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Las Veredas Del Alma

Las Veredas Del Alma

Status: En proceso
Genre:Reencuentro / Romance / Amor eterno
Popularitas:185
Nilai: 5
nombre de autor: marig

Tres amigos de la infancia. Un amor en secreto que finalmente se anima a nacer. Y un resentimiento silencioso dispuesto a destruirlo todo. Camila brilla con luz propia, Bruno es el chico de pocas palabras que daría la vida por ella, y Milena es la sombra que espera el momento exacto para actuar. Lo que empieza como un romance de escuela secundaria terminará atrapado en una red de manipulación, celos y una trampa mortal en lo profundo. Descubrí hasta dónde se puede llegar cuando la envidia se disfraza de amistad.

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Capítulo 21: El fondo del abismo y las dos búsquedas

El golpe seco contra las salientes de piedra del cañadón no significó el final de su vida, aunque Milena lo hubiera planeado minuciosamente con la frialdad implacable de un verdugo. El cuerpo de Camila rodó de manera violenta entre los espinillos secos, los pastizales duros y la tierra suelta de la ladera, amortiguado milagrosamente por la vegetación baja y achaparrada de la geografía patagónica antes de quedar completamente inmóvil. Quedó depositada en el fondo de una quebrada seca, un recoveco profundo y sombrío que la ocultaba por completo de la vista de cualquiera que mirara con desesperación desde la cumbre del Pico del Diablo. Arriba, en lo alto, el viento de la noche soplaba con fuerza borrando cualquier rastro de las pisadas; abajo, en la penumbra del cañadón, la sangre fresca empezaba a teñir la piedra porosa de la barda de Neuquén mientras el conocimiento se le escapaba del cuerpo.

A menos de un kilómetro de ese punto exacto, el humo blanco de una pequeña fogata controlada se elevaba de manera mansa hacia el cielo estrellado. Benjamín, un chico de diecisiete años de contextura delgada pero de andar firme y seguro, caminaba despacio entre las matas buscando ramas secas para mantener vivo el campamento que había armado junto a su padre. Ellos venían de Buenos Aires, pertenecientes a una familia de alta alcurnia, apellidos patricios y un enorme poder adquisitivo; el padre de Benjamín era un prestigioso cirujano con acciones en clínicas internacionales de renombre, un hombre que se la pasaba trabajando día y noche, por lo que ese viaje de campamento a la Patagonia representaba el único intento real en años de conectar con su hijo. Sin embargo, el destino de Benjamín cambió de rumbo por completo cuando, al acercarse al borde de una de las tantas grietas del terreno para juntar leña, divisó un bulto de ropa desgarrada en el fondo del foso.

Al bajar corriendo de manera temeraria por la pendiente de tierra suelta, el corazón del chico dio un vuelco salvaje en su pecho. Se trataba de una joven de su misma edad. El panorama era desgarrador: la chica tenía el rostro gravemente desfigurado por los cortes profundos de las rocas filosas, una respiración apenas perceptible que se le atoraba en la garganta y una de sus piernas visiblemente quebrada en un ángulo antinatural.

—¡Papá! ¡Vení rápido, por favor! ¡Hay alguien atrapado acá abajo! —gritó Benjamín con la voz rota por la desesperación, mientras se sacaba rápidamente el buzo de lana para presionar con fuerza una profunda herida que sangraba en la cabeza de la joven.

El doctor bajó el cañadón a toda velocidad cargando el botiquín de emergencias de la camioneta. Al evaluar la extrema gravedad de las lesiones internas y las fracturas expuestas, el médico no dudó un segundo en la prioridad médica. La cargaron con extremo cuidado en la parte trasera de su camioneta 4x4 y la trasladaron de inmediato hacia el hospital de un pequeño pueblo del interior de la provincia, un lugar cercano donde el cirujano tenía contactos profesionales directos y podía operarla de urgencia en un quirófano privado, eludiendo la lenta burocracia de los centros de salud de la capital neuquina. Camila ingresó a la sala de operaciones bajo el anonimato total de las siglas NN, debatiéndose entre la vida y la muerte. Los médicos lograron salvar sus funciones vitales, pero debido al severo traumatismo craneal, la joven cayó en un coma profundo. Su rostro quedó completamente cubierto de vendas blancas debido a las severas deformaciones óseas que los bisturís de los cirujanos tuvieron que reconstruir minuciosamente desde cero.

Mientras Camila luchaba por dar cada bocanada de aire en esa camilla anónima y silenciosa, a unos pocos kilómetros de distancia, en las calles del barrio, se desataba un verdadero infierno terrenal. Bruno estaba completamente desquiciado, al borde de la locura. Había subido a la barda a pie esa misma noche al ver que las chicas no regresaban a la hora pactada y que los teléfonos daban apagado. La policía provincial montó un operativo de rastrillaje de urgencia, pero el relato de la única testigo presencial ya había envenenado y desviado el rumbo de toda la investigación policial. Milena llegó al destacamento escoltada por una ambulancia, temblando de frío, llorando a lágrima viva y con las rodillas raspadas a propósito contra el suelo para darle veracidad a su historia. Su actuación dramática fue perfecta y despiadada ante los oficiales de la comisaría y ante la horrorizada familia de Camila:

—¡Fue mi culpa, todo fue mi culpa! —gritaba Milena entre sollozos incontrolables, abrazándose con fuerza a Bruno mientras el chico intentaba contener su propia desesperación—. Caminamos por el filo del Pico del Diablo... yo le advertí que era peligroso por el viento, pero Cami quería ver el amanecer desde el borde exacto. Se resbaló con la piedra floja. Traté de agarrarla de la campera, se lo juro por lo más sagrado, pero el piso de tierra se desmoronó por completo y la vi caer al vacío... la barda se la tragó en la oscuridad. Fui a buscar ayuda pero me perdí entre los senderos por el choque emocional. ¡Perdoname, Bruno, por favor, no la pude salvar!

La macabra mentira de Milena desvió por completo el foco de las patrullas de rescate. La policía y los bomberos concentraron sus esfuerzos de búsqueda en el sector norte de la barda, el lugar exacto que ella indicó falsamente como el punto de la caída. Esa era un área intransitable, peligrosa y llena de pozos ciegos naturales, por lo que, al no encontrar rastros tras varios días de búsqueda intensa, los rescatistas asumieron que el cuerpo de la joven había quedado sepultado o arrastrado por los constantes desprendimientos de piedra arcillosa. Bruno pasó tres semanas enteras sin dormir una sola hora de corrido, caminando bajo la lluvia y el viento, pegando cientos de carteles con el rostro sonriente de Camila en cada poste de luz, en cada parada de colectivo, en cada almacén de Neuquén y en las paredes de la terminal de ómnibus. En esos papeles se leía en letras grandes y desesperadas: «¿LA VISTE? BUSCAMOS A CAMILA. COMUNICARSE CON BRUNO AL...»

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