Anaís no se casó por amor; fue vendida para salvar un imperio. Ahora, atrapada en una mansión de mármol negro que se siente como una tumba, debe aprender la primera regla de su nueva vida: Ricardo nunca pierde. Él es un hombre que no acepta errores, que castiga con el silencio y reclama con dolor. Entre moretones escondidos bajo maquillaje caro y el miedo constante a una promesa de muerte, Anaís deberá cuidar a una niña que es la viva imagen de su captor. En esta casa, las lágrimas ensucian y la obediencia es el único camino para seguir respirando. Pero, ¿cuánto puede resistir un corazón antes de romperse por completo?
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Capítulo 11: El silencio de las cenizas
La casa quedó sumergida en un silencio sepulcral después de que el coche de Ricardo salió disparado por el camino principal. Me quedé en el suelo, sintiendo el frío del mármol contra mis rodillas y el sabor amargo de la bilis y la sangre en mi boca. Bianca se acercó a mí gateando; sus ojitos estaban hinchados de tanto llorar, pero no decía nada. Me abrazó con sus bracitos cortos, y ese contacto fue lo único que me impidió desmoronarme por completo.
—Ya pasó, Bianca... ya pasó —susurré, aunque mi voz era apenas un hilo de aire.
Como pude, me puse de pie. Cada movimiento me recordaba la costilla rota y el desgarro que el médico había mencionado. Me arrastré hasta la cocina para buscar un trapo. No quería que cuando él volviera viera el desastre; no por obediencia, sino porque el olor a vómito me recordaba mi propia humillación.
Pasé la noche en el sofá del salón, abrazada a Bianca. No podía subir las escaleras, y el miedo a que Ricardo regresara en medio de un ataque de furia me mantenía alerta. Pero las horas pasaron y solo se escuchaba el tic-tac del reloj de pared.
A las tres de la mañana, escuché el portón.
El corazón me dio un vuelco. Me tensé, esperando gritos, esperando que me sacara del sofá de los pelos. Pero Ricardo entró caminando como un muerto. Tenía la ropa desalineada, el cabello revuelto y olía fuertemente a whisky. Ni siquiera me miró. Pasó por mi lado como si yo fuera un fantasma, subió las escaleras con pasos pesados y escuché cómo cerraba la puerta de su despacho con llave.
Al día siguiente, la casa se sintió diferente. Ricardo no bajó a desayunar.
Una mujer mayor, de uniforme gris y rostro serio, tocó a la puerta.
—El señor Ricardo me contrató para limpiar y cocinar durante una semana —dijo sin emociones—. Dice que usted debe quedarse en cama.
Me quedé helada. Ricardo nunca cedía. Ricardo nunca permitía que alguien extraño entrara en su "santuario". Subí a mi habitación paso a paso, sintiendo que la curiosidad me ganaba al miedo. Al pasar frente a su despacho, vi que la puerta estaba entreabierta.
Me asomé por la rendija. Ricardo estaba sentado en su sillón de cuero, con la misma ropa de ayer. Tenía una foto pequeña en sus manos y temblaba. No era la mirada del lobo salvaje que me había embestido la noche anterior; era la mirada de un hombre que estaba siendo devorado por sus propios recuerdos.
—¿Por qué? —le escuché susurrar, con una voz que no reconocí—. ¿Por qué tenías que decir lo mismo que ella?
Me alejé rápido, con el pulso a mil. No entendía quién era "ella", ni por qué mis palabras de desesperación lo habían dejado tan roto. Pero entendí una cosa: el dolor físico que él me causaba no era nada comparado con el dolor que él cargaba por dentro.
Entré a mi cuarto y me desplomé en la cama. El médico tenía razón, necesitaba descansar, pero mi mente no paraba de trabajar. Había encontrado la grieta en su armadura de hierro. El hombre que me trataba como a una perra acababa de contratar ayuda para que yo no tuviera que mover un dedo.
Sin embargo, sabía que esto no era libertad. Era solo una tregua. Ricardo era un animal herido, y los animales heridos son los más peligrosos cuando deciden volver a atacar. La pregunta era: ¿qué pasaría cuando esa semana terminara y él decidiera que ya se había castigado lo suficiente por sus recuerdos?
La mañana avanzaba con una calma extraña, casi asfixiante. La nueva empleada, una mujer de manos callosas llamada Elvira, se movía por la casa como una sombra eficiente. Me trajo una bandeja a la habitación con caldo caliente y fruta picada, pero yo no podía comer. Cada vez que tragaba, sentía el eco de la cuchara de Ricardo golpeando mis dientes.
—El señor ha dado órdenes de que no se levante ni para abrir la puerta —dijo Elvira sin mirarme a los ojos, con esa complicidad silenciosa de quienes trabajan para hombres poderosos y crueles.
A media tarde, el silencio de la mansión fue interrumpido por el sonido de algo rompiéndose en el despacho de Ricardo. Fue un estallido seco, como un vaso estrellándose contra la madera. Me puse en pie, ignorando el pinchazo agudo en mis costillas, y caminé hacia el pasillo.
La puerta del despacho estaba abierta de par en par. Ricardo estaba de pie frente a su escritorio, con los nudillos ensangrentados y los restos de un portarretratos de plata esparcidos a sus pies. El cristal roto brillaba como diamantes sobre la alfombra.
—¿Por qué sigues aquí? —su voz sonó ronca, cargada de un cansancio antiguo.
—No tengo a dónde ir, Ricardo. Tú lo sabes mejor que nadie —respondí, apoyándome en el marco de la puerta.
Él levantó la vista y, por primera vez, no vi deseo ni furia. Vi un vacío absoluto. Se acercó a mí con pasos lentos, y yo, por puro instinto de supervivencia, retrocedí hasta chocar contra la pared del pasillo. Pero él no levantó la mano. Simplemente se detuvo frente a mí, tan cerca que podía oler el whisky rancio y el tabaco en su aliento.
—Dilo otra vez —susurró, pegando su frente a la mía. Su cuerpo temblaba—. Di que prefieres morirte a estar conmigo.
—¿Es eso lo que quieres oír? —le dije, sintiendo cómo las lágrimas quemaban mis ojos—. Es la verdad. Me has roto por dentro y por fuera. Me tratas como si fuera un objeto que compraste para descargar tu odio... y sí, Ricardo, cada segundo a tu lado es una sentencia de muerte que prefiero cumplir de una vez.
Él cerró los ojos y soltó un gemido que pareció un rugido ahogado. Me agarró de los hombros, pero no con violencia, sino con desesperación, como si yo fuera un ancla en medio de su tormenta.
—Eres igual a ella —masculló entre dientes—. Tienes el mismo veneno en la lengua. Ella también me decía que yo era su infierno mientras se consumía... y tú, que deberías ser mi salvación, me estás matando con las mismas palabras.
Me soltó bruscamente y se alejó, dándome la espalda. Sus hombros se sacudieron. Estaba llorando. El hombre que me había embestido como un lobo la noche anterior, el que me había humillado frente a su hija, estaba colapsando frente a mí por culpa de una frase que yo ni siquiera sabía que tenía dueño.
—Vete a tu cuarto, Anaís —dijo sin girarse—. Quédate ahí. No quiero verte, no quiero oírte. Si vuelves a decir eso... no sé de qué seré capaz.
Regresé a mi habitación temblando, con el corazón martilleando en mis oídos. Había descubierto que mi dolor era su espejo, y que cada vez que yo gritaba mi miseria, él veía el fantasma de la mujer que amó y odió al mismo tiempo. El descanso de una semana que me había dado el médico no era por piedad; era porque Ricardo no podía soportar mirar a la cara el reflejo de su propia culpa.