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EL REFLEJO DE LA ALQUIMIA

EL REFLEJO DE LA ALQUIMIA

Status: En proceso
Genre:Época
Popularitas:3.3k
Nilai: 5
nombre de autor: More more

En un siglo XVIII alternativo, donde la magia se oculta tras el abanico de la etiqueta y el filo de la espada, Elowen de Valois es una anomalía. Hija de un marqués que la desprecia y heredera de una magia de sangre que tiñó su cabello de blanco y sus ojos de rubí, es vendida como un mueble al Duque de Oakhaven.

​Los rumores dicen que el Duque es un monstruo deforme que oculta su rostro tras una máscara de plata, un hombre que desprecia la compañía femenina y que vive recluido en una fortaleza de piedra. Sin embargo, Elowen no es una damisela en apuros. Armada con un intelecto afilado, un conocimiento letal sobre venenos y una belleza sobrenatural que ella misma considera una maldición, entra en la boca del lobo con un solo objetivo: sobrevivir y reclamar su libertad. Lo que no sabe es que su esposo guarda secretos que podrían derrocar imperios, y que la "fiera" es, en realidad, el hombre más poderoso —y peligroso— del reino.

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7

El Palacio Imperial de Aethelgard guardaba secretos en sus cimientos, pero ninguno tan podrido como el origen del hombre que se sentaba en el trono. Mientras la música del baile seguía resonando como un eco lejano en los pasillos, Elowen y Caelum se retiraron a sus aposentos privados. La farsa pública había terminado por hoy, pero la tensión entre ellos apenas comenzaba a ebullir.

​Para entender el odio de Alistair, había que mirar hacia atrás, a las sombras de las alcobas reales de hace treinta años. El anterior Emperador, un hombre de linaje puro y sangre de lobo, había cometido el error de dejarse seducir por una concubina de baja estirpe pero de una astucia ponzoñosa: Lady Maris.

​Maris no poseía magia, ni linaje, ni honor. Tenía, en cambio, una habilidad magistral para las pócimas de fertilidad y el engaño. Alistair nació de una noche de embriaguez real, un niño que desde su primer llanto decepcionó a la corona.

A diferencia de Caelum, el hijo de la Emperatriz legítima, Alistair nació "seco". No había rastro del lobo en él; sus sentidos eran mediocres, su fuerza era común y su espíritu carecía de la nobleza instintiva de los cambiantes.

​Caelum, por el contrario, era el orgullo del imperio. No solo heredó la naturaleza salvaje y dominante de su padre, sino que por parte de su madre —una princesa de las Tierras Sombrías— heredó el control de las sombras, una magia ancestral que le permitía fundirse con la oscuridad.

​Alistair creció viendo a su medio hermano ser una leyenda mientras él era solo un "accidente" dinástico. Por eso, cuando el accidente de plata hirviente marcó a Caelum, Alistair no vio una tragedia, sino su oportunidad.

Con la ayuda de las artes oscuras de su madre, quemó el testamento real y convenció al Consejo de que un "monstruo desfigurado" no podía representar la perfección del imperio.

​Al cerrar la pesada puerta de roble de su habitación, Caelum se despojó de la capa con un movimiento brusco. El aire en la habitación cambió de inmediato. Ya no estaba el Archiduque diplomático; estaba el depredador.

​Elowen se soltó el cabello, dejando que la cascada blanca cayera sobre sus hombros desnudos. Se acercó a una pequeña mesa donde reposaban varios frascos y comenzó a desabrocharse los guantes con una lentitud que hizo que los ojos ámbar de Caelum la siguieran con hambre.

​—Tu hermano es un hombre pequeño, Caelum —dijo ella, lanzando un guante sobre una silla—. Se nota en la forma en que agarra la copa. Tiene miedo de que el oro se le escape de las manos.

​Caelum se acercó a ella por detrás. Sus sombras se adelantaron, envolviendo los tobillos de Elowen como caricias de terciopelo negro.

—Hablaste demasiado con el Ministro de Finanzas, mi pequeña alquimista. Casi huelo el rastro de sus mentiras en tu piel. Me dieron ganas de arrancarle la lengua solo por respirar tu mismo aire.

​Elowen se giró, quedando atrapada entre la mesa y el cuerpo macizo del Duque. Le puso una mano en el pecho, sintiendo el latido rítmico y poderoso de su corazón de lobo.

—¿Celos, mi señor? Creía que el gran lobo de Oakhaven estaba por encima de las bajas pasiones humanas.

​Caelum se inclinó, su máscara de platino rozando la frente de ella.

—El lobo no tiene celos, Elowen. El lobo marca lo que es suyo. Y ahora mismo, mi nariz me dice que tienes un aroma a traición ajena que necesito borrar con mi propio rastro.

​—¿Ah, sí? —Elowen enarcó una ceja, su mirada rubí brillando con picardía—. ¿Y cómo piensa el ilustre Archiduque borrar ese rastro? ¿Con más discursos sobre la frontera?

​Caelum soltó una risa ronca y la levantó de la cintura, sentándola sobre la mesa entre los frascos de cristal. Sus manos subieron por sus muslos, deteniéndose justo donde empezaba la liga que sostenía su daga.

—Toda esta inteligencia tuya... a veces me dan ganas de encerrarte en el laboratorio solo para ver qué nueva forma de torturarme inventas.

Eres un veneno dulce, Elowen. Uno que me gustaría beberme gota a gota hasta que no quede nada de la Duquesa perfecta, solo la mujer que gime bajo mis sombras.

​Elowen soltó una risita suave y mordió su labio inferior, una expresión que desarmó por completo al Duque.

—Cuidado, Caelum. Recuerda que soy experta en antídotos. Si me bebes demasiado rápido, podrías terminar adicto.

Y dudo que el Emperador apruebe que su hermano mayor esté tan... ocupado adorando a su "estorbo" de esposa.

​—Que el Emperador se pudra en su trono de mentiras —susurró Caelum, enterrando su rostro en el cuello de ella, inhalando con ferocidad—. Prefiero mil veces estar arrodillado frente a ti que sentado en ese asiento frío. Tienes un sabor a peligro que me está volviendo loco.

​De repente, un golpe suave en la puerta interrumpió el momento.

—¡Excelencias! —era la voz de un paje—. Su Majestad el Emperador envía un presente para la Duquesa.

​Caelum gruñó, un sonido que vibró desde lo más profundo de su pecho, pero soltó a Elowen. Ella se arregló el vestido con una sonrisa triunfal y abrió la puerta.

​El paje entregó una caja de terciopelo azul.

Dentro, había una gargantilla de diamantes negros de un valor incalculable y una nota escrita con la caligrafía nerviosa de Alistair: "Para la mujer que merece más que una máscara de plata. Ven a verme mañana al jardín privado, tengo una propuesta que cambiará tu destino".

​Elowen cerró la caja y miró a Caelum, quien ya estaba leyendo la nota por encima de su hombro. Sus ojos ámbar estaban encendidos en una furia dorada.

​—Quiere comprarte —dijo Caelum, sus sombras empezando a agitarse violentamente por toda la habitación—. Cree que porque él es un ser sin alma, tú también puedes ser comprada con piedras brillantes.

​Elowen dejó la caja sobre la mesa y se acercó a Caelum, rodeando su cuello con sus brazos.

—Déjalo que lo crea, tonto lobo. Mañana iré a ese jardín. Y mientras él cree que me está seduciendo con su poder prestado, yo le sacaré hasta el último secreto sobre sus mercenarios.

​Caelum la apretó contra sí, su mano bajando hacia la curva de su cadera con una firmeza posesiva.

—Si te toca... si pone una sola de sus manos sucias sobre ti, Elowen, no habrá plan que me detenga. Devoraré este palacio entero para llegar a ti.

​Elowen se puso de puntillas y le susurró al oído, con una voz cargada de una promesa morbosa y dulce:

—Nadie me toca como tú, Caelum. Tu hermano tiene diamantes, pero tú tienes el fuego en la sangre y las sombras en las manos. Mañana le daré un espectáculo de fidelidad fingida, pero esta noche... esta noche quiero que me demuestres por qué el trono de este imperio te pertenece a ti y a nadie más.

​Caelum no necesitó más invitación. La cargó en sus brazos hacia la cama de dosel, mientras las velas de la habitación se apagaban por sí solas, devoradas por las sombras de un hombre que estaba a punto de reclamar a su Luna en cuerpo y alma.

​El juego político seguía fuera de esas cuatro paredes, pero dentro, la química de la realidad estaba forjando algo mucho más indestructible que cualquier corona: una unión de sangre, magia y un deseo que haría arder el mundo si fuera necesario.

​Caelum se deshizo de su camisa con una urgencia contenida, revelando el torso de un guerrero marcado por cicatrices de plata y fuego, pero imbuido de una potencia muscular que parecía a punto de estallar.

Se situó sobre ella, apoyando su peso en los antebrazos, dejando que el calor de su cuerpo envolviera al de Elowen.

​—Mírame, Elowen —gruñó él, su voz era una vibración que ella sentía en la médula de sus huesos—. No hay máscaras aquí. No hay emperadores. Solo tú y la bestia que has despertado.

​Elowen subió sus manos por los brazos de él, deleitándose en la textura de su piel caliente. Sus dedos, expertos en mezclar venenos, ahora solo buscaban el punto exacto donde la piel de Caelum se unía con su alma.

​—Entonces deja de hablar, mi lobo —susurró ella, su aliento rozando los labios de él—. Y demuéstrame que este estorbo de mujer es lo único que tus sombras desean devorar.

​Caelum la besó con una ferocidad que le robó el aire. No era el beso protocolario del baile; era un reclamo. Sus lenguas se encontraron en una batalla de sabores —el vino, el deseo y la esencia misma de su magia—. Elowen jadeó contra su boca, arqueando la espalda cuando sintió la mano de Caelum bajar por su costado, desatando las cintas de su corsé con una destreza que la hizo temblar.

​—Estás tan caliente... —murmuró Caelum contra su cuello, inhalando el aroma de su piel—. Tu sangre canta para mí, Elowen. Puedo oírla golpear en tus venas.

​Él bajó sus besos por la curva de sus hombros, dejando pequeñas marcas de propiedad que ella luciría al día siguiente bajo sus sedas.

Elowen soltó un gemido que se rompió en un jadeo cuando los labios de él encontraron la sensibilidad de su pecho. Sus manos se enterraron en el cabello de Caelum, tirando ligeramente, incitándolo a más.

​—Más... —suplicó ella, con la voz rota por el placer—. No te detengas... quiero sentir todo el peso de tu corona sobre mí.

​Caelum se separó apenas unos centímetros para mirarla. Sus ojos eran dos pozos de ámbar líquido, brillando con una luz salvaje. El lobo estaba al frente, reconociendo finalmente a su Luna.

Cuando él se unió a ella, el mundo pareció detenerse. Fue una invasión lenta, deliberada, un choque de dos fuerzas de la naturaleza que habían pasado siglos buscándose.

​—Mía —gruñó él, sus hombros tensos mientras se abría camino en su interior—. En esta vida y en todas las que vengan.

​Elowen envolvió sus piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más hacia sí, buscando esa profundidad que solo un ser como él podía ofrecer.

Sus uñas se clavaron en la espalda de Caelum, trazando nuevas líneas sobre las viejas cicatrices.

​—Tuyo... —respondió ella entre jadeos, con los ojos rojos nublados por una pasión que ninguna pócima podría replicar—. Soy tuya, Caelum. Destílame, consúmeme... no dejes nada para el resto del mundo.

​El ritmo que siguió fue una danza de sombras y luz. Cada embestida de Caelum era una promesa de lealtad y una declaración de guerra contra cualquiera que intentara separarlos.

El placer era tan intenso que las sombras de la habitación comenzaron a materializarse, envolviendo la cama en un capullo de oscuridad protectora, aislándolos de los espías y de las intrigas del palacio.

​Caelum sentía la plenitud del lobo; la conexión era total. No era solo carne contra carne; era su esencia mágica entrelazándose con la alquimia de ella.

Elowen no era una víctima de su fuerza; ella era su igual, respondiendo a cada uno de sus movimientos con una audacia que lo volvía loco. Sus jadeos se sincronizaron, una melodía de deseo que llenaba el espacio entre ellos.

​—Eres tan... perfecta —jadeó Caelum, acelerando el paso mientras el clímax se cernía sobre ellos como una tormenta de verano—. Eres mi perdición, Elowen de Valois.

​—Entonces piérdete conmigo —respondió ella, apretándolo contra sí mientras el placer estallaba en mil fragmentos de luz roja y ámbar.

​Ambos quedaron colapsados el uno sobre el otro, el silencio de la habitación solo roto por sus respiraciones entrecortadas y el latido desbocado de sus corazones. El lobo de Caelum, por primera vez en su vida, se sentía en paz, acurrucado mentalmente alrededor de la figura de Elowen.

​A la mañana siguiente, el sol de Aethelgard entró por la ventana con una insolencia que molestó a Caelum. Elowen ya estaba despierta, sentada frente al tocador, terminando de aplicar un perfume traslúcido en sus muñecas. Su rostro no mostraba rastro de fatiga, solo una serenidad letal.

​—¿Estás lista para tu "cita" con el usurpador? —preguntó Caelum desde la cama, observándola con una mirada posesiva que no intentaba ocultar.

​—Más que lista —respondió ella, levantándose y acercándose a él para darle un beso casto pero cargado de intención en la frente—. Este perfume es una variante de mi "Susurro de la Verdad".

No lo hará confesar secretos de Estado inmediatamente, pero lo pondrá en un estado de euforia donde creerá que cada palabra que sale de mi boca es un mandato divino.

​Caelum se levantó, su desnudez imponente no lo intimidaba frente a ella. Tomó la nota de Alistair y la apretó en su puño.

—Iré contigo. Me quedaré en las sombras de los arbustos. Si intenta propasarse, no me importará que sea el Emperador; le arrancaré la mano antes de que toque tu piel.

​—Confía en mí, mi lobo —dijo ella, ajustándole la máscara de platino con delicadeza—. Alistair cree que está cazando a una presa fácil. No sabe que se está metiendo en el jardín con una víbora que tiene ojos de rubí.

​El jardín privado del Emperador era un laberinto de setos recortados con precisión quirúrgica y fuentes de mármol que lloraban agua cristalina. Alistair esperaba en una glorieta cubierta de glicinas, luciendo una túnica de seda dorada que intentaba compensar su falta de presencia física.

​—Duquesa —dijo Alistair, levantándose y haciendo un gesto para que se sentara frente a él—. Me alegra que hayas aceptado mi invitación. Mi hermano es un hombre de gustos... limitados. Me temo que una mujer de tu intelecto debe sentirse sofocada en ese rincón del norte.

​Elowen se sentó, dejando que el viento llevara el aroma de su perfume hacia el Emperador. Vio cómo las pupilas de Alistair se dilataban casi al instante.

—Oakhaven tiene su encanto, Majestad. Pero debo admitir que la capital tiene una energía que echaba de menos.

​Alistair se inclinó hacia adelante, su voz bajando a un tono conspirador.

—Elowen, seamos directos. Caelum es un hombre marcado. Tarde o temprano, su naturaleza salvaje lo consumirá o el Consejo decidirá que es un riesgo innecesario.

Tú, en cambio, eres una joya que podría brillar en el trono mismo. Si me ayudas a... vigilar sus movimientos y a asegurarnos de que no cometa ninguna imprudencia contra la corona, te prometo que tu posición en este palacio será superior a la de cualquier duquesa.

​Elowen fingió una duda momentánea, bajando la mirada hacia sus manos.

—¿Me está pidiendo que traicione a mi esposo, Majestad?

​—Te estoy pidiendo que elijas al bando ganador —respondió Alistair, extendiendo su mano para tocar la de ella.

​Desde las sombras de un gran sauce llorón, Caelum sintió cómo sus garras empezaban a brotar de sus dedos.

Sus sombras se agitaron, enfriando el aire del jardín varios grados. Pero Elowen no se inmutó. Dejó que Alistair le rozara los dedos, mientras ella activaba mentalmente su jugada.

​—Es una propuesta muy tentadora, Majestad —dijo ella, levantando sus ojos rojos y fijándolos en los de él con una intensidad hipnótica—. Pero dígame, para confiar plenamente en su protección... ¿qué planea hacer con los mercenarios del Este que el Ministro de Finanzas mencionó anoche? Si voy a estar a su lado, necesito saber que sus defensas son tan sólidas como sus promesas.

​Alistair, bajo el efecto del perfume y la cercanía de Elowen, sonrió con una arrogancia estúpida.

—Ah, el Ministro habla demasiado. Pero tienes razón, mereces saberlo. Esos mercenarios no son para la frontera, querida. Son para rodear Oakhaven en la próxima luna llena, cuando tu esposo esté más... vulnerable por su naturaleza. Una vez que el lobo sea eliminado, el ducado será tuyo. Y tú... tú serás mía.

​Elowen sonrió, una expresión de una belleza aterradora. Había conseguido la confirmación.

La traición no era solo política; era un plan de asesinato ritual.

​—Entiendo perfectamente, Majestad —susurró ella—. Parece que tenemos mucho de qué hablar. Pero por ahora... creo que mi esposo me espera para el almuerzo.

No queremos que sospeche nada todavía, ¿verdad?

​Alistair asintió, completamente cautivado. Elowen se levantó y se alejó con una elegancia soberana.

En cuanto estuvo fuera de la vista del Emperador, Caelum emergió de las sombras como un espectro furioso.

​—Lo mataré —dijo Caelum, su voz era un trueno bajo—. Quiere matarme en la luna llena.

​—No si nosotros lo matamos primero, mi amor —respondió Elowen, tomando su mano y apretándola con fuerza—. Ahora sabemos el cuándo y el cómo.

Solo nos queda decidir el "quién" le dará el golpe de gracia. Y te aseguro que no será una espada lo que lo termine, sino el peso de sus propias mentiras.

​Caelum la miró, y por primera vez en su vida, sintió que el trono no era un peso, sino una meta que alcanzaría no por ambición, sino para proteger a la mujer que acababa de salvarle la vida con una sonrisa y un aroma.

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Nubia Jaramillo
me gustó mucho su historia felicitaciones
Sephora
Creo que 🤭 viene una camada de cachorros
YUSMARI HURTADO
felicidades autora
Paola Cordero
Estos dos si siguen así tendrán una camada de cachorros jajjaja ni las luces de el anticonceptivo 🤣🤣🤣🤣🤣
Paola Cordero
Estos dos si siguen así tendrán una camada de cachorros jajjaja ni las luces de el anticonceptivo 🤣🤣🤣🤣🤣
YUSMARI HURTADO
oh vaya capitulo 15 y 16 son Los mismo se repitio/Slight/
Maria Luisa Castro
Interesante 👏
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