Sol Linares no tenía tiempo para soñar con vestidos blancos ni finales felices. Su mamá necesitaba una cirugía urgente, y su padre, que llevaba años mirándola desde lejos, le ofreció una sola salida: casarse con Bruno Alcázar, el heredero de una de las familias más poderosas de Buenos Aires.
Bruno no podía hablar. No podía moverse. Después de una caída extraña, todos lo daban por perdido.
Pero Sol descubre algo que nadie le había dicho: ese hombre inmóvil fue quien la salvó una noche en la que ella creyó que no iba a salir viva.
Lo que empezó como un trato frío se vuelve una deuda, después una promesa, y finalmente una guerra silenciosa dentro de una casa llena de secretos. Mientras Sol cuida a Bruno, alguien intenta terminar lo que empezó aquella caída.
Y Bruno, atrapado en su propio cuerpo, escucha todo.
La chica que compraron para acompañarlo no se parece a nadie de su mundo. Habla demasiado, cocina como si pudiera curar con las manos, pelea cuando la acorralan y no sabe rendirse.
Él sólo tiene una idea fija: despertar antes de que la destruyan.
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Capítulo 7
Capítulo 7
Dos horas después, Marta entró al cuarto de Bruno para hacer el masaje.
Cerró la puerta y se paró al lado de la cama con la cara torcida.
—Mocosa de porquería —murmuró, clavándole los dedos en el abdomen—. Venir de no sé dónde a dar órdenes. Por tu culpa me retaron.
Presionó más fuerte.
Bruno sintió el dolor. No podía apartarse. No podía tensar el cuerpo. Sólo registrar.
—A ver cuánto manda cuando éste se muera —siguió Marta—. Muerto el señorito, muerta la señora.
Bruno pensó en la misma Marta que, cuando él caminaba por la casa, casi se inclinaba para besarle los zapatos. Desde que estaba postrado, entraba sólo cuando era indispensable. Ella y los dos cuidadores varones lo trataban como una carga.
Sus necesidades básicas eran el peor momento.
Los tres se fastidiaban, lo movían con brusquedad, hacían comentarios sobre su cuerpo como si él no estuviera ahí. Bruno había dejado de querer comer y beber, en parte, para no tener que depender de ellos.
Un hombre podía perderlo todo.
Pero la dignidad dolía más.
Marta hizo unas vueltas mal hechas, se cansó y le pellizcó la cintura con fuerza.
—Total, acá no hay cámaras.
En el sanatorio, Mercedes estaba cada vez mejor.
Sol se aferraba a esa noticia como a una baranda.
—Mamá, el médico dijo que en unos días podés irte. Y justo empiezan mis vacaciones. Voy a poder cuidarte mejor.
Mercedes, recostada contra las almohadas, le tomó la mano.
—Mi hija está cansada por mi culpa.
—No diga pavadas, señora Mercedes. Que estés bien es mi suerte.
Sol apoyó la cabeza contra el brazo de su madre.
Pensó en Bruno y en ese cuarto frío. Comparada con él, ella era afortunada.
Al día siguiente, salió de clase apurada. Tenía que tomar el colectivo hacia la residencia Alcázar.
Apenas cruzó la puerta del edificio, vio a Valeria.
Luna estaba detrás, pegada a su madre. Abril Peralta sostenía el brazo de Valeria como si fueran a entrar a una audiencia. Un chico fingía mirar el celular detrás de un cantero, pero tenía la cámara lista.
Sol lo vio.
Valeria levantó un dedo.
—Vení acá.
Sol miró alrededor sin moverse.
Valeria Rivas había entrado en la vida de Ricardo cuando él seguía casado con Mercedes. Lo emborrachó, se metió en su cama, quedó embarazada de Luna y después presionó hasta romper el matrimonio. Mercedes, hija de una familia común y estudiante brillante en su época, se fue sin pedir nada. Ricardo lloró frente a ella, prometió que no había querido, que estaba atrapado.
Luego se casó con Valeria, entró en los negocios de los Rivas, empezó a vivir como rico y se olvidó de Mercedes y de Sol.
Valeria, en cambio, seguía impecable. La cara sin una arruga, las manos blancas, las uñas perfectas. Mercedes estaba en una cama de hospital después de años de cargarlo todo sola.
Sol sonrió.
—Si quiere hablar, hable desde ahí.
Valeria apretó la mandíbula.
—Te dije que vinieras. ¿Ya ni siquiera reconocés a tu madre?
—Para ser mi madre le falta bastante.
Valeria se puso roja.
—Hace unos días te di quinientos mil para que Mercedes no se muriera. ¿Tan mala memoria tenés? ¿Ya te olvidaste de cómo estabas arrodillada en mi puerta, empapada, pidiendo plata como un perro?
Detrás de ella, varias chicas se rieron.
Abril aprovechó.
—Así se habla, señora Valeria. A estas hay que ubicarlas. Después se suben a una cama ajena y creen que son princesas.
—La madre enferma y ella haciendo escándalos.
—¿Ésta no era la belleza pura de la facultad? Qué decepción.
—Ayer casi mata a la hermana. La metió bajo una canilla. Con esa cara de buena, mirá.
El chico del cantero giró la cámara hacia los curiosos para registrar sus reacciones.
Sol confirmó lo que ya sabía.
Valeria había venido a fabricar un video.
Luna dio un paso, con los ojos húmedos y la cara puesta en su mejor ángulo.
—No te guardo rencor, hermana. Sé que creciste lejos de papá, con una madre resentida, sin educación de familia. Pero no podés golpear gente en público. Yo te perdono, pero otros no van a ser tan buenos.
Una lágrima le rodó por la mejilla.
El público compró enseguida.
—Pobre chica.
—La hermana la golpeó y encima la perdona.
—Entonces la otra sí es una ingrata. Le pagan la cirugía de la madre y les responde así.
Sol escuchó cada palabra.
Después sonrió.
—Valeria, usted se metió en la cama de mi papá cuando él seguía casado con mi mamá. Los encontramos. El video todavía existe. ¿Quiere que hablemos de eso también?
El murmullo cambió de golpe.
—¿Qué?
—¿Video?
Valeria casi perdió la cara. Hacía poco se había hecho tratamientos estéticos y no podía gesticular demasiado, pero la piel tirante no alcanzó para esconder el pánico.
Sol siguió, clara:
—¿O prefiere que cuente cómo usted y Ricardo lloraban desnudos, arrodillados frente a Mercedes, pidiendo que no los destruyera? Si usted trepó a una cama, no significa que todas las mujeres del mundo sean como usted.
Luna palideció.
Tener una madre que había sido amante y después esposa era una mancha que no podía permitirse si quería casarse bien.
—¡Mentira! —gritó, y se lanzó hacia Sol—. Te voy a arrancar esa cara.
Luna no había heredado la belleza de Ricardo. Se arreglaba mucho, se pintaba mucho y dependía de la ropa para llamar la atención. Ahora, con el rímel corrido por la lágrima falsa, tenía una línea negra bajo un ojo.
Sol se inclinó hacia ella y susurró:
—Hija ilegítima. ¿Pensaste que nadie lo sabía?
Luna perdió el control.
Sol la esquivó y le tocó apenas la pierna con el pie.
Luna cayó de boca al piso.
El short bajo la pollera la salvó de una humillación mayor, pero el codo se raspó contra el cemento.
—Mamá...
Valeria respiraba con furia.
—Sos una basura. Yo soy tu madre, ella es tu hermana. ¿Así tratás a tu familia? Voy a hablar con la facultad. Te van a echar.
Sol se acercó a su oído.
—Valeria, todo lo que le hizo a mi mamá se lo voy a cobrar. Pero como hoy me da un poco de pena, le aviso algo: ese marido que consiguió trepándose a una cama quizá ya dejó que otra se le trepara encima.
Valeria se quedó dura.
Durante meses, Ricardo la había tratado con cariño, sí. Pero ya no la tocaba. Cada vez que ella lo buscaba, él hablaba de salud, de cuidarse, de dormir mejor.
¿Se habría atrevido?
Sol alzó una ceja.
—Si yo fuera usted, no subiría ese video. Al final, una Linares y otra Linares se escriben con la misma sangre. A mí no me interesa la alta sociedad. A Luna, sí.
Miró al chico del celular y le sonrió.
—Asegurate de que salga bien mi perfil.
Después se fue.
Valeria Rivas
Abril Peralta
y aun esta autora no sube el otro Capítulo
aprende a ser más responsable al momento de escribir una novela
las novelas tienen principio y final
😡😡😡
sino tienen idea de como escribir una novela
mejor no lo aga