Traicionada por el Emperador en el campo de batalla, la temible y soberbia soberana de la dinastía del norte jura venganza antes de morir. Pero el destino tiene un sentido del humor retorcido: despierta en el futuro, atrapada en el cuerpo de Valentina, una brillante pero insegura abogada con talle XL que acaba de colapsar por culpa del bullying de su oficina.
¿Sin carruajes, sin guardias reales y con una bata de hospital barata que no le cierra atrás? No importa. Con una mente de acero y una dignidad inquebrantable, la Emperatriz usará el código penal como su nueva espada. ¡Pobre de aquel que intente humillarla por su físico! Desde el rival arrogante de su buffet hasta el CEO más frío de la ciudad, todos aprenderán que sus curvas imponen respeto y que Su Majestad ha dictado su sentencia. ¡Una comedia romántica con una venganza de talle grande!
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Capítulo 18: La orden del León de Oro
El reloj de péndulo empotrado en la pared de la oficina oculta de Alexander marcó las tres de la mañana con un tañido sordo y lúgubre que se disolvió en la penumbra. El espacio, ubicado detrás de una estantería falsa en el subsuelo de su mansión, era el verdadero centro neurálgico desde donde el capo controlaba los hilos de su imperio. Pero esa noche, el León de Oro no podía dormir. El silencio del búnker, roto únicamente por el sutil zumbido de los monitores de seguridad, no hacía más que amplificar los pensamientos que le taladraban la cabeza desde su último encuentro con la abogada.
Alexander caminaba de un lado a otro sobre la alfombra oscura, con los hombros tensos y la mandíbula apretada. Llevaba una remera negra lisa que marcaba su físico robusto y los brazos cruzados sobre el pecho, frotándose los tatuajes que le cubrían la piel como si la tinta quemara. No le cerraba la ecuación. Por más que repasaba cada detalle de las últimas cuarenta y ocho horas, su mente de estratega criminal tropezaba una y otra vez con el mismo obstáculo inexplicable: la metamorfosis de Valentina.
La puerta de hierro se abrió con un gemido metálico y Dominick entró al recinto. El hombre de confianza venía arrastrando los pies por el cansancio de la madrugada, sosteniendo un par de carpetas de manila gruesas y una tableta digital que arrojaba una luz azulada sobre sus facciones preocupadas.
—Señor, acá tengo los reportes definitivos de la fiscalía sobre el operativo del puerto y las actas firmadas por la gente de Rocco en el sótano —dijo Dominick, dejando los documentos sobre el escritorio de vidrio negro con un suspiro—. Todo el territorio de los muelles volvió a nuestras manos legalmente. No hay peligro de que los rebeldes intenten levantar la voz de nuevo. Esa mujer los dejó fritos.
Alexander no se acercó a mirar los papeles. Se detuvo en seco, clavando sus ojos oscuros en su mano derecha con una intensidad que hizo que Dominick enderezara la espalda por puro instinto de supervivencia.
—Dejá eso ahí, Dominick —murmuró Alexander, y su voz, pastosa, rasposa por el encierro y cargada de una sospecha letal, cortó el aire de la oficina—. No me interesa el papeleo de Rocco. Lo que me está quitando el sueño es ella.
Dominick frunció el ceño, acomodándose el saco del traje oscuro.
—¿La doctora Valentina? Pero si nos ahorró una guerra callejera y nos limpió el expediente con los federales, jefe. Debería estar contento.
—Eso es exactamente lo que me preocupa —espetó el capo de la mafia, soltando una risa corta, gélida y desprovista de cualquier rastro de humor—. Nadie cambia de un día para otro así, Dominick. Es biológicamente imposible. Yo conozco a la gente; llevo toda mi vida leyendo las debilidades de los hombres en las calles y sé cuándo alguien está fingiendo. Valentina era una abogada gorda, gris, una infeliz que agachaba la cabeza cuando entraba a mi oficina y que tartamudeaba cada vez que yo le levantaba un poco la voz. Usaba ropa tres talles más grande para pasar desapercibida y pedía disculpas hasta por respirar el mismo aire que nosotros.
Alexander dio un paso hacia el escritorio, apoyando los puños sobre el vidrio negro e inclinándose hacia adelante de manera amenazante.
—Y ahora... mirala. Entra a mi mansión luciendo trajes de alta costura que gritan opulencia. Me quita el vaso de whisky de la mano con la naturalidad de quien toma agua, me mira desde arriba y domina a mis matones en un sótano clandestino como si tuviera un ejército de mil hombres respaldándola detrás. Rocco y sus imbéciles estaban armados hasta los dientes, tipos que mataron gente por diversión, y terminaron temblando de miedo y firmando pergaminos porque ella les golpeó un libro en la mesa. Esa soberbia, esa forma de modular las palabras, esa frialdad matemática para amenazar de muerte sin pestañear... eso no se aprende en una clínica de reposo tras un accidente. Eso es entrenamiento de alto nivel.
Dominick tragó saliva, procesando las palabras de su jefe. El reporte de los hombres que estuvieron en el búnker con Rocco coincidía perfectamente con la descripción: la abogada XL se había comportado como una auténtica reina de la guerra.
—¿Qué está pensando, señor? —preguntó Dominick en un susurro, sintiendo cómo el ambiente se cargaba de una paranoia peligrosa.
Alexander se enderezó, entornando los ojos oscuros con una malicia que delataba su mentalidad territorial. En su mundo, un cambio tan drástico solo podía significar una cosa: una amenaza encubierta, un caballo de Troya diseñado para desmantelar su dinastía desde el interior de sus propios tribunales.
—Estoy convencido de que esa mujer oculta un secreto sumamente oscuro —sentenció Alexander, cruzándose de brazos—. Nadie tiene esa dignidad imperial de la noche a la mañana a menos que haya sido moldeada para el poder. Puede ser una espía entrenada por una mafia rival del extranjero que adoptó la identidad de la verdadera Valentina tras el choque, un agente encubierto de la CIA con un implante psicológico, o una estratega de élite enviada por el gobierno federal para atraparme con la guardia baja. No me importa qué tan buena sea en la cama o en los juicios; no voy a permitir que nadie juegue al ajedrez con mi cabeza en mi propio territorio.
El León de Oro golpeó la mesa con la palma de la mano, dictando la sentencia de espionaje con una rigidez militar absoluta.
—Quiero que investigues cada maldito segundo de su vida, Dominick. Y cuando digo cada segundo, me refiero a todo. No quiero un reporte de rutina. Quiero que rastrees desde sus calificaciones en la escuela primaria, los nombres de sus maestros, sus registros médicos del hospital tras el accidente, hasta sus cuentas bancarias históricas, sus correos electrónicos viejos y sus relaciones del pasado. Quiero saber qué comía, con quién se acostaba y por qué lloraba antes de convertirse en esta perra fría que me desafía en mi propia cara. Necesito saber quién es verdaderamente esa mujer antes de que decida si la corono como mi aliada definitiva... o si la elimino de la faz de esta ciudad. Tenés cuarenta y ocho horas. Mové a todos los hombres del servicio de inteligencia.
Dominick asintió con una seriedad absoluta, guardando la tableta digital bajo el brazo. Comprendía perfectamente que cuando el León de Oro se obsesionaba con una presa de esa manera, no se detenía hasta desterrar toda duda de la maleza.
—Entendido, señor. Mañana a primera hora voy a tener a los mejores analistas hackeando cada base de datos de su pasado. No va a quedar un solo secreto bajo la alfombra —prometió la mano derecha de la mafia, caminando hacia la puerta de hierro.
—Dominick —lo detuvo la voz profunda de Alexander justo antes de que cruzara el umbral. El capo lo miró de reojo, con una mezcla de recelo y una extraña fascinación que no lograba apagar en su fuero interno—. Que nadie se entere de esto. Especialmente ella. Si nota que sus teléfonos están intervenidos o que mis muchachos están husmeando en sus aposentos, esa mujer es capaz de iniciar una guerra legal que nos va a costar millones. Cuidate las espaldas.
La puerta de hierro se cerró por completo, dejando a Alexander solo una vez más en la penumbra de su oficina oculta. El capo se acercó al ventanal falso que mostraba las cámaras de seguridad del exterior de la propiedad, observando la noche oscura de la ciudad. Quienquiera que fuera la mujer del traje fucsia que ahora habitaba sus pensamientos, el León de Oro estaba decidido a arrancarle la máscara por la fuerza de los hechos. La cacería informativa había comenzado.
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