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Cuando Todo Parecía Perdido

Cuando Todo Parecía Perdido

Status: Terminada
Genre:Autosuperación / Completas
Popularitas:273
Nilai: 5
nombre de autor: Eliany Justo

Sinopsis

Sofía tiene dieciocho años y una beca universitaria que promete cambiarlo todo. Pero nadie le advirtió que el primer día de clases iba a descubrir algo peor que la pobreza: la invisibilidad.
Sofia no es la chica que solo soñaba, ahora es la chica que camina cuarenta minutos con un teléfono que se apaga a media clase que toma apuntes en hojas y llega tarde a su clase porque sale todos los días a vender tortas con su mamá ya muy tarde
Un día su teléfono dejó de funcionar se apaga en medio de un examen virtual que vale el treinta por ciento de la nota, Sofia corre por las calles buscando un enchufe, una sombra, un milagro de dos minutos, no lo encuentra pierde el examen, llora en una esquina y por primera vez se pregunta si su sueño realmente vale el precio de su dignidad.

NovelToon tiene autorización de Eliany Justo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El día que el teléfono dejó de funcionar Cap 7

El teléfono había sido mi salvavidas durante meses. Ese aparato prestado, con la pantalla rajada y la batería que duraba menos que un suspiro, me había permitido ver tutoriales, anotar horarios, coordinar entregas y, a veces, llorar en silencio mientras escuchaba la voz de mi madre al otro lado de la línea. Pero todo tiene un límite. Y el suyo llegó una tarde de octubre, cuando el sol estaba particularmente asesino.

Esa mañana había recibido un mensaje del profesor de Literatura Comparada. El examen parcial se adelantaba. Había que subirlo a la plataforma antes de las seis de la tarde. No había excusas. No había segundas oportunidades.

Eran las dos cuando salí de mi casa. El teléfono marcaba diecisiete por ciento de batería. Suficiente, pensé. Llegaría a casa de mi tía, lo conectaría, terminaría el ensayo que llevaba escribiendo en mi cuaderno desde hacía tres días y lo subiría. Pan comido.

El sol no pensaba lo mismo.

A los quince minutos de caminata, el teléfono ya estaba caliente. No tibio. Caliente. Como si tuviera fiebre. Lo cambiaba de mano, lo metía en la sombra de mi cuerpo, lo cubría con el cuaderno. Pero el sol se filtraba por todos lados. No había tregua.

A los veinticinco minutos, el teléfono emitió un pitido. Batería: ocho por ciento. Empecé a caminar más rápido. Casi trotaba. El sudor me corría por la nuca, se metía por el cuello de la camisa. Los zapatos rotos levantaban polvo. Mi corazón latía al ritmo de las advertencias de la pantalla: 7%... 6%...

A treinta y cinco minutos, a solo siete cuadras de la casa de mi tía, el teléfono se apagó.

No hizo el parpadeo de aviso. No mostró el logo de apagado. Simplemente se puso negro. Lo apreté contra mi pecho, como si el calor de mi cuerpo pudiera devolverle la vida. Nada. Lo encendí de nuevo. El logo apareció un segundo, titiló, y se fue. Otra vez. Otra vez.

—No, no, no, no —musité.

Me senté en el cordón de la vereda. El cemento quemaba. Las siete cuadras hasta lo de mi tía de repente parecían siete kilómetros. En mi cabeza, el ensayo se desmoronaba. El examen. La plataforma. El profesor que no aceptaba excusas.

Las lágrimas vinieron solas. No lloré de tristeza. Lloré de impotencia. Porque no era justo. No era justo que el sol decidiera quién podía estudiar y quién no. No era justo que un teléfono viejo definiera mi futuro.

Una señora pasó con su carrito de compras. Me miró, dudó, siguió caminando. Otra persona en bicicleta me esquivó sin verme. En el barrio, la gente sabe que el llanto ajeno no se pregunta. Cada uno tiene sus motivos.

Me quedé ahí, sentada en el cemento caliente, con el teléfono muerto en la mano, durante lo que me parecieron horas. Pero fueron apenas cinco minutos. Después me sequé la cara con la manga de la camisa —la manga derecha, y me puse de pie.

Caminé las siete cuadras restantes con el aparato inerte apretado contra mi pecho. Cuando llegué a la casa de mi tía, ella no estaba. La puerta con llave. Un papel pegado con cinta: "Sofía, fui al médico. Vuelvo a las seis. Dejé la llave abajo del macetero, pero el internet no anda. Perdón."

No pude ni reírme de la ironía.

Encontré la llave, entré, conecté el teléfono a la corriente. Nada. La pantalla seguía negra. Lo dejé cargando diez minutos. Quince. Media hora. El teléfono no daba señales de vida.

Ahí entendí que había muerto. Para siempre.

Esa noche volví a mi casa arrastrando los pies. Mi madre me vio la cara y no preguntó nada. Puso una taza de té frente a mí y se sentó a mi lado en silencio. Ese silencio suyo era peor que cualquier regaño.

—Se me rompió el teléfono —dije al fin.

—Ya sé —respondió ella.

—¿Cómo sabes?

—Porque cuando algo importante se rompe, se te nota en los ojos. Te pasa desde chica.

No supe qué responder. Nos quedamos mirando la computadora apoyada en la mesa del comedor, esa computadora ruidosa y parpadeante que yo misma había reparado. El ventilador sonaba como un motor viejo. La pantalla mostraba el escritorio de pasto verde. La máquina estaba viva. Pero yo ya no tenía cómo conectarla a internet. Ya no tenía cómo ver tutoriales. Ya no tenía cómo recibir los trabajos ni subir mis entregas.

Esa noche me acosté temprano. Pero no dormí. Escuché a mi madre hablar sola en la cocina, contando monedas, moviendo ollas. Sabía que estaba haciendo planes. Como siempre. Como desde que mi padre se fue y ella se convirtió en el único pilar de una casa que amenazaba con derrumbarse.

Al día siguiente, mi madre me dijo:

—Vendí la máquina de coser.

Me quedé mirándola, sin entender.

—Esa máquina era de la abuela —atiné a decir, como si eso importara.

—Ya sé. Pero con la plata te compro un teléfono nuevo. No de los caros, de los que andan. Y te alcanza para un módem de esos chiquitos, de internet por USB. Así estudias desde acá. Sin caminar bajo el sol.

Quise decirle que no. Quise decirle que la máquina de coser valía más que cualquier teléfono. Quise decirle que no podía aceptar tanto sacrificio. Pero la miré a los ojos y vi algo que no esperaba. No era lástima. No era resignación. Era furia. Una furia tranquila, de esas que no gritan pero que mueven montañas.

—Mamá, no sé cómo agradecerte…

—Estudiando. Eso es todo lo que te pido.

Esa semana tuve teléfono nuevo. No era bonito. Era un aparato negro, cuadrado, de esos que solo sirven para llamar y mandar mensajes. No tenía internet. Pero mi madre había comprado también un módem USB, de esos que se conectan a la computadora. Por primera vez en mi vida, tenía internet en casa.

La primera noche, me senté frente al monitor, conecté el módem, y la pantalla mostró una página de navegación. Lloré de nuevo. Pero esta vez era distinto. Era el llanto de quien ve la puerta abrirse después de tanto tiempo empujando.

Empecé a escribir el ensayo que había perdido. Lo terminé a las dos de la madrugada. Lo subí a la plataforma. El profesor respondió al día siguiente: "Recibido. Excelente análisis, Sofía. 9.5".

Esa nota no era solo mía. Era de mi madre. Era de la máquina de coser de la abuela. Era del teléfono muerto que había dado su vida para que yo entendiera que no podía rendirme.

El ventilador rugía a mi lado. La pantalla parpadeaba cada tanto. Pero yo estaba en mi casa, en mi mesa del comedor, y el sol de afuera ya no podía apagar mi futuro.

 

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