Lola Quintana llegó vestida de novia al salón donde todos esperaban verla casarse con Bruno Gatti.
Pero el novio no apareció.
Estaba en Rosario, cuidando a Martina, su primer amor.
Humillada delante de dos familias, traicionada por el hombre al que cuidó durante años y acorralada por una familia que solo quería usarla, Lola tomó una decisión impulsiva: llamó a Thiago Sáenz, un pibe lindo, pobre y descarado al que apenas conocía, y le pidió que fuera su novio por una noche.
El trato era simple.
Él la ayudaba a salvar la cara.
Ella le pagaba.
Después, cada uno seguía con su vida.
Pero Thiago no era tan pobre como parecía.
Y ese casamiento improvisado, que Lola creyó una salida desesperada, terminó metiéndola en una guerra de familias, secretos, herencias robadas y un marido demasiado peligroso para ser solo un capricho.
Lola no buscaba amor.
Thiago tampoco pensaba dejarla ir.
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Capítulo 7
Capítulo 7
A las tres, Lola se encontró con Quiroga.
Traje oscuro, pelo prolijo, anteojos finos, mirada aguda.
Tenía pinta de abogado en serio.
Lola se relajó.
Quiroga también la observó.
Era preciosa, sí, pero había algo más: una cercanía rara, una suavidad que no parecía debilidad.
Con razón el señor Sáenz se había movido por ella.
—Señorita Quintana, un placer.
—El placer es mío. Gracias por venir. Ella es Sol, mi mejor amiga. Y él es Pato, nuestro tasador de joyas.
Pato, el tasador improvisado, la miró dolido.
—¿No podías decirlo con más respeto?
Quiroga saludó sin perder la compostura.
Sol apenas sonrió. No tenía paciencia para hombres que no le parecieran lindos.
Subieron a la van de Sol.
En el camino, Lola le explicó a Quiroga lo que necesitaba.
—¿Es muy poco tiempo para prepararte?
—Para nada. Es simple.
Quiroga confiaba en su especialidad.
Se equivocaba.
No porque fuera a fallar.
Sino porque casi no iba a poder hablar.
En la casa Quintana, Rubén y Graciela ya estaban sentados como dos jueces ofendidos.
—¿Por qué trajiste tanta gente? —preguntó Rubén.
—Ayer avisé que venía con abogado y tasador. Tomás Quiroga, abogado. Pato, tasador. Sol vino a dar apoyo moral.
Sol levantó el puño.
—¡Lola, Lola, la mejor de todas! ¡Aplasten a los inútiles!
Lola le tocó la cabeza.
—Muy bien.
Rubén y Graciela se quedaron rígidos.
Lola sacó la libreta de matrimonio.
—Esto es lo que pediste. Matrimonio legal. Ahora, las cosas de mi mamá.
Rubén señaló el cofre sobre la mesa.
—Ahí están. Llevátelas y terminemos.
—Vamos a revisar.
Lola abrió en el celular el inventario.
Rubén se inclinó.
—¿De dónde sacaste eso?
—Mi mamá no confiaba en vos. Antes de morir le pidió a una persona que me lo mandara cuando cumpliera dieciocho.
Rubén se quedó sin palabras.
La ex esposa que él creía ingenua le había dejado una trampa perfecta.
Lola comparó cada pieza con las fotos.
Pato usó una lupa con tanta seriedad que casi parecía saber.
Sol miraba, lista para pelear.
Quiroga esperaba su momento.
Media hora después, Lola levantó la vista.
—Falta un par de aros de jade.
Rubén saltó del sofá.
—¿Me estás acusando de robar?
—Pregunté dónde están.
—¡Yo no toqué nada!
—¿Graciela?
Graciela sonrió.
—Quizá se perdieron. Pasaron muchos años.
—Qué curioso —dijo Sol—. Un cofre cerrado con ratones que roban jade.
Lola miró a Rubén.
—O alguien los usó para quedar bien con otra mujer. Total, si ya hubo amante, una cuarta tampoco sería tan rara.
—¡Basta!
Rubén levantó la mano.
Pato se interpuso con su cuerpo enorme.
Sol asomó la cabeza detrás de él.
—¿Se enojó porque dimos en el blanco?
—Más bien porque tiene culpa —dijo Lola.
Tomó el celular.
—Llamo a la policía.
Rubén intentó arrebatarle el teléfono.
Quiroga por fin habló.
—Señor Quintana, vi la fotografía del par faltante. Si es jade auténtico, el valor es considerable. La señorita Quintana está en todo su derecho de denunciar.
Rubén lo ignoró.
—¡No vas a llamar por una pavada! Te pago y listo.
Lola alzó una ceja.
—¿Cuánto?
—Diez mil.
Sol se tapó la boca.
—¿Diez mil? ¿Eso es un chiste pobre?
Pato sostuvo la lupa como si respaldara científicamente la indignación.
—Tenemos tasador —agregó Sol—. No nos trates de tontas.
Rubén apretó los dientes.
—Cincuenta mil.
—Un millón —dijo Lola.
Graciela se levantó.
—¡Estás loca!
—Entonces vamos a juicio. Ahí hablamos del testamento, de la amante, de la esposa muerta, de la hija maltratada y de las joyas retenidas.
El rostro de ambos se puso espantoso.
Diez minutos después, Lola salió con el cofre en brazos y un millón transferido.
La reja se cerró de un portazo detrás de ellos.
Sol miró hacia atrás.
—Están reventados de bronca.
—No. Les duele el bolsillo.
Lola abrazó el cofre.
Las cosas de su mamá volvían a ella.
Faltaban los aros, sí.
Pero al menos Rubén y Graciela habían sangrado por eso.
—Quiroga, te pago ahora.
Quiroga, que había hablado una sola vez, sonrió.
—No se preocupe.
Había ido a mirar un espectáculo.
Y qué espectáculo.
El señor Sáenz tenía buen gusto.
Esa noche, Lola invitó a Sol y Pato a comer brochettes y achuras.
No tomó alcohol.
La última resaca moral todavía ardía.
Más tarde, abrió el cofre en la cama.
Las joyas brillaban en silencio.
Su madre murió cuando ella tenía cuatro años. El recuerdo era borroso: una mujer triste, llorando a escondidas, sin casi ninguna sonrisa.
Lola sintió un peso en el pecho.
Sol, al lado, dormía despatarrada.
Entonces Lola le mandó a Thiago un peso por transferencia.
Lola: "Venite a charlar por un peso."
Lobo: "Mi tarifa es cara."
Lola: "No podés negarte. Te contraté por dos años."
Lola: "Además, hoy gané gracias a vos. Te debo una comida."
Lobo: "Si me contrataste por dos años, que me alimentes corresponde."
Lola sonrió.
Había sacado un millón de Rubén.
Lola: "Ahora tengo plata para mantenerte. Vas a comer como rey."
Thiago, sentado frente a un piano, soltó una risa.
Con dinero, Lola se agrandaba rápido.
Quizás tendría que buscar una forma de hacerle gastar todo.
En el departamento, Lola estornudó.
—Seguro Graciela me está puteando.
Que puteara.
Le encantaba imaginarla furiosa sin poder tocarla.
Se acostó.
Sol, dormida, se le pegó como pulpo.
—Belleza...
Lola la miró.
—No tenés arreglo.
En la casa de Thiago, el piano siguió hasta la madrugada.
Quiroga esperaba afuera.
Cuando la música terminó, se acercó.
—Señor Sáenz, lo que me pidió ya quedó hecho.
—Bien. Voy a dormir. Desaparecé.
Thiago subió unos pasos y se detuvo.
Quiroga seguía ahí.
—¿Algo más?
—Hoy la señorita Quintana mostró una libreta de matrimonio.
—¿Y?
—Con respeto, señor... ser amante también está mal cuando el amante es hombre.
Thiago lo miró.
—¿Y si te digo que el otro nombre en esa libreta es el mío?
Quiroga soltó una risa seca.
—Qué buen sentido del humor.
Thiago cerró los ojos un segundo.
—Tu estupidez me lastima la vista. Andate.
Quiroga se fue confundido.
¿Celos?
¿Culpa?
¿O verdad?