Sinopsis:
A los trece años, Bianca D’Amico conoció el verdadero significado de la crueldad. El chico que era su protector y su norte, Andrew Ballesteros, la rechazó públicamente con palabras letales que destrozaron su autoestima, llamándola gorda e inmadura, antes de huir al extranjero. Andrew no solo la dejó atrás; la fragmentó en varios pedazos.
Seis años después, el heredero del imperio Ballesteros regresa a Nueva York. Convertido en un implacable y frío tiburón de los negocios, Andrew carga con las culpas de un oscuro secreto familiar y una obsesión fija en la mente: recuperar a su dulce y sumisa Bianca. Él asume, con la arrogancia corporativa de su apellido, que encontrará a la misma niña inocente que dejó en el pasillo de la mansión, lista para ser moldeada y reclamar su lugar en su vida.
Qué maldito error. La realidad lo golpea con una fuerza devastadora.
La niña indefensa murió la noche en que él la rompió.
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Capítulo 9: Las fisuras del escudo
El silencio en la mansión Ballesteros, tras la partida de Bianca, fue peor que cualquier grito. Andrew se quedó de pie en el centro de la sala, sintiendo las miradas de desprecio de sus hermanos trillizos y el vacío de ver a su madre adoptiva, Zoe, dándole la espalda. El mecanismo de defensa había fallado. Intentar asfixiarla con el poder de la corporación, solo había servido para que el pasado saliera a la luz y para que sus tíos, Sara y Dominic, lo vieran como el verdugo de su hija.
Esa tarde, solo en su oficina de las empresas Ballesteros, Andrew se sirvió un trago de whisky con manos temblorosas. Miró por el gran ventanal hacia el horizonte de Nueva York. Sus ojos verdes, usualmente calculadores, estaban apagados. Por primera vez en seis años, la soberbia del estratega se derrumbó por completo, dejando al descubierto el dolor crudo de un hombre que se estaba muriendo de celos, culpa y un amor desesperado que no sabía cómo expresar.
"La rompiste, Andrew. Tú la pusiste en ese camino", las palabras de su tía Sara le taladraban la conciencia. Tenía que cambiar de estrategia. Si quería recuperar un milímetro del corazón de Bianca, tenía que dejar de atacar su mundo y empezar a entenderlo.
Mientras tanto, en Brooklyn, el taller clandestino estaba en calma. El cartel de neón fucsia parpadeaba perezosamente sobre el asfalto. Bianca estaba sentada en la barra de la oficina, limpiando unas bujías con un trapo, pero su mente no estaba en las motocicletas. La confrontación en la mansión le había removido demasiados fantasmas. Al cantarle sus cuatro verdades a Andrew frente a toda la familia, había sentido una liberación, sí, pero también un eco amargo en el pecho.
Jonathan entró a la oficina, sin camisa, dejando ver sus brazos tatuados y el torso marcado por el trabajo pesado. Se sentó a su lado, con esa confianza descarada y perezosa de siempre, estiró la mano para acariciarle el cuello, jalándola suavemente hacia él para darle un beso. Fue un beso tierno, pausado, lleno de una comodidad absoluta que solo da el conocer cada rincón del alma del otro. No había urgencias ni reclamos en ese contacto; era la calidez de dos personas del bajo mundo que compartían su libertad sus cuerpos, sin ataduras ni promesas románticas.
Sin embargo, a mitad del beso, Bianca se tensó sutilmente y se separó con lentitud, rompiendo el contacto físico de forma suave. Jonathan, que la conocía mejor que nadie, arqueó una ceja y la miró con sus ojos fijos, leyendo cada expresión de su rostro.
—Tienes la cabeza en Manhattan, enana —soltó Jonathan con una sonrisa ladina, apoyándose de espaldas contra la mesa de madera—. Ese primo tuyo te dejó movida la estructura, ¿verdad?
Bianca se limitó a suspirar, arrojando el trapo sobre la barra y cruzándose de brazos.
—Solo estoy cansada, Jon. Cansada de que piense, que puede venir a manejar mi vida como si fuera una de sus licitaciones.
Jonathan soltó una risa suave, le dio una palmada cariñosa en el hombro, un gesto puramente fraternal que delataba la verdadera naturaleza de su vínculo. Aunque a veces compartieran la cama y vaciaran su adrenalina juntos, para Bianca, Jonathan era su hermano de vida. Él la había recogido del lodo, era su escudo, su cable a tierra en Brooklyn, pero no era el dueño de sus suspiros románticos. Y Jonathan lo sabía perfectamente.
—Ese tipo es un sordo, Bianca, pero hoy vio que no estás sola. Lo que no entiendo es por qué te afecta tanto, si se supone que ya no te importa —le lanzó Jonathan, con una madurez aplastante—. El odio es solo amor mal acomodado, enana. Piénsalo.
Dos días después, Bianca salía tarde de sus clases de alta cocina en Manhattan. El cielo estaba teñido de un gris plomizo y una llovizna suave empezaba a caer. Al cruzar la calle hacia su auto, una silueta alta se interpuso en su camino.
Bianca se detuvo en seco, con los ojos azules encendidos en fastidio, lista para su habitual descarga de ironía volcánica heredada de Sara. Pero las palabras se le atoraron en la garganta al ver a Andrew.
No traía el auto de lujo. No venía con Harrison ni con abogados. Andrew vestía solo unos jeans oscuros, una chaqueta de cuero negra informal que rara vez usaba y el cabello castaño completamente empapado por la lluvia. Sus ojos verdes no arrastraban la furia controladora de las últimas noches; arrastraban una vulnerabilidad tan desnuda que Bianca se quedó en shock.
—No vengo a amenazar a nadie, Bianca —dijo Andrew, con la voz un poco ronca, manteniendo una distancia prudente de dos metros, como si tuviera miedo de que ella saliera corriendo—. Tampoco vengo con órdenes de la corporación. Solo... quería pedirte perdón.
Bianca soltó una risa amarga, intentando recuperar su escudo irónico.
—¿Perdón? ¿El gran Andrew Ballesteros pidiendo perdón en una acera de Manhattan? Qué bajo ha caído el imperio.
—Me lo merezco —la interrumpió Andrew, dando un paso al frente. Sus ojos verdes se clavaron en los de ella con una fijeza dolorosa—. Tu tienes razón. Fui un cobarde hace seis años. Usé mis palabras como un arma para alejarte, porque estaba aterrado de lo que sentía, atrapado en culpas que no eran tuyas, y terminé destruyendo lo más sagrado que tenía en la vida: a ti. Ver lo que eres ahora... ver que manejas esas bestias de metal y que te refugias en Brooklyn me hizo reaccionar de la peor manera. Actué como un monstruo controlador, porque no soportaba la idea de haberte perdido por mi propia estupidez.
Bianca lo escuchaba en absoluto silencio. El aire se volvió espeso entre los dos. La frialdad de sus ojos flaqueó por un segundo,al ver la sinceridad cruda en el rostro de su primo. Ya no era el estratega; era el chico que la había amado en secreto, roto por sus propios errores.
—No pretendo que me perdones hoy, ni que dejes tu vida en Brooklyn —continuó Andrew, con la voz quebrada mientras la lluvia le corría por las mejillas—. Sé que Jonathan Mills tiene un lugar que yo destruí... pero solo te pido una oportunidad. Déjame demostrarte que el Andrew que regresó no quiere asfixiarte, sino aprender a conocer a la verdadera mujer en la que te convertiste. Por favor, Bianca. No me cierres la puerta del todo.
Andrew dio un paso atrás, dejándole el camino libre, demostrando que ya no intentaría forzarla a subir a ningún auto.
Bianca se quedó inmóvil bajo la llovizna, con el corazón latiéndole a mil por hora en el pecho. Su escudo blindado de Brooklyn acababa de sufrir la primera gran fisura emocional. Miró a Andrew alejarse en silencio entre la multitud de Manhattan, dándose cuenta de que el juego de odio y control mutuo había terminado... y que el verdadero e inevitable camino sentimental entre ambos acababa de comenzar.