Alan, el implacable heredero de un imperio financiero con raíces oscuras, no conoce la palabra "no". Su vida es un tablero de ajedrez donde cada pieza se mueve bajo su obsesivo control. Sin embargo, para consolidar su dominio total frente a las facciones rebeldes de la mafia, necesita una alianza que solo el apellido de Madelyn puede sellar.
Madelyn, conocida en el bajo mundo como la "Princesa Letal", es la heredera del Grupo Moral. Ella no es una ficha que se pueda mover; es una tormenta que se niega a ser domada. Orgullosa, rebelde y con las manos manchadas de la pólvora de su pasado, acepta un matrimonio arreglado no por sumisión, sino por una sed insaciable de venganza contra quienes destruyeron a su rama familiar.
En una mansión que se siente como una jaula de oro, estalla una guerra fría de voluntades. Alan busca poseerla y quebrantar su orgullo; Madelyn busca quemar el mundo de Alan desde adentro. Pero en el roce de sus pieles y el choque de sus egos, surge una tensión
NovelToon tiene autorización de Fernanda G para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 7
La mansión Valerius no era un hogar; era un panóptico de mármol y tecnología. Alan creía fervientemente que lo que no se vigila, se corrompe, y desde el momento en que Madelyn cruzó el umbral, la convirtió en el centro de su sistema de vigilancia.
Esa mañana, mientras el sol apenas rozaba los jardines perfectamente podados, Alan hizo su movimiento.
—Este es Elías —dijo Alan, señalando a un hombre de casi dos metros, con el rostro marcado por una cicatriz antigua y ojos que no parpadeaban—. Él y su equipo serán tu sombra. Te acompañarán a tus reuniones, a tus cenas y esperarán fuera de tu puerta cuando duermas.
Madelyn, que sostenía una taza de café negro con una elegancia gélida, ni siquiera miró al guardaespaldas. Sus ojos estaban clavados en Alan, quien ajustaba su corbata frente al espejo del recibidor con una parsimonia irritante.
—No necesito niñeras, Alan —respondió ella, y su voz sonó como el chasquido de un látigo—. Mis hombres han cuidado de mí desde que aprendí a cargar una nueve milímetros.
—Tus hombres son leales a los Moral, no a los Valerius —replicó Alan, girándose hacia ella. Se acercó lo suficiente para que Madelyn sintiera el aura de control que emanaba de él—. El cartel de los Ivanov no busca una negociación; busca un trofeo. Y yo no permito que mis activos caminen desprotegidos por la ciudad. No es una sugerencia, Madelyn. Es el nuevo protocolo.
Madelyn sintió una punzada de rabia que le subió por la garganta. La vigilancia de Alan no era por seguridad; era una correa. Él quería saber con quién hablaba, a dónde iba y, sobre todo, quería recordarle que su "libertad de movimiento" era una ilusión que él permitía.
—Disfruta de tu obsesión mientras puedas —susurró ella, dejando la taza sobre una mesa auxiliar con un golpe seco que hizo eco en el gran salón—. Pero recuerda que hasta las sombras se pierden cuando se apaga la luz.
Alan solo le dedicó una pequeña sonrisa, esa mueca depredadora que tanto la enfurecía, y salió de la casa hacia su oficina.
Durante todo el día, Elías y sus hombres fueron una presencia asfixiante. Madelyn fue al gimnasio; ellos estaban en la puerta. Fue a una reunión con sus contables; ellos revisaron la sala antes de entrar. Se sentía como un animal de exhibición, rodeada de trajes oscuros y auriculares que zumbaban con reportes constantes sobre su posición.
A las once de la noche, Madelyn se retiró a su habitación. Cerró la puerta con llave y escuchó el clic metálico de las botas de Elías posicionándose en el pasillo.
—El error de Alan —murmuró Madelyn para sí misma, mientras se despojaba de su bata de seda— es creer que todo el mundo juega con sus reglas de orden y lógica.
Madelyn no se fue a la cama. Se vistió con ropa táctica negra: pantalones de carga, una sudadera con capucha y botas de suela de goma que no hacían ruido. Se acercó al ventanal de su habitación, que daba a los jardines traseros. Sabía que había cámaras con sensores de movimiento y patrullas con perros cada veinte minutos.
Pero Madelyn conocía los puntos ciegos. Durante la tarde, mientras fingía leer en el jardín, había mapeado los ángulos de rotación de las cámaras.
Se deslizó por el balcón con la agilidad de una gimnasta. Usó una cuerda de escalada fina y resistente que había ocultado días antes en una de las macetas decorativas. Bajó al primer nivel y esperó, pegada a la hiedra de la pared. El sensor de la cámara izquierda estaba a punto de rotar.
Tres, dos, uno...
Corrió por el césped, manteniéndose en las sombras de los robles centenarios. Un perro ladró a lo lejos, pero el viento estaba a su favor. Llegó al muro perimetral, una estructura de tres metros con alambre de espino electrificado. Sin embargo, Madelyn sabía que la puerta de servicio del personal de mantenimiento tenía un fallo mecánico en el cierre magnético que Alan aún no había mandado a arreglar.
Con un movimiento preciso de su ganzúa electrónica, el sistema cedió. En menos de cinco minutos, Madelyn estaba fuera de los terrenos de los Valerius, respirando el aire frío y libre de la noche.
Caminó dos calles hasta un coche que la esperaba, un sedán gris anodino que nadie asociaría con la "Princesa Letal".
Dos horas después, Alan fue despertado por el sonido de su teléfono privado. Solo había una persona que tenía ese número.
—Dime —respondió con voz ronca, sentándose en la cama.
—Mira hacia afuera, Alan —dijo la voz de Madelyn. Se oía el ruido del tráfico y el viento—. Estoy en el puente Lincoln. El aire aquí es mucho más puro que en tu jaula.
Alan se levantó de un salto y caminó hacia la ventana. La luz de la luna iluminaba el jardín, que parecía desierto.
—Elías —rugió Alan por el intercomunicador.
Segundos después, la puerta de la habitación de Madelyn fue derribada. Estaba vacía. La cama estaba intacta. La ventana estaba abierta de par en par, y la cuerda de escalada colgaba como una burla silenciosa hacia el orgullo de Alan.
—Has fallado, Alan —continuó Madelyn por el teléfono—. Tu orden es frágil. Tus muros son de papel. Si he podido salir así de fácil, imagina lo que puedo hacer si realmente decido destruirte desde adentro.
Alan apretó el teléfono con tanta fuerza que sus nudillos crujieron. No sentía miedo por ella, sino una furia ciega mezclada con una descarga de adrenalina que nunca había experimentado. Ella lo había humillado en su propio terreno. Había roto su sistema perfecto solo para demostrarle que podía.
—Vuelve a casa, Madelyn —dijo Alan, su voz bajando a un tono peligrosamente bajo—. Ahora mismo.
—Iré cuando termine mi café —respondió ella—. Y Elías... dile que la próxima vez no deje que el humo de su cigarrillo delate su posición en el jardín. Es descuidado. Como tú.
Ella colgó.
Alan se quedó mirando la noche, con la mandíbula tensa. Sus guardias corrían de un lado a otro en el jardín, con las linternas barriendo la oscuridad, pero era inútil. Ella ya se había ido. Había ganado el primer asalto de la vigilancia.
Media hora después, el coche de Madelyn entró por la puerta principal. Ella caminó hacia la entrada con una calma insultante, sosteniendo un vaso de cartón de una cafetería de veinticuatro horas. Alan la esperaba en el vestíbulo, vestido con su bata de seda negra, con los brazos cruzados y los ojos brillando con una promesa de castigo.
—¿Te has divertido? —preguntó él.
Madelyn pasó por su lado, rozándole el hombro deliberadamente.
—Mucho. Deberías intentarlo, Alan. El mundo real no sigue tus hojas de Excel.
Alan la agarró del brazo y la giró bruscamente, obligándola a mirarlo. Estaba tan cerca que podía oler el frío de la calle en su ropa.
—Has cruzado una línea —siseó él—. Mañana doblaré la seguridad. Pondré sensores de calor y cerraduras biométricas. No volverás a salir de aquí sin mi permiso.
Madelyn lo miró fijamente, sin un ápice de miedo. Se acercó a su oído y susurró:
—Puedes poner todas las cerraduras que quieras, Alan. Pero mientras yo esté en tu cama y en tu casa, el único que está realmente encerrado conmigo... eres tú.
Se soltó de su agarre con un movimiento elegante y subió las escaleras, dejando a Alan solo en el vestíbulo.
Él observó cómo desaparecía en la penumbra del piso superior. Su mente ya estaba calculando cómo mejorar la seguridad, cómo cerrar cada grieta. Pero en el fondo, una parte de él —la parte que no funcionaba con lógica— estaba satisfecha. Madelyn no era un activo dócil; era un desafío vivo que ponía a prueba cada fibra de su ser.
La obsesión de Alan acababa de volverse personal. Ya no se trataba solo de proteger a una aliada; se trataba de dominar a una tormenta que amenazaba con arrasar su mundo de cristal. Y por primera vez en su vida, Alan Valerius no estaba seguro de si quería que la tormenta se detuviera.