés… —murmuró ella, midiendo su tono de voz para no delatar la tormenta que acababa de desatarse en su mente.

​Andrés parpadeó. En una fracción de segundo, la mueca de rabia desapareció de sus facciones como si nunca hubiera existido. La mirada de acero se ablandó al instante, volviendo a adoptar esa expresión de calidez y devoción que a ella tanto la había cautivado en el ático.

​—Dime, mi pequeña flor —dijo él, volviendo a acariciarle la mejilla con una suavidad perfecta, casi demasiado estudiada—. ¿Tienes miedo?

​Valentina sostuvo su mirada clara, escudriñando cada poro de su piel, buscando una grieta en su máscara. La sensualidad del roce de sus dedos seguía ahí, pero ahora ella sentía un matiz de cálculo detrás de cada caricia, una estrategia velada para mantenerla alineada con el plan.

​—Tengo miedo de que algo salga mal —mentirá ella, ofreciéndole una sonrisa frágil, interpretando una vez más el papel de la mujer vulnerable que ambos hombres, a su manera, necesitaban que fuera.

​—Nada va a salir mal —aseguró Andrés, apretándole las manos con firmeza—. Esta noche, a las diez en punto, cuando las luces se apaguen, camina hacia el acantilado. La grabación y la carpeta son nuestro pasaporte a la libertad. Sin eso, no tenemos nada.

​«Sin eso, no tenemos nada». La frase resonó en la mente de Valentina con un eco sospechoso. Andrés no había dicho "sin ti no soy nada"; había dicho "sin las pruebas no tenemos nada". La confirmación implícita de que su valor, al menos en parte, residía en la capacidad de destruir a José.

​—Estaré allí —prometió Valentina, bajando la mirada para ocultar el brillo de sospecha que amenazaba con delatarla.

​Andrés la besó una última vez en los labios, un contacto breve y posesivo que ahora le dejó un sabor amargo en la boca. Luego, se deslizó entre las sombras del invernadero y desapareció por la puerta trasera hacia los senderos de la costa, dejando tras de sí solo el olor a lluvia y tierra húmeda.

​Valentina se quedó sola en medio de la vegetación silvestre. Se abrazó a sí misma, sintiendo cómo el frío de la bruma marina atravesaba la tela de su ropa.

​Ajustó el agarre de la carpeta que llevaba oculta bajo el abrigo. El plan de escape seguía en marcha, pero la arquitectura de su realidad se había vuelto infinitamente más peligrosa. Ya no se trataba solo de escapar de José, el verdugo que la había secuestrado bajo el nombre de una muerta; ahora debía cuidarse de Andrés, el supuesto salvador que podía estar utilizándola como el ariete final en una guerra de egos y poder entre dos hombres desalmados.

​Miró hacia la mansión principal, donde las luces del salón de actos comenzaban a encenderse para la cena de gala. A las diez en punto, las luces se apagarían. Valentina sabía que esa noche no solo tendría que correr por su libertad, sino que tendría que decidir si entregaba su destino a las manos de un hombre cuyo amor podía ser solo otra forma de venganza.

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Celina Espinoza
me gusta buen capitulo 👏
Celina Espinoza
🤭👏
Lobelia ❣️
👍👍
Celina Espinoza
me gustó 👏
Celina Espinoza
💯me gusta
Lobelia ❣️
👍
Lobelia ❣️
💯👍💯
Lobelia ❣️
💯👍está buena
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