Valeria Montenegro lo tenía todo: éxito profesional, riqueza, una familia amorosa, un matrimonio estable y una vida perfecta a los ojos de todos. Pero por dentro, su alma se consumía en un vacío profundo y doloroso. Atrapada en una existencia ordenada y predecible, sentía que solo existía, no vivía. Buscaba desesperadamente pasión, emoción y un sentido que nunca encontró en su mundo humano, incluso cuando tomó la valiente decisión de romper con todo para buscar su propio camino. Sin embargo, el destino tenía otros planes. Una noche de tormenta, un accidente fatal le arrebató la vida justo cuando estaba a punto de empezar de nuevo. En sus últimos momentos, su alma gritó un deseo desesperado: "Haré lo que sea, iré a donde sea, con tal de sentir algo real, aunque sea oscuridad, aunque sea muerte".
Su petición fue escuchada.
NovelToon tiene autorización de Tatiana. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 6: oscuridad y despertar.
—Y sobre todo… eres mía. Me perteneces, Lysandra. En cuerpo, en alma, en poder, en destino. Eres mi esposa. La compañera que esperé durante mil años. La única capaz de caminar a mi lado, de gobernar a mi lado, de sobrevivir a lo que yo soy.
Esas palabras cayeron sobre mí como una pesada cadena de oro y hierro. Su esposa. La Esposa de la Muerte.
—¿Un milenio? —repetí, confundida, con la mente girando—. ¿Me has estado esperando durante mil años? ¿Por qué? ¿Quién era yo para ti? ¿Ni siquiera te conocía! Hace unas horas era una arquitecta, una mujer común, con una vida com ún, con una familia, con… —se me quebró la voz, y de repente, el dolor volvió a golpearme con fuerza, el recuerdo de mis padres, de Lucas, de todo lo que había dejado atrás—. ¡Mi familia! ¡Mis padres, mi hermano! ¡Yo tenía una vida! ¡Yo tenía gente que me amaba! ¿Cómo pudiste… cómo pudiste quitarme de allí? ¡Yo no quería morir! ¡Yo solo quería… quería sentir!
Las lágrimas brotaron de mis ojos, lágrimas de dolor, de rabia, de confusión. Y al instante, vi cómo la expresión de Azrael cambiaba. Esa máscara de seriedad y poder se rompió un poco, y vi en sus ojos una sombra de tristeza infinita, de comprensión antigua.
—No te quité nada que tú misma no me entregaras, Lysandra —dijo él, con voz más profunda, más seria, pero sin dejar de acariciar mi cara, secando mis lágrimas con sus dedos fríos—. Escuché tu grito. Escuché a tu alma gritar en la oscuridad, cuando tu cuerpo se rompía, cuando la vida se te escapaba. Dijiste: "Haré lo que sea. Iré a donde sea. Seré lo que sea. Aunque tenga que irme a la mismísima muerte". ¿Lo recuerdas?
Me quedé callada. Lo recordaba. Lo recordaba perfectamente. Ese deseo desesperado, esa necesidad que me consumía, esa sed de algo más que me había acompañado toda mi vida. Yo lo había dicho. Yo lo había pedido.
—Lo recuerdo —susurré, con la voz rota—. Pero… fue en un momento de dolor. Fue desesperación. No sabía lo que decía. No sabía que alguien me escucharía.
—Los deseos del alma no son palabras al viento —respondió él, con firmeza—. Son las verdades más profundas que existen. Tú no querías esa vida, Valeria. Por mucho que amaras a tu familia, por mucho que te doliera dejarlos… tú no pertenecías allí. Nunca perteneciste. Eras demasiado grande para ese mundo pequeño, demasiado intensa para esa vida tranquila, demasiado viva para una existencia que era solo una sombra de lo que podrías ser. Y yo… yo llevaba mil años buscando a alguien como tú.
Retiró la mano de mi cara y dio un paso atrás, permitiéndome respirar de nuevo, permitiéndome verlo en toda su inmensa grandeza. Señaló alrededor, hacia la sala inmensa, hacia las puertas altas y negras que se abrían hacia pasillos interminables, hacia la luz grisácea y eterna que lo bañaba todo.
—Este es mi reino. El Reino de la Eternidad. El lugar donde llegan todas las almas cuando terminan su paso por la vida. Yo soy el guardián, el rey, el juez. Y durante mil años, he reinado solo. La soledad es el precio de mi poder, me decían. Nadie puede estar junto a la Muerte, decían. Nadie puede soportar mi presencia, mi esencia, mi naturaleza. Todos los que lo intentaron antes… se marchitaron. Se volvieron polvo o locura. Pero yo sabía que alguien existía. Sabía que había un alma que, como la mía, estaba hecha de oscuridad y de fuego. Un alma que no se rompería, sino que crecería conmigo. Y te encontré a ti.
Se acercó de nuevo, más cerca esta vez, y tomó mis manos entre las suyas. Sus manos eran grandes, envolviendo las mías por completo, frías pero firmes, llenas de una fuerza que me hacía sentir protegida y dominada a la vez.
—Hice un trato con las leyes del universo. Retuve tu alma antes de que se dispersara. Te di una nueva forma, un nuevo cuerpo, construido para resistir mi mundo, construido para recibir el poder que ahora corre por tus venas. Te di la oportunidad de empezar de nuevo, de tener todo lo que pediste: emoción, peligro, pasión, vida intensa, eternidad. Y a cambio… solo pido una cosa: que estés a mi lado. Que seas mi reina. Que seas mi esposa. Que me ames o me odies, pero que nunca me dejes solo.
Sus palabras me golpearon con fuerza. Había tanta verdad, tanta soledad, tanta necesidad en ellas, que, por un momento, mi rabia se desvaneció, dejando paso a una extraña empatía. Él era el ser más poderoso que existía, el dueño de todo lo que termina, y sin embargo… estaba solo. Terriblemente solo. Y yo, que también había sentido la soledad más profunda en mi vida humana, esa soledad de estar rodeada de gente y sentirse vacía, lo entendía. Lo entendía demasiado bien.
—¿Y mi familia? —pregunté, mirándolo fijamente a los ojos, buscando cualquier rastro de mentira—. ¿Qué pasa con ellos? ¿Volveré a verlos? ¿Podré hablar con ellos? ¿Sabrán lo que me pasó?
Azrael suspiró, y ese sonido fue largo, profundo, lleno de siglos de pesar.
—Ellos creen que moriste en el accidente. Llorarán tu pérdida, te recordarán, te amarán siempre. Y con el tiempo, seguirán con sus vidas, como debe ser. Es el orden natural de las cosas, Lysandra. Los seres humanos nacen, viven, mueren y pasan a este lado. Pero tú… tú ya no eres humana. Has cruzado el umbral. Ahora eres parte de este mundo, de este equilibrio. Y aunque no puedes volver a ser la hija, la hermana, la mujer que fuiste… tienes poder. Mucho poder. Y cuando aprendas a usarlo, podrás verlos. Podrás estar cerca de ellos, sin que te vean. Podrás saber de ellos, protegerlos, si así lo deseas. Pero no puedes intervenir. No puedes cambiar sus caminos. Esa es la ley.
Me quedé en silencio, asimilando todo. Dolía. Dolía muchísimo saber que nunca más podría abrazar a mi madre, ni escuchar la risa de mi hermano, ni hablar con mi padre. Dolía saber que, para ellos, yo estaba muerta y enterrada. Pero al mismo tiempo, en el fondo de mi corazón, esa parte que siempre había sentido que no encajaba, esa parte que había gritado pidiendo más… sabía que él tenía razón. Yo no pertenecía allí. No podía haber seguido siendo Valeria, muerta en vida, atrapada en una jaula de oro.
Levanté la vista y lo miré de nuevo. Azrael. Mi esposo. La Muerte. El ser que me había dado una segunda oportunidad, aunque fuera a este precio tan alto. Y vi en él algo más que poder. Vi deseo. Un deseo antiguo, profundo, que me hacía sentir que yo era la única cosa que importaba en todo su universo infinito.
—¿Y ahora qué? —pregunté, con voz más firme, sintiendo cómo la nueva Lysandra empezaba a despertar dentro de mí, esa mujer fuerte, valiente, intrigante que empezaba a tomar el control—. ¿Qué se supone que haga ahora? ¿Cuál es mi papel aquí? ¿Soy una prisionera o soy una reina?
Una sonrisa lenta, peligrosa y fascinante, se dibujó en sus labios. Una sonrisa que transformó su cara, haciéndolo aún más hermoso, aún más aterrador, aún más irresistible.
—Esa es la pregunta correcta —dijo él, con una nota de orgullo en su voz—. No eres una prisionera, Lysandra. Las prisioneras no tienen poder. Las prisioneras no son deseadas con tanta fuerza como yo te deseo a ti. Eres mi reina. Y como tal, gobernarás conmigo. Aprenderás todo lo que yo sé. Conocerás todos los rincones de este reino, que es inmenso, lleno de maravillas y de terrores. Lucharás si es necesario. Amarás, sin duda. Y vivirás… vivirás con una intensidad que hará que cada segundo valga la pena la eternidad.
Dio media vuelta y señaló hacia las puertas inmensas de piedra negra que se abrían al fondo de la sala, dejando ver un pasillo largo, lleno de columnas, de luces tenues, de sombras que parecían moverse con vida propia.
—Ven —me dijo, tendiéndome la mano de nuevo—. Te enseñaré tu hogar. Te enseñaré quién eres. Y te enseñaré lo que significa ser la esposa de la Muerte.
Miré su mano extendida. Una mano que pertenecía al ser más temido de todos. Una mano que podía destruir mundos o crear vida. Una mano que me ofrecía todo lo que yo había pedido, y todo lo que yo temía.
Miré a mi alrededor, a la oscuridad hermosa y fría, a la luz eterna, a la magia que flotaba en el aire. Sentí el poder que corría por mis propias venas, la fuerza en mi cuerpo nuevo, la claridad en mi mente. Y por primera vez desde que desperté, no sentí miedo. Sentí adrenalina. Sentí curiosidad. Sentí esa sed de aventura que siempre había tenido.
Di un paso al frente. Luego otro. Y tomé su mano.
En el instante en que nuestras pieles se tocaron, una descarga eléctrica recorrió todo mi ser, una conexión inmediata, profunda, que nos unió como si fuéramos dos mitades de una misma cosa. Él apretó mis dedos con fuerza, con posesión, y me atrajo hacia su lado.
—Bien —susurró él, mientras empezábamos a caminar juntos hacia la oscuridad que se abría ante nosotros—. Ahora empieza tu verdadera vida, Lysandra. Y te prometo… que nunca más volverás a sentir vacío.
Caminamos por pasillos interminables, techos altos donde flotaban luces plateadas, salones inmensos llenos de objetos antiguos, de estatuas, de libros que parecían vivos. El Palacio de la Niebla Eterna, como él lo llamó, era un lugar impresionante, hermoso y aterrador a partes iguales, lleno de secretos, de historia, de magia. Pero mientras caminábamos, yo apenas prestaba atención a lo que veía. Solo podía sentir su mano en la mía, su calor frío, su presencia inmensa a mi lado. Solo podía pensar en que estaba caminando junto a la Muerte, y que, extrañamente, me sentía más segura y más viva que nunca en mi vida.
Y entonces, mientras recorríamos un pasillo largo lleno de ventanales altos que daban a un paisaje de niebla infinita y montañas oscuras, Azrael se detuvo de golpe. Se giró hacia mí, me tomó de los hombros con ambas manos y me miró con una intensidad que me hizo perder el aliento.
—Hay algo más que debes saber —dijo él, con voz ronca, cambiada, llena de ese deseo que había visto antes y que ahora quemaba con fuerza—. El pacto que hicimos no es solo de gobierno, ni de compañía. Es un pacto de sangre, de alma y de cuerpo. Te deseo, Lysandra. Te he deseado desde el momento en que vi tu alma brillar en la oscuridad, hace siglos. Y ahora que estás aquí… ahora que eres mía… no puedo esperar mucho más para reclamar lo que es mío por derecho.
Se inclinó hacia mí, su cara muy cerca de la mía, sus labios rozando los míos apenas, enviando escalofríos por toda mi columna vertebral.
—Esta noche… esta noche te enseñaré lo que es la pasión eterna. Te enseñaré lo que significa ser mía en todos los sentidos. Prepárate, esposa mía… porque lo que viene ahora… no tiene nada que ver con la vida que dejaste atrás.
Y antes de que pudiera responder, antes de que pudiera pensar o respirar, sus labios se posaron sobre los míos. Y el mundo entero desapareció, sustituido por fuego, por hielo, por placer y por oscuridad absoluta.