"Los omegas tienen prohibido acercarse a mí. Esa es mi única regla." Damián es el Alfa más temido de la ciudad. Frío, cruel, y con un odio profundo hacia los omegas. Nadie sabe por qué, pero todos saben que acercarse a él es buscarse la muerte. Yo soy Lola. Una omega invisible, de esas que pasan desapercibidas. Mi olor es neutro, y así me gusta: invisible, viva. Hasta que una noche, un celo inesperado me toma por sorpresa justo cuando él cruza mi camino. Su olor me envuelve. El mío lo enloquece. Y sin quererlo, sin desearlo, contra toda lógica... Quedamos vinculados. Ahora el Alfa que me odia está atado a mí para siempre. Hará todo lo posible por romper este vínculo, pero cada intento lo acerca más a mí. Y cuando otro Alfa intente lastimarme... Su lobo desata el infierno para protegerme. Dicen que el odio y el amor son la misma cara de una moneda. Pero, ¿qué pasa cuando su mente me rechaza, pero su lobo me reclama? ¿Podrá Damián aceptar que soy su compañera? ¿O el vínculo nos destruirá a los dos?
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Capítulo 11: La Rosa Blanca
(POV Lola)
La habitación estaba igual que la había dejado.
O eso creí al principio.
Me quedé en la puerta, observando. Todo parecía en su sitio: la cama hecha, la mesilla ordenada, el armario cerrado. Pero algo... algo no encajaba.
Di un paso adentro. Luego otro.
Y entonces lo vi.
El cajón de la mesilla. No estaba del todo cerrado. Sobresalía un par de milímetros, como si alguien lo hubiera abierto y no lo hubiera encajado bien.
Yo siempre cierro los cajones. Siempre.
El corazón me dio un vuelco.
—Elara —llamé, con voz temblorosa—. ¿Tocaste mis cosas hoy?
Ella asomó la cabeza desde el baño.
—No. ¿Por qué?
Se lo señalé. Se acercó, frunciendo el ceño.
—¿Estás segura de que no lo dejaste así?
—Completamente.
Elara y nos miramos. Las dos pensamos lo mismo.
—Damián —dije, y salí corriendo.
(POV Lola)
Damián llegó en menos de un minuto.
Detrás de él, Marcus y León. Los tres examinaron la habitación en silencio, con esa intensidad que tenían los alfaz cuando olían peligro.
—¿Tocaste algo? —preguntó Damián.
—No. Solo el cajón. Para ver si estaba abierto.
—Bien.
Se arrodilló junto a la mesilla. Olfateó el aire, cerró los ojos un momento. Luego abrió el cajón con cuidado, usando solo dos dedos, como si pudiera dejar huellas.
Dentro, solo mis cosas. Libretas, bolígrafos, algún recuerdo sin valor.
Pero Damián no miraba eso. Miraba el borde superior del cajón. El interior del mueble.
—Marcus. Linterna.
Marcus le pasó una pequeña linterna. Damián iluminó el hueco entre el cajón y la estructura de madera.
—Ahí —dijo.
Metió la mano con cuidado. Cuando la sacó, entre sus dedos había algo pequeño. Oscuro. Con un diminuto led que ya no parpadeaba.
Una cámara.
El aire se congeló en mis pulmones.
—No... no puede ser...
Damián se levantó. Su rostro era una máscara de hielo, pero a través del vínculo, sentí su furia. Fría. Controlada. Mortal.
—Revisad toda la habitación —ordenó—. Cada rincón. Cada centímetro.
Marcus y León se pusieron a inspeccionar. Damián se acercó a mí.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —preguntó en voz baja.
—¿En esta habitación? Desde que llegué.
—¿Y nunca notaste nada raro?
—No. Nunca.
Apretó la mandíbula.
—Alguien de dentro —dijo—. Tiene que ser alguien de dentro.
—¿Uno de tus guardias?
—O de servicio. Alguien con acceso.
Me agarró del brazo. Su agarre era firme, pero no doloroso.
—Desde ahora, duermes en mi habitación.
—¿Qué? ¡No!
—No discutas, Lola.
—¡Es mi intimidad!
—Tu intimidad ya no existe. Alguien te ha estado grabando. Y no voy a arriesgarme a que sea algo peor.
Lo miré a los ojos. Busqué algo, cualquier cosa, en el vínculo. Pero solo encontré determinación. Y debajo de eso, muy profundo, algo que no supe identificar.
—Vale —susurré.
Damián asintió.
—Marcus. Cuando terminen, llevad sus cosas a mi habitación.
—Inmediatamente.
(POV Lola - El Jardín)
Media hora después, estábamos en el despacho de Damián.
Yo, Elara, Damián, Marcus y León. Nadie hablaba. La tensión se podía cortar con un cuchillo.
—Hemos revisado toda la habitación —dijo Marcus—. Solo esa cámara. En el cajón.
—¿Desde cuándo? —preguntó Damián.
—Difícil saberlo. Pero por el polvo... al menos una semana.
Una semana. Siete días siendo observada sin saberlo.
Sentí náuseas.
—¿Quién? —preguntó Elara, con voz temblorosa—. ¿Quién pudo hacer eso?
—Alguien con acceso —respondió León—. De los de dentro.
—¿Un guardia? —insistió ella.
—O un sirviente. O cualquiera que entre en las habitaciones para limpiar.
Damián se levantó.
—Voy a interrogar a todo el personal. Uno por uno.
En ese momento, un guardia llamó a la puerta.
—Alfa. Disculpe la interrupción. Hemos encontrado algo. En el jardín.
Damián frunció el ceño.
—¿Qué?
—Una caja. Enterrada cerca del estanque. El jardinero la encontró hace unos minutos.
(POV Lola)
Bajamos todos al jardín.
El sol empezaba a ponerse, tiñendo el cielo de tonos anaranjados. Alrededor del estanque, varios guardias formaban un círculo. En el centro, sobre el césped recién cavado, una caja de madera.
Pequeña. Sencilla. Como las que usan para regalos.
Damián se acercó. La olió. Frunció el ceño.
—Ábrela —ordenó.
Un guardia obedeció. Levantó la tapa con cuidado.
Dentro, sobre un lecho de terciopelo negro, una rosa blanca.
Inmaculada. Perfecta. Como recién cortada.
Y junto a ella, una nota.
Damián la tomó con dos dedos. La leyó en silencio. Su mandíbula se tensó.
—¿Qué pone? —pregunté, acercándome.
Me miró. Por un momento, vi algo en sus ojos. Algo que no quiso mostrarme.
—No.
—Damián, ¿qué pone?
Me pasó la nota sin decir nada.
Leí:
"Las flores son para las omegas especiales. La próxima vez, seré yo quien las entregue en persona. —K"
El papel tembló en mis manos.
—Sabe que estamos aquí —susurré—. Sabe todo.
—No todo —dijo Damián, con voz helada—. Pero va a aprender una lección.
—¿Qué lección?
Me miró directamente a los ojos.
—Que a lo mío no se toca.
(POV León)
León observaba la escena desde atrás.
Vio a su hermano, frío como siempre, pero con esa tensión en los hombros que solo él sabía reconocer. Vio a Lola, pálida, temblando ligeramente. Y vio a Elara, pegada a su amiga, con los ojos llenos de miedo.
Se acercó a ella.
—¿Estás bien?
Ella negó con la cabeza.
—Esto es una locura. Kael... está jugando con nosotros.
—Lo sé.
—¿Y qué vamos a hacer?
León miró a su hermano, que ya daba órdenes a los guardias.
—Lo que hace Damián mejor que nadie —respondió—. Proteger lo suyo.
Elara lo miró.
—¿Y tú? ¿Tú también proteges lo tuyo?
León sostuvo su mirada.
—Empiezo a creer que sí.
(POV Lola)
Subimos a la habitación de Damián.
Era enorme. Minimalista. Fría. Una cama enorme, paredes de cristal al bosque, y un olor que me envolvía por completo. Su olor.
—Tus cosas llegarán en un rato —dijo él desde la puerta—. Por ahora, quédate aquí.
—¿Y tú?
—Tengo que interrogar al personal. Alguien puso esa cámara. Alguien enterró esa caja. Voy a descubrir quién.
—Damián...
Se detuvo.
—¿Qué?
No supe qué decir. Gracias. Ten cuidado. No tardes.
—Nada —dije al final.
Me miró un largo momento. Largo. Intenso. Como si quisiera decir algo.
Pero no dijo nada.
Salió y cerró la puerta.
Me quedé sola en su habitación, con su olor envolviéndome, con el vínculo latiendo en mi pecho, con la rosa blanca aún grabada en mi memoria.
La próxima vez, seré yo quien las entregue en persona.
Un escalofrío me recorrió.
Pero no era solo miedo.
Era algo más.
Algo que no me atrevía a nombrar.