Serena Mora tenía una vida perfectamente normal: universidad, tesis, y una novela de fantasía que leía para procrastinar. Hasta que despertó dentro de esa novela, atrapada en el cuerpo de la villana más odiada de la historia.
Su primera misión: hacer que el protagonista masculino se enamore de ella. El problema: él la odia con un puntaje de -123,456.
Adrián Navarro fue prisionero, torturado, y mutilado durante años. Su cuerpo se regenera de cualquier herida — un don que otros usaron para hacerlo sufrir. No confía en nadie. No ama a nadie. Y definitivamente no planea enamorarse de la mujer que lo tuvo cautivo.
Pero Serena no es la villana que él recuerda.
Con su espíritu guía (un loro parlanchín llamado Lilo), un medidor de afinidad que marca cifras ridículas, y un corazón demasiado terco para rendirse, Serena se propone cambiar el destino de todos. El de Adrián. El de sus amigos. El suyo propio.
Lo que no sabe es que su historia no empieza en una novela. Empieza hace diez mil años, cuando dos almas se encontraron por primera vez — y el destino juró separarlas.
Tres vidas. Trescientos años en el inframundo buscándola. Mil años reconstruyendo un cuerpo para volver a ella.
¿Cuántas primaveras hacen falta para un amor eterno?
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Capítulo 7
El campamento de la Orden de la Libertad estaba a media hora del camino principal, protegido por rocas altas y árboles tan cerrados que la luz del atardecer llegaba en tiras delgadas.
Serena Mora bajó del carruaje con las piernas entumidas y la dignidad en estado crítico. Había sobrevivido a una mazmorra, una conversación con su hermano, una emboscada y una prueba pública de Don arcano inexistente. A esas alturas, lo único que quería era sentarse en una piedra sin que nadie intentara matarla.
Valentina Rojas encendió la fogata con un chasquido de dedos.
Serena la miró.
—Claro. Así cualquiera presume.
Valentina sonrió de lado.
—¿Quieres intentarlo?
—Quiero conservar mis cejas.
—Respuesta prudente —dijo Tomás Calvo, dejando una bolsa de vendas junto a Alicia Nieves.
—No le robes mi palabra —se quejó Valentina.
La normalidad de esa pequeña discusión le aflojó algo a Serena en el pecho. En la novela, esos tres eran el tipo de personas que el lector aprendía a querer rápido: Valentina como incendio con piernas, Tomás como muro paciente, Alicia como agua tibia en mitad del desastre. Tenerlos enfrente no hacía que el mundo fuera menos peligroso, pero sí un poco menos absurdo.
Adrián Navarro no compartía ese alivio.
Se había sentado en el borde del campamento, con la espalda contra una roca y el frasco de ungüento cerrado junto a la rodilla. Nadie lo obligó a acercarse al fuego. Nadie le quitó espacio. Aun así, su mirada recorría cada salida, cada mano, cada arma visible.
Alicia se acercó hasta quedar a tres pasos.
—Puedo revisar tu hombro.
—No.
—Está bien.
Ella dejó una venda limpia sobre otra piedra y volvió con los guardias heridos.
Serena notó que Adrián miraba la venda como si fuera una trampa pequeña.
No dijo nada. Esa era la parte difícil. Quería explicar, prometer, jurar que nadie lo tocaría. Pero cada promesa sonaría como otra forma de presión.
Lilo apareció dentro de la capucha de Serena.
—Progreso interpersonal detectado: silencio útil.
—No sabía que eso existía.
—En tu caso, es raro.
Serena fingió acomodarse la capa para darle un codazo.
Tomás se sentó frente a ella, al otro lado de la fogata. No llevaba la espada en la mano, pero la tenía cerca.
—Necesito entender lo ocurrido —dijo—. Los atacantes no eran ladrones. Usaron Éter oscuro y reconocieron al joven.
—Adrián —corrigió Serena.
Tomás aceptó el nombre con un gesto.
—Reconocieron a Adrián.
Serena miró hacia donde él estaba. Adrián no parecía escuchar, pero la tensión de su mandíbula decía lo contrario.
—Creo que vienen de la Corte de las Sombras —respondió ella.
Valentina, que estaba partiendo pan con demasiada fuerza, levantó la cabeza.
—¿Crees o sabes?
Serena sostuvo su mirada.
—Sé que lo buscan. No sé quién dio la orden.
No era mentira. Era una verdad con partes escondidas.
Tomás lo notó, pero no la presionó de inmediato.
—¿Por eso lo sacaste de Ciudad Azul?
—Sí.
—Pudiste dejarlo con tu hermano y una muralla entera.
—Una muralla también encierra.
Valentina dejó de partir pan.
Alicia levantó los ojos, suave pero atenta.
Tomás guardó silencio un momento.
—Esa respuesta no parece de alguien que tuvo a un hombre encadenado en su casa.
El golpe fue limpio.
Serena lo aceptó sin defenderse.
—Tienes razón.
Adrián levantó la mirada.
Ella sintió ese gesto como una mano fría en la nuca, pero continuó:
—No voy a pedirles que confíen en mí. Solo que lo miren a él como una persona mientras deciden si me creen.
La fogata crujió.
Valentina fue la primera en apartar la vista.
—Qué molesta eres.
—Me lo han dicho.
—No era un cumplido.
—Lo sospeché.
Alicia ocultó una sonrisa detrás de una taza de agua caliente.
Tomás tomó un palo y dibujó un mapa simple en la tierra.
—Estamos aquí. A Monte Celeste faltan cuatro días si el camino está limpio, cinco si evitamos los pasos abiertos. Después de lo de hoy, evitaremos los pasos abiertos.
—¿Cuántos ataques más esperas? —preguntó Serena.
—No espero ninguno. Me preparo para tres.
—Prudencia —dijo Valentina, imitando su tono.
—Exacto.
Serena miró el mapa y luego sus propias manos. Manos sin Éter, sin fuerza, sin entrenamiento. Manos que esa mañana habían tenido sangre ajena y que ahora no podían ni mover una chispa.
—Enséñame algo útil —le dijo a Valentina.
La joven de fuego parpadeó.
—¿A ti?
—No para lanzar llamas. Ya vimos que mi talento arcano está muerto, enterrado y con flores encima. Algo básico. Cómo no estorbar en un ataque.
Valentina abrió la boca, tal vez para burlarse. Tomás la miró. Alicia también.
Valentina chasqueó la lengua.
—Bien. Primera regla: si no puedes pelear, no te pongas en medio.
Adrián hizo un sonido bajo.
Serena lo miró.
—¿Comentario?
—Fallaste esa regla dos veces.
—Estoy aprendiendo.
—Aprende más rápido.
No sonó como burla. Sonó, irritantemente, como preocupación envuelta en alambre.
Valentina le lanzó a Serena una rama corta.
—Si alguien se acerca con hoja corta, no retrocedas en línea recta. Te arrinconas sola. Paso lateral, baja el centro, grita para llamar atención y busca obstáculo.
Serena imitó el movimiento.
Mal.
Muy mal.
Valentina le corrigió la postura con una paciencia agresiva. Tomás fingió revisar el mapa para no reírse. Alicia sí sonrió, pero con ternura. Lilo narró en voz baja un supuesto "entierro digno de la coordinación física" hasta que Serena amenazó con meterlo en una olla.
Adrián no sonrió.
Pero siguió mirando.
Cuando por fin terminaron, Serena tenía el cabello pegado a la frente, las botas llenas de tierra y una dignidad todavía más dañada.
—Mañana repetirás —dijo Valentina.
—Qué felicidad.
—También aprenderás a caer.
—Ya sé caer.
—No. Tú te desplomas con drama.
Serena no pudo discutirlo.
La noche terminó de cerrarse. Tomás organizó turnos de guardia. Alicia dejó comida cerca de Adrián sin acercarse demasiado. Valentina se sentó frente al fuego, alerta incluso cuando mordía pan. Los guardias de Héctor descansaron por fin.
Serena usó la piedra de comunicación para enviar un mensaje breve a su hermano: "Vivos. Con discípulos de la Orden. Seguimos a Monte Celeste. No vengas con un ejército."
La respuesta de Héctor llegó un minuto después, seca y brillante sobre la piedra: "Eso no fue gracioso."
Serena sonrió por primera vez en todo el día.
Luego Tomás se acercó otra vez.
—Una advertencia, Serena Mora.
El tono le borró la sonrisa.
—Dime.
—Si esos hombres pertenecen a la Corte de las Sombras, lo de hoy no fue un intento real de captura. Fue una prueba.
Serena miró hacia Adrián.
Él había abierto por fin el frasco de ungüento.
Lo hizo con una sola mano, torpe por la muñeca vendada. Intentó alcanzar la herida del hombro, falló, apretó los dientes y volvió a cerrar el frasco como si el problema no existiera.
Alicia también lo vio. No se movió.
Serena entendió por qué: si se acercaba, Adrián lo tomaría como presión. Si lo ignoraban, la herida seguiría abierta.
—Tomás —dijo Serena, sin mirar a Adrián—. ¿Tienen paños limpios de sobra?
Tomás siguió su mirada apenas y comprendió.
—Alicia.
Alicia dejó dos paños doblados y un cuenco pequeño de agua hervida junto al borde de la fogata, en un punto donde cualquiera podía tomarlos sin pedir permiso.
—Para quien los necesite —dijo con suavidad.
Valentina abrió la boca.
Serena la miró.
Valentina la cerró.
Adrián no tocó los paños de inmediato, pero tampoco apartó la vista de ellos.
Tomás siguió, en voz baja:
—La próxima vez no vendrán a medir fuerzas. Vendrán a llevárselo.