Sinopsis: Él pensó que se casaba con un monstruo. Ella pensó que compraba un peón. Ninguno imaginó que el verdadero peligro no vendría de sus enemigos en las calles de Sicilia, sino de la irresistible tensión de compartir la misma cama. Una viuda poderosa, un esposo indomable y una mano derecha celosa dispuesta a todo por destruirlos.
¿Estás lista para conocer a La Reina de la Mafia? Una nueva y adictiva historia de la escritora Rocío Duque.
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Peligrosa complicidad
El amanecer en Sicilia entró con timidez a través del gran ventanal, pintando la suite presidencial con tonos dorados y lavanda. El silencio de la mañana era absoluto, roto únicamente por el suave crujido de las sábanas de seda cuando Victoria empezó a despertar.
Abrió los ojos despacio, con el instinto de alerta encendido por costumbre, dispuesta a encontrarse con la tensión de la noche anterior. Sin embargo, lo primero que percibió fue el aroma intenso a café recién colado y pan tostado con mantequilla.
Antes de que pudiera incorporarse, sintió una calidez sutil en la mejilla. Los dedos ásperos y grandes de Alexander recorrieron su mandíbula con una caricia sumamente tierna, ascendiendo con lentitud hasta apartarle un mechón de cabello rebelde de la frente. El contacto era tan suave, tan desprovisto de la agresividad del beso de la noche anterior, que el hielo del orgullo de Victoria se derritió por un segundo, dejándola desarmada y con la guardia baja en medio de la calidez de las mantas.
Victoria parpadeó, encontrándose directamente con esos ojos claros y brillantes que la miraban desde arriba. Alexander ya estaba completamente vestido, impecable, con una camisa oscura que se ajustaba a sus hombros anchos y dejaba entrever los tatuajes de su cuello. Sostenía una bandeja de plata rebosante con un desayuno digno de la realeza.
Alexander esbozó una sonrisa imperceptible, inclinando la cabeza con una reverencia que mezclaba una obediencia perfecta y una picardía peligrosa.
—Aquí tiene el desayuno, mi reina, mi dueña... —susurró él, y su voz grave, aún pastosa por el sueño, arrastró las últimas palabras con una sensualidad tan densa que hizo eco en el vientre de Victoria—. He pensado que una soberana no debería empezar el día con el estómago vacío, ni siquiera cuando castiga a su escudo a dormir en el sillón.
Victoria contuvo el aliento, sintiendo el calor subirle por las mejillas. La formalidad sumisa de sus palabras contrastaba de forma salvaje con la burla ligera y la seguridad que emanaba de su imponente físico. Intentó recuperar de inmediato su máscara gélida, pero el desayuno en la cama y la ternura de esa caricia matutina ya habían abierto una brecha insalvable en su fortaleza.
Victoria lo sostuvo la mirada durante unos segundos que parecieron eternos, debatiéndose entre el impulso de ordenarle que se retirara y el innegable placer de tener a ese hombre imponente sirviéndola con tanta devoción. El olor del café terminó por vencerla. Se incorporó despacio, dejando que las sábanas de seda cayeran por su cintura, y aceptó que él colocara la bandeja de plata sobre sus piernas.
—Veo que el sillón no logró entumecer tu audacia, Alexander —dijo ella, con una voz que intentaba sonar altiva, aunque el rastro del sueño la hacía sonar peligrosamente suave. Tomó la taza de porcelana y le dio un sorbo corto, disfrutando del calor—. Cocinas mejor de lo que duermes.
Alexander dio un paso atrás, pero no se alejó. Se cruzó de brazos, apoyando su robusto cuerpo contra uno de los postes de madera de la cama, observándola comer con una fijeza que a cualquier otra persona habría intimidado. Había algo profundamente posesivo en su tranquilidad, como el lobo que vigila pacientemente a su presa. Victoria disfrutó de la cercanía más de lo que estuvo dispuesta a admitir; por un instante, la suite presidencial se sintió como un refugio seguro lejos del nido de víboras que la esperaba afuera.
Sin embargo, la tregua duró lo que tardó en terminarse el café.
El peso de la corona volvió a caer sobre sus hombros. Recordó la reunión del consejo, la mirada desafiante de Matías y la intrusión informática que Alexander había frenado horas antes. El juego de seducción de la mañana era un lujo que la Reina de la Mafia no podía permitirse por más tiempo.
Dejó la taza en la bandeja con un golpe seco, apartó las sábanas y se levantó de la cama de un solo movimiento, recuperando el control de su cuerpo y de la habitación. Caminó descalza hacia el enorme vestidor, dándole la espalda a Alexander y rompiendo el hechizo matutino.
—Suficiente indulgencia por hoy —sentenció Victoria, y su tono recuperó de inmediato esa vibración gélida y ejecutiva—. El desayuno ha estado excelente, pero no tenemos tiempo para juegos domésticos, Alexander. Matías no va a quedarse de brazos cruzados después de la humillación que le hiciste pasar en Palermo.
Se detuvo en el umbral del vestidor y se giró a mirarlo, con los ojos oscuros brillando con una determinación implacable.
—Dijiste anoche que hoy mismo empezarías a desmembrar su red. Quiero saber cuál es tu primer movimiento. ¿Cómo vamos a cercar a la rata antes de que intente morder otra vez?
Alexander asintió en silencio. La chispa pícara de sus ojos claros se apagó instantáneamente, siendo reemplazada por la mirada fría, analítica y letal del operativo Lucas Galiano. El civil sumiso había desaparecido; el estratega militar estaba de vuelta.
Alexander caminó hacia la mesa de noche y tomó un dispositivo digital de alta seguridad, completamente ajeno a los sistemas ordinarios del clan. Lo encendió con un toque de su pulgar y se acercó a Victoria, deteniéndose a una distancia estrictamente profesional en el umbral del vestidor.
—Mientras usted dormía, Reina, el enemigo seguía dejando huellas —dijo él, y su voz recuperó ese registro seco y cortante de la noche anterior—. La intrusión informática que frené durante el consejo no fue un ataque al azar. Matías intentó vulnerar las frecuencias cifradas de las patrullas del norte de Palermo para rastrear sus movimientos. Pensó que, al usar servidores espejo en Suiza, sería invisible.
Alexander deslizó la pantalla y un mapa topográfico tridimensional de Sicilia se desplegó en el dispositivo, mostrando un punto rojo que parpadeaba con insistencia en una zona montañosa y apartada.
—Pero se equivocó —continuó Alexander, con una fría sonrisa de suficiencia—. Reboté el ataque y le planté un virus de geolocalización inversa en su propia terminal. El ataque no vino de Suiza. Se ejecutó desde una villa privada en las afueras de Cefalú. Una propiedad oculta registrada a nombre de una empresa fantasma, pero cuyos fondos de mantenimiento provienen directamente de las cuentas secundarias de Matías.
Victoria se acercó al dispositivo, clavando sus ojos oscuros en el punto parpadeante. La velocidad y la precisión con la que Alexander había operado la dejaron internamente sin aliento. Ninguno de los ingenieros informáticos que su difunto esposo tenía en nómina habría logrado un contraataque de tal magnitud en tan pocas horas. La sospecha volvió a rozar su mente: ¿Cómo un hombre entregado por deudas dominaba el contraespionaje como un oficial de inteligencia? Pero la sed de sangre y el deseo de aplastar a la rata civil pesaron más que sus dudas en ese instante.
—Cefalú... —susurró Victoria, y una sonrisa cruel y hermosa curvó sus labios—. Está en mi territorio, bajo mis narices. Cree que está a salvo jugando a los espías desde la seguridad de las colinas.
—Ya no lo está —sentenció Alexander, guardando el dispositivo—. Ese lugar es su centro de comunicaciones clandestino. Si descabezamos esa villa, Matías se quedará ciego y sordo en Sicilia. Perderá el control de sus hombres antes de que pueda planear su siguiente movimiento. La pregunta ahora, Donna Victoria, es cómo quiere proceder. ¿Quiere que envíe a un grupo de sus guardias a armar un espectáculo ruidoso que alerte a toda la isla... o prefiere que yo me encargue personalmente en la sombra? Puedo infiltrarme, tumbar sus servidores y borrar su red de comunicaciones de forma limpia, sin que nadie sepa que estuvimos ahí.
Victoria lo evaluó en silencio, cruzándose de brazos. La oferta era tentadora, pero la desconfianza innata de una Lombardi la obligaba a mantener los ojos bien abiertos.
—Irías solo —afirmó ella, más como una advertencia que como una pregunta.
—He aprendido que la discreción es más letal que un ejército, mi Reina —respondió él, con esa sumisión calculada que volvía a bailar en sus ojos claros—. Además, si algo sale mal, nadie podrá vincular el ataque con la organización. Solo seré el esposo devoto limpiando el camino de su dueña.
Victoria esbozó una sonrisa lenta, cargada de una gélida autosuficiencia que helaría la sangre de cualquiera que no fuera el hombre que tenía enfrente.
—Te equivocas en algo, Alexander —dijo ella, dando un paso al frente y clavándole una mirada que no admitía réplicas—. En mi imperio, yo no me quedo sentada en el trono esperando a que mis soldados me traigan las cabezas de mis enemigos. Si vas a entrar a esa villa de Cefalú a cegar a Matías, yo voy contigo.
Alexander arrugó apenas las cejas, un destello de genuina preocupación cruzando sus ojos claros antes de que la máscara de sumisión volviera a su sitio.
—Donna Victoria, con todo respeto, es una operación de infiltración. El terreno en las colinas de Cefalú es traicionero y si algo sale mal...
—Si algo sale mal, tengo la puntería suficiente para abrirle la cabeza a quien se cruce en mi camino —lo interrumpió ella, cortante—. No te estoy pidiendo permiso, Alexander. Te estoy dando una orden. No voy a dejar que te muevas a mis espaldas con esa eficiencia militar que sigues justificando con tu "historia de Milán". Quiero ver con mis propios ojos cómo trabajas. Quiero ver qué tipo de monstruo compré.
Alexander la observó fijamente. Internamente, la fría disciplina de Lucas Galiano tuvo que admitir que la Reina tenía agallas de acero, justo como su antiguo jefe le había advertido. Llevarla consigo aumentaba el riesgo de la misión al mil por ciento, pero también era la oportunidad perfecta para demostrarle su lealtad absoluta en el campo de batalla y protegerla en primera línea.
Inclinó la cabeza con esa picardía que la encendía y la desarmaba a partes iguales.
—Sus deseos son órdenes, mi dueña —susurró él, y la comisura de sus labios se curvó levemente—. Prepárese. Dejaremos los trajes de diseñador y los autos oficiales en la mansión. A Cefalú iremos como dos fantasmas en la noche. Cámbiese de ropa; nos vamos en una hora.
Victoria asintió, sintiendo una descarga de adrenalina pura recorrerle las venas. El juego doméstico de la mañana había terminado oficialmente. La caza de Matías acababa de comenzar, y por primera vez, Alexander y ella iban a pelear en el mismo bando.
¡Llegamos a uno de mis capítulos favoritos! Quería que sintieran esa mezcla de peligro, deseo y desconfianza absoluta que rodea a Victoria y Alexander. Llegar hasta aquí con ustedes, ver cómo reaccionan y cómo se sumergen en este romance oscuro está siendo un viaje increíble. Gracias por leer, por apoyar mis letras y por ser cómplices de este imperio. ¿Qué les pareció este encuentro? 🖤
Detrás de cada imperio hay secretos oscuros, y detrás de cada capítulo de La reina de la mafia, hay horas de entrega, pasión y un trozo de mi alma. Ya hemos dejado atrás 9 capítulos; hemos visto la frialdad, el poder, los conflictos internos y la tensión que rodea a nuestra reina y su entorno.
Solo quiero decirles: GRACIAS. Gracias por no dejarla sola en este camino tan peligroso, por morderse las uñas conmigo y por apasionarse con este universo tanto como yo. Su apoyo es el motor que me empuja a seguir escribiendo el destino de los Lombardi.
Prepárense, porque lo que viene va a sacudir los cimientos de todo lo que creen saber... Que tengan un día increíble. ☕🌹