Cinco años habían transcurrido desde que el Imperio dejó atrás la guerra que amenazó con consumirlo.
Las cicatrices seguían ahí, aunque ocultas bajo el esplendor de una nueva era.
Las ciudades prosperaban, las rutas comerciales se habían extendido hasta reinos que antes eran enemigos y el pueblo vivía una estabilidad que muchos creían imposible.
Pero la paz no eliminaba las ambiciones.
Solo les daba tiempo para crecer.
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Ecos del pasado
La música volvió a sonar.
Los nobles retomaron sus conversaciones.
Los sirvientes continuaron recorriendo el salón con bandejas de vino y platillos exquisitos.
Sin embargo...
Para Sacha, el tiempo parecía haberse detenido.
Las voces a su alrededor se convirtieron en un murmullo lejano.
Todo cuanto podía escuchar era una sola frase.
"Era la hermana de tu madre."
Caminó con paso tranquilo hasta el balcón principal del palacio.
Necesitaba aire.
Necesitaba silencio.
Necesitaba ordenar sus pensamientos.
La brisa nocturna agitó suavemente su cabello rubio.
Desde allí podía contemplar los jardines imperiales iluminados por cientos de faroles.
Años atrás, aquella vista le habría parecido hermosa.
Esa noche...
No conseguía verla.
Apoyó ambas manos sobre la baranda de piedra.
Cerró los ojos.
Y, sin querer, comenzaron a regresar recuerdos que llevaba años intentando dejar atrás.
El ala oeste del ducado.
Las puertas cerradas.
Las ventanas cubiertas.
Las noches llorando sola.
Los días preguntándose por qué nadie iba a buscarla.
—Así que... sí existía alguien...
susurró con amargura.
Toda su vida creyó que Sarah había sido la última persona de su familia.
Ahora descubría que había una hermana.
Una tía.
Una mujer que, según, la había querido desde que se enteró de su existencia.
Entonces...
¿Por qué jamás estuvo allí?
¿Por qué nunca apareció?
¿Por qué dejó que creciera completamente sola?
Por mucho que las palabras de Sarai parecieran sinceras...
Su corazón aún no podía aceptarlas.
Sintió un nudo en la garganta.
No estaba enfadada.
Estaba confundida.
Y esa confusión dolía más que cualquier otra cosa.
La puerta del balcón se abrió lentamente.
Sacha no se giró.
Sabía perfectamente quién era.
—Siempre me encuentras.
Una leve sonrisa apareció en el rostro de Dominic.
—Después de tantos años...
Sería preocupante que no pudiera hacerlo.
Se colocó a su lado.
Durante varios minutos ninguno habló.
No hacía falta.
Entre ellos, el silencio nunca había sido incómodo.
Dominic fue el primero en romperlo.
—No tienes que decidir nada esta noche.
Sacha soltó una pequeña risa.
—¿También aprendiste a leer pensamientos?
—No.
Solo aprendí a leerte a ti.
Aquella respuesta logró que Sacha sonriera por primera vez desde el banquete.
—¿Qué piensas?
preguntó Dominic.
Ella tardó unos segundos en responder.
—No lo sé.
Quiero creerle.
De verdad quiero hacerlo.
Pero hay una parte de mí que sigue siendo aquella niña que esperaba detrás de una ventana a que alguien viniera por ella.
Bajó la mirada.
—Y nadie vino.
Dominic sintió cómo se encogía el corazón.
Había visto muchas veces a la mujer fuerte en la que Sacha se había convertido.
Pero muy pocas veces veía aparecer a la niña que todavía llevaba dentro.
Con suavidad, se acercó asia ella y la envolvió en sus brazos.
No era un gesto impulsivo.
Era un gesto lleno de años de confianza.
Sacha no se resistio .
—No sé si estoy preparada para llamarla "tía".
Dominic negó lentamente.
—Entonces no lo hagas.
Ella levantó la vista.
—No permitas que nadie decida por ti cuándo perdonar.
Ni siquiera ella.
Ni siquiera yo.
Cuando llegue ese momento...
Será porque tú lo elegiste.
Sacha lo observó durante unos segundos.
Y comprendió por qué Dominic siempre había sido su refugio.
Él nunca intentaba decirle qué debía sentir.
Solo permanecía a su lado.
Eso bastaba.
Mientras tanto, en una pequeña sala privada del palacio, la ex emperatriz acompañaba a Sarai.
La emperatriz de Asteria permanecía sentada con la mirada fija en el suelo.
Todavía tenía los ojos enrojecidos.
—La lastimé...
murmuró.
La ex emperatriz negó con dulzura.
—No.
Quien la lastimó fue el hombre que te ocultó la verdad durante tantos años.
Guardó silencio unos instantes.
Después continuó.
—Pero debes entender algo, Sarai.
La niña que conociste solo por cartas nunca existió.
Ahora es una mujer.
Una mujer que aprendió a desconfiar porque demasiadas personas traicionaron su confianza.
Sarai asintió lentamente.
—Lo sé.
Y no pienso obligarla a aceptarme.
Esperaré el tiempo que sea necesario.
La ex emperatriz sonrió.
—Esa respuesta habría hecho muy feliz a Sarah.
Sarai respiró profundamente.
Entonces recordó algo.
Llevó una mano al pequeño bolso de cuero que siempre llevaba consigo.
Sacó un paquete cuidadosamente envuelto con una cinta azul.
La tela estaba desgastada por el paso de los años.
La exemperatriz abrió ligeramente los ojos.
—¿Aún lo conservas?
Sarai asintió.
—Nunca me separé de él.
Desató la cinta con cuidado.
En el interior apareció una carta antigua, junto a un collar con un pequeño emblema del ducado y detrás un símbolo grabado.
La carta tenían el sello del antiguo ducado.
Y hay otras...
Que nunca habían sido abiertas.
—Estan en el ducado en un cuarto secreto.
estas segura...
Si mi padre siempre me contaba historia cuando niña y me llevaba hasta ahi.
cuando desperté mi poder de viento el me dio esté collar.
Nunca dejaron de regresar a mí esos recuerdos.
La carta estaba intacta.
Jamás nadie la había visto aparté de mí hasta hoy.
La ex emperatriz acarició con cuidado el papel amarillento.
—Cuando llegue el momento...
Debes dárselas tú misma.
No como una emperatriz.
No como una gobernante.
Sino como la hermana de Sarah.
Sarai volvió a envolver cuidadosamente la carta.
Las sostuvo contra su pecho.
—Lo haré.
Pero solo cuando ella esté preparada para escucharlas.
No madrina tengo que entregárselas cuanto antes.
Aunque no me perdone esto es por un bien mayor.
Y ella tiene que tener este collar y leer la carta que dejó mi papá.
En el balcón, Sacha levantó la mirada hacia el cielo.
Las estrellas brillaban con intensidad.
Durante unos instantes consiguió olvidar el peso del mundo.
Sin embargo...
Muy lejos de allí.
En una región deshabitada del continente.
Una figura descendió lentamente desde el cielo.
Sus enormes alas negras se plegaron sobre su espalda.
Frente a él, otros Heraldos aguardaban en silencio.
—¿Lo hiciste?
preguntó uno de ellos.
El recién llegado sonrió.
Una sonrisa fría.
Inhumana.
—Sí.
La Llave vendrá por voluntad propia al lugar donde comenzará el fin.
Los demás Heraldos levantaron la vista al mismo tiempo.
Y, por primera vez en cinco años...
Todos sonrieron.
La cacería estaba a punto de comenzar.