Valeria Luna Marín murió traicionada por el hombre al que eligió y por la hermana que juraba amarla. Le arrancaron la voz, quebraron a su loba y colgaron su nombre como una advertencia para toda la manada.
Pero antes de que la muerte la reclamara, Sebastián de la Vega, el Alpha que ella había rechazado, llegó por ella entre sangre y fuego.
Cuando Valeria despierta en el pasado, vuelve a la noche en que estaba a punto de rechazar su vínculo con Sebastián. Esta vez no huirá. Esta vez escuchará el aroma que su loba siempre reconoció.
Mientras un falso heredero, una falsa Luna y un Consejo corrupto conspiran para robar la corona de Silver Moon, Valeria deberá abrir el Moon Archive, recuperar su voz y decidir si está lista para aceptar la marca del Alpha que nunca dejó de pertenecerle.
Porque Sebastián no solo quiere salvarla.
Quiere poner la manada entera a los pies de su Luna.
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Capítulo 7
Capítulo 007: Ante toda la manada
La música siguió sonando.
Fue lo más absurdo.
El salón de gala continuó con su vals elegante, sus copas brillando bajo las luces, sus humanos sonriendo sin entender que acababan de estar a tres segundos de ver a un Alpha transformarse en medio de una fundación benéfica.
Valeria sintió la mano de Sebastián cerrarse en su cintura.
No dolió.
La sostuvo.
Pero la presión le dijo que su lobo estaba a punto de romper la piel.
—¿Quién dijo eso? —preguntó él.
Su voz no fue alta. Aun así, tres meseros bajaron la mirada sin saber por qué.
Valeria respiró por la nariz.
Champán. Rosas. Perfume caro. Cedro negro, cada vez más oscuro. Y, detrás, el humo falso de Adrián escondiéndose entre cuerpos.
—Él.
Sebastián giró.
Valeria lo detuvo con una mano en el pecho.
El contacto fue un error delicioso. El corazón de él golpeaba bajo su palma, pesado, rápido, nada parecido a la calma que mostraba al mundo. El vínculo respondió con un calor bajo que le subió hasta la garganta.
—No aquí —susurró ella.
Los ojos de Sebastián bajaron a su mano.
Por un instante, el Alpha y el lobo pelearon en silencio.
Luego él inhaló.
Una vez.
Dos.
—Entonces vamos a llevarlo donde corresponde.
Media hora después, el ala humana de la gala quedó atrás.
El Full Moon Gathering se celebraba en el antiguo patio de piedra detrás de la Fundación Moonveil, lejos de las cámaras y protegido por muros vivos de bugambilia y sellos de olor que desviaban a cualquier humano curioso. Allí no había champaña. Había fuego en cuencos de barro, bancas semicirculares, el emblema de Silver Moon tallado en roca negra y más de cien lobos fingiendo que no estaban esperando sangre.
Valeria entró junto a Sebastián.
Esta vez él sí puso la mano en la parte baja de su espalda.
No para empujarla.
Para que todos lo vieran.
El murmullo fue inmediato.
—Pensé que ella iba a rechazarlo.
—Rojas dijo que había sido obligada.
—Isabela lloró frente a doña Beatriz.
—Mira cómo camina. No parece obligada.
Valeria mantuvo la barbilla alta.
Su loba temblaba dentro de ella. No de miedo. De agotamiento. Cada mirada era un peso. Cada aroma, una aguja. Demasiada gente. Demasiados juicios.
Entonces Sebastián inclinó la cabeza hacia ella.
—Respira conmigo.
No fue una orden.
Valeria lo hizo.
Cedro. Tormenta. Cuero cálido.
El ruido bajó un poco.
En el centro del patio, Adrián esperaba con Isabela a su lado. Él había cambiado de estrategia: ya no sonreía como amante preocupado, sino como hombre honorable obligado a intervenir. Isabela llevaba los ojos rojos y las manos entrelazadas.
Elder Arturo Salvatierra presidía desde la banca alta.
Valeria lo olió antes de mirarlo: incienso seco y hierro oxidado.
—Alpha Sebastián —dijo Arturo—. Este encuentro no estaba en la agenda del Consejo.
—Lo sé.
—Entonces supongo que tendrá una razón urgente para interrumpir una noche de recaudación.
Sebastián no sonrió.
—La tengo.
Adrián dio un paso al frente.
—Yo también.
Perfecto.
Valeria casi pudo admirar la velocidad con la que se acomodaba en cualquier escenario.
—Estoy preocupado por Valeria —continuó Adrián—. Todos lo estamos. Hace unos días estaba desesperada por evitar este contrato. De pronto aparece al lado de Sebastián, defendiéndolo, acusando a su hermana de cosas terribles. No pido castigo. Pido que se verifique que habla por voluntad propia.
Algunos lobos murmuraron aprobación.
La jugada era limpia. Si Valeria se enojaba, parecía inestable. Si callaba, parecía controlada. Si Sebastián hablaba por ella, confirmaba el encierro.
Isabela bajó la mirada justo a tiempo.
—Yo solo quiero que mi hermana sea libre —susurró.
Valeria sintió una risa helada formarse en el pecho.
Libre.
Qué palabra tan bonita para una taza con acónito.
Sebastián dio medio paso.
Valeria lo tocó en la muñeca.
—Yo.
Él la miró.
—Valeria...
—Yo.
El lobo de Sebastián no quería. Se notaba en el aire. Pero el hombre retrocedió lo suficiente para dejarle el centro.
Esa renuncia fue más poderosa que cualquier declaración.
Valeria caminó hasta quedar frente a la manada.
Los murmullos bajaron.
Sintió el peso de cada rango. Guerreros, familias viejas, Omegas cerca de la parte baja, consejeros con olor a papeles antiguos y miedo disfrazado de tradición.
—Adrián dice que quiere verificar mi voluntad —dijo.
Su voz no tembló.
Gracias, Luna.
—Me parece justo. Yo también quiero verificar algunas cosas.
Adrián inclinó la cabeza.
—Por supuesto.
Valeria giró hacia Isabela.
—¿Anoche fuiste a mi habitación en Casa de la Luna?
Isabela parpadeó.
—Fui porque estaba preocupada.
—¿Me llevaste una taza?
—No recuerdo.
El murmullo cambió.
Valeria sacó el informe del sanador.
—El sanador de Casa de la Luna sí recuerda la taza. Y el acónito.
Isabela abrió la boca con horror perfecto.
—Eso es falso.
—¿También es falso esto?
Mateo, desde el borde del patio, levantó una copia de la carta recuperada en Casa Marín. Valeria no lo había visto llegar, pero ahí estaba, con traje oscuro y cara de quien disfrutaba demasiado arruinar planes ajenos.
—Permiso —dijo él, sin esperar permiso—. Carta encontrada en la habitación de Isabela Rojas. Firma de Adrián Rojas. Instrucciones: sacar a Valeria de Casa de la Luna antes del amanecer. Aumentar dosis si dudaba.
La manada estalló.
Adrián no perdió el control. Ese fue su talento. Palideció apenas y luego adoptó una expresión de dolor.
—Esa carta puede ser falsificada.
Valeria lo miró.
—Entonces no tendrás problema en explicar por qué huele a ti.
El silencio fue inmediato.
Los lobos entendían el aroma mejor que la tinta.
Adrián sonrió apenas.
—Valeria, todos saben que tú y yo fuimos cercanos. Mi aroma en una carta no prueba nada.
—No dije que probara todo.
Valeria dio un paso hacia Isabela.
—Pero tú sí puedes probar algo.
Isabela retrocedió.
—No sé de qué hablas.
—Claro que sí. Dime delante de la manada: ¿Adrián y tú no se han visto a solas esta semana?
Isabela tragó saliva.
—No.
Mentira.
No hizo falta ser Alpha para olerlo.
Su gardenia se volvió amarga. El azúcar quemada subió como caramelo arruinado.
Varios lobos fruncieron la nariz.
Valeria miró a Adrián.
—Ahora tú. ¿No estuviste con Isabela anoche después de que salió de Casa Marín?
—No.
El humo falso de su aroma se quebró.
Debajo apareció la misma gardenia, pegada a su cuello.
Valeria sonrió.
No mucho.
Lo suficiente.
—Qué raro. Huelen igual.
El patio entero entendió.
No como humanos. No como jueces leyendo papeles. Como lobos.
La mezcla de aromas entre dos personas podía ser inocente. Una conversación cercana. Un abrazo. Una sala pequeña.
Pero lo que Adrián e Isabela llevaban encima no era un roce.
Era intimidad.
Era mentira compartida.
Isabela soltó un sollozo.
—Me está humillando porque está celosa.
—No —dijo Valeria—. Te estoy haciendo exactamente lo que tú intentaste hacerme a mí: hablar delante de todos.
Sebastián se movió entonces.
No ocupó el centro. Se quedó un paso detrás de Valeria, a su derecha.
Donde todos pudieran verlo.
Apoyándola.
No reemplazándola.
El pecho de Valeria dolió otra vez, pero esta vez el dolor no venía de la muerte. Venía de algo que podía volverse peligroso si lo alimentaba demasiado: esperanza.
Elder Arturo golpeó el bastón contra la piedra.
—Basta. Las acusaciones basadas en aroma pueden ser manipuladas con perfume, contacto o miedo.
Valeria volvió hacia él.
—Entonces abramos una investigación formal.
Arturo la observó como si acabara de morderlo.
—No tienes rango para exigirlo.
Sebastián habló por primera vez desde que ella tomó el centro.
—Yo sí.
Su voz bajó sobre el patio y la manada se quedó quieta.
Adrián apretó la mandíbula.
Arturo entrecerró los ojos.
—Tenga cuidado, Alpha heir. Si convierte cada drama personal en asunto del Consejo, el Consejo también puede revisar la idoneidad de la mujer que pretende sentar a su lado.
Ahí estaba.
La verdadera amenaza.
Valeria sintió cómo el lobo de Sebastián se levantaba.
Pero ella no retrocedió.
Arturo sonrió con una cortesía seca.
—Solicito una revisión de Valeria Marín como candidata a Luna.
El patio se llenó de murmullos.
Valeria sostuvo la mirada del Elder.
Y por primera vez desde que volvió del infierno, no sintió ganas de huir.
felicitaciones, primera historia que me deja satisfecha. 👏👏👏👏👏👏.
un abracito y gracias por tan bella historia.
y los cachorros para cuando
tarde
pero sale
si
si
Estás novelas no son el tipo chicle de novelas de hombres lobos que son posesivos y que se curan solo son el tipo de novela que el alpha tiene que reconstruir un corazón y esperar y sufrir ufff Pacho