Alfredo siempre creyó que el odio tenía justificación.
Homofóbico, violento y consumido por los prejuicios que heredó de su padre, pasó toda su vida despreciando aquello que no entendía… hasta el día de su muerte.
O eso creyó.
Porque al abrir los ojos nuevamente, ya no era Alfredo.
Ahora es Andrei Macías: un joven omega de piel canela, heredero de una poderosa familia de comerciantes y víctima de una tragedia que destrozó su vida.
Atrapado en un mundo donde los hombres pueden ser marcados, deseados y quebrados, Andrei deberá enfrentarse no solo a los nobles que lo lastimaron… sino también al hombre cruel que alguna vez fue.
Pero entre heridas, segundas oportunidades y un temido general extranjero de fama sanguinaria, descubrirá algo que jamás imaginó:
Tal vez el amor no siempre llega para salvarte.
A veces llega para enseñarte a sobrevivirte a ti mismo.
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capitulo 7
Andrei terminó de alistarse con ayuda de Elena.
La joven insistió en revisar varias veces las marcas rojizas de sus brazos antes de dejarlo bajar al comedor, claramente preocupada de que Gael se molestara al verlo lastimado.
Pero Andrei apenas prestó atención.
Todavía se sentía extraño dentro de su propia cabeza.
Cuando llegó al comedor, Gael ya lo esperaba.
Tal como había prometido.
La comida seguía caliente y varios empleados se movían discretamente alrededor de la enorme mesa, reemplazando platos y sirviendo bebidas.
Y por primera vez desde que despertó en ese mundo…
la cena se sintió casi normal.
Gael habló la mayor parte del tiempo.
Le contó historias simples sobre él mismo cuando era joven, algunos problemas de negocios y pequeños desastres comerciales que ahora parecían graciosos.
Andrei escuchó en silencio.
A veces respondiendo pequeñas cosas.
Otras simplemente observándolo.
Todavía no entendía cómo alguien podía hablarle con tanta paciencia.
—¿Entonces estudiabas? —preguntó de repente Andrei mientras jugueteaba distraídamente con los cubiertos.
Gael levantó la mirada sorprendido.
—Claro. Historia, economía, idiomas, política… aunque siempre odiaste matemáticas.
Eso último lo dijo riendo suavemente.
Andrei apartó la mirada incómodo.
Ni siquiera sabía si realmente odiaba las matemáticas o si eso pertenecía al verdadero Andrei.
—¿Y qué hacía normalmente? —preguntó otra vez—. En mi día a día.
Gael pareció pensarlo.
—Ayudabas ocasionalmente con algunas cuentas comerciales, leías muchísimo, discutías seguido con tu hermano y pasabas demasiado tiempo en el invernadero.
Frunció apenas el ceño.
—Aunque últimamente… estabas aprendiendo más sobre negociaciones.
Andrei asintió lentamente.
—¿Tenía algún talento?
La pregunta hizo que Gael sonriera con orgullo inmediato.
—Muchos.
Eso lo descolocó un poco.
—Eres bueno dibujando. Tocas piano mejor que tu madre y tienes memoria absurda para los idiomas.
Andrei no supo qué responder a eso.
Porque escuchar tantas cosas buenas sobre sí mismo seguía sintiéndose ajeno.
Hubo un pequeño silencio antes de que volviera a hablar.
—Quiero aprender a defenderme.
Gael parpadeó sorprendido.
—¿Hm?
Andrei sostuvo su mirada esta vez.
—No quiero volver a sentirme débil.
La expresión de Gael cambió inmediatamente.
Dolor.
Orgullo.
Preocupación.
Todo mezclado.
Pero al final asintió despacio.
—Está bien.
Andrei se sorprendió un poco de que aceptara tan rápido.
—Hablaré con Víctor cuando llegue —continuó Gael—. Él podrá enseñarte.
Luego agregó con tono firme:
—No permitiré que un desconocido tenga acceso constante a ti.
La frase habría parecido exagerada para cualquiera más.
Pero Andrei entendió perfectamente el miedo detrás de ella.
Aunque para él…
todos allí seguían siendo desconocidos.
La conversación continuó un poco más hasta que el cansancio finalmente comenzó a vencerlo.
Y cuando llegó la hora de dormir, Andrei sintió un extraño alivio.
Porque aquel día infernal por fin estaba terminando.
Elena lo ayudó nuevamente a prepararse para dormir y le entregó una enorme batola suave que casi parecía tragárselo entero.
Luego apagó varias luces de la habitación dejando apenas el resplandor tenue de unas lámparas pequeñas.
La enorme cama con dosel volvió a recibirlo.
Y apenas se acomodó entre las mantas…
el sueño lo golpeó de inmediato.
A pesar de las mil preguntas girando todavía dentro de su cabeza.
A pesar del miedo.
A pesar de las voces.
Se durmió rápido.
Como alguien que llevaba demasiado tiempo agotado.
Primero apareció su padre.
Gritándole.
Despreciándolo.
Reprochándole una vez más el tono de su piel.
“Mira a tus hermanos.”
“¿Por qué tú no puedes ser normal?”
“Siempre avergonzándome.”
Las palabras caían sobre él una detrás de otra mientras permanecía inmóvil, como cuando era niño.
Luego la escena cambió.
Ahora era una versión más joven de sí mismo.
Y su padre lo golpeaba.
Una vez.
Otra.
Otra más.
El dolor recorría todo su cuerpo mientras escuchaba aquella voz llena de furia.
Después todo volvió a cambiar.
Su padre estaba rodeado de otros hombres riendo y bebiendo mientras lo señalaba con desprecio.
“Miren a los hijos de ustedes… exitosos.”
“Y luego está este.”
Las carcajadas llenaron el lugar.
Pesadas.
Humillantes.
Andrei sintió que apenas podía respirar.
Y entonces apareció el último recuerdo.
Oscuro.
Violento.
Su padre sosteniendo un bate.
Los ojos llenos de rabia.
La versión joven de Alfredo retrocediendo lentamente mientras el hombre levantaba el arma.
—¡Todo es culpa tuya!
El bate descendió directo hacia su cabeza.
Y Andrei despertó de golpe.
Su respiración salió agitada mientras se incorporaba violentamente sobre la cama.
El corazón le latía tan fuerte que dolía.
Miró alrededor confundido.
La enorme habitación.
Las cortinas claras.
La luz del sol entrando por los ventanales.
Era de día.
No estaba allí.
Ya no.
Se llevó una mano al pecho intentando calmarse mientras respiraba varias veces.
Lento.
Otra vez.
Otra.
Poco a poco el aire volvió a entrar con normalidad a sus pulmones.
Unos minutos después la puerta se abrió con suavidad.
Elena entró llevando algunas prendas dobladas entre los brazos, pero se sorprendió apenas al verlo despierto.
—Amo Andrei, ya despertó.
Su voz sonó más alegre de lo habitual.
—¿Qué desea hacer hoy?
Andrei permaneció en silencio unos segundos pensando.
No quería quedarse encerrado otra vez.
Necesitaba entender el lugar donde estaba viviendo.
Y quizá…
si conocía mejor este mundo…
su cabeza dejaría de sentirse tan perdida.
—¿Puedo dar un paseo por la casa? —preguntó finalmente.
Elena sonrió enseguida.
—Claro que sí.
Andrei dudó un instante antes de continuar.
—Quiero adaptarme un poco… así que también me gustaría que me presentaras a las personas que trabajan aquí.
La expresión de Elena se suavizó inmediatamente.
Y por primera vez desde que despertó en aquel mundo…
Andrei sintió que tal vez estaba intentando vivir allí en serio.
Ya completamente cambiado, Andrei comenzó el recorrido por la mansión junto a Elena.
El lugar era incluso más grande de lo que había imaginado.
Pasillos enormes adornados con cuadros y lámparas elegantes, escaleras de mármol, salas demasiado lujosas y ventanales tan altos que dejaban entrar ríos enteros de luz.
Todo parecía salido de otra época.
O de un sueño extraño.
Mientras caminaban, Elena iba señalándole distintas zonas de la casa: la biblioteca, los salones de invitados, el invernadero que aparentemente él adoraba, las oficinas donde Gael trabajaba, e incluso una pequeña sala de música donde descansaba un enorme piano negro.
—Usted pasaba mucho tiempo aquí antes, amo Andrei —comentó Elena mientras abría la puerta de aquella habitación.
Andrei observó las teclas en silencio.
No recordaba nada.
Ni siquiera sabía tocar realmente.
Pero por alguna razón…
el lugar le transmitía calma.
Continuaron recorriendo la mansión mientras Elena le presentaba poco a poco al personal.
Algunos trabajadores hacían reverencias nerviosas al verlo despierto.
Otros parecían genuinamente felices.
Especialmente los más mayores.
Andrei comenzó a notar algo extraño.
Todos parecían quererlo de verdad.
Y esa idea seguía resultándole difícil de entender.
Cuando llegaron a los jardines, un anciano jardinero casi lloró al verlo despierto y le mostró orgulloso varias flores que, según él, Andrei había ayudado a plantar meses atrás.
Después de eso, Elena lo llevó finalmente a la cocina principal.
Y allí el ambiente cambió por completo.
Calor.
Ruido.
Olores dulces.
Varias personas moviéndose de un lado a otro mientras enormes hornos permanecían encendidos.
En medio de todo aquello había una mujer alta y corpulenta organizando bandejas recién horneadas.
Su piel oscura brillaba cálidamente bajo la luz de la cocina y llevaba un pañuelo atado sobre el cabello rizado.
Apenas lo vio…
sus ojos se abrieron enormes.
—¡Ay, mi niño!
Antes de que Andrei pudiera reaccionar, la mujer corrió hacia él y lo levantó del suelo como si no pesara absolutamente nada.
—¡¿Eh?!
La mujer comenzó a darle vueltas riendo con fuerza.
—¡¿Viniste por tu porción de torta como todas las mañanas, hm?!
Andrei apenas logró sostenerse de sus hombros mientras todo daba vueltas.
—¡¿Q-qué?!
—¿Ya te acordaste de esta mamina, ah?!
Y acto seguido lo aplastó contra su abundante pecho en un abrazo sofocante.
Andrei casi dejó de respirar.
El cariño de aquella mujer era cálido.
Genuino.
Abrumador.
Y extrañamente… agradable.
Pero al mismo tiempo, la cercanía volvió a hacerle consciente de algo que todavía no sabía manejar.
Su piel.
El parecido.
El rechazo enterrado dentro suyo.
Su cuerpo se tensó apenas.
Fue Elena quien terminó salvándolo.
—Madam Hattie —intervino rápidamente intentando contener la risa—. Recuerde que el amo Andrei perdió la memoria. No creo que recuerde todo todavía.
La mujer se congeló.
Y luego lo soltó poco a poco como si recién entendiera lo que ocurría.
—¡Ay, virgen santa! ¡Perdóname, mi niño!
Sus ojos se llenaron inmediatamente de culpa.
—Es solo que esta mamina te extrañó muchísimo.
Le acomodó el cabello con una ternura casi maternal.
—Quería que despertaras pronto… nadie come mis pasteles con tanta felicidad como tú.
bendiciones autora y ánimo
bendiciones autora y ánimo