A pocos meses de haberse casado con Diego Alcázar, Valeria descubre que este, le es infiel con Camila, el supuesto amor de Diego. Ante tal descubrimiento, Valeria sale huyendo del hotel y es atropellada.
Al despertar descubre que ni su esposo, ni la familia de este, han ido a verla, y que fue un extraño quien la llevo al hospital y pago sus gastos. Tras el alta y al volver a casa descubre que su suegra ya ha sacado todas sus cosas y asegura que Camila es la mujer que si acepta para su hijo.
Es en ese momento de desesperación, le llega un mensaje y termina encontrándose con el hombre que la llevo al hospital, Santiago Alcázar, el medio hermano de Diego, quien le propone casarse con él a cambio de no cobrarle los gastos médicos que él pagó. ¿Cuáles son las intenciones de Santiago al pedirle matrimonio?
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Capítulo 7
Capítulo 7
Carmen regresó diez minutos después con una libreta llena de notas y cara de satisfacción.
—Tenemos la historia.
—Yo tengo una deuda nueva.
—Eso también es historia, pero por ahora no lo publicamos.
La miré.
—Qué generosa.
—Soy un sol.
No, Carmen no era un sol. Era una tormenta con agenda editorial. Y en ese momento, por raro que sonara, la necesitaba.
Porque si Camila había intentado escribir mi caída, Carmen acababa de recordarme que yo también sabía publicar.
Y publicar, cuando se hace bien, también puede ser una forma de defensa personal.
Respiré hondo, guardé la servilleta con el anillo en mi bolso y volví al salón con una idea fija: si todos querían espectáculo, al menos yo iba a cuidar el montaje.
Y mi salida.
Porque sobrevivir a una escena también exige saber cuándo retirarse.
Y con quién.
Y cómo.
Siempre.
Volví a Naranja Media con el orgullo maltratado y una historia enorme. Carmen me recibió como si yo hubiera ganado una guerra.
—Valeria, eres el centro del día. Vamos a grabar video.
—Me acusaron de robo.
—Precisamente. Si la trampa salía bien, estarías declarando ante el Ministerio Público. No vamos a quedarnos calladas.
Antes de decidir, recibí una llamada anónima.
—Camila Duarte no va a dejar esto así —dijo un hombre.
Colgó.
Carmen no se indignó. Se iluminó.
—La próxima graba.
Durante la tarde llegaron más llamadas. Grabé varias y luego apagué el celular. Al final llamé a Diego desde el teléfono de la oficina.
—Dile a Camila que deje de amenazarme. Si vuelve a pasar, denuncio.
—¿Cuándo te metiste con Santiago?
Su pregunta me quemó.
—¿Meterme? Tú te acostaste con Camila estando casado.
—No cambies el tema.
—Entonces hablemos claro. Tú me perseguiste, me pediste matrimonio, me hiciste creer que me querías. ¿A quién querías castigar? ¿Qué te hice yo?
Diego rió con desprecio.
—¿Feliz? ¿Buena? ¿Qué derecho tiene la familia Salcedo a ser feliz? Lo que te pasa es castigo.
—Si acusas a mi familia, dilo. ¿Qué hizo mi padre?
—Pregúntale a él.
Colgó.
Me quedé con rabia suficiente para encender la oficina.
Hasta que Carmen apareció.
—¿Otro ataque?
Pensé en el video y tomé una decisión.
—¿Dónde grabamos?
La sala de edición se convirtió en set improvisado. Carmen asignó guion, cámara, clips, capturas. Yo pedí no sonar lastimera. Quería sonar clara.
—Soy Valeria Salcedo, reportera de Naranja Media. Ayer fui acusada falsamente de robar un anillo durante la presentación de El Encanto.
Hablé durante cuatro minutos. Ordené los hechos, marqué los tiempos y dejé que las imágenes hicieran el resto. Esa noche, video y artículo se publicaron juntos.
No lloré frente a la cámara. Expliqué. Dije mi nombre, conté que fui a cubrir el evento, que el anillo apareció en mi mochila sin explicación, que había testigos, fotos y video. Carmen editó con velocidad de guerra y publicó esa noche.
Las lecturas subieron como incendio.
Camila y Diego no podrían fingir que nada había pasado.
El titular fue directo:
Actriz de El Encanto acusa sin pruebas a reportera: ¿abuso de poder contra medios independientes?
La nota explotó.
Al principio sentí alivio. Luego vi algunos comentarios sobre el cuerpo de Camila, sobre su pasado, sobre lo que merecía. Me incomodó. Ella me había atacado, sí, pero la multitud siempre encontraba la forma de castigar más a una mujer que a los hombres que la usaban.
—No te pongas santa —dijo Carmen—. Una cosa es no celebrar el linchamiento y otra dejar que te destruyan.
Tenía razón.
Pero la razón no siempre limpia el sabor de boca.
La palabra castigo se me quedó clavada.
Diego no había explicado nada. Solo había lanzado una sombra sobre mi padre y colgado el teléfono como si eso bastara para justificar cada golpe, cada mentira, cada humillación.
No bastaba.
Si quería guerra con los Salcedo, iba a tener que decir de una vez qué creía saber.