Keyla nunca imaginó que una noche de terror la encadenaría al hombre más peligroso de la ciudad. Dominic Alfred, heredero del imperio mafioso más poderoso, la obliga a casarse para proteger un secreto. Lo que empieza como una prisión de lujo se transforma en un campo de batalla donde el orgullo, la pasión y un embarazo inesperado reescriben las reglas del juego.
Pero cuando la exnovia de Dominic regresa dispuesta a destruirlos, y el hermano de este cae en las garras de una mujer con sed de venganza, dos parejas descubrirán que el amor más intenso nace donde menos lo esperas: entre balas, mentiras y besos robados.
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Capítulo 14 Ambas inquietas
Aquella noche se sentía más larga de lo normal. Clara era incapaz de cerrar los ojos, por mucho que intentara acostarse en la cama.
Sus pensamientos no dejaban de girar, persiguiendo una misma imagen: lo que podría estar ocurriendo detrás de aquella puerta. Donde estaban Keyla y Dominic.
Normalmente, Clara no se alteraba con facilidad. Hiciera lo que hiciera Dominic allá afuera, ella siempre optaba por no importarle. Para Clara, mantener su orgullo era mucho más importante que armar escándalo por algo que no podía controlar.
Pero esta noche era diferente.
No sabía por qué, pero cada vez que imaginaba a Keyla cerca de Dominic, el pecho se le oprimía. Algo la carcomía por dentro, algo que no la dejaba en paz.
"¿Debería tocar la puerta y entrar sin más?", murmuró Clara en voz baja.
Se quedó quieta un instante y luego negó con rapidez.
"No... ¡no!", siseó, rechazando de plano su propia idea. "Mi orgullo se haría pedazos. Esa ramera se crecería pensando que estoy celosa."
Clara se levantó de la cama con movimientos nerviosos. Salió de su habitación con la intención de calmarse, pero sus pasos la llevaron de vuelta al mismo lugar.
Clara se plantó frente a la puerta, mirándola sin parpadear, como si esperara poder traspasar lo que había detrás.
Silencio.
Ni un sonido.
Pero justamente eso era lo que más la enloquecía.
Clara se mordió el labio y empezó a caminar de un lado a otro frente a la puerta, como alguien en guerra consigo mismo.
"¡Arg! ¿Qué hago ahora?", gruñó frustrada, los puños apretados hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
Si tan solo tuviera una copia de la llave, esto no sería tan complicado. No tendría que estar aquí parada como una idiota, consumida por una curiosidad tortuosa.
Finalmente tomó una decisión.
Conteniendo la respiración, Clara se dio la vuelta. Pensaba bajar a pedirle una llave de repuesto a algún sirviente. Al menos eso tenía más sentido que seguir aquí plantada sin ninguna certeza.
Sus pies se detuvieron al llegar al borde de la escalera. Una figurita estaba de pie allí.
Clara apretó la mandíbula de inmediato. De todas las personas con las que podría cruzarse esa noche, ¿por qué tenía que ser esa niña?
"¡Maldición!", Clara exhaló un largo suspiro, tratando de contener la irritación que le brotó de golpe. Esa niña era la única persona que siempre conseguía arruinar sus planes.
—¿Qué hace tita aquí fente a la puelta de tío? —preguntó Zoey frotándose los ojos, abrazando a su conejito de peluche favorito.
—¡No es asunto tuyo, mocosa! ¡Vuelve a tu cuarto y duérmete! —le espetó Clara, la cara encendida de vergüenza por haber sido atrapada comportándose como una ladrona.
—¿Pol qué tita siemple está enojada? Si sigue así se le van a salil alugas y se va a ponel vieja, ¿quiele eso? A tío Dom no le gustan las abuelitas —se burló Zoey con el valor que le quedaba.
Desde que conoció a Keyla, tan dulce, Zoey sentía que tenía energía extra para enfrentarse a la engreída esposa de su tío.
—¡Oye, mocosa! ¿Qué sabes tú de mi cuidado de la piel? ¡Mi marido es rico y tiene mucho dinero, así que no necesito preocuparme por envejecer! ¡La fortuna de Dominic podría comprar diez caras nuevas si yo quisiera! —Clara avanzó un paso y empujó con brusquedad el hombro de Zoey, haciendo que la niña cayera sentada al suelo.
—¡Ay! ¡Duele, tita! —gritó Zoey, los ojos empañándose por el dolor en el trasero.
—¡Para que aprendas! A ver si dejas de ser una niña entrometida que se mete en asuntos de adultos —se mofó Clara sin el menor remordimiento.
Si Zoey no fuera la sobrina consentida de Dominic, Clara la habría apartado de su camino hacía mucho tiempo.
Zoey se levantó despacio y se sacudió la faldita. Pero en lugar de salir corriendo a la habitación de su abuela, esbozó una pequeña sonrisa maliciosa.
Su manita rebuscó en el bolsillo de la falda y sacó un objeto metálico.
—Tita quiele esto, ¿veldad? —dijo Zoey agitando el objeto frente a la cara de Clara.
Era la llave de repuesto de la habitación de Keyla, que acababa de "tomar prestada" de Marco. Más bien, Zoey la había agarrado sin permiso.
—¿La llave? ¡Dámela, niña malcriada! ¡Eso no es un juguete!
—¡Bleee! ¡Atlapa a Zoey si puedes! —Zoey le sacó la lengua, se dio la vuelta y echó a correr escaleras abajo con una risa burlona.
—¡Mocosa del demonio! ¡Para! —rugió Clara persiguiéndola.
La niña no corrió hacia el jardín, sino directamente al ala derecha de la mansión, justo hacia la habitación de Elise y Diego.
Clara frenó en seco al pie de la escalera. Sabía perfectamente que si seguía persiguiendo a Zoey hasta el dormitorio de sus suegros vestida de esa forma tan provocadora, sería su fin.
¡Zoey era una auténtica tramposa! La esperanza de Clara de colarse en la habitación y llevarse a Dominic de vuelta se desvaneció en el acto.
* * *
El reloj de pared marcaba las tres de la madrugada con un tic tac pausado. En medio del silencio, Keyla despertó poco a poco. La garganta le ardía de sed, como si no le quedara una sola gota de agua. Intentó moverse, pero su cuerpo se tensó al instante.
Había un peso cálido en su cintura. Un brazo grande la rodeaba con fuerza, reteniéndola en su lugar.
Dominic seguía profundamente dormido, el rostro tan cerca que Keyla podía sentir su respiración acompasada. El abrazo era firme, como si Dominic temiera que Keyla fuera a desaparecer si la soltaba un poco.
Keyla contempló ese rostro en silencio. Por primera vez, veía otro lado de Dominic. Las líneas duras que normalmente eran tan rígidas se suavizaban en el sueño, reemplazadas por una serenidad que le resultaba ajena pero reconfortante.
Curiosamente, Keyla no estaba enfadada.
No sentía el impulso de resistirse. Después de la tormenta que la había azotado horas antes, aquel abrazo le daba una sensación de seguridad que jamás habría imaginado.
"Se acabó el agua...", murmuró, mirando de reojo el vaso vacío en la mesita de noche.
Con cuidado, levantó el brazo de Dominic que la rodeaba. Se movió despacio, casi sin hacer ruido, como si temiera despertarlo.
Tras unos segundos que se sintieron eternos, al fin logró liberarse.
Keyla bajó de la cama y sus pies descalzos tocaron el suelo frío. Sin pensarlo mucho, caminó hacia la puerta y la abrió.
El corredor de la mansión estaba bastante oscuro. La mayoría de las luces habían sido apagadas, dejando sombras alargadas que engullían cada rincón. Keyla tragó saliva.
"Dios mío... está oscurísimo", susurró, tanteando la pared para guiarse.
Cada paso se sentía pesado. Las sombras del pasado que Keyla quería olvidar reaparecieron. Los recuerdos de cuando Siska la encerraba en una habitación oscura y silenciosa parecían cobrar vida a su alrededor.
En su mente, pequeños monstruos empezaron a danzar, acechándola desde cada esquina.
Keyla intentó controlar la respiración, calmarse, pero la sed era más fuerte.
Siguió avanzando hasta llegar a la gran escalera de caracol. Los peldaños se elevaban imponentes, aún más aterradores en la penumbra.
Un paso, dos pasos. Sus pies descalzos pisaron algo resbaladizo.
—¡Aaaaaa! —gritó Keyla, histérica, cuando su cuerpo perdió el equilibrio.